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Omega (poema para los muertos)
Las hierbas./ Yo me cortaré la mano derecha./ Espera. Las hierbas./ Tengo un guante de mercurio/ y otro de seda. Espera./ ¡Las hierbas!/ No solloces silencio,/que no nos sientan./ Espera./ ¡Las hierbas!/ Se cayeron las estatuas/ al abrirse la gran puerta./ ¡¡Las hierbas!! Federico García Lorca

Preguntarse. Dudar. Abrir las puertas de un mundo explicado.
¿Por qué creer en vampiros?, ¿por qué devanarse los sesos en tratar de entender cómo se las arreglaría un blódico hijo de Luzbel en estos tiempos?
La realidad siempre te deja servidos algunos recursos seductores.
Tengo un ejemplo instantáneo, mediático, fácilmente reconocible para todos aquellos que tengan televisión por cable: los adolescentes de Los Angeles.
Sintonizá a cualquier hora cualquiera de esos canales con programas pseudo sociológicos ultra específicos en los que aparece algo sobre la “glamorosa pero complicada cultura joven norteamericana de la Costa Oeste”. Ellos siempre encuentran comportamientos estancos para todo. Vos no repares demasiado en temáticas, y quedate con cualquier propueste que te tire el canal que hayas elegido. Puede ser, por ejemplo (continuando con el ejemplo antes citado): “jóvenes de Los Angeles”, o “L.A”., pondrán ellos, que para eso han globalizado el planeta y tu tienes que saber que LA es Los Angeles, ¿entendido?
Bien, en este caso los adolescentes pueden ser tratados como meros objetos estereotipados (y estarás viendo una serie de Sony o una de Fox), o puede que esté viendo a un grupo de jóvenes a punto de redimirse del nihilismo y los excesos en algún programa religioso. O jóvenes hablando sin parar sobre las cosas más nimias de sus vidas en algún documental tipo Taxi Cab. O algunos tratando de infundir un poco de civismo desde su rebeldía, y estarás viendo un informe de “60 minutes”. Si los escuchás gritar borrachos, como verdaderos idiotas en una playa, seguro que es “Wild On”. Y así sucesivamente.
Ah, que figuras complejas... esos adolescentes de Los Angeles, tan inquietos, tan norteamericanos para solicitar derechos, tan negros para vestirse, tan latinos de cine berreta para sacar el cuchillo, tan cuellos rojos para no ir a votar y dejar que gane Bush. Todos llenos de Cypress Hill o de Kid Rock, o de N’Sync, o de lo que esté de moda por MTV. Todos llenos de cerveza en botellas de plástico. ¿Qué más da? Todos esos muchachitos que, como camaradas de la nada en pausa, antes de correr en sus autos de segunda mano por calles tranquilas, se juntan algunas noches a fumarse un caño sentados sobre la tumba de Bela Lugosi y se ríen de ciertas vacuidades concurrentes.
Y ojo, porque éste fue un simple ejemplo para la colección foránea (“cipaya”, dirían los últimos románticos de la generación de mis padres). Tambiñen tengo varios ejemplos a la altura de mi propia experiencia mundana: los adolescentes de acá, la gran Sudamérica, que hacen lo mismo. Pero la mayoría no tiene auto y la tumba es la de nadie.
Y mientras ellos viven estas vidas, sus padres (los de Burzaco, los de Los Angeles, lo de donde sea) habitan magros y descafeinados en una vida hecha de vencimientos en bancos, transitan embebidos en cuentas que repetirán uno y otro mes; vuelcan cayendo en el facilismo de dividir el mundo en dos: por un lado los que hacen las cosas bien, por el otro los que las hacen mal.
Estas cuestiones superlógicas no son otra cosa que grandes misterios operables en un planeta “globalizado” (¿no están ya un poco hartos de escuchar ese estúpido concepto de la globalización?).
Y ellos, padres castos, padres moralmente competentes, se van situando de tal o cual lado (preferentemente del de los buenos, por supuesto).

“Los tiempos han cambiado”. Eso es todo lo que dirán nuestros antecesores para intentar explicar cualquiera de los fenómenos paridos en el nihilismo imperante, el que ellos nos dejaron como respuesta posible a todo. Ah, la posmodernidad... Y ya nada importa.
Entonces vamos a los vampiros. Si los vampiros beben sangre (tema central para los sensibles literatos y cineastas que se han “desangrado” por retratarlos así a lo largo de la historia) no es cosa nuestra. ¿O sí?
Los valores centrales en torno a la existencia de un vampiro bien pueden ser otros: ¿nadie reparó todavía en que el tema de la utilización parasitaria de sangre ya no es designio exclusivo para definir al vampirismo?
¿Por qué preocuparse en sangres exclusivamente extraídas por los hijos de Luzbel? ¿para qué? Ahora la sangre se vierte a cada hora en cualquier lado. A la hora que colapsa un ex empleado de un hipermercado, víctima de un pánico total por no poder contar los días hacia delante más que en góndolas. En cualquier lado. La sangre se vierte de todas maneras. Anyway, diría el gringo. Y ahí va: roja, vertida en ríos cada día en el que un desocupado de Latinoamérica debe ponerse en la piel del payaso Ronald Mc Donald para regalar promos, combos y estúpidas sonrisas en los peloteros de las hamburgueserías llenas de espantosos backlights que publicitan la auténtica carne muerta. La sangre hoy se va por otros lados, costados muchos menos míticos que aquellas juveniles, virginales y palpitantes yugulares de la vieja literatura. Entonces, ¿por qué creer en vampiros tal y cómo lo veníamos haciendo?.
Pensá. Nosotros mismos somos una buena tanda de vampiros. De otro tipo, menos románticos que los de Stoker, los de la leyenda. Vampiros solos, atados, en cuotas, vacíos. Vampiros del consumo.
¿Hace falta dar crédito a las otras historias de vampiros, ésas que dan cuenta de abigarrados príncipes de la noche tratando de conseguir de nosotros nuestras vidas de una manera absolutamente necromántica?
Para ponernos de acuerdo sobre la utilidad última de este documento que voy a presentarte -luego de este intro plagado de estúpidas preguntas retóricas-. Hacéme el favor y contestá la siguiente batería de preguntas:
1) ¿Puede un vampiro sobrevivir en un mundo en el cual la televisión se entera de todo?
2) ¿Puede un vampiro habitar una tierra en la que las fobias son de a miles, dónde el pánico que siente la gente por la gente es moneda corriente...?
3) ¿Puede un vampiro tramitar un seguro de vida, una caja de ahorro, un carnet en un club social y deportivo?
4) ¿Puede un vampiro interesarse en vos, perfecto ser de la alienación y el descompromiso dormido en la cuna del confort?
Ahora, con el cuestionario resuelto, tratá de imaginarte a un vampiro en un centro de asistencia al suicida, o llamando al delivery de una pizzería.
Tratá de imaginarlo en el set de filmación de una película porno; en la soledad de un departamento monoambiente, frente a la tele, jugando con su vieja consola Sega. O puteando en medio de un embotellamiento. Tratá de imaginarlo organizando un casting para un programa infantil por el canal de cable más moralista de todos los que dirige el mismo pool empresarial en seis países tercermundistas.
Hacé fuerza con la mente: tratá de ver los colmillos de un vampiro en la boca del farmacéutico de turno, ése que está por atenderte esta misma noche, cuando ya no puedas dormir sin un Pomstil que te saque el dolor de muelas. Tratá de ver un vampiro en la cocinera de la familia del diputado nacional, en la boca de un patovica de una disco del Gran Buenos Aires.
Imagináte a un empleado de la guardia nocturna de la compañía de gas entrando por las mañanas en su ataúd. A la chica que pasa los datos del tiempo por Crónica TV mordiendo la cara de un pibe que pide plata en la calle de noche.
¿Por qué creer en vampiros?
Esa es la pregunta que mi lógica de habitante de este planeta globalizado (otra vez, ¡lo puse otra vez!) me escupía cada vez que tenía miedo.
Digresión sobre la Globalización: inventen ya otro término para definir este programa social teledirigido en estúpidas coincidencias económicas, porque ya ¡¡¡estamos hartos!!!.

Hace ya algunos años que sufro de miedo. Por eso voy a redactar esto. ¿Puede el ser humano llegar a tener un mejor motor para la comunicación que el miedo?
Para encarar el siguiente punto doc (lo confieso, como confesaré tantas otras cosas que muchas veces consideré inútiles) tuve que desuscribirme de la lógica funcional imperante en estos tiempos, esa anestesia que sólo te permite creer en la bolsa de valores y en los talk show.
Esa lógica de pacotilla, que es dictamen de una razón colectiva, tan chata como un mall, tan bestializante como una cadena de mails pidiendo colaboraciones monetarias para un niño que morirá de cáncer en una inexistente habitación de un inexistente hospital de Massachussets.
Tuve que renunciar de cuajo a esa raíz, a esa lógica bestial que no me permitía ver lo que en realidad estaba pasando.
Un día me animé a lanzar la pregunta seria y directamente y dije en voz alta para mis adentros:
¿Por qué creer en vampiros?
La respuesta fue unívoca:
Por que los vi, porque me los encontré frente a frente.
Por eso.
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Son las cuatro de la mañana de un día más y Leandro Leal mira a través de la ventanilla del colectivo esa nada que se mira cuando uno no tiene más que contemplarse en la desprolijidad de armar la vida a través de los pensamientos. Dos minutos de tal cosa, tres minutos de tal otra... las cosas pasan como fichas de un dominó de oferta... y que así se pasen las cuadras, como maquetas de una puesta escénica fatal.
Son las cuatro de la mañana y Leandro Leal intenta despegar las planillas del Excel de su mente: quinientos litros de nafta super y ochocientos litros de gasoil para “La torcacita”, la estación de servicio de Román Bertuzzi en el kilómetro mil doscientos cuarenta de la Ruta 22. Tantos pesos. Treinta latas de aceite HP 400 para “El pibe”, la estación de servicio de Ricardo Atsbury, rotonda de circunvalación de Zapala. Tantos pesos.

Así pasan las fichas de su cabeza: su propia vida entre datos inútiles, completamente ajenos. Cuadras viajadas, trabajo de más. Sus neuronas están percudidas con colectivos, planillas de cálculo del Excel. Un laberinto impropio construido en torno a esas debilidades cotidianas. Todo reprimido. Todo está encerrado dentro de una mente que se niega a clausurar las puertas de las responsabilidades, de las necesidades básicas del hombre moderno. Un tipo que piensa sólo en su mujer, en sus hijos, en sus cuotas, mientras su alma -la verdadera- se oculta en los resquicios más insólitos de su propia oficina. Cargos, obligaciones, contar la plata de otros. Pensamientos desabrigados. Todo eso y cuadras enfiladas como en un set de filmación de una producción berreta y fatalista en un Hollywood más macabro y tirano que el que ya existe. Son las cuatro de la mañana de un día sábado y Leandro Leal todavía recicla las horas del día viernes en su cuerpo y en su mente. Trabajó casi dieciséis horas corridas para terminar con el listado de ventas del mes. Piensa en su mujer, una inconformista de la primera hora. Seguro que le sacudirá los ánimos con mil quejas cuando llegue a casa. Y es una fija que está despierta, es una fija que se ha quedado levantada haciendo zapping. Es una fija que está allí, en camisón, esperándolo para decirle todo lo inútil que es, lo poco que gana en un trabajo que lo está matando, ese trabajo que “nos está separando”, que “no nos deja ahorrar para comprarnos la casa, ni siquiera un auto”. Seguro que la muy turra está despierta y que no comió, que dejó enfriar la comida para montar el número de la discordia.

“Uy, la nena...ojalá duerma” masculla dentro del bondi, casi en tono perceptible. Pero recapacita. La nena, esa bendición malinterpretada que tuvieron hace seis años, cuando apenas tenían dieciocho, seguramente duerme en su profundidad inocente. La nena es la nena. “Al menos esta discusión se la va a perder” piensa, y se ríe solo en el bondi, como si la tragicomedia cutre y opaca de su propia vida tuviera posibilidades de llevarse un Martín Fierro a la mejor comedia del año.
Son las cuatro AM y la primera parejita de averiados por el trajín de una noche plagada de brindis viene sentada en el asiento de adelante del de Leal. Se ríen a las carcajadas del letrero electrónico de publicidad del bondi, uno de esos displays con leds rojos que forman palabras de derecha a izquierda, como quien escribe al revés e intentan convencernos sobre la compra de determinados productos de dudosa calidad. La pareja se besa con esos besos borrachos, felices y resbalosos. La antesala perfecta de un polvo ebrio. El amor en los tiempos del ya no me importa qué piensen tus padres al respecto...
Preeeeeeeep. Suena el timbre del colectivo y la parejita se baja en la misma esquina que Leandro. Se abrazan y se sueltan, se mojan en largos besos y luego se alejan. Entonces Leal los mira, y patea latas de gaseosa vacías como si la calle fuera el Maracaná y los novios los sesenta mil brasileiros que gritan gooooooool. Sus caminos se bifurcan al llegar a la bocacalle. Para allá la pareja, risas, para acá Leandro Leal, zombie de lujo, representante de la ex clase media devenida en un triste manojo de ataques de pánico sofocados con gotas de rivotril diluidas en el té de la mañana.
Trap, trap, trap, Leandro Leal se interna de a pasos cansados por un pequeño boulevard del barrio Alta Barda, una de esas callecitas con parque en el medio, uno de esos boulevares bonzai que tanto gustan cuidar los jubilados de la zona; pasto sobre pasto, cantero por cantero. “Flores en tu jardín...”, piensa Leal con una sonrisa casi bobina, parafraseando uno de los hits radiales de Mentira Terminante, la banda de chicos rockeros y endemoniados del momento. Mientras tanto la luz del boulevard empalidece (ocaso virtual de los suburbios) a medida que se va alejando el oficinista de la avenida principal rumbo al oeste.

Con la oscuridad creciente, las luces azules de los televisores ganan en intensidad y atraviesan algunas ventanas, comienzan a denotar la necesidad de zapping de algunos trasnochados, hombres y mujeres que entrarían en las próximas encuestas mercadotécnicas como “el segmento que no puede conciliar el sueño a raíz del stress” y muchos otros datos que no pasarían más allá de salir publicados en alguna de las revistas “de interés general” que editan los supermercados.
Las carcajadas de la pareja feliz vuelven a sentirse, ya lejanas, ya en fade out, ya remarcando el silencio que gana a la tercera cuadra de Bonzai Boulevard.
Leal se afloja la corbata, el calor es acuciante, piensa en su compañera del escritorio de enfrente, la imagina rozando con el cuerpo caliente las sábanas de la cama. Se erotiza infantilmente. La semipenumbra del boulevard remarca lo blanco de su sonrisa, pícara, de niñito mojado.
Silencio total. Grillos de la barda, perros de los jardines, banda original de sonido de la noche en su barrio. Hay un par de ojos que entran a escena. Siempre (pero siempre) hay que girar cuando uno siente los ojos clavados en la nuca, aunque no haya nadie. Por el contrario de lo que suele creerse en estos casos; en el ochenta por ciento de las ocasiones, los ojos están allí. Y uno podría aprovechar estos aciertos y pagarse de la propia intuición, con la vanidad que nos diferencia de los animales. Siempre hay que hacerlo, es una vanidad sana, que alimenta al instinto.
Pero, ¿qué hay de los ojos que se te clavan de frente?. Para esos no hay recetas ni sugerencias. Los ojos de frente son puñales que pueden cifrarse en amor, en odio, en sexo... los ojos de frente agreden porque no saben sorprender, pecan de frontales y desinhibidos. Leal ve esos ojos viniendo, como tormentas de verano, y decide adoptar la típica actitud del macho dispuesto a todo: devolver la intensidad de la mirada. Como gato que marca su terreno.
Ahora apreta el play para escuchar esta y seguir leyendo:
Los ojos de almendra se le clavaron en las sienes. Un frío agradable (como ése que te agarra inmediatamente después de orinar) le corrió por el espinazo. No eran ojos de hombre, eran ojos universales, música de almendras, marrón de la madera más noble. Ojos de siglos, de vista plena. Leal suspira: entiende perfectamente que éste es su final. Y una de esas tijeritas plegables coreanas que venden en cualquier kiosco del planeta, surca el espacio empuñada con certeza.
Leal alcanza a visualizar un destello (el de la luna) sobre el metal berreta, que se le clava en la garganta con la velocidad del Concorde.
Leal intenta gritar, pero el agujero de su cuello ha destrozado sus cuerdas vocales. Entonces Leal gime con espanto la sinfonía del adiós.
Un largo chorro de sangre salta de su garganta directamente al parabrisas de un Fiat 600 amarillo que está estacionado a media cuadra de su casa. Ojos de almendra se arrima a Leal sin dejar de mirarlo con amor.
Leal retrocede, no entiende por qué razón confía en su asesino. Un paso atrás, ahora pinta un container lleno de mugre con el chorro blódico que le sigue saliendo del cuello.

Ojos de almendra avanza certero, abre la boca y besa la herida con ternura. Ambos se funden en un abrazo. Ojos de almendra comienza a beber mientras Leal siente que el orgasmo más tibio y suave del mundo baja hacia su plexo. Y llora.
Al mirar por última vez, Leal reconoce en esos ojos que mira con pasión aquellos destellos de un amor que supo sentir alguna vez. Leal cae al suelo. Muerto. Completamente enamorado.
Las noticias del mediodía mostraban a la cronista peinada al spray editorializando acerca de “la ola de inseguridad que gana día a día protagonismo en nuestra sociedad blablablablabla...”.
La Policía atónita: un hombre desangrado, en medio de la calle; pero la sangre que hay en su camisa, en el piso y en los alrededores no es ni la cuarta parte de la que tendría que haber por una cuestión lógica. Conocido por todos es el jaque mate que le produce a la Policía la falta de lógica.
Las noticias de las ocho fueron más contundentes aún: dos sujetos, penalistas de no sé qué, ya hablaban de un maniático que asesinaba con arma blanca y luego juntaba la sangre de sus víctimas en varias botellas.
Corte publicitario. Propagandas de shampoo, jabón para la ropa. Micro de actualidad política bancado por el gobernador (con plata del fisco, claro). Segundo bloque: plano general de la mujer de Leal, llorando como una histérica.
Meses después ganaría una demanda judicial iniciada a la empresa petrolera en la que trabajaba su marido y, finalmente, compraría la casa y el auto sin tener que trabajar. El sueño de su vida.
Tiempo, bestia implacable, jabalí gigante del monte enano. Ahora son las cuatro de la mañana, pero han pasado tres días. Leandro Leal se despierta sobresaltado y frío, descubriendo que duerme en la oscuridad de un ataúd a tres metros de la superficie.
Entonces grita.
Un calor de regazo de madre le trepa por la columna y hace que deje de rasguñar la tapa de su propio ataúd sellado y enterrado. Tres uñas se le han roto y sus dedos sangran. Leal se acomoda en aquel lugar siniestro y comienza a prestarle atención -en medio del espantoso semi silencio de su respiración contra la madera- a esa voz que, en el interior de su mente, le dicta con amor palabras de aliento, asegurándole que todo está bien, que en menos de dos horas van a ir a rescatarlo.
La voz lo abriga; con ese amor íntegro, amor de lealtades, amor para Leal.
Leal sonríe, cierra los ojos y piensa en aquellos dulces ojos de almendra del boulevar de Alta Barda: está perdidamente enamorado.
Las canciones dispuestas para el clima de lectura de este capítulo fueron:
"Western promises" de ULTRAVOX
"Garden of delight" de THE MISSION
"Sabbath" de BRAD MEHLDAU
"Sancto sanctorum" THE DAMNED
Fernando
Domingo,10 de junio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(6)
Es genial... perfectamente angustiante. Me encanta.
[Molestá con algo]vamos todavííía!!!
me encantan las historias de vampiros en las que no se sabe si estan disfrutando o sufriendo lo que les pasa
Buen comienzo, que dia habra mas?
besos a tod@s
[Molestá con algo]es muy temprano para degustar como lector para que lado ira la novela igual me parece que arranco copada esperaremos mas capitulos y leeremos con atencion
por ahora nada mas ya tendran mas noticias nuestras
[Molestá con algo]a mi me gusto, es tierna en su oscuridad
[Molestá con algo]una semana entre capitulos nos parece demasiado tiempo para esperar!!!!!!!!!!!!!!!!!!
[Molestá con algo]Relato visualmente descriptivo y pleno. Mucha piedad, ternura y algo negro, muy negro y profundo que asoma en muchos párrafos. Bien Barraza, viene bien. Igual me gusta mas la segunda parte de esta primera que la primera, se entiende?
[Molestá con algo]