eS mÁs SaNgRe La QuE LLeGa...

RAFAEL (Tercera Parte)

"He puesto mis labios en los de la vida;/Náusea./ He visto la suerte golpear en torno suyo con manoplas de idiota/ Y el hombre es un espectáculo tan pequeñamente sórdido/ que busco en mi la soledad." RICARDO GÜIRALDES

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musica rafael 03

V

El policía cruzó la calle corriendo a una velocidad increíble para un policía medio. A media cuadra de la parada del bondi, hacia sus espaldas, pasó a los piques -como una saeta con punta de fuego- un energúmeno, que ya arrojó viento al pasar, que ya cruzaba a la otra vereda e iba a las corridas con algo robado entre las manos.

Energúmeno corría como el rayo que dio vida al hijo no natural del doctor Frankenstein. Amasada debajo de sus axilas iba una cartera de dama, sujetada como a la vida misma. Era una de esas carteras viejas y gastadas, de ésas que el color le está diciendo adiós tras centenares de noches de vida útil.

A solo cincuenta metros -y en una situación de estaticidad pura- una vieja no paraba de llorar.

Parece que el imberbe le había pegado un sopapo y le había arrebatado la cartera del brazo, y con ella lo de valor, y con ella algunos recuerdos volátiles, pero queridos. Debió ser por eso que el energúmeno corría así, sin importarle tres pelotas si los autos iban o venían. Así, como cruzan la calle los borrachos a cierta hora de la madrugada, pero al triple de velocidad.

Al cruce, casi instintivamente, le salió el poli, a quien todavía le quedaba algo de aire para correr en circunstancias como éstas.

Entonces lo alcanzó y lo tomó violentamente del brazo. Mientras le ponía el fierro en la cabeza, le preguntaba a los gritos qué es lo que estaba pasando (¿para qué pregunta la Policía cosas así en momentos como ése?).

Entonces la cartera de la vieja vuela al medio de la calle. La señora se entusiasma con la idea de reencontrarse con sus pequeñas pertenencias, con un movimiento de gato de tejado (viejo, vigía, preciso) se avalanza sobre la cartera. Un colectivo le frena a dos centímetros de la cadera. Una señora grita y un muchachito de cuatro años sonríe casi feliz, desconocedor total de la muerte, divertido, como en el circo. Inocentemente morboso.

Pasada la lluvia de gritos (la jungla amerita demostraciones de poder de este tipo) el policía, tal vez una milésima mas calmado, intentaba saber realmente el por qué de aquella violenta pavada urbana. Poli miró a los ojos del muchacho y solo encontró euforia. A veces pasa; uno va por oro y vuelve con barro.

A pesar de haber hallado aquel desmesurado brillo en sus ojos, poli descartó - con la pericia y el sentido de las lecciones aprendidas de memoria que caracterizan a la policía de todo el planeta - la posibilidad de que el reo se encuentre bajos los efectos de algún estimulante.

Poli falla en la presunción: los ojos del muchacho no se desorbitan, ni se dilatan, ni se enrojecen en derrames. El pibe no está drogado, tampoco ebrio.

¿Entonces qué?

Poli prueba golpeándolo. Un poco enojado por no terminar de entender bien qué es lo que estaba sucediendo allí.

El pibe desde el piso se secó la saliva de la boca con la manga de su camisa y argumentó en su defensa:

 Sos la misma porquería que yo, me pegás cuando estoy en el piso-

Poli le apretó el cuello y con la mano que le quedó libre cazó el handie de su cintura y llamó un móvil con urgencia. Se estaba cansando con poco de aquel maquinal muchachón y, sobre todo, de esa situación no del todo clara: ¿por qué tiró la cartera?, ¿por qué se dejó atrapar?

El pibe, que -colaborando sarcásticamente- ya estaba esposado, lo miró a los ojos y escupió en un tono calmo y monocorde:

“La institución en la que usted se desenvuelve no es ni más ni menos que la clara demostración de la cobardía consumada en nuestros espíritus. Usted se cree usted en ese uniforme, y en realidad sólo es su debilitado alterego cada vez que viste ese ridículo disfraz. Su relación de servicio hacia la comunidad nunca ha estado del todo clara. Estoy completamente seguro de que menos de una decimonovena parte de todo lo que usted hace en su trabajo es servicio a la comunidad. Toda su acción de trabajo es impulso perfectamente digitado desde estratos de poder que usted sólo puede llegar a intuir, fantasear. Usted no es usted; usted es sus propios compañeros, y sus propios compañeros son usted y sus propios compañeros, y nadie es realmente nadie en su trabajo. Piense: usted trabaja de víctima de una despersonificación bestial. En su disfraz de policía la comunidad se desdibuja, nada le queda claro. ¿Usted es usted?, ¿o usted es usted y sus hijos? Nunca podrá detener la tormenta interna de no saber quién es usted; por más que lo asciendan, por más que cuelguen una placa más en su pecho, una jineta en su desconfiado hombro de policía. Por eso es que me aprieta el brazo antes de preguntarse si apretarme el brazo es lo correcto. Por eso me arroja al piso, por eso quiere disparar antes de saber si disparar es lo que usted tiene que hacer. Esta es su clave moral, servil, ésa es la vida que ha elegido, siempre ejecutando órdenes que ni siquiera revisa, siempre amparando un estado de leyes que ni siquiera ha leído. ¿Quién es usted señor?, ¿usted, o lo que han dejado de usted?”.

Mientras el pibe escupía la diatriba, por la cabeza del agente pasaron en perfecto orden y nitidez la tarde de sol en la que ayudó a su amigo Germán a sacar de un pozo a su perro Vito, y aquella tardecita en la que desobedeció a su madre y se escapó a jugar al fútbol, ese ocaso en el que fue feliz, porque su alma de niño así lo dictaba, porque la prisión abría sus portones, y sus pulmones estaban llenos de la tierra de la cancha, y tosía de felicidad.

Pero todo duró muy poco. El policía volvió en sí (todo policía está obligado a volver en sí) y prendió el handie para reiterar el pedido de un patrullero. Desde la comisaría sus compañeros administrativos solicitaron paciencia, la excusa fue la de siempre: una ciudad ajetreada, cargada de compromisos, y todos los móviles ocupados.

"Si... está bien", contestó sin ganas el rati, como haciendo saber que con esa respuesta que le acababan de dar estaban subestimando su conocimiento del funcionamiento interno de la fuerza.

"Piden pizza en el móvil que usted está necesitando más que el agua. Por eso se van a demorar, porque piden pizza...", dijo el muchacho con una sonrisa de joker, con una mueca inquietante de quien está seguro de confesar una verdad que hiere el amor propio de un hombre de institución.

Poli enfureció y tomó al pibe del brazo para cruzarlo nuevamente hacia el otro lado de la avenida. Desde la parada del colectivo todos los que esperaban un bondi estiraron sus cuellos, como no queriendo perderse esta sesión de telediario en vivo y en directo.

Cagaron; pues el policía decidió entrar al muchacho (a las trompadas, claro) en un inmenso garaje a mitad de cuadra, uno de esos estacionamientos baratos, donde conviven autos de las más diversas categorías sociales. Allí dentro bajaron hasta el subsuelo.

Poli estaba confundido. Confundido y perturbado. Muy mala combinación para convivir en el estado de ánimo de un solo agente de la ley.

En el subsuelo mismo, sus cuerpos fueron iluminados por la tenue eficacia de un tubo de sesenta, casi una morgue. La primera piña de poli fue derecho al estómago. El pibe no gritó, no se inmutó, se dejó pegar. Sonrió, y en el gesto mecánico de reír controló el dolor.

La piña, el recurso de fuerza, es la ley universal del poder. Es la ley de los cabos del interior de la Argentina, de los sargentos controladores cocaleros de Bolivia, de los bilingües agentes de Amsterdam, de los desaliñados muchachos de la Surete parisina.

El policía dudó y -harto de dudar- estalló en nervios. Cazó al pibe de los pelos y lo subió a su propia cupé chevy naranja (ese viejo auto que le compró a su suegro con su último aguinaldo, contradiciendo las voces de ahorro levantadas a los llantos limpios por su mujer). La cupé estaba estacionada allí mismo. Poli recién comenzaba su laboral.

Cada vez más nervioso y desoyendo las reglas de procedimientos, pensó en llevarlo a la comisaría -que queda a sólo cuatro cuadras de allí- en su auto particular, sin esperar a que los refuerzos lleguen. Nervios, muchos nervios. Que más daba... sólo otro procedimiento ilegal de detención.

Poli pensaba con furia ciega, en ramalazos, en pequeños flashes incendiados por la herida del orgullo. Pensaba, por ejemplo, en pasar por la comisaría, dejarlo allí, fichar, firmar, say chau. Irse a la mierda para siempre. Huir de todo y de todos. Confusión, mucha confusión.

El pendejo cayó desplomado dentro del auto, la tunda que le estaba pegando el agente era por demás demoledora. Cuando poli se sentó al volante dispuesto a arrancar, el pibe comenzó a susurrarle cosas al oído. Ahí, en la privacidad de la cabina del auto -que todavía no arrancaba, como todo auto viejo: terco en el momento menos adecuado- le decía suavemente que no se asustara, que no le iba a pasar nada, que todo iba a ir de maravillas. Franco y sensual, el pibe le anunciaba libertad, promesa de una nueva vida a partir de aquella misma noche. No más amargura simple, no más humillación de galones. Podría visitar a su mujer y a sus hijos desde la penumbra, desde la poderosa fase del anonimato físico. El no cuerpo que se mueve a través de nuestras dimensiones y nuestros sentidos. Así, disfrutando del no cuerpo también iría de visita al destacamento y -en el summum del ya no pertenecer- podría ver todas esas vidas opalinas desde afuera, desde el sitio-privilegio del espectador. No más banales preguntas de policía, la injustificable cadena de vidas, detenciones y muertes sucesivas. No más.

Paralizada la mente, temblando su cuerpo como un molino de viento en medio de la sudestada más furiosa, el rati temblaba. La mano quieta sobre la llave del auto, la otra agarrando el volante con fuerza. Y el pendejo que le pasaba la lengua sobre la herida profunda que le acababa de dejar detrás de la oreja. Y seguía contándole aquellos sueños de una inmortalidad carmesí, mientras le chupaba con fruición lo que le quedaba de sangre.

Y allí estaba, en el puesto del conductor que no conduce nada: el oficial de la ley y su pija dura; casi a punto de reventar de la excitación. El oficial en una explosión de amor, él y un río de semen que le mojó el tríceps de la pierna derecha por debajo de su pantalón de uniforme. Casi dulzura adolescente, casi incontenible magia onírica de polución nocturna.

Recién a las seis horas, sus compañeros de la Segunda encontraron el cadáver dentro del chevy. Otro de los casos de desangrado sin mayores restos de plasma en el lugar del crimen. Que llegue la TV: el show debe continuar.

La furia dominó a todo el departamento de policía y a todos los destacamentos de la ciudad: esta vez le había tocado a “uno de los suyos”. Eso -para ellos- se traduce en una afronta tan inevitable como difícil de soportar.

El noticiero de las ocho ya tenía montado el circo de manera más organizada y puso al aire a un psiquiatra que aseguraba que esta serie de crímenes era llevado a cabo por una mujer, una psicópata que satisfacía sexualmente a sus víctimas para luego matarlas y llevarse con sumo cuidado grandes contenidos de la sangre y el semen de sus víctimas. El doctor dejó tranquila a la audiencia, quien ya se sentía un grado más segura al tener un posible bosquejo del responsable de la horrenda cadena de muertes.

Mientras tanto Vox Populi, esa entidad omnisciente, viva en todas las sociedades de todos los tiempos, continuaba corriendo la bola en todo el país e, incluso, en los programas amarillos de las señales de cable internacionales dedicados al esoterismo, la new age, los ovnis y las flores de Bach:

Un vampiro había matado al policía, y a los otros, decían.

Poli, mientras tanto, despertó con un terrible dolor de cabeza, en medio de la oscuridad de un ataúd, a tres metros por debajo de la superficie terrestre. Allí, donde nadie vale un carajo y las instituciones son un paño embebido de agua de canaletas mugrientas, Poli escuchó la voz de su amado que le decía: “ahora sos vos, ¿no lo ves?”. Entonces lloró de alegría.

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Bridges burning THE MISSION

VI

Media hora después, por esas cuestiones relacionadas con el enroque de personas en los bares, yo estaba sentado con la morocha en el rincón más oscuro del bar y los pibes hacían chistes predecibles desde la mesa cuatro, la que estaba a tres de la mía.

Tuve un relámpago existencial (yo les dije: aquella no era mi mejor noche): ¿Por qué estoy con la piba?, ¿estoy tratando de seducirla sin darme cuenta?, ¿me interesa conocer a alguien esta noche?, ¿por qué algunas veces molesta y duele tanto ser “uno-sin-nadie”?

Y ella, en una especie de danza ritual, seguía contándome de lo pesado que era ser promotora de mayonesas en los supermercados; de lo histérica que la ponía ver todos los días a esas viejas que van a comprar la arena volcánica para sus gatos. Lo furiosa que la ponía tener que sonreírles, y ofrecerles esa mayonesa de mierda que les tenía que ofrecer con cara de trabajo práctico de estudiante de mercadotecnia.

Y yo, en una especie de trance pseudo-existencial, mirando su sonrisa de Mona Lisa (una sonrisa que privaba la visión de sus dientes), sus ojos bellos, pero desesperados.

 Supermercados... qué bajón- decía yo, con voz de tipo que no está prestándole atención a nada.

 ¿Por qué lo decís, por solidaridad conmigo o por convicción propia?- Me batió. Paré las antenas, ése es el tipo de preguntas que me traen de nuevo (o por primera vez, depende...) al acojonante mundo de una conversación de a dos.

 No, no te sientas condescendida. Detesto los supermercados. Agradezco a Dios, en el caso de que exista, de no tener que trabajar en uno.

 Gracias, muy amable de tu parte. Te agradezco que me apoyes así esta noche, sobre todo hoy, que estoy tratando de desahogar mi pena por trabajar, precisamente, dentro de los supermercados- Me miró con ojos tristes. Supe que había sido un idiota de una sola pieza.

 Puedo decirte que lo siento, pero no me di cuenta de cuánto te iba a joder. No puedo pedirte disculpas por algo así, tan circunstancial- Estaba hablando pavadas rebuscadas (los dos lo sabíamos, había allí un acuerdo de bar era indudable).

Me levanté. “Voy al water”.

Se lo dije en un tono neutro, casi de disco de estudio de Kraftwerk. Como dándole a entender que no estaba del todo seguro de querer estar ahí, sentado con ella, hablando de cosas que no estaba dispuesto a considerar. “Cuando vuelvas voy a cambiar de tema, no quiero aburrirte con mis depresiones”, me dijo.

El neón de cerveza Quilmes le daba en los ojos. El brillo azul que se dibujó en sus pupilas y su sonrisa de Mona Lisa en medio del humo del bar me hicieron correr un pequeño escalofrío por las espaldas. Presagio. El amigo René Descartes ganó por goleada y excusé, me levanté, me pianté, colé hacia otro sector. Aquel momento -aún no lo sabía, pero si lo percibía como un animal que sabe que la comida ha terminado- era un extraño adelanto del espanto por venir. Mi excusa fue vulgar: que la cerveza estaba empujando por salir y bla bla bla. Fue una tontera, una pura y pueril tontera. Los escalofríos que sentía no eran por acumulación de líquidos en la vejiga, se trataba de un ancestral y atávico aviso de peligro inminente, la reacción lógica del que está medio apurado por ir a mear en una noche de frío y no nota que está atrapado en una trampa cargada de muerte.

autor Fernando HoraDomingo,24 de junio de 2007
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(6)



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  • #1 ..··. Marita ··..· 24/06 .·.. 19:20

    Barracitaaaaaaa. Sabía que lo ibas a colgar antes de las doce. Actualice mi navegador y aqui estaba el capitulo de este domingo.

    Mucha sangreeee!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!11

    que lindo, te felicito

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  • #2 ..··. Miguelicus ··..· 25/06 .·.. 03:10

    Me gustó la del policía. No me gustó que corten tanto lo del bar

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  • #3 ..··. Juan P ··..· 25/06 .·.. 05:19

    Hasta aqui esta bueno el recurso de que se despierten en los ataudes. espero que no cansen con esa idea.

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  • #4 ..··. Lorena ··..· 27/06 .·.. 04:52

    Me gusta el tono desacartonado con esos sorpresivos giros hacia lo serio y angustiante. Me gusta yambién el uso de metáforas, me lleva y me trae.

    Viene bien, tiene buenos climas. Estaría bueno saber que opina algún amante del género.

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  • #5 ..··. Adriana ··..· 2/07 .·.. 14:27

    Hola Fernando! Como va? opino: lei capitulo 3 y 4, y me encanta, me conmueve, me identifico, ... tiemblooooo .... pero.... estaba sin internet y me perdi los dos primeros capitulos! ya se, muy colgado lo mio, pero por favor! quiero redimirme conmigo misma y poder leerlos! Me podras dar una mano y, solidariamente, enviarmelo, darme un link o facilitarme de alguna manera los texto o audios o algo! Desde ya, muchas gracias, mi y yo te lo agradecemos!

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  • #6 ..··. Comité Cental Tabanero ··..· 3/07 .·.. 06:03

    Adriana:

    Niña, que te has ahogado en un vaso de... ¿sangre?

    Los dos capítulos anteriores estaban solo más abajito del tercero.

    De todas maneras como somos pib@s muy pulenta te mandamos un atajo para que los encuentres SHA MISMO:

    aquí el uno

    aquí el dos

    Y esto que te ha sucedido nos ha dado una idea: a partir del próximo capítulo pondremos al pie del mismo un link a los anteriores así el que quiera leer lo antes escrito, le da de ahicito nomás.

    Un abrazo gigante y gracias por estar de aquel lado

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