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El velo de las lágrimas no ciega./ Llorando, veo/ Lo que esta música me entrega:/ La madre que tenía, el viejo hogar,/ El niño que fui,/ El horror del tiempo, que es fluir,/ ¡El horror de la vida, que es sólo matar!/ Veo y me adormezco/ En un torpor en el que olvido/ Que todavía existo en este mundo que hay.../ Estoy viendo tocar a mi madre./ Y esas manos blancas y pequeñas/ Que nunca volverán a acariciarme
Toca en el piano, cuidadosamente y serenas/ (¡Dios mío!)/ Un soir a Lima
Ah, lo veo todo claro/ Estoy de nuevo allí./ Aparto del fulgor de luna/ externo y raros/ Los ojos con que lo vi.
¿Pero qué? Divago y la música acabó.../ divago como siempre divagué/ sin una certeza en el alma de quién soy/ ni verdadera fe ni firme ley./ Divago, crío eternidades mías/ En un opio de memoria y de abandono/ Entronizo reinas de fantasía/ Sin tener para ellas ningún trono.
Sueño porque me baño/ En el río irreal de la música equivocada./ Mi alma es una criatura desharrapada/ Que duerme en un rincón oscuro./ De mí solo tengo,/ En realidad cierta y concertada,/ Los trapos de mi alma abandonada/ Y la cabeza que sueña contra el muro.
Pero, madre, ¿no habrá/ Alguien que vuelva todo vano, un Dios,/ Otro mundo en dónde todo esto está?./ Sigo divagando: todo es ilusión./ Un soir a Lima.
Quiébrate, corazón...
Fernando Pessoa
XXVII
a) Cassia Eller. Natal me pareció un nido que una pajarraca gigante y exótica salida del Amazonas había llenado de turistas que luego sus pichones devorarían con apetito inusitado. Como ciudad era un pueblo grandecito. Como pueblo era una ciudad importante, abarrotada de esos turistas-presa de temporada alta. Todos con sus caras de naipe y sus sonrisas de city tour eterno corriendo a los shoppings que quedaban debajo de la autopista para comprar la misma mierda que pueden comprar en sus lugares de residencia. No miré nada. Me subí en un taxi farfullando; nadie había venido a buscarme. Sabía que tenía que ir por la Avenida Roberto Freire hasta el fondo, hacia un lugar llamado Ponta Arena. ¿Una playa?, ¿un parador?. ¿Qué? No lo sabía.
Acomodado en el asiento trasero del taxi cerré los ojos, me apreté las sienes. Esperaba -de un modo super infantil, lo admito- que Moncalvez entrara en contacto conmigo. Por un momento me di cuenta de lo que estaba haciendo, y me sentí uno de esos seres de hábitos solitarios, deprimidos, que se juntan los domingos por la noche en lagos y sitios apartados para esperar la llegada de ovnis de la new age que vengan a salvarlos. El taxista acomodó el espejito con sus manitos gringas, de dedos largos. Le vi los ojos, le brillaban como si recién se hubiese puesto colirio.
Carlos Segundo Fuentes..., dijo, fuerte, seguro, como si adentro fuera un crooner que me estaba anunciando sobre el ring, y yo, el boxeador que defendía su corona por el título mundial de los peso pesado, lo miré. Debo admitir que me sobresalté más por el tono que por lo inusual de la presentación.
Calma, pidió. Sonreí.
¿Nunca van a hacer nada como personas normales?, le dije yo, que estaba un poco saturado de toda la parafernalia vampireana
No somos personas normales, dijo él; para que me quede claro.
De eso no me caben dudas, contesté yo, como en una película barata de Hollywood.
Me llamo Manuel. Manuel Francisco Carballido, sonrió. Sus dientes estaban amarillos de tanto fumar. Busqué con la mirada las puntas afiladas de los vampiros.
No tengo. Siempre que tengo que morder a alguien uso esto: abrió la guantera y sacó una de esas tijeritas coreanas plegables. Me la pasó. Comprobé el filo. Era como un bisturí recién abierto. Paramos en un semáforo. Pude clavárselo en el cuello. ¿Para qué?, me dije: si ya estaba muerto.
¿A dónde vamos Manuel, falta mucho?. Eran las dos únicas cosas que quería saber con exactitud en ese preciso instante. Estaba cansado.
A lo de Rafael. No falta mucho; son veinticinco minutos de viaje. Contestó las dos preguntas con una seriedad digna de un asceta. El muy turro sabía que era lo único que quería saber por el momento. Doblamos por una pequeña y chata calle y entramos a Freire, la contenedora del tráfico de una pequeña ciudad que necesitaba una arteria así para sacarse de encima cada noche a los turistas, sus efímeros hijos adoptivos. Manuel encendió la radio. Cássia Eller hacía su versión unplugged de “O segundo sol”. El sol se iba en flechas rojas que no alcanzaban a herir al paño azul que pujaba, como una adolescente que esta por parir a un muchachito sietemesino, para entrar y quedarse. La noche avanzaba en formación hoplita por el este
Quando o segundo sol chegar/ para realinhar as órbitas dos planetas/ derrumbando com assombro exemplar/ o que os astrónomos diriam se tratar de um outro cometa
Las primeras luces de velas, soles de noche y lamparitas de 40 watts comenzaban a encenderse en las favelas que lindaban con la autopista.
Nao digo que nao me surprendi/ antes que eu visse, voce disse/ E eu nao pude acreditar
Manuel, el falso taxista, no podía dejar de mirarme por el espejo. Yo sonreía. Tal vez todo lo que estaba pensando se iba volando a su mente. Cero privacidad. Ya estaba acostumbrándome; de todas maneras el mundo no te ofrece garantías de privacidad. Jamás. Un viejito en bici frenaba en la banquina de la gran vía para dejar de respirar humo de escapes por un instante. Lo pasamos como si fuera una pequeña foto de un pequeño e insignificante cartel publicitario
Mas voce pode ter certeza/ que seu telefone ira tocar/ em sua nova casa/ que abriga agora a trilha/ incluida nessa conversao
Las casas -pobres, ricas- iban espaciándose cada vez más para cederle el paso a la arena en médanos y, en esa oportunidad geográfica, le daban de comer a las hosterías que garantizaban “privacidad y tranquilidad”, un fuerte condimento de los paquetes turísticos que te traían a este bellísimo culo del mundo. Las hosterías apenas si se veían tapadas entre los médanos. Una o dos gordas de clase media norteamericana se abanicaban en el hall, plácidas, aún desde la avenida y -sin poder ver bien esos rostros- se podía dar cuenta uno de lo tranquilas que estaban, lejos de Ted Bundy, de David Letterman, de las amenazas constantes de Bin Laden y sus aviones atrevidos.
Eu so queria te contar/ que eu fui la fora e vi dois num dia/ e a vida que ardia/ sem explicacao/ explicacao/ sem explicacao/ explicacao
Ganó la noche en apenas unos minutos, y Manuel condujo por picadas llenas de pequeñas alcantarillas plagadas de mosquitos y ranas; aunque también había matas espinosas, unos cuises espantosos y arena por todos lados. Llegamos al final de una picada casi inexistente que terminaba en una tranquera vieja, alguna vez ostentosa, hoy decadente. Del otro lado había una descuidada hilera de arbustos tan frondosos que no dejaban pasar al coche. Nos apeamos. Sólo se escuchaban ranas y grillos. Estaba tranquilo, ni asustado ni histérico, tal vez un poco ansioso. Miré las primeras y gigantescas estrellas y pensé en mi propio estado de ánimo: sorprendentemente fresco teniendo en cuenta que me dirigía a la casa de crueles asesinos.
Manuel se dio vuelta automáticamente: No quisiera introducir en tan bella noche el remanido discurso que versa sobre los muchos generales y políticos que son cientos de miles de veces más asesinos que un ser vivo que necesita de la sangre sólo para vivir, ¿no te parece? Sonrió mirándome a los ojos bajo la luz de la luna. Era bonito; pero cuando se reía los rasgos bestiales con los que tiene que cargar un vampiro curtido como él se le notaban en demasía. Al final del sendero había (como dicta insistentemente la lógica borgiana) una bifurcación, un “titubeador” para giles, un “usted debe agarrar para allá, a pesar de que tiene muchas ganas de ir para el lado opuesto”. En este caso la duda que planteaba el sendero que se bifurcaba era pesada, inmensa: hacia la izquierda estaba el mar, para la derecha la tenue luz de una casa que se parecía a la del escritor al que le caen los droogos de La Naranja Mecánica. Fría, vidriada, angulosa, ostentosa, iluminada como al neón. Cualquiera con un poco de sentido común hubiera preferido bajar a la playa.
Es para allá, dijo Manuel, que no necesitaba más que concentrarse un poco para saber qué estaba pensando y por qué lo estaba pensando. Señaló la casa con sus manitas de adolescente violinista.
¿Y si estuviera en medio de la ciudad, con el ruido blanco de todos los pensamientos empujándote cada vez más lejos de mi cabeza, qué carajo harías?, le dije yo, para que entendiera que ya me estaba cansando la falta de privacidad dentro de mi verdadero mundo, mi joya, mi ideolecto.
Me resignaría. Puedo ser franco con vos y contarte algo que no debería: si te enojás mucho, generás una pequeña carga eléctrica que no me deja entrar en tu cabeza.
¿Enojarse es la clave?
No siempre, claro. Volvió a sonreír con su bella mueca animal.
Llegamos al rellano que antecedía a la casa de La Naranja Mecánica. La puerta se abrió de repente. Un tipo de casi dos metros de alto salió como disparado. Me miró a la cara, parecía cansado: “No son asesinos; son locos. Usted tiene que saber eso antes de entrar, dijo, son locos”. Me apartó violentamente con la mano e intentó irse. Los años dentro de la policía me afloraron inconscientemente (como tantas otras veces). Lo agarré del brazo y le hice una llave que le dolió. Para que le duela más le di un codazo en los riñones con el brazo que me quedó libre. Desde el piso me miró y se rió. Pensé en darle un cabezazo en la nariz. “Está nervioso, dijo, lo veo en sus ojos, se nota demasiado. Si fuera una de estas bestias también me metería en su mente para atormentarlo. Aunque pueda hacerlo no lo voy a hacer: no soy una de estas bestias”. Cabeceó para el lado de Manuel, que me esperaba parado a mis espaldas, avalando con su silencio cualquier acción que yo emprendiera contra aquel tipo. Lo solté. Me di cuenta de que no sabía del todo el porqué tenía sometido allí abajo al tipo, completamente a mi merced. Me di vuelta rápido; como cuando un pibe se imagina que un muerto viviente está detrás, acechando. Fue el siempre beneficioso instinto atávico de los infantes: detrás de mí estaba Rafael Moncalvez. Que no era otra cosa que un maldito muerto viviente.
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b) Ausencia de miedo, ausencia de conciencia. El tipo del piso se sacó la arena de la ropa a sacudones. Me miró, sentenció por última vez: “Acuérdese de lo que le digo: están locos. En especial ese tarado”, señaló abiertamente a Rafael, que sonrió. El grandote se fue rápido. Manuel corrió hasta él y lo agarró del brazo. El fugitivo gritó su desprecio. “Voy a llevarte hasta la ciudad”, le dijo Manuel. “Para nada. Ahora tengo resto para caminar solo. Voy a atravesar por toda esta mierda solo. Quiero que eso les quede claro”, sentenció; y trotó hasta la bifurcación. La oscuridad y el cambio de dirección hicieron que desaparezca.
Decenas de denarios más tarde lo volvería a ver y le daría la razón por todo aquello (poco, pero cierto) que me dijo aquella noche.
Pasá, dijo Rafael que, obviamente, estaba esperándome.
¿Quién es ése?
Un idiota feliz, como muchos de los que pueblan este complicado planeta. Filosofía barata, pensé. El me miró, se sonrió cruelmente y me dio una cachetada de obispo que unge y confirma:
Barata para los posmodernos como vos, que creen haber descifrado este laberinto demencial con la exactitud de una simple suma de dos cifras. Abrió la puerta de su casa y me señaló el interior de la recepción.
Había un hediondo olor a muerte. Recién entonces sentí todo el miedo que debería haber experimentado antes.
b) Madhouse. La casa de este tipo era espantosa. Moquetas, acrílicos en los muebles. Colores de sobra. Y olor a muerte en cada rincón. Amelia, una morena deliciosa (deliciosamente muerta) era la encargada de limpiar todo. No lo hacía por dinero. Lo hacía por amor. La negra amaba incondicionalmente a Moncalvez, y él la humillaba cada vez que se presentaba la oportunidad. Amelia limpiaba con lejía y puloil las manchas de sangre que había en la casa. Tenía las manos blancas de tanto fregar; además de muertas, claro. Con todas esas manchas decolorando los muebles, las alfombras y las paredes, la casa se convertía por antonomasia en algo berreta, en un palacete de acaudalado burgués de fines del siglo XXI venido a menos. Si Rafael hubiese sido un simple mortal, su palacio de burgués hubiese estado apagado y venido a menos por algún televisor de 45 pulgadas con pantalla extra chata y una esposa con gustos cutres y grasas (como tomar whisky de trescientos dólares la botella con hielo y Coca Cola mientras se culea al jardinero. O algo así). Pero Rafael no era un tipo común: era el príncipe de los vampiros decadentes. Y la grasada que daba por tierra con su pretendida estirpe noble no era un electrodoméstico caro, ni una cochera abarrotada de motos: eran todas esas manchas de sangre que trataba de ocultar con lejía; toda esa gente que había asesinado y/o convertido en vampiros; toda la sangre, el alcohol y el semen que había vertido sobre esas alfombras tratando de convencer a la gente de formar un único ejército que lo reconozca como su líder férreo, todo poderoso, sensible a más no poder.

Rafael no era nadie. No tardé nada en darme cuenta de eso. Era tan notable como repugnante. Pero -siempre hay un pero, más que básico esto es esencial- me quedé en Natal, en aquel palacio decadente porque sucumbí a los tristes encantos de Amelia. Prisionero de su belleza me acosté con ella a la cuarta noche de haber llegado. Ella amaba a Moncalvez con locura; por eso y para eso había aceptado ser un vampiro. Era tan pero tan bonita que yo me acostaba con ella aunque el pánico me dominara siempre durante el primer coito, cuando el olor a muerte le salía por los poros. Si ellos estaban locos, probablemente yo estaba más locos que ellos. Amelia pidió permiso a su amo una noche, y después de hacer las cosas más dulce que un ser puede hacerle a otro, subió hasta mi oído derecho y me pidió que fuera el primer ser humano que ella convirtiera en vampiro. Yo, que estaba tremendamente enamorado de aquella muerta patética y triste, le dije que sí; que la quería con locura y que hiciera lo que el corazón le dictaba. Estúpido, bañado en las aguas más cursis del romanticismo. Eso era lo que yo era. Ella hizo lo que el corazón le dictaba. Uno: obedecer como un perro a Rafael. Dos: ofrecerse como mi iniciadora. Tres: dejar a disposición de Moncalvez otra atormentada alma para el ejército de desvalidos que este hombre estaba formando.
Todo era patético. Desgraciadamente patético. En la locura que dejé que brote de mí en aquella casa de la locura comprendí que era un amante impulsivo del patetismo. Y ese impulso me llevó a pasar a ser uno de ellos: un vampiro, un no vivo en vida .Durante los meses que pasé en aquella perdida casa de las afueras de Natal, comprendí muchas cosas más y construí un pequeño catálogo de frases que me servirían a posterior para situarme en este planeta sin perder la poca cordura que me quedaba:
Las culpas son exquisitas.
Amelia era un monstruo.
Muerte y vida son un dibujo en la arena.
Rafael estaba loco. Mal.
Si hubiese escogido ir hacia el mar aquella noche en la bifurcación, la necedad hubiese bajado a la playa conmigo y me hubiese seguido de por vida.
Ahora el asesinato era una página en blanco en mi conciencia y la necesidad biológica me dictaba que debía escribir algo en ella, con urgencia.
La locura tiene cura si uno dispone de más de una vida; por eso, intuitivamente, había aceptado ser un vampiro.
Iba a ser un vampiro sincero. No iba a arrastrar a nadie a la locura de ser asesinado o contagiado. Los iba a asesinar, y punto. Pura naturaleza, cero razón criminal.
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b) Ejército de débiles. Varios meses después de haber llegado a Natal me fui de la casa de Rafael. Huí. Una noche (tal vez la que menciono en mi catálogo) me di cuenta de que Rafael me había llevado allí por nada, sólo para agregar un soldado más a su causa de débiles.
Fue duro: yo que pensé que era algo especial para él, no era nada más que otro pedazo de carne para su voraz apetito. Luego, en la serenidad de mi retiro espiritual posterior, comprendí y asimilé que aquel era su modo de operar: mentir, hacerte creer más de lo que sos. Amelia, Manuel y las personas que vivían en aquella casa terminaron por creerse aquella mentira de manera perenne. Por eso seguían allí, padeciendo aquella tiranía irreal. Esto, que suena a serena conclusión, en la realidad de los días de Natal fue muy difícil de ejecutar. Los factores eran claros y pesados:
1) Amelia no me amaba; ni siquiera me quería.
2) Yo había aceptado ser un vampiro sólo para dejar de soñar con papá y mamá cada noche de mi vida; sólo para dejar de ser un ser humano atado a sus más estúpidos conflictos existenciales. La excusa que di en aquella noche fue estar con ella para siempre. Algunos meses más tarde me di cuenta de que no quería eso, por nada del mundo. Pasado el mesmerizaje, llegué a detestar a esa mujer. Huir de la casa fue un poco huir de ella.
Amelia me dejó ir sin mandarme al frente con Rafael, aunque sabía que su amo consideraba que aún no había terminado su tratamiento y entrenamiento conmigo. Esa actitud noble que tuvo aquella última noche me enseñó más que todo lo que había vivido allí durante esos meses. En el fondo continuaba siendo el mismo idealista que cuando era un simple mortal. Mamá no estaba en aquel pensamiento; pero estaba. Lo agregué a mi catálogo más tarde, cuando regresé a Neuquén. Me fui en puntas de pie durante una de esas orgías descomunales que tanto amaban aquellos seres amarillos. Amelia cabalgaba sobre Manuel. Rafael sodomizaba a una lesbiana. La otra, su pareja, miraba desde el piso y lamía los pies de Manuel. Trescientos años más tarde me encontré con ella (la de los pies). Me lo contó todo: habían descuartizado a su novia un mes más tarde. A ella le dieron a elegir la muerte o “la vida eterna”. Ella, atemorizada a más no poder, sacó a relucir su vanidad como escudo protector y puso el cuello para que Rafael hiciera de ella una nueva doncella militante. Cien años después dejó el entorno y se hizo miembro del tribunal. Era una chica inteligente, pero su espíritu impulsivo la había llevado a lugares que no quiso ir con la razón. Nada especial, la historia que nos pasa a todos.

e) Fuga y misterio. Corrí por el arenal durante tres días. Bajé al mar de noche. Me metí en un yate anclado en una exclusiva bahía. Maté a los tres miembros de una alegre familia carioca y me fugué con su bote a la madrugada. Bebí la sangre de papá, de la esposa y del preadolescente gritón, que en sus espantosos gritos logró que me replanteara más de mil veces la situación toda. Tardé diez meses en llegar a casa. Nada me apuraba. Tenía todo el tiempo del mundo para aprender a ser un vampiro. Tenía todo el tiempo del mundo para releer mi propia moral y mis propias iniciativas éticas. Tenía todo el tiempo del mundo para forjarme un nuevo destino. Una noche, durante el viaje, Rafael se metió intempestivamente en uno de mis sueños. Lo abarajé en el aire (como decía mi tía). Miré sus hermosos ojos del color de las almendras y le dije que se dejara de molestar. “Vos no podés guiar a nadie, lo único que poseés es pirotecnia para mentes débiles”. El sueño era mío, así que volví a mis días de policía y le quebré un brazo en una llave ágil y por demás poderosa. Rafael sonrió, mutilado. Lo único que sabía hacer era sonreír; pero su sonrisa ya no podía conmoverme.
Cuando me desperté, dejé de huir. No fue que dejé de viajar impulsivamente de aquí para allá antes de llegar a casa. No, no. El cambio fue mental: me di cuenta que huir de Rafael era inútil, que era huir de un pelele demente. Un vampiro pelele y demente. Nada: huir de Rafael era huir de la nada. Lloré de alegría. Esa noche comencé a edificar al hombre libre que soy en este momento. Está bien, más de uno de ustedes (demasiado atentos a mi condición de vampiro) puede decirme que estoy muerto. Pero, ¿cuántos de ustedes se sienten verdaderamente vivos y libres?
Escuchaste durante la lectura de hoy :

"Segundo Sol"por CASSIA ELLER
"Murucuña" y "Zunido de mata"por RENATA ROSA

Lunes,24 de septiembre de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(4)


