Dicen que no las hay, pero a nosotros nos parece que sí las hay

SIEMPRE SE ESCAPAN DE NOCHE

Yo creí que iba a ser el frío, pero lo primero que me sorprendió, al estar de nuevo al aire libre, fue un aroma de jazmines. Y es raro, porque todavía no es época y porque la gente trae siempre otras flores.

Salir del encierro tampoco fue tan difícil como yo pensaba, a lo mejor es porque estoy tan flaco o porque, con los años, me fui volviendo más fluido y mas dócil. ¿Por qué desaparecieron mis zapatos? Del resto de la ropa me queda lo suficiente como para cubrirme pudorosamente y, es cierto, no hace nada de frío.

La luna ayuda, elegí bien la noche. Aunque me duelen, aún puedo usar los ojos y veo bastante bien. Los ángeles vigilan desde los techos y me van señalando el camino: salir por los portones que dan a Córdoba es un poco riesgoso, más que nada porque la calle está muy iluminada; y aunque me siento más fuerte de lo que esperaba, no creo que sea capaz de saltar los paredones que dan a Tucumán. Tengo que esperar que el guardia salga a hacer la ronda, o que finalmente se duerma.

Mientras espero me pregunto cuánto habrá cambiado todo ahí afuera ¿Cuánto tiempo habré estado ausente? De mi vida recuerdo poco, o casi nada me importa ya. No se distinguir recuerdos reales de lo soñado durante tanto tiempo. De todos modos, me habían dejado ir mansamente y yo para ellos ya no existo o soy sólo un fantasma que flota sobre el humo de algunas sobremesas. Me gusta pensar que me recuerdan sonriendo. Si me vieran ahora...

Uno de los perros del guardia me vio y viene trotando a saludarme. Me huele un poco y me mira, sacudiendo la cola. Le pongo la mano en la cabeza, le pido un favor: como entendiendo, el perro - que es negro - corre ladrando al fondo de la calle. A los pocos minutos pasa el guardia a ver qué inquietó al Morocho y creo que me da el tiempo suficiente para ir por los pasillitos hasta casi el portón. Una vez ahí hay un abismo de tres o cuatro metros de luz que cruzo rápido para que no se me vea la sombra. La puerta de la izquierda (mirando desde el lado de adentro) está sin llave. Agradezco la soncera del guardia, que teme más tener que salir rápido que a lo que pueda entrar.

Las veredas y las paredes parecen más limpias, las casas no cambiaron tanto y casi no hay autos en la calle. El paredón es largo, pero hay árboles y la sombra es oscura y es buena. Si no se han tomado el trabajo de modificar la vereda, en la esquina hay unos escalones donde puedo sentarme a descansar y a esperar.

Nadie va a notar que ya no estoy adentro, no habrán sirenas, ni luces, ni gritos. En poco rato pasará Caronte a buscarme, igual que a todos los demás.

La hermosa foto que ilustra este artículo pertenece a Eduardo Pocai

autorRococó HoraDomingo,9 de octubre de 2005
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(0)



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