Como en un cuento largo y fatal, veo la suerte caer. Cae como fichas, y muere en las famélicas veredas de tierra de un barrio sin cloacas, sin cable, sin luz siquiera. ¿Fueron a sus exequias los que la soñaron durante tanto tiempo? No, si la suerte murió sola, como Mozart, como San Martín, como un niño en Tucumán, que muere lentamente mientras las cámaras se alejan de allí en un fade salvaje.
Soñar es una cuestión sin clases, dicen. Pero los sueños también saben de diferencias sociales. Hablemos de un sueño triste, de la tristeza del alba, por ejemplo.
La tristeza del alba puede ser un sueño bien diferente, porque las ventanas mismas desde donde se la ve son bien distintas. Algunas ventanas son amplias, generosas, y otras ni siquiera tienen vidrios. (Nota: a través de un nylon todo es más cruelmente irreal, ¿o hiper real? Nunca supe diferenciar bien esos dos conceptos). Esta, la de la ventana, se parece mucho a una verdad socrática, casi inapelable.
Como en un cuento largo y fatal veo a los intentos intentar, a los fallos fallar y a los abandonados abandonar. La vida es como una sucesión de tiempos perdidos en los que no parecemos encontrar el rumbo de las respuestas posibles, las que otorguen libertad.
Así, como en un cuento laaaaargo y fatal, los cuestionamientos se apilan, las jornadas se hacen tibias, y los abrazadores días de júbilo se enfrían tras una cortina de desidia.
¿Aflojaremos ante semejante panorama?
Ni en pedo m’hijito, ni en pedo...
Fernando
Martes,5 de octubre de 2004
Edito Reales
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