
Uno: somos lo que nos rodea
Camino por la peatonal principal del Balneario Las Grutas, un lugar chico en el que mucha gente de norpatagonia pasa sus vacaciones. Cientos de turistas se agolpan frente a las vidrieras de los comercios que ofrecen zapatos de oferta y camisolas coreanas de ocasión. Exactamente lo mismo que en nuestros lugares de origen. Las señoras revisan sus bolsos para ver si trajeron o no sus tarjetas de crédito. Las más conservadoras llaman a sus maridos, que son los que pagarán, como siempre, como indican las pautas tradicionales marcadas por civilizaciones occidentalizadas de abogados y escribas de lo más nimio. Los hijos adolescentes de las señoras turistas miran atónitos, sus madres los obligarán a comprarse remeras que ya tienen. Ellos quieren la sensualidad de la playa y sus progenitoras solo quieren darles remeras coreanas en oferta. ¿Hemos venido hasta aquí para consumir? Suspiro, tengo hambre y un cartel de pizza libre me llama desde el rabillo de mi ojo izquierdo.

Dos: Thrill of it all
Me tiro en la arena a escuchar música con los auriculares puestos. Inmediatamente descubro algo importante: “Thriller” de Michael Jackson es un disco absolutamente sobrevalorado. EL DISCO de Jackson no es ese, es “Off the wall”. Consíganlo y pínchenlo ahora mismo. Cada instrumento se escucha como si estuvieras en un bar sentado al lado del que lo toca. La voz de Jackson brilla, pero siempre se subordina a la banda, y la banda es super funk, soul, disco y conga conga. Las sobregrabaciones de la voz de Jackson en sus propios coros son sublimes, o mejor dicho sutiles: hay una pista para que se octavee a sí mismo, y otra para que jadee. Inclusive hay una para que haga de vez en cuando esos “uhhhh”, que lo hicieron famoso mientras giraba como un muñeco de plastilina sobre el escenario (bueno, la metáfora no es del todo buena: Jako hoy ES un muñeco de plastilina; pero ustedes me entendieron, ¿no?). Bien, el asunto es que descubrí que si a Quincy Jones hay que escribirle un mail para agradecerle su cercanía con Jackson, habría que hacerlo por “Off the wall”, que es genial, un disco sísmico al que no le sobran esos teclados con sabor a praliné que sí tiene “Thriller”, claro prisionero (¿inconsciente?) de la impronta ochentera (a veces quisiera encontrarme cara a cara con Giorgio Moroder para gritarle que es un grasa total y echarle la culpa por todos los teclados grasas que escuché en los ochenta). ¡Que belleza de disco!. Ahora, lo único que digo es que no hay que exagerar tanto: Jackson nunca fue el Rey del Pop. El Rey del Pop es David Bowie, que no vengan a joder che.

Tres: más allá del inodoro
Hace meses cobré un juicio por despido. Trabajé para un periódico de los que dirigía Julio Ramos, que de tan menemista que es, no quizo pagarme lo que me correspondía después de tenerme tres años yugando durísimo en su diario. Final feliz. Gané el juicio y con la guita nos compramos una casita muy pero muy vieja a la que hay que hacerle de todo. A partir de ese momento todo lo que pienso tiene que ver con la construcción. Voy por la calle y me la paso mirando techos, aberturas, estilos. Me siento en la playa y se me ocurren ideas constructoras económicas que primero consulto con mi mujer y luego -tras las vacaciones- intentaremos planteárselas a Daniel, nuestro constructor. Anoche, a eso de las doce, estaba en el baño, sentado en el inodoro. Walpol Rahula, que es un monje budista muy en boga en los setentas -cuando yo era un niño- dijo en uno de sus libros ("Lo que el buddha enseñó") que un verdadero boddisatva es capaz de meditar hasta cuando evacúa los sobrantes de su propio organismo. Para mí leer esa explicitación tan sencilla fue una revelación total que ya había comprobado por la vía empírica miles de veces. Desde muy pequeño siempre preferí pensar sentado en la taza, fijando la vista en la trama estable de los azulejos, antes que llevar un buen libro o una revista al baño, que es placentero, sí, pero nunca tanto como pensar allí sentado, solo frente a la verdad reticulada de los azulejos. Y ahí estaba anoche, meditando en el inodoro de la cabaña en la que estamos pasando nuestras vacaciones en Las Grutas. Mis meditaciones -para no perder el hilo casi obsesivo de estos días que corren- eran planificaciones constructoras: pensaba seriamente en que tipo de inodoro íbamos a comprar para poner en el baño de nuestra nueva casa. De pronto vi la luz: inodoro con mochila de desagote incorporada, igual que el artefacto en el que me encontraba sentado, de esos que tienen un boton montado sobre el márgen derecho de la mochila, y ni te tenés que levantar para hacer correr el agua. Sí, sí y sí: era ese. Lo iba a consultar con mi mujer, pero supuse (y bien) que ella iba a estar de acuerdo con la decisión meditada durante aquella sesión evacuadora. De repente un cuestionamiento lógico me invadió, me hizo retroceder frente a la seguridad casi plena que experimenté segundos antes y me exigió volver a concentrarme sobre el tema pensando todo bajo nuevos parámetros. La premisa mental parecía ser la siguiente: “vamos Fernando, elabora una lista de pros y contras entre los inodoros con mochila incorporada e inodoros con mochilas tradicionales, empotradas en la pared”. ¿Por qué necesitaba pensar de esa manera? Medité, el cerebro me estaba jugando una mala pasada y -vaya uno a saber por qué justo en ese instante- elaboré el siguiente pensamiento aparentemente inconexo: “en caso de guerra, será más fácil aprovechar el agua del depósito del inodoro si compramos uno con mochila incorporada en vez de uno de mochila empotrada”. Me sorprendí a mi mismo riéndome. ¿De dónde había sacado una idea tan disparatada? De pronto lo recordé. Era el año 1982, yo tenía 12 años e iba a sexto grado de la escuela primaria. El gobierno militar argentino le había declarado la guerra a Inglaterra por la recuperación de Malvinas. Yo vivía en Coronel Suarez, un pequeño pueblito enclavado en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, tranquilo como un estanque australiano con molino. Por aquellos días (mayo del 82), nuestras maestras nos habían dado clases de Defensa Civil enseñándonos como comportarnos en caso de que los ingleses quisieran bombardear la ciudad. Practicamente la clase consistía en saber qué hacer si el bombardeo transcurría en el momento enel que nosotros estábamos en la escuela, con un anexo por si las bombas comenzaban a caer mientras estábamos en la calle y un apéndice más por si nos agarraba la lluvia mortal en nuestras propias casas. Para cada caso había un comportamiento correcto estipulado, una receta para sobrevivir al ataque y poder contarlo. Al parecer -y siempre según el decir de mi bella maestra María Rosa- los ingleses podían llegar a bombardear Coronel Suarez (a pesar de que estábamos a miles y miles de kilómetros de Malvinas) porque había una posibilidad de que la guerra se tornara continental. Coronel Suarez tenía el único aeródromo grande de la zona; allí -se lo habían dicho los militares del municipio- podían aterrizar los aviones argentinos para abastecerse y esto convertía a la ciudad en un posible blanco de los "piratas imperialistas" (SIC). Por eso Suarez debía entrenar a sus ciudadanos hasta en las escuelas. Recuerdo -como si fuera hoy- la mañana en la que un joven e imponente teniente del Ejército Argentino nos visitó en el aula. Parado al costado de la maestra comenzó a preguntarle a la clase asuntos relacionados con los comportamientos serenos y cautelosos que debíamos guardar en caso de bombardeo aéreo. Preguntó muy serio y enérgico: "¿Cuáles son los dos recursos que el enemigo querrá cortarnos en caso de ataque externo?" Yo, que me sentía seguro de saberlo, levanté la mano y contesté: “agua y energía eléctrica señor”. El milico sonrió y aprobó la respuesta correcta con un solo aplauso seco y sonoro. Inmeditamente me pidió -sin tutearme, claro- que explicara mejor la situación, que desarrollara la técnica de supervivencia en tal caso. Parado al lado de mi pupitre expliqué nervioso las medidas que había que tomar en caso de corte de suministros vitales. Entonces explique la necesidad de guardar la reserva de agua potable del depósito del inodoro, ya que ésta "podía abastecer de agua potable a toda una familia durante dos o tal vez tres días en caso de que el enemigo nos hubiera sitiado". Minuciosamente relaté el método que mi maestra me había explicado esa misma semana: sacar con una soga (o los cordones de los zapatos atados) y media botella plástica recortada y agujereada ad hoc el agua del depósito empotrado en la pared. Racionarla, no desperdiciarla. Al terminar mi exposición la clase entera (incluidos el teniente y mi maestra) aplaudierion rabiosamente mi cátedra de civismo frente a la impiadosa inclemencia bélica. Me sonrojé y me sentí orgullosamente patriótico por primera y última vez en mi vida. Acto seguido -y dirigidos marcialmente por el teniente- hicimos todos un simulacro de bombardeo en el que nos tomábamos de la mano y nos escondíamos hechos unas boitas humanas debajo de nuetsros propios pupitres. Terminado este ordenado acto de supervivencia, salimos al patio y cantamos el himno junto a las maestras, el resto de los militares que se encontraban en las otras aulas y las monjas que dirigían la institución. Uno o dos años después crecí, como crecen todos, y comencé a atar los cabos sueltos de aquellos días de locura total. Me despabilé un poco al enterarme de que la guerra se perdió de una manera desordenada, despareja, criminal y enplana desidia de los generales.Luego supe que nunca de nunca de nunca los ingleses se plantearon hacer una guerra continental, sabían que llegaban al archipiélago y nos mataban de tres cañonazos, porque por algo son imperio. Otro poco me despabilé al enterarme que en el aeródromo de Suárez jamás hubiese podido aterrizar un avión de guerra, la pista era y es una mierdita. Un poco de un poco más me despabilé al revisar hace algunos lejanos años el recuerdo (siempre fresco) de aquellos días. En esa retrospectiva de la memoria alcancé a notar con claridad la importancia de que toda esa borracha locura patriotera inducida por los militares fue tomada con total naturalidad por mi maestra, mis padres, el cura de la ciudad, la televisión, los diarios y la comunidad toda. Finalmente lo decidí -y para siempre-: mi espíritu, mi formación y mi sentir serían cualquier cosa menos patrióticos. Recuerdo esa decisión como si fuera hoy, la tomé sentado en un inodoro mientras me animaba a comenzar a leer los libros de Nietzsche y Guevara que un amigo me había prestado y mi mamá me había recomendado no leer por considerarlos demasiados peligrosos para alguien "tan chico" como yo.

Viernes,24 de diciembre de 2004
La importancia de llamarse inclasificable
Tábanos molestando:(2)


