Torrencialmente... La palabra se le había grabado. Daba vueltas en su cabecita desde que oyera a la locutora decir:
Continúa lloviendo torrencialmente en todo el sur de la provincia- La voz de pito habitual, sonaba a nariz congestionada.
Estiró el cuello como para ver a través de la ventana y confirmar (no es que fuera desconfiada) Se preparó un pancito más con manteca y mermelada mientras cantaba:
Lluvia torrencial, torrencial, torrenciallll...
¡Tórrrrrrrrrenciallll!- y se rió.
¿Me hablaste mi amor?- preguntó su mamá desde el baño, donde se ponía bonita.
Noo, má.- y volvió a reírse.
La palabra había debilitado su significado con el uso, pero volvió con fuerza cuando salieron a la calle.
Tres días de lluvia, ya. Por momentos parecía menguar, querer detenerse. Las nubes abrían un claro por donde asomaban unos rayos de sol, y el aguacero se tornaba en llovizna.
Ayer por la tarde, en uno de esos momentos, Laura había salido al caminito de lajas del patio trasero a contemplar maravillada un gigante y sólido arco iris. Su mamá se acercó suavecito por detrás, y le comentó que debajo de sus puntas debía haber un cofre lleno de oro.
Sin darse vuelta, y sonriendo, ella contestó:
Sí mami, y Papá Noel me lo va a traer-
Festejaron el chiste, y se abrazaron luego.
Las gordas gotas golpeaban con fuerza el parabrisa del autito. La calle era un lodazal. Surcos de agua bajaban arrastrando basura y barro que se iban amontonando en la esquina, avanzando sobre la avenida asfaltada.
Mamá se mojó un poco cuando se bajó para cerrar el portón del garage.
Sentada derechita en el asiento del acompañante, con sus trenzas rematadas en chuflines de corazones rojos, y el guardapolvo tableado impecable, simuló apretar un control remoto invisible.
¡Bueno mi amor!- Dijo su madre subiendo aprisa y abrochándose el cinturón.-¡Parece que va a llover!-
¡Parece!- Y recordó abrochar el suyo. -¿Habrá clases?-
¡Siii!- Contestó con voz grave simulando fastidio. -Es la tercera vez que lo preguntás. Es lluvia nomás-.
(¡Pero qué lluvia!)- Las escobillas iban y venían enloquecidas. El tránsito se hacía pesado por las lagunas que se formaban.
Su escuela estaba a solo cuatro cuadras. Un aplanado edificio rectangular. Mamá la llevaba siempre, y siempre la estaba esperando al salir.
El agua casi superaba el cordón. Estacionaron pegaditos al borde, detrás de un transporte que arrojó un par de chicos, y se fue.
Beso-. Dijo mami. La niña terminó de liberar el cinto y le dio un beso en la mejilla.
Esperame adentro, ¿sí?-.
Sí má, ya sé-.
Bien... -
Asomó los brazos como para abrir primero el paraguas, y salió.
¡Esperá un poquito mi amor!-. Revisó en la cartera y le alcanzó unas monedas que Laura hizo desaparecer en el bolsillo. -¡Para suministros!-.
¡Grachiééé!-.
Se demoró un poco para ver la figura pequeña subiendo las escaleras, con una mezcla de orgullo y triste soledad, una vaga sensación de destierro que superó tras un suspiro, como buen adulto.
(¡Me abúrroooooo!)-
El sexto grado la impacientaba. Sus compañeras parecían vivir en torno a los programas pavos de la televisión. ¿Cómo podían ver novelas habiendo tantos documentales y libros interesantes?
Su habilidad y rapidez le daba tiempo extra que utilizaba para leer algo de la biblioteca. Su maestra había querido persuadirla en más de una ocasión para que hable y juegue con las chicas en los recreos. Lo intentó, como para darle gusto, pero pronto volvió al mundo fantástico de sus historias; lo que parecía ser algo grave porque llamaron a su mamá para hablar del tema. Después de eso, le alegró comprobar que dejaron de molestarla.
Faltaban segundos para que terminara el ultimo recreo, estaba concentrada leyendo un libro ilustrado sobre animales y plantas de la Mesopotamia. Un carpincho grandote con las patas embarradas la miraba de lado desde una colorida fotografía. El timbre dio por concluida la diversión, el sonido ambiente se modificó, algunos chicos entraron al aula, y ella se incluyó con facilidad en esa realidad. Dejó la lectura y se acercó a la ventana para ver el patio. Llovía menos, con pocas ganas. Las esponjas se estaban quedando al fin sin agua.
Tuvieron música con Delfina; regordeta, muy pintada, llena de aros grandotes y pesados anillos en casi todos los dedos. Laura le miraba siempre el pulgar izquierdo cuando llegaba, hipnotizada por ese único dedo desnudo.
Escribieron una canción, y después desafinaron de lo lindo con la flauta dulce.
Estaba de pié sobre la escalinata. Casi todos los chicos ya se habían retirado. La Directora y una Maestra hablaban detrás de ella. El cielo era una sola nube inmensa, pero no llovía. Una brisa fresca movía las hojas de los árboles, y se oía el rumor del agua cruzando calles.
Nunca se había demorado tanto su mamá. Bajó los escalones despacio, llegó hasta la vereda y se puso a observar las casas de enfrente, descubriendo fachadas desconocidas, árboles distintos.
El agua seguía siendo mucha, y corría presurosa. La sorprendió, apareciendo de la nada, un barquito de papel algo enclenque, cabeceando a merced de aguas agitadas. Miró hacia atrás esperando ver al posible dueño, pero la calle estaba vacía.
Sus cuidadoras desaparecieron del cuadro. Se lo pensó un poquito, y decidió esperar a su mamá en la esquina.
Acostumbrada a irse en medio del bullicio, el excesivo silencio la incomodó. Se sintió desamparada. ¿Por qué tardaba mamá? Quería estar en casa.
Se detuvo antes de la esquina. En una depresión de la vereda se había formado un gran charco de agua que le impedía el paso. Pensó franquearlo por los lados, pero a la derecha se alzaba el paredón de la escuela, y a la izquierda conectaba con el agua de la cuneta.
Miró para todos lados, midió el charco que estaba tieso como espejo, reflejando una porción de nubes. Retrocedió unos pasos, evaluó la pista, y tomó carrera. Lejos, el cielo se rajó una décima y se infiltró un amarillo rayo de sol.
Laura saltó con todas sus fuerzas, las trenzas que le había peinado su mamá al principio del día se elevaron apenas, como rudimentarias alas de un ave desconocida. Supo en seguida que no llegaría. Había despreciado el peso extra de la mochila y el paraguas, y sus zapatos no colaboraron al resbalar en el envión.
(voy a mojarme los pies mamá me va a retar...)
Y antes de pisar el charco, vio como se ensanchaba y se abría en una negra garganta babosa que se la engulló...
Hubo una turbulencia de remolino, unas cuantas burbujas lodosas; y silencio...
Un instante después, el charco escupió el paraguas y la mochila como si fueran un par de semillas. Enseguida se aquietó y recuperó su forma; y no se molestó cuando fue salpicado por un pequeño auto que dobló rápido en la esquina.
Fernando
Lunes,30 de octubre de 2006
Ficcionarios
Tábanos molestando:(0)