Muchos de los blog del planeta hacen lo mismo: instrospectivizan la escritura.
Durante los últimos tres años hemos estado visitando miles y miles de sitios en donde algun/a escritor/a nos habló sobre su gato (el gato es mascota para escritor, ¿no?), otros en donde nos enteramos cuales son las mañas menos tratables y más catárticas de la clase media con banda ancha.
Que hay de todo en Internet es una gran mentira, creo que eso ya lo saben. No hay de todo en Internet porque no hay de todo en la vida. Es más, en la vida hay muchas más cosas que en la Internet, pero nos han convencido de exactamente lo contrario.
Por ejemplo: hace un par de semanas que leo una y mil veces, como en una especie de premeditada convulsión por espiar, la página de una mujercita de 19 años que habla cínicamente sobre el amor. Allí me detengo a mirar periódicamente sus consideraciones sobre lo que al amor le sobra y lo que al amor le faltará siempre. Todos los días (al menos los que entro a su blog) esta mujer me miente, me trata de convencer que está segura de lo que dice, profundiza (¿o tan solo es una mascarada de profundidad?) sobre los temas relacionados al amor como si fuera una doctora en física cuántica, una sabia domadora de quarks que sabe que en la esencia de la partitura atómica está impresa la lógica del amor.
Esta chica es una sanatera del amor, bella sanatera, pero sanatera al fin. Aceptando sus códigos de sanata entro cada día en su página. Nunca me pregunté seriamente por qué; pero ahora que estoy de vcaciones decidí tomarme la tarde entera para averiguar por qué lo hacía. Lo descubrí: cada vez que tipié su dirección URL lo hice albergando la secreta esperanza de encontrar una revelación (intuitiva, sabia y premeditada, cualquiera sea...).
Soy un gil: Internet no es un lugar de sabiduría, mucho menos de revelaciones.
Aquí, en este cyberespacio -que no es más que una charada ficticia supravalorada por el fan club de Gibbons- somos tres o cuatro generaciones de humanos vendiéndonos sexo, mercadotecnia, sueños demasiaaaaado privados, estrategias para declararnos la guerra a nosotros mismos. No somos más que autitos chocadores que -escapando del circuito habitual en el que autito choca autito- nos creemos sumamente revolucionarios al chocar los cochecitos contra las vallas de goma de los bordes de la pista.
Internet no es una revolución, ni siquiera es una novedad.
Internet es grandiosa (¿o grandilocuente?), es atolondaradamente literaria, es una gata baladí maquillada de pantera. Internet es una simple vía de comunicación publicitada como un universo. Los universos son majestuosos, complejos, extramorales. Internet apenas si es el reflejo de nuestros miedos y nuestras fantasías. Un universo es más.
La vida es otra cosa, allí hay un subtexto que jamás nos animamos a abordar, algo mucho más sustancial que las certidumbres y las perversiones que día a día depositamos en la red.
Y solo de pie en la vida misma podremos intentar abordar ese subtexto, la magia oculta entre las mentiras sembradas por la moral imperante. Aquí, de cara a la verdad cambiante de la realidad bien viva, yo soy un treintañero tibio y demasiado preguntón, la chica de 19 tal vez sea una pendeja tímida y ciclotímica, “Maggie, sensual y atrevida sexy mature”, un polaco de cuarenta que no sabe muy bien por qué está tan solo y escribe.
Blanco es negro, tibio es gélido. En medio de esta simulación colorida: ¿por qué esta página no podría transformarse en un diario íntimo, un blog más de millones?
Seremos blog entonces. De aquí en más sean bienvenidos a este festival de inseguridades disfrazadas de verdades absolutas.

Miércoles,22 de diciembre de 2004
La importancia de llamarse inclasificable
Tábanos molestando:(1)


