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VII
Mi nombre es Carlos Segundo Fuentes.
Pertenezco a dos mundos totalmente enfrentados. El primero tiene su origen en la figura de mi madre, un alma romántica, una hija dilecta de la Pampa Húmeda, del campo argentino (una paisana, dirían -con cierto tono de superación despectiva- las nuevas generaciones de animales citadinos).

Mamá. Una persona jodidamente inocente. A propósito, tengo una convicción al respecto y se las voy a contar: Aunque muchas veces vendan la inocencia como uno de los más puros sentimientos, de esos que por nada del mundo hay que dejar de tener, yo estoy convencido de que mamá era demasiado inocente. Es más: la sobredosis de inocencia fue la que terminó por fusilarla. Ya no me quedan dudas al respecto.
A diferencia de lo que pensaba mamá siempre, yo no creo en los sentimientos puros. Siempre trato de controlar la mayoría de lo que siento, sobre todo los sentimientos más fuertes y descontrolados, porque son los que suelen tornarse letales. Comprobé fehacientemente a lo largo de mi vida que todos los sentimientos traen consigo alguna velada carga de egoísmos, rencores, boludeces impresentables. Así es el ser humano.
Eso sí: esto de pensar así... como acabo de expresar todo: tan seguro de lo que digo; de manera maniquea, terminantemente. Eso... eso me viene por parte de papá; que es -se darán cuenta- el segundo mundo del cual les estaba hablando al principio de esta diatriba un tanto insustancial.
Mamá era la ingenuidad y papá la razón al extremo.
Todas mis parejas me recomendaron ir a conversar esto con un psicólogo. Pero digo yo: si lo tengo tan claro, ¿para qué tendría que ir a consultarlo con un psicólogo?

Carlos es el nombre que me puso papá. Por Baudelaire. Un tipo que leí mucho, pero nunca entendí del todo; o mejor sería decir casi nada. Exactamente igual que con papá, que no lo leí; pero lo padecí hasta que murió y me liberó al fin del trámite de tener que entenderlo en todo. En lo que hacía y en lo que no hacía también.
Papá era superlógico, pero tenía los huracanados arranques de demencia temporal que padecen todos los que se dejan aprisionar por la razón a ultranza. En uno de esos arranques de demencia temporal se enamoró de mamá, por ejemplo.
Mamá, en cambio, se dejó atraer siempre por la ingenuidad (aún la de papá, que era escasa, pero ella la encontraba). Qué estúpido que suele ser el amor... los dos terminaron encontrándose como si un callejón/casa hubiera sido construido solo para que ellos se encontraran y lo habitaran en soledad y espanto.
Papá era un habilidoso hombre de ciudad, mamá era una ingenua -disculpen si soy reiterativo- que era capaz de creerle todo a cualquiera. Aún las cosas más pelotudas. Mamá fue la que me puso Segundo. Porque al primero lo abortaron. Mamá era muy ingenua, sí, pero tenía esos paletazos de racionalidad criminal, vengativa y rencorosa que suelen tener los de su estirpe.
En este momento estoy estudiando atentamente - y por mi cuenta- los viejos expedientes de un caso que tuvo a la policía patas para arriba, como a una doncella que se resigna a ser penetrada por un guarro, por un hijo de puta al que nada le interesa más que acabar él mismo.
¿Por qué la policía suele dejar que le hagan cosas así? No sé. Me hacen acordar a esa señora que no quiere que le clisen el vidrio del auto y, sin embargo, se frena en medio de una manifestación de desocupados a gritar “córranse, hijos de puta, córranse todos de mi camino, ¡tengo derecho de circular!”.

Claro que en la policía no todo es fácil. Por hacer manifiestos mis pensamientos acerca de que la institución es una puta de modales pseudo-señoriales, he conseguido que mis superiores pidieran mi retiro de la fuerza, so amenaza de cárcel por desobediencia, escándalos y no sé cuántas mierdas más. Asuntos que agitan la fuerza policial como si fueran un virus. No importa. Yo sé que papá me enseñó (me empujó) a ser de los más inteligentes oficiales peritos de la policía, a estudiar en una universidad privada, a largar todo para vestir el uniforme. A arrogar a la gente con la placa.
Mamá colaboró con el resto de mi monstruosa pero genuina formación.
Ella me enseñó a querer la justicia, a amar la verdad como condición necesaria e inapelable. Conseguí ser la mitad de cada cosa, y me convertí en esto: yo era el policía perfecto, y ellos nunca se dieron cuenta de eso. Por eso me echaron. Por eso... y por poner en duda la capacidad de mis superiores. Nunca soportaron que yo les dé una tercera interpretación hipotética al caso criminal más misterioso y sombrío de todos los que se ha topado el departamento en sus cincuenta años de existencia. No era cualquier caso. Fue tremendo, tanto que la tarde en la que entré a trabajar a la escena del crimen vomité por primera vez en toda mi carrera.
Siempre hubo cosas difíciles de explicar en cada caso criminal. Pero, ¿cómo podía ser que en un lugar que había permanecido ventilado durante días hubiera un olor a cadáver tan impregnante? Y no es que me descompusiera el olor a cadáver por nada. De hecho es uno de mis olores más familiares (nótese que ya lo menciono como mío). Durante años trabajé en esto, y olí a cadáver aquí y allá, y -como conclusión- puedo asegurar que más aterradores son los olores de la vida.
El olor a cadáver debe desmitificarse: es sólo un compañero más, un amigo sincero que confirma la cualidad transitoria de la existencia. Un compañero rancio, pero un gran certificador de que existe una barrera gruesa entre los que están vivos y los que ya no lo están. Tan sólo eso, parece tonto de tan sencillo. Pero aquella tarde -insisto- el olor a cadáver me hizo vomitar.

Tardé en entenderlo, pero arribé a la conclusión de que la respuesta a aquel enigma era simple e inquietante, como la carta robada de Poe. Aquél no era olor a cadáver, era olor a muerte, que -sabrán apreciar la diferencia - es algo muy distinto. Más allá de las disquisiciones filosóficas, me atengo a lo concreto y digo que aquello no era olor a cadáver por una simple razón: allí no había un solo indicio real de que hubiese habido un cadáver en algún momento.
Bien, sí, hilemos fino. ¿Qué había allí? Una basta mancha de sangre, aún líquida, tapizaba un sector del parquet del living. No dejaba ninguna huella rastrera. Sólo estaba allí. Como si no viniese de ningún lado y tampoco fuera hacia ninguno. Una mancha de sangre que estaba ahí, sin su respectivo cadáver, sin señal alguna de haberse traído o llevado un cuerpo fuera o dentro del recinto.
Una mancha de sangre de un tipo no clasificable. Algo parecido al 0 universal, pero que tampoco era el 0. ¿Qué era?
Unas marcas de plantas de pies hechas con sangre nos atormentaban caminando por el techo del living. Un truco asqueroso de algún maniático, según dedujeron mis compañeros.
Yo sabía que se trataba de algo imposible de aprehender para nuestras estructuradas mentes de investigadores policiales, para nuestras estreñidas mentes de seres humanos del Siglo XXI. Nadie me pregunte por qué. Yo lo sabía.
La carta que encontré en el piso me confirmó que mi intuición no erraba.
Fue precisamente después de leerla y observar la escena del crimen (una de esas conjunciones de cosas determinantes que suele tener la vida) que vomité delante de todos; como un pibe de tres años subido a un colectivo en pleno verano, mareado, sin poder dejar de largar el chorro de bilis y restos de comida, mientras su mamá lo mira y le grita: “¡jamás voy a abrirte la ventanilla, pedazo de puerco y maleducado, jamás!”.
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VIII
Salí del baño despacito. Quería ver a la mina de lejos. Quería darme cuenta de cuán bonita era para saber si me iba a quedar a escuchar su “historia-que-no-me-iba-a-aburrir” o no.

Quería cerciorarme, como todos en este mundo. Como los egoístas y como los “solidarios”. Quería pisar sobre terreno fértil. Por eso me paré y puse el pause, por eso la miré... despacito. Como para que no me quedaran dudas de lo que estaba por hacer.
Pues para que les voy a decir que el neón de Quilmes le seguía pegando en la cara, y que eso me excitaba mucho.
Excitado. Ya como bebedor empedernido, ya como amante del azul, ya como el animal esteta que es el humano, esa bestia que se deja dominar por lo que le gusta, ese animal que descubre recursos artificiosos para subsistir. Si ella fuera una leona y yo un león macho, dejaríamos que los olores nos llamen, que las secreciones nos metan al uno dentro del otro. Yo la mordería con ternura en la nuca y le pisaría las patas traseras, y ella agitaría las zarpas delanteras en el aire y luego se quedaría quietita. Y tendríamos sexo.
Pero no, la película de los animales está en otro canal... aquí solo hay luces de neón, pelo suelto, escotes, sonrisas de limón.

Si yo hubiese sabido hacerle caso a mi animal-planet-instinto-automático aquella noche hubiese huido sin pensarlo siquiera una sola vez. Pero soy una de estas bestias que se deja conmover por la estética de los bares, por la propuesta firme y perdurable de la seducción de neón. Me quejo de lo que adoro.
Debe ser por eso que sonreía como un chico a medida que me acercaba a nuestra mesa... ¿o era mi mesa?... suya... mía. ¿qué? Qué importa. Ya estaba sentado allí, sonriendo como un pasotas.
El de la barra enloqueció y puso a todo lo que daba esa versión supereditada y frenética del “Numb” de U2 que se llama video remix, con el agregado de un zapping de televisión arriba y un par de loops de batería medio raros. Es raro, pero un cambio radical de música dentro de un bar te puede matar.
No lo pensé, lo dije: “Es raro, pero un cambio radical de música dentro de un bar te puede matar”. ¿¿¿Quéééééé????, gritó la morocha, tratando de escuchar qué era lo que le había dicho, y se metió la mano izquierda por el cuello de la camisa acariciándose apenas arriba de su hombro derecho. Sus ojos se clavaron en mi alma. Sentí un escalofrío al pensar que lo que acababa de experimentar era demasiado fuerte como para que me suceda dentro de un bar, en medio de un frívolo acercamiento.
Pensé en la libido, le miré automáticamente los pechos, ella se estaba acomodando el corpiño por adelante. Suspiré tranquilo, tuve un falso consuelo de bar... todo aquello era meramente sexual.
¿Estás bien?- dijo ella, que no dejaba de clavarme los ojos.
Sí, ¿tengo cara de otra cosa?-
Cero en amabilidad- farfulló, con el tono de Nancy Duplaá en alguna tira de mierda de esas de la tele. La oí, pero hice como si no la hubiera oído.
Volvamos a retomar el tema- esperé.

¿Cuál tema?- se volvió a agarrar del cuello, esta vez puso cara de dolor (no molestia, no incomodidad: dolor). El de la barra dejó que corriera el disco de los mixes de U2, ahora lo que sonaba a todo lo que daba era el Hollywood-Remix de “God part II”; la guitarra de The Edge dividió al bar en dos: de un lado los que se tapaban los oídos, del otro lado los que movían la cabeza al ritmo de los riffs del tipo. Bono Vox gritaba “¡¡¡loooove!!!”. Rodolfo, el de la barra, bailaba torpemente con una coctelera en las manos. Sonrió mirando para nuestra mesa, le guiñó un ojo a la morocha. La piba bajó la vista, como si fuera la Virgen María abordada por una patrulla de centuriones romanos que le gritan guarangadas desde un carro.
El tema. El tema que dijiste que me iba a sacar del aburrimiento. ¿O nos vamos a pasar toda la noche hablando de mayonesas?- dije yo, con esa ironía desmedida y cruel que caracteriza a los de mi generación.
Bien, veo que el muchachito es un poco ácido- dijo ella
lo mejor va a ser que pase directamente a los bifes- Yo me acomodé en el asiento. Ella sonrío con su sonrisa de Mona Lisa, pero esta vez lo hizo con una sensualidad que me provocó un cosquilleo dulce en la espalda.
¿A los bifes?- dije yo, como un chico al que le prometieron diez autitos Matchbox de colección para después de la siesta.
A los bifes. Mirá- dijo, corriéndose el cuello de la camisa me mostró su cuello de ébano. Largo, como el de esas estatuas de estética africana que venden en todas las tiendas para viejas con plata.
Sobre la base del cuello, allí, en ese territorio sensual en donde casi comienza el hombro, la morocha tenía una protuberancia, un pequeño monte hinchado. Rojo, de fuerte contraste con el color aceituna de su piel. Era como una araña subcutánea viviendo del mundo interior de su cuello.
Dos marcas rojo-negras, de sangre seca se hundían -una a cinco centímetros de la otra- en ese monte espantoso.
Entonces ella se pasó la mano con piedad por la herida. La belleza de esos dedos me sacó del espantoso trance hipnótico que me causaba la visión de esa antinatural protuberancia. La miré a la cara. Tenía puesta la sonrisa más triste que vi en toda mi vida.

El horror me trepó por la espalda como si fueran doscientos veinte voltios. Creo que atiné a levantarme para irme de ahí sin exigir explicaciones de ningún tipo. Entonces reparé en sus ojos: lloraba. Su bello rostro estaba apagado, desconsolado en una gigantesca pena. No pude irme. Su triste rostro estaba muerto.
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IX
La carta nunca fue tomada como evidencia. Eso fue lo primero que me enfureció y me llevó a enfrentarme con el equipo de homicidios del cual formaba parte. Aquella carta podía traducirse como el principio del fin para mi carrera de policía.
A la luz de los años, implacables dagas de plata, es evidente que la carta sólo fue la punta de aquella lanza separatista.

En mí ya habitaba una contradicción insalvable. Siempre hay alguien que te lo avisa mucho tiempo antes de que la situación estalle. Me acuerdo que mi hermana encendió la alarma una tarde en la que me encontró borracho, tirado en la alfombra del living de mi casa. Acababa de cagar a trompadas a la que por entonces era mi mujer. Mal. Se fue, hizo las valijas y no volvió nunca más. Estaba harta de que la surta, estaba harta de verme loco.
“¿Cómo puede ser que un tipo inteligente como vos, leído, sensible, sea un policía?”, decía mi hermana, y lloraba por todo lo que yo no podía llorar. En realidad la crisis y el reproche no fueron episodos tan cortos y precisos, tal cual aquí lo cuento. El monólogo de mi hermana duró dos horas de reloj. Pero no quiero volver a repetirlo. Ni en mi mente ni en un texto como este. Trayendo a colación fragmentos esenciales, escojo este resumen: unos treinta o cuarenta “no me vas a decir que mamá y yo no te lo avisamos”. A esto súmenle las serias acusaciones de haber heredado directamente de papá la cobarde manía de fajar a mi ex mujer. Asuntos puntuales, verdaderas advertencias sobre el tema. Pero para anestesiar los efectos de la reacción de mi hermana, que llegaba como un arcángel fatalista a avisarme precisamente que yo no debía ser un policía, estaba el folklore de mi ex profesión, en donde por lo general se surte a las mujeres, y luego se lo comenta tranquilo en horario de trabajo. Y también estaba mi bipolaridad de por medio... y un montón de cosas más que no vienen al caso contar.

Todo terminó así: para el orto. Tuve que hacerme cargo de la contradicción profesional-existencial que existía en mi vida. Elegí el momento de la aparición de aquella carta en la escena del crimen. A partir de esa tarde comencé a llevarme para el orto con mis compañeros. En el facilismo que prende día a día en este planeta, en el resumen pseudo-psicológico que alcanzaron a vociferar todos mis colegas se leía: “está así porque su mujer lo dejó”. Nadie se daba cuenta de lo esencial: ellos me caían cada día peor. Mi hermana y mi mamá tenían razón, pero uno nunca quiere darle la razón a la familia, porque parece cosa de débiles, porque parece cosa de psicópatas de película norteamericana. Pero ellas tenían razón.
Mi tío Julián (el hermano gay de papá, al que nunca aceptaron por... ¿por qué contarles algo que ya todos deben estar deduciendo?) una vez me dijo que la experiencia es un peine que te regalan cuando te quedas pelado.
Yo adoraba la alegría fatalista de Julián, aunque de adolescente me hayan contagiado un poco de la paranoia homofóbica que la familia sentía hacia él, nunca puse en duda que el tío era un auténtico maestro de la vida.
Por eso me parece perfecto haber dejado la policía para siempre. Por más que siempre me hayan tratado como a un geniecillo (cualquiera que sobrepase la pobre media de inteligencia de la fuerza para ellos es una especie de Einstein), por más que los agentes se hayan corrido de mi paso, como si yo fuera Sarah Ferguson, cada vez que llegaba con el equipo de peritaje en una valija. Más de un cabo se dirigió a mí tratándome de doctor.

Las ganas de no ser más policía me afloraron hasta la napa del no tolerar. Y más después de haber presentado como prueba inapelable de un gran complot asesino la carta que encontré en la casa, arriba del escritorio de la víctima.
Fueron días en los que, inútilmente, traté de abrirle los ojos a la fuerza con algo que, de tan evidente, brillaba en peso específico como nada en este mundo.
Ni los agentes, ni los detectives, ni los jefes de agentes y detectives parecieron tomarme en serio cuando hice notar que en la carta estaba la clave de todo.
Al principio pensaron que era un pequeño capricho de mi parte, algo en lo que un agente de peritaje de la policía no debía meterse, luego comenzaron a creer que era un delirio místico.
Cuando pegué dos tiros al aire dentro del despacho del comisario para que alguien me diera bola se dieron cuenta que me estaba tomando la cosa bien en serio. Ellos quieren lo bestial, lo adoran. En lo bestial buscan la verdad. No sé si está bien, no sé si está mal. No soy nadie para abrir un juicio moral sobre tamaña filosofía. Lo cierto es que con este rápido y confuso episodio arribaron a la conclusión de que más bien convenía echar de la fuerza a alguien como yo.

Y al carajo con las serias hipótesis de estar frente a un peligroso psicópata de acción, un tipejo capaz de dejar sin sangre a un cadáver, de dejar sin cadáver un lugar impregnado de olor a muerte. Una sola persona capaz de poner pálido y aterrado a todo policía que se acercara al caso.
Ellos me preferían lejos. A mí y a todas mis hipótesis.
Brindo por Edgard Allan Poe; fue cierto lo que escribió: la policía nunca pudo ver las contundentes respuestas que la vida les pone siempre (¡a la vista!) delante de sus estúpidas narices.
En esta edición pudiste escuchar las siguientes canciones:
01) Mix de "System", "Babylon" y "Loud, Loud, Loud" de APHRODITE’S CHILD (1966, disco "666")
02) "The four Horsemen" tambien de APHRODITE’S CHILD (1966, disco "666")
03) "Circle song Nº6" de BOBBY McFERRIN (2003, disco "Circle songs")

Domingo,1ro de julio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(6)


