XXVIII
Acurrucado en la seguridad de un falso kimono de seda/ una yegua matutina cabalga en mis ojos sin estrellas./ El espíritu de una infancia perdida/ asciende para hacer hablar a mi mente/ a este huérfano de angustia, desilusionado y asustado./ Un refugiado, un refugiado./ (A salvo en el santuario, a salvo) Dereck William Dick
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Estamos a diez kilómetros de Cholila, Chubut, pasando El Bolsón y antes de llegar a Esquel. Esto es el sur del sur; aunque hay mucha gente que viva aún más al sur que nosotros y diga que el sur del sur es otro. Es que todo debe ser medido en términos comparativos, sofismas, conceptos relativos: ¿cuánta es la gente que vive aún más al sur que nosotros, mucha o poca? Comparemos esa cantidad con la cantidad de gente que vive en Burzaco, por ejemplo. Piensen seriamente: los sofistas son los maestros de la verdad. No estamos en Cholila propiamente dicho; estamos a diez kilómetros del pueblito, en un paraje precioso; pero apartado (“más apartado que lo apartado”, dicen mis hijos). Hemos camuflado nuestra comunidad para poder subsistir tranquilamente. Todos piensan que nuestra colonia es menonita.Así nos conocen; compran nuestros quesos y nuestros muebles, nos sacan algunas fotos cuando bajamos al pueblo. Miran a nuestros hijos como si fueran elementos de feria. Nadie sospecha, ni por lejos, que somos vampiros. Vinimos hasta este lugar en un proceso migratorio que fue mitad elección y mitad obligación.
La media ligada al libre albedrío tiene que ver con la elección de una geográfica incomparable (este valle es prácticamente inaccesible al turista holgazán y a la vez hermoso, por donde se lo mire). Hemos conseguido instalar a los miembros de nuestra comunidad en un lugar que -al menos, y atendiendo las privaciones lógicas de los que deben dejar su lugar de origen- no es un peladero.“El exilio es menos exilio en París”, decía un romántico escritor vanguardista latinoamericano. En nuestro caso el resultado es inversamente proporcional: para nosotros el exilio en París (o en cualquier otra ciudad llena de brazos abiertos) significa el exilio del escarnio, la persecución, la corrupción y la muerte.Nadie puede negarnos que si este mundo posee ciudades de brazos abiertos, sólo las posee para seres humanos; nunca para vampiros. La nuestra es una situación lastimera, pero similar a la de muchos pueblos humanos que permanentemente son expulsados. Nosotros éramos humanos; sabemos muy bien de lo que estamos hablando cuando decimos “entender a otros pueblos”.
En nombre de toda mi comunidad voy a evocar un recuerdo sagrado, una historia personal que -humildemente lo digo- ha cambiado el curso de nuestra historia. En realidad, poco me cuesta encarar la narración. No consigo -ni quiero- dejar de referir, en cualquier oportunidad que se me presenta como propicia, la experiencia en la que me vi envuelto medio año antes de formar esta comunidad; hace ya quince. Cuento la historia, vuelvo a contarla y vuelvo a la vuelta de volver a contarla. Quiero -a toda costa- que pase a ser una leyenda de tradición oral. Puede sonar vanidoso, pero lo considero absolutamente necesario.

Todo comenzó durante el año 2111. Yo era uno de los pocos miembros estables del Escuadrón Sociológico del Supremo Tribunal; un cargo que -a mis treinta y cinco años- mostraba un encumbramiento de mi carrera profesional bastante más alto que el de muchos de los ancianos colegas. Es dable decirles que, entre los vampiros, el tema de la edad debería ser absolutamente relativo, pero muy pocas veces lo es. Las jerarquías por edad - que no siempre respetan los humanos - tienen entre ustedes un sustento ideológico y moral coherente, cimentado en una cuestión cronológicamente juiciosa (ustedes nacen, se ponen viejos y mueren, deben atenerse y respetar ese dictado biológico a rajatablas). Pero entre los vampiros ese standard de importancia no tiene sentido. Igual, como en una especie de resabio de lo que fuimos, mantenemos vigente la costumbre de respetar a los viejos... aunque muchas veces sean más jóvenes. Mil veces he conversado este tema con la Coordinadora Teofilosófica. He presentado algunos ensayos al respecto, inclusive.
Y nada. Siguen atados a la creencia en el respeto incondicional a la decrepitud del cuerpo. Es increíble; pero es así. Ellos dicen que la costumbre debe ser conservada como inherente estandarte de respeto.
Un vampiro viejo -para ellos- es un vampiro que es viejo humano y que también es viejo vampiro. ¿Se entiende el concepto? Ellos aseguran que yo, por ejemplo, con mis aparentes treinta y cinco años humanos (en realidad tengo ciento treinta y cinco y he pasado casi un siglo tratando de entender bien de qué manera tengo que vivir esta vida que me fue dada una noche, en la cama de alguien a quien amé) fui una persona que comenzaba a entrar en la madurez de su conciencia cuando decidió ser un vampiro. Para ellos debo todavía atravesar centurias para nivelarme con alguien que se haya convertido en vampiro a los sesenta, a los setenta o a los ochenta años de edad humana; personas que ya habrían alcanzado un zenit de madurez como seres humanos.
La paradoja es enorme (la tortuga, Aquiles...), pues mientras yo acumulo experiencia, los ancianos (que ya poseen la experiencia humana) acumulan tanta o más que yo. Según los estatutos de nuestra raza cada año que viven los vampiros viejos es más provechoso moral e intelectualmente que el que pueda vivir yo; que me convertí en vampiro a los treinta y cinco. La historia sin fin. Por eso, muchos vampiros como yo, o más jóvenes, optan por el perfil bajo. No es lo más recomendable. Sobre todo si uno alberga algún tipo de idea revolucionaria dentro de la propia especie.
La historia que voy a contarles se divide en algunos pequeños capítulos que intentan reflejar, a manera de crónicas breves, algunos casos de vampirismo (y humanidad, por qué no) acaecidos durante los últimos años del siglo XX. Espero que sirvan, porque cuando hablaba de legado, me refería a la simple elocuencia de estos relatos que - bien o mal contado- hablan mucho sobre nosotros. Todos ellos son parte de experiencias que me llegaron mediante narraciones de terceros. Algunas incluyen propias vivencias, disfrazadas en nombres y lugares por una mera cuestión de pudor, en otros casos por simple piedad. Es dable esperar que estos relatos sirvan en un futuro (del que no puedo certificar de manera ni siquiera previsible su cercanía o lejanía). El trabajo de escriba que estoy efectuando en estos momentos de calma en comunidad sólo se revelará si es necesario abandonar este lugar de manera intempestiva. Si este libro-bitácora gana las calles, revelará detalles esenciales sobre nuestro paradero actual; quiere decir que ya no será necesario mentir sobre quiénes somos y por qué nos ocultamos. También desnudará algunos de nuestros miedos esenciales como género y raza. Finalmente contará cómo nos hemos organizado en la comunidad de Cholila para no matar humanos para alimentarnos. Esto es fuerte: no asesinar nos ha convertido en diferentes a los ojos de la media entre los nuestros. Esta comunidad es un ejemplo para nuestros pares; y no ya en asombrosos constructos morales, ni en soberanos corpus de leyes que habrán de recordarse por milenios. Nada. Esta comunidad es sólo un ejemplo de cómo vencer el miedo y el rencor hacia la humanidad; hacia nosotros mismos (por más que los Órficos lo nieguen, no somos más que humanidad transformada). El paso que hemos dado es fundamental en la carrera de nuestra propia evolución. Ya lo dije. Basta, no lo repito. Repetición -en este caso- es vanidad.
Quiero agregar sólo una cosa en este prólogo. La mayoría de las ideas transformadoras que llevé adelante desde 2111 a esta parte se las debo a una persona que conocí los últimos días del siglo XX, la misma noche que llegué a la casa del proscrito Rafael Moncalvez en Natal, al norte de Brasil. El, esa noche a los gritos y cien años más tarde durante extensas y fructíferas charlas, fue el primer vampiro que me alertó sobre los grados de demencia que un ser de nuestro tipo puede tolerar. Solos, en clanes, o inclusive agrupados en comunidades más abiertas, los vampiros tenemos una marcada y definitiva tendencia a la megalomanía. Eso suele destruirnos. Contra eso combatimos. Parte de la sabiduría esencial para sortear ese escollo, esta rueda kármica vampiresca, fue dictada por este vampiro al que hago mención. El renunció, y luego me contó personalmente sobre su fundamental renuncia al preconcebido y milenario estilo de vida de los vampiros. El leyó, entendió la subtrama social en la que la decadencia imperante se desnuda y se ve expuesta. Y se fue al norte del norte, solo. Su espíritu romántico lo impulsó a tomar la decisión más romántica de todas las que podía tomar. El no lo sabe; pero su conducta determinante y su duro pero apasionado ideolecto empujaron a la creación de esta comunidad. El cree aún que sigo trabajando para el (¡elitista!) Escuadrón Sociológico del Supremo Tribunal. Algún día le contaré todo lo que generaron sus sabios consejos y estoy seguro de que, en su modestia (que él mismo no sabe que tiene, como sólo los auténticos modestos ignoran de sí), él aceptará de buen grado su aporte espiritual en la superación de este espiral doloroso y contradictorio que hemos empezado a dejar atrás.
Me juego la cabeza a que tendrá, también, algún comentario sanamente sarcástico acerca de mi nuevo cambio de vida. Ya se rió cuando le conté que en mis días de humano era policía. No veo por qué no habría de reírse en esta oportunidad, en la que abandoné la elite de los vampiros para encontrar la verdad de una manera más difícil, tal vez, pero mucho más profunda sin dudas.
XXIX

Crack. Tu vida hace crack/ Mientras la tierra cae/ Sobre tu cama techada./ Crack. Tu tiempo hace crack/ Los besos del asfalto/ Te están pintando la cara/ Crack. Tu cuerpo hace crack/ Todos tus huesos rotos/ Comienzan a flotar./ Y en mis sueños te veo cabeceando/ El techo de tu nueva casa./ Y en mis sueños te veo cabecear/ Crack, crack, crack, crack./ Crack. Tu tiempo hace crack/ Tus tallos so raices/ Se empiezan a soltar. Rodrigo Guerra
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La sangre le brotaba del hombro como si saliera por una canilla de parque que está perdiendo agua. La sangre manchaba la barra de a latigazos líquidos; y Rafael -herido como un ciervo en una reserva llena de millonarios con fusiles- giraba sobre sí mismo gritando.
a) Y entonces...
Y entonces la chica de camisa cortita verde (que tenía un arete en el ombligo, que se la pasaba haciendo sonrisas de limón), aullaba como un moribundo despedazado por los chimangos mientras la sangre de Rafael se le metía en el ojo izquierdo, y le quemaba el iris con un espantoso sonido a ácido derramado sobre una superficie base. Y yo, como un maniático sin pulso, le clavaba más adentro el palo al tipo. Y la sangre le volvía a salir, con más violencia, y ahora le manchaba el pupo y la camisita color verde Almodóvar, pero a la pendeja no le importaba, porque la sangre del vampiro le seguía corrompiendo el ojo. Y yo, ahí: fuera de mí; con el bar completo sumido en el espanto más grande que recuerde ese lugar. Todos huyendo con la impronta del sálvese quien pueda agudizada a niveles supersónicos.
Y mientras yo intentaba matar al vampiro, que gemía, me miraba y se sonreía, Manuel, el rubiecito servicial, me acomodaba un terrible saque detrás de la oreja, una de esas piñas como para dormir a un elefante con insomnio.
Beto, que, a pesar del espanto que reinaba en toda aquella secuencia casi irreal, era mi mejor amigo, le partía una botella en la cabeza a Manuel, sin preguntarse bien si estaba ayudando a su amigo del alma o a un demente que había decidido clavarle un pedazo de madera en el hombro izquierdo a un perfecto desconocido. Esos son amigos. Y sí... dije el hombro; porque allí mismo fue donde -de manera poco atinada- terminé clavándole la estaca a Rafael.
Y Beto retrocedió medio paso cuando la piña de Manuel -furioso por el botellazo- voló directo a su cabeza. Menos mal, porque de no haberse corrido se la hubiera volado limpita. Solo alcanzó a rozarle la oreja... y le voló la mitad, como en un dibujito animado de horario de protección al menor: sumamente gore. Yo quedé patitieso, y Manuel aprovechó el instante para darme una cachetada (liviana, él podía quebrarme el cuello con el aliento de haberlo querido), esquiafo que me dejó groggy durante un lapso de tiempo que por nada del mundo podría definir con precisión.
b) Lo vi
Me acuerdo poco de toda la secuencia posterior. Sé, por ejemplo, que pude ver a la gente pisándose entre ellos para salir del bar y a Beto que se tiraba al piso abatido por el dolor físico y mental (estaba juntando la mitad de su propia oreja del piso). Manuel lo levantó de un solo tirón, se lo calzó debajo de la axila, como si fuera una jarra de bazar y, así, semi desmayado, se lo llevó casi a la rastra. Apoyado en su hombro libre iba Rafael, que se daba vuelta para mirarme. Envuelto en una sonrisa estupenda y cándida me decía con la mente: “vení, vámonos de acá. Salvémonos”. El cantito telepático era tal cual lo había descripto la morocha: filoso, suave, pero ultrajante. El método de hablar sin los labios había sido sorprendente; pero Rafael erró en el mensaje: yo no quería que él se salvara. Ni siquiera sabía o podía conjeturar si yo mismo quería salvarme a esa altura de las cosas.
Por eso corrí de nuevo hasta alcanzarlo, le desenterré la estaca del hombro y se la clavé en la base del cuello con vehemencia criminal. En ese momento sentí un ¡soc!, seco y fuerte en la cabeza. Era Rodolfo (¡maldito Renfield de pacotilla!), que me eliminaba de la contienda con un certero golpe asestado con el paletón de madera que utilizaban para sacar las pizzas del horno.
Allí mismo tuve un corto fade out al negro.
c) Amor, o pedazos de él
Cuando me desperté estaba en el asiento de atrás de un Ford Falcon, Beto estaba desmayado, tirado arriba mío; tenía una especie de torniquete en la cabeza, deteniéndole la hemorragia de la oreja (de la media oreja...). Manuel iba manejando. Gritaba: “¡hijo de mil puta, si se muere te juro que voy a despedazarte de la manera más dolorosa que puedas imaginarte!”. Sollozaba como una nena. Giró la mitad del cuerpo por encima del asiento largo de adelante, me agarró la mano y me sacó un dedo de lugar, como si fuera un lápiz. Grité como nunca antes había gritado en mi vida. Ahora el que sollozaba como una nena era yo.

Desde el respaldar del asiento de adelante emergió Rafael, que me miró, sonrió, le tocó el hombro a Manuel, me agarró de la mano y antes de que yo pudiera decir nada, me acomodaba el dedo sacado. El dolor fue más intenso aún que cuando se salió de su lugar. Lloré sin importarme nada qué pensaran los del asiento de adelante (no estaba para esas cosas, claro). Rafael me miró, miró a Beto , después a Manuel y disparó con total serenidad:
Tranquilos, todos. Acá no se va a morir nadie. La voz le salía ronca. El agujero que le había dejado en el cuello le hacía circular el aire de una manera espantosa.
¿Tranquilos qué?... ¡hijos de puta, si ustedes están muertos!, gritaba yo, que estaba seguro de estar siendo conducido hacia una muerte segura y chillaba como un chulengo enlazado. Manuel clavó los frenos de golpe y sin previo aviso. Fui a dar de jeta contra el asiento de adelante. Sentí una trompada de cuerina en medio de la trompa. Beto cayó al piso, ni se despertó; parecía un nene que dormía en medio de la guerra. El motor paró. A pesar de la hora, todavía era de noche, en algún sitio completamente oscuro de una ruta patagónica, se escuchaban los sonidos de la noche. Manuel se volvió a dar vuelta. Instintivamente encogí todos los dedos. El dolor del que me habían sacado y acomodado fue punzante. Me quejé. El me agarró de los pelos.
Mirá, pedazo de rata. Ahora te vas a calmar, porque otra no te queda, calmáte. Me pegó una cachetadita, de las que se les pegan a los tarados que casi se ahogaron en una pileta para reanimarlos. Me senté con la espalda bien derechita sobre le respaldo del asiento, como me había enseñado mi viejo. Manuel arrancó el auto. Miré a los dos a la cara: parecían soldados de una guerra que ya estaba perdida. Losers. No quise ni pensar qué pareceríamos nosotros dos, secuestrados y tirados en el asiento de atrás de un Falcon conducido por un vampiro. Puse la mente en blanco. Cerré los ojos.
Nadie pierde. O tal vez todos perdamos todo el tiempo. ¿Por qué siempre tenés que estar tan seguro de lo que pensás?, escuché. Abrí los ojos, era el mismo discurso que siempre tenía que oír de mi mamá, de mis amigos, de mis jefes; el que había oído de mis profesores en la secundaria y en la universidad. Pero ahora lo decía él, el más cool de los vampiros cool: Rafael. Estaba hablándome con la boca, como un ser humano cualquiera. Sonreí.
Rafaelito... pensé que sólo sabías hablar con la mente...
Pensás muchas estupideces, pero sos un tipo decidido. Me gusta.
¿Te gusta qué... mi sangre, mi vida, mi vehemencia?...- estaba empezando a ponerme incómodo con la lata que, intuía, estaba a punto de darme. ¿Adónde mierda vamos?
A Natal, en Río Grande do Norte, Brasil.
¿Por qué mierda hacemos todo esto?, le contesté yo. Realmente no me importaba mucho a dónde fuéramos.
Son muchas mierdas.- Dijo él, y Manuel rió. Era probable que le celebrara todos los chistes, de corazón.
Ahora resultan ser vampiros moralistas y educados... asesinos de mierda... aristócratas bien hablados... criaturas del lenguaje que luego se convierten en bestias asesinas...
Qué lindo eso que decís... podrías escribirlo y editarlo para el periódico de alguna facultad de humanidades. Yo, personalmente, quiero aclararte que soy un pibe de clase media, no soy aristócrata, dijo Manuel, irónico al principio, serio al finalizar.
Y yo soy un pelotudo que intenta asesinar a bestias como ustedes buscando justicia... justicia..., repetí la palabra justicia al menos tres veces mas. ¿Qué mierda quieren con todo esto?
¿Yo?, preguntó Rafael, como si todo fuera un concurso de preguntas y respuestas para la tele. Hizo la pausa de la reflexión: - yo quiero que me ayudes.
¿Ayudarte…?
Sí -me cortó de cuajo –, ayudarme con algo primordial: tenemos que conseguir que los humanos sean la minoría en este planeta... pero no los vamos a exterminar. ¿Me entendés? Es bastante directo lo que te planteo, ¿no?
Perfectamente. Vos estás loco, y te crees que metiéndote en el sueño de un pelotudo como yo ya estás habilitado para tomar por asalto el poder, ¿no?.- Parecía una conversación entre lunáticos, tal vez lo era.
Sí. Puedo hacer eso y mucho más. Vos lo sabés; de lo contrario no hubieses caído al bar con esa madera -se tocó el agujero y gimió-. Hace bastante que vengo siguiéndote. Lo de la morocha, por ejemplo, fue sólo un... –pensó con serenidad qué término usar-... un ardid para ver cómo reaccionabas frente a la diferencia.
¿Qué diferencia? ¿A dónde está la piba?
Vos humano, nosotros vampiros. Esa -parecía Tarzán. Estaba nervioso, tenía que explicarme muchas cosas, siguió con la segunda pregunta– La piba está muerta. A vos que te encanta lo anecdótico-estadístico– ¿se mofaba de mí o me hablaba en serio?-: ella es el segundo vampiro que se suicida en la historia del vampirismo. Se gastó sus últimos ahorros, se tomó un avión y se fue a Italia, a Catania. Al pie del Etna, a sólo cien metros del mirador más visitado por los turistas se entregó a la más grande de las sedes de la Logia Bentley. Ellos, que nos odian y no tienen otro trabajo que hacer que eliminarnos, la decapitaron y luego la destrozaron. Rafael Moncalvez sonrió, triste pero alerta, sus ojos brillaron, parecía una surucucú buscando su presa en el barro del Amazonas.
Suicidio. Que romántico...
Veo que no te privás nunca de la ironía -me lo dijo con la mente, me dolió bastante pues se metió de manera violenta-, no te haría nada mal empezar a tomarte todo esto un poco más enserio...
¿Más?... vengo de un bar atiborrado de gente en el cual traté de clavarte una estaca en el pecho, ¿te acordás?
Precisamente a eso me refería. Me costó bastante ocultar los cadáveres del Pelado y de la mujercita esa que asesinaste. Tendrías que ser un poco más cuidadoso en sociedad. Hay algo peor que ser vampiro y es caer preso.
Yo no asesiné a esa mina. La asesinó el Pelado.
Vos la asesinaste. El Pelado sólo la había mordido...
¡Hijo de puta!... ¡el Pelado le arrancó la mitad de la cara a dentelladas!. -Grité muy fuerte. Manuel se dio vuelta sin detener el auto e hizo volar un soplamoco que me dio en todo el cachete derecho. Reculé. Esto ya se parecía a esas películas de mafiosos (o de servicios de inteligencia latinoamericanos, chinos o rusos) en la que nadie tiene derecho a hablar, so pena de recibir algún tipo de reprimenda violenta. No sé si pensé aquella ridiculez de cinema o si lo dije en voz alta, lo pensé; pero dentro de aquel auto pensar o hablar era lo mismo:
Tiene razón el pibe, le dijo Rafael a Manuel, no le pegués más. El muchacho tiene derecho a decir lo que le parece –se pasó el dedo índice por la herida mortal del cuello y rió forzadamente-: siempre y cuando recuerde mi consejo sobre el respeto. Claro... -los dos sonrieron bajo la plácida luz de la luna que entraba al auto por el parabrisas delantero,
Seguí, por favor...
Decía que yo no asesiné a nadie. Pero eso ya no importa. Las bestias como ustedes no tienen en cuenta el grado de crueldad que pueden llegar a desarrollar cuando...- iba a decir obviedades. Me callé la boca. Miré a Beto, que dormía como un ángel narcotizado. Pensé en despertarlo, era probable que la media oreja que le quedaba se le estuviera pudriendo.
No pasa nada –dijo Manuel-, corréle la venda y fijáte que le cautericé la herida. Posta, se la miré bajo la luz de mi encendedor. La tenía sellada en una suerte de “efecto Niki Lauda”. Iba a cicatrizarle más con el tiempo, de todas maneras iba a quedarle horrible.
Salvo que nos dejes convertirlo en vampiro. La oreja se le va a reconstituir bastante rápido si es uno de los nuestros -dijo Rafael, como ofreciendo un seguro contra terceros en una oficina.
¡Salvo nada! Tendrá una oreja partida al medio, y punto, -quise que sonara autoritario. Debo haberlo logrado; porque los dos vampiros se callaron la boca durante un largo rato. Me quedé mirando a Beto. Por supuesto que no iba a dejar que esos hijos de puta lo convirtieran en un vampiro. Pensé en la pobre morocha (¿cómo se llamaba?... todo ocurría demasiado rápido). Me dieron ganas de llorar. Rafael me miró y sonrió. Era un sádico escondido bajo la piel de un romántico. ¿Por qué le había dicho a aquella piba lo de la logia?, ¿por qué le había dado datos tan precisos a una persona así de deprimida?. Estaba seguro de que el muy hijo de puta le había pagado los pasajes... Los pasajes se los pagó ella sola. La negra se quería morir; a toda costa.- Dijo. Bien serio.
Yo me largué a llorar. El se apoyó en el asiento de adelante, me abrazó bien fuerte (todo lo fuerte que podía abrazar un herido de muerte), me acarició la cara, me secó las lágrimas con la lengua. Entonces abrió mi boca (despacito, con los dedos) y me dio el beso más bonito, dulce y sensual que he recibido en toda mi vida. Cerré los ojos. Rafael me tenía atrapado. Me desmayé. O tal vez soñaba despierto con que las cosas eran distintas. Volví a abrir los ojos en Rincón de los Sauces. Manuel bajaba a Beto del Falcon como una bolsa de papas. El pibe seguía desmayado. Algo parecido al alba despuntaba por detrás de las bardas. Yo tenía la jeta tirante, como cuando llorás mucho y se te paspa todo.

Estaba acostado en el asiento de atrás del auto y el frío que entraba por la puerta por la que habían sacado al pobre de mi amigo me hizo reaccionar más que rápido. Si despertarse en tránsito hacia algún lugar, en medio de un viaje, suele ser un flash de por sí; no quieran ni imaginar lo surrealista que fue tomar conciencia en aquel momento especial de que lo que estaba pasando no era un mal sueño.
Todo concreto, todo tangible. Un destino que ninguno de los cuatro sabía muy bien qué dispararía. Mucho menos Beto y yo. Manuel volvió solo y apurado. “Vamos”, me dijo, seco, algo nervioso. Me levanté, asomé la cara al viento de la meseta, cuando giré la cabeza lo vi: un aeroplano del año del orto con las turbo hélices encendidas nos estaba esperando. Eran empleados de una petrolera. Estábamos en el aeroclub de Rincón de los Sauces y ellos, mandados expresamente por los prestadores de servicios petrolíferos más importantes del planeta, iban a cubrir nuestra fuga sin dejar rastros. “No es tan así. Tu mente es rápida; pero demasiado fantasiosa. Constantemente crees estar viviendo en una película de conspiraciones en torno al poder económico más encumbrado. No todo está tan perfectamente digitado como vos te creés...”, dijo Manuel. Eran las mismas mierdas que le había escuchado a mi profesor de Análisis Matemático I, en mis épocas de secundaria, cuando el muy fresco intentaba explicarme por qué no todo era tan injusto como aparentaba serlo. No dije nada y empecé a poner en práctica un método que recién doscientos años después pude dominar bien. Apretar los ojos, abrirlos, y concentrarse nimiamente en lo primero que uno ve al abrirlos, borrar todo contacto profundo con un vampiro, darle sólo corteza, darle imágenes sueltas, como en una moviola de los Lumiere, fascinados en entregar imágenes sueltas a un público ávido de historias. Aquella madrugada, en el primer intento de este ejercicio mental, todo me resultó fácil. El film estaba filmado en sí mismo. Abrí los ojos y lo que me encontré fue: un tipo parado en la escalerilla de embarque de la avioneta. Algunos tipitos en mameluco corriendo como locos por la pista. Titilaban las luces de las alas de la avioneta lanzando destellos potentísimos, pero se veían difuminados por la cortina de calor-vapor-humo que salía de las turbohélices. En el fondo, sobre la línea del horizonte, el día avanzaba a pasos agigantados. El tipo de la escalinata se agarraba la gorra para que no se le volara con el viento de la meseta. Con el brazo que le quedaba libre gesticulaba nervioso invitándonos (o un poco más que invitándonos...) a trepar en la máquina; lo más rápido posible. ¿Una película en sí misma, o no?
El avión levantó vuelo. El paisaje recortado del despegue (ese horizonte-no-nada que es el límite entre cielo y la tierra allá, a lo lejos, bellísmo) me emocionó, como siempre. Pero yo no era el de siempre, ni por asomo. Rafael se paró y vino hasta mi asiento a abrazarme. Aprovechó ese mismísimo instante de confusión sentimental para hacer lo que siempre hacía con los débiles. Con una tijerita plegable me hizo un pequeño corte en el antebrazo, a la altura del codo (y entonces fui un junkie fatal, un pelele sin miras). Me sujetó con fuerza el brazo, me mordió y succionó con una virilidad sumamente esplendorosa, sensual, fascinante. Le acaricié la espalda y, laxo y entregado, apoyé la nariz en la ventanilla.
Abrí los ojos, abajo (bien abajo) estaban las bardas, como en una maquetita 3D de National Geographic. El sol era violeta (o al menos eso me parecía). Empañé el vidrio rapidísimo, estaba respirando fuerte, muy fuerte. Acabé, me manché todo, me dio frío, me dio calor, me dio amor, me dio miedo. El me abrazó y me besó en la boca, el gusto de mi propia sangre era riquísimo. Tan metálico, tan lleno de vida. Beto (que estaba tirado en el asiento de enfrente) se despertó, se incorporó y le pegó dos roscazos en la oreja a Rafael. El vampiro reaccionó inmediatamente y se paró; pero no contó con la desesperación y la furia del negro, que le hizo frente y le acomodó un tremendo cross en la nariz. Sonó a hueso. La sangre de Rafael le corrió por la mejilla. Beto lo miró, me miró, sonrió: había lastimado al gran hijo de puta. Manuel se levantó como un rayo de su asiento y, tomando a Beto por el cuello, se lo quebró de un solo y certero movimiento. Rafael gritó el no más fuerte que escuché en mi vida.
Beto murió con la lengua afuera, como un perro. Yo comencé a tener un ataque de histeria del que recién me recuperaría con cuarenta horas de sueño. Ahora estaba solo con ellos, y era un vampiro más.
Escuchaste durante la lectura de hoy :

"Vampiro (instrumental)" y "Vampiro (version cantada)"por TANGO4
"Earth’s creation"por STEVIE WONDER

Lunes,8 de octubre de 2007
Ficcionarios
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