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Recuerdo claramente la primera vez que escuché hablar de Rafael. Y es raro, porque por lo general nadie recuerda la primera vez en la que oye hablar de nadie, ni siquiera de la persona a la que amó alguna vez con fuerza de tornado (eso sonó cursi, pero puede que sea cierto).

Igual no hay por qué tildarse: el comentario que acabo de hacer no tiende a resaltar lo patético de esta vida postmoderna (¿todavía se utilizará el vilipendiado término postmoderno para referirse a los tiempos que corren?), más bien es un pequeño ejercicio resaltador de la consecuencia de vivir en un planeta sobreinformado. Mucha data, poco espacio para retener los datos esenciales. Es así de simple...
Basta de atosigamientos morales.
Tengo otro test para vos. Hacelo conmigo:
a) ¿Te acordás del nombre de pila de tu maestra de primer grado?
b) ¿Y el nombre completo de la primera persona a la que besaste?
c) ¿Recordás sin esfuerzo que número tenía la chapa de la casa en la que viviste durante tu infancia?
d) ¿Cuándo fue que te sacaron sangre por primera vez?
Terminá de hacerlo. Contestá cada pregunta tomándote el tiempo necesario. Luego... no seas hipócrita. ¡Rendíte frente a la evidencia!: no sos el dueño de tus recuerdos. Nadie lo es.
Todos los dueños posibles murieron sepultados vivos por este huracán de información disparada en obuses satelitales de doscientos canales.
Nadie quedó vivo, ni los propietarios, ni los usuarios. Ni nadie.
Nos hemos convertido en clientes de las ideas ofertadas en escaparates de la nada.

Por eso (y no por otra cosa que pudiera inferir mi psicólogo en sólo una sesión y con mi orden de consulta perfectamente archivada) es que me llama mucho la atención recordar perfectamente la primera vez que me mencionaron a Rafael.
Bueno, también es cierto que un vampiro no se olvida con la facilidad escapista de un sábado a la noche...
La noche de los acontecimientos a narrar era una de esas noches que -filosofía adolescente mediante- a mi me gusta llamar “una de esas noche en la que uno no se banca ni a uno mismo”. Ponés la tele, y todo te parece una garcha atómica (más que otros días, más que otros días...). Te das vuelta en la cama y descubrís que no te habías acostado para dormirte, ni mucho menos (te habías acostado porque ya no te bancabas nada, claro). Agarrás un libro y sabés que lo agarraste al pedo, aunque durante años y años tu yo hipersensato te haya enseñado en herméticas sesiones de la conciencia que la literatura puede salvarte de cualquier situación de desánimo. ¡Ja!: en casos de noches estancadas, las letras no te sacan de nada. Ese no lugar que suelen llamar tedio es prácticamente implacable. Entonces das vuelta para el otro lado de la cama; te levantás, caminás la casa, te comés la cabeza. Sabés que no querés estar con vos a solas, pero tampoco estás seguro de lo contrario: ¿querés estar con alguien? No. Sí. No.
No sabés.
Ahí es donde no te queda otra: te armás de coraje y te ponés lo primero que tenga pinta de “ropa para estar en sociedad”. Y arrancás.

Yo, personalmente, no soy muy exigente en ese sentido (en el de la ropa digo; en el arte de bancarme a mi mismo soy un perfecto desastre...). Esa noche, por ejemplo, me puse unos pantalones de gimnasia tipo Illya Kuriaki, que no combinaban en lo más mínimo con las zapatillas “de viejo jugador de bochas” que llevaba puestas en los pies. Ni hablar de cómo me quedaba las medias de lana con guardas andinas que me regaló mi hermano, el montañés. Horribles. Y más combinadas con el pullover marrón con guardas beige que me trajo mi abuela de su último viaje a Bariloche, allá por 1988. Es que -a ver si entendés-, en realidad no importa lo que te viste. En casos de crisis es inútil y hasta baladí apelar a la elegancia. Total te pongas lo que te pongas, todo te va a parecer una soberana garcha. Lo mejor es ganar la calle y ya, irte por ahí: a la mierda con cualquier posible síndrome de Fashion Emergency.
Ultima digresión: me encanta ese término (“por ahí”), es una frase sin demasiadas implicancias, sin rumbo, fácil de usar, una hermosa generalidad que hemos empezado a utilizar a menudo los que -sólo a veces- tenemos ganas de pensar en nada.
Pero no descuidemos el relato. Vuelvo al nudo: la noche que estoy intentando contarles era una de esas noches en la que hace un frío del orto y uno ya está recontrajugado... con decirles que aquella noche hasta los primeros diarieros -los de la una y media, auténticos especialista en bancarse estoicamente el frío- se frotaban las manos enguantadas con la esperanza de recuperar la sensibilidad que el frío te quita violentamente, como una espada en el cuello de highlander. Acorralado por el frío entré sin siquiera pensarlo a “La vereda”.
“La vereda”... es un lindo nombre para un bar-de-verano-eterno, una hermosa chozita instalada en medio del caribe, un barcito en donde todos son felices al calor tropical de la noche, y los problemas más grandes son del tipo de “Dawson Creek” (o como mierda se escriba) o “Verano del 98”.
¡Pero este era un bar fuerte en invierno y en plena Patagonia!
Igual no hay que quedarse siempre con la primera impresión, por más fuerte y nítida que sea, por lo general siempre es demasiado prejuiciosa.

Si vos te ponés a pensar bien el nombre de ese lugar, te das cuenta de que no está del todo mal puesto. Por más frío que fuera a hacer, decenas de adolescentes y jóvenes de clase media se quedan siempre allí: en aquella vereda, matando el tiempo, minuto por minuto, con una dedicación obsesiva, digna de aquellos sádicos asesinos seriales que inventó Hollywood para asustarnos y que luego se encargó de exportar el “mundo real”.
Y allí, en la verdadera vereda, aquella noche estaban como siempre todos esos muchachitos y muchachitas que -hoy por hoy- mueren en vida, encantados de jugar el juego de la rebeldía urbana. Eso sí: sentados en la vereda del bar, intentando inmortalizar un verano perenne (casi de ikebana), por siempre, como si la vida fuera una eterna publicidad de Gancia.
La vida es triste. El romanticismo se agota, la vena justiciera se carcome en salarios de MacJobbies. Los chicos se aburren y hacen el amor sin ganas. Todo esto (la vida, vamos) suele parecerme una reverenda cagada en ocasiones. Que cursi. Pero así es, en la simpleza cursi de muchos de mis análisis, suelo definir mucho de lo que luego me rige. Siendo cursi soy como una biblia de preceptos instantáneos, casi quicks, a mi propia medida.
Yo dejo que estos pensamientos rijan en mi conciencia con frecuencia, me digo -por ejemplo-: “Pensar que es altamente probable que el noventa y cinco por ciento de ellos abandone la natural pose contestataria de la adolescencia con la llegada de lo que -infantilmente- hemos dado en llamar madurez”. Los imagino llegando a los cuarenta y cinco con todas esas enfermizas mañas de andar repitiendo en voz alta todas aquellas estupideces de “quiero que entiendas que estoy en MI derecho de protestar porque veo que MI vida está siendo avasallada por TU comportamiento incivilizado y poco democrático; y la seguridad de MI familia está en juego por TU CULPA. Devuélveme entonces MI maldita tarjeta de crédito”, y otras chorradas por el estilo.
Ellos -me imagino a veces- serán gente que desaparece como usina de opinión, y comienza a fallar a favor de la estupidez cómoda. Puedo ver como en bola de cristal todas esas inevitables conversaciones triviales con respecto a los vencimientos de las tarjetas y la inseguridad en las calles abarrotadas de negros quilomberos, y todos esos prejuicios cómodos de la clase media insensible pasarán a formar parte de sus vidas cotidianas. Antes de que yo termine de escribir este mismo párrafo, al menos un puñado de miles nuevos soldados de la clase media se recibirán de adultos. Eso me da un poco de asco
No puedo dejar de suspirar amargamente por la fatal inevitabilidad de todas esas conversaciones de asados con compañeros de trabajo, donde se hablará mal de los que no están; y de allí se saltará a temas tan intrascendentes como el estado actual de sus autos, o -insisto, quiero ser más obsesivo que ellos- de sus tarjetas de crédito, que se llaman algo y un gold atrás, recalcando su superioridad en sumas poco representativas.
Status. ¿Tan equivocado se puede estar al suponer que así -bañados en créditos- se llega a pensar que uno puede ser “alguien en la vida”?
Ser alguien en la vida... ese desvelo que alimenta los inconscientes de toda una clase. Sad, but true. ¿Ven?, siempre dejo que la cursilería me rija.
Bueno, prometí volver al nudo y aquí me tenés... mejor volvamos al bar, ¿eh?, porque ya estoy asumiendo una postura mesiánica de la que más tarde tendré que arrepentirme.
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¡Acción!.
Antes de entrar a “La Vereda” siempre miro a los estoicos parroquianos de la vereda, la de enserio. Abandono mis propios divagues para entrar en sociedad. Dejo la vereda concreta y entro a la otra, la virtual, ese bar todo revestido en madera abrigada y dulce. A veces hago preámbulos para entrar, a veces entro sin más; pero igual siempre me tomo mis segundos y pienso: “Yo no pertenezco a esta gente”. Es todo muy contradictorio (rayano a lo histérico), porque con algunos de ellos termino por sentarme a beber y -en definitiva, como ellos- a asesinar el tiempo con cualquier excusa; como si la vida no fuera otra cosa que un eterno pésame rezado en la sobre valuada iglesia de la lógica.

Y ahí estoy, en el interior del bar. Calor de cigarrillos y pantalla de gas colocada en las paredes (altas, para freírte las orejas). A tres pasos de la puerta -como queriendo consagrar una vez más con su impronta de madera y sillas algún protagónico de película clase B- se yergue paralela a todo la sacrosanta barra.
Amo la barra: inmediata; claro altar de los deseos alcohólicos espontáneos (y no tanto) de esta humanidad que no puede dejar de beber. Preciosa hermana mayor de nuestros habituales descontroles, amiga de cemento y madera. Neón de las noches perdidas. Por respeto (y sólo por respeto) hay veces en las que no me acodo a ella.
Y aquella noche, ahí (en su cuerpito ejemplar) estaban los héroes de feria, como de costumbre.
Hombres y mujeres de barra; guerreros de la amistad y la indiferencia mezclada en iguales cantidades en una coctelera hecha de legítimos comportamientos y actos instintivos. Los y las Humprey Bogarts en acción continua, con un shuffle actoral instalado en el cerebelo.
Gente que se presenta sola, con la propia imagen que proyecta. Son los miembros de aquel eterno grupo de los que están perdidos por el brillo incandescente de la diosa barra (y todo lo que ella puede brindar en una sola noche). Barra: combo inmortal, transgeneracional, fuerte y a la vez terriblemente vulnerable; plagada de los que -como diría el poeta escocés Fish- han sacado el carnet de “rooting tooting cowboy, Peter Pan with street credibilty” para siempre.
El resto de bar era -en apariencias- el de siempre: semipenumbras de volutas de humo, neones que apenas te dejan ver de qué color son los ojos de la persona con la que estás intentando departir. Todo eso. Y risas. Y golpeteos rituales sobre las mesas de madera de manos celebrando el trigésimo cuarto tema de los Cadillacs que acaban de pinchar desde la barra (¿vieron?: desde la barra se digita el mundo todo).
Conversaciones exasperadas, monumentos permanentes al ruido. Alegría conventillera. Eso es el bar.
Tres mesas para adentro de ese pequeño universo, un puñado de homo sapiens levantaba los brazos gritándome cosas supuestamente ingeniosas, pura comedia chicha de bar. Eran las hermosas bestias denominadas en el catálogo de la vida como “mis amigos”, pequeñas guías espirituales para mi ser desequilibrado; contrapeso hecho de bardo y gritos, de acciones kamikaze en la fingida calma de la ciudad. Los vi, les sonreí (para que el rito de las almas departiendo la existencia entre la nieve y el sudor se vuelve a repetir). Me acomodé los lentes para mirar exactamente a los ojos y poder definir alguna cara bajo la pleamar de humos de distintas marcas.

Al llegar a la mesa me llevé la sorpresa del mes: estaban todos conversando animadamente con una bella muchacha de pelo negro. Algo inédito en la larga carrera de machos solitarios que solía regir sus noches.
De todas maneras debo admitir que, por más locuaces que resultan a veces los muchachos, era muy poco lo que podían o alcanzaban a decir aquella noche. La chica era una gaviotita del parloteo constante que los tenía a todos semi prisioneros de su belleza y aprovechaba aquel influjo casi hipnótico para meter de a miles sus gorjeos de pajarita dominatriz.
Beto, que es más instinto que hormonas, fue el único capaz de escapar durante algunos segundos al influjo de la pendeja. Me miró y me largó uno de sus sonoros y directos mini parlamentos: “Chabón, abandonaste el estado de amargura total y te viniste a tomar algo con los pibes...”.
Beto te lo decía todo con el tono de sinceridad absoluta que sólo las bestias intuitivas como él poseen. Ese modo de ser -la mar de transparente- siempre lo salvó de que lo terminen cagando a trompadas cuando los líos estúpidos comenzaban a volar por el aire como avioncitos de papel durante una hora libre de la primaria.
Miré a Beto a los ojos e inmediatamente pegué el cabezazo para el lugar en el que estaba sentada la morocha, que no paraba de blablablabla a todos. Nada me importaba más que el hecho de que Beto decodificara ese mensaje del cuerpo y entendiera que me interesaba solamente saber quién era y qué hacía ahí esa piba, tan encima de todos, tan en plan Liza Minelli.

El gesto parecía obvio, pero no alcanzó (algunos códigos de bar son -aunque burdos- demasiado herméticos). Probé poniendo cara de naipe. Nada. Para que Betito se diera cuenta de lo que quería tuve que recurrir a un poco discreto: “¿De dónde salió esta piba para que todos estén así, tan boludos, escuchando esas cositas que dice?”. Creí que lo estaba diciendo bajito, pero con mi indiscreta e impaciente curiosidad conseguí que la morocha me escuchara y me mirara antes de que Beto pudiera contestar nada. Ahora -gracias a mi falta total de tacto- la morocha sabía que había un nuevo interesado en su colección de interesados, alguien que indagaba sobre el origen de su existencia (en esa mesa, en ese bar, al menos...). Aunque en rigor a la verdad debiera decir su no-existencia. ¿Anotaron?: no-existencia.
Escuchaste durante el capítulo de hoy:
"I put a spell on you" por EL COWBOY NEGRO
"Tierra y luna" por MARTIRIO
"Red water" por TYPE 0 NEGATIVE

Martes,19 de junio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(12)


