LLeGÓ La HoRa De VoLaR...

RAFAEL (Capítulo XIV)

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Murucuña RENATA ROSA

XXV

Monólogo del Mal

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó: "Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien.

Y así el Bien se salvó una vez más.

Augusto Monterroso

No tenía más ganas de tener miedo. Entonces un buen día me levanté, vendí la notebook del jefe y me fui a Natal, Río Grande Do Norte, Brasil. Hasta allí me llevaban las investigaciones realizadas en torno al paradero de Rafael. Queda bien eso de “las investigaciones realizadas”, ¿no? En realidad, no puedo mentir más: hasta allí me llevó una simple cadena de sueños. Estuve meses buscando una pista que me condujera hasta Moncalvez y sólo obtuve aproximaciones vagas al paradero de una persona que se me desdibujaba continuamente del plano real y sólo se me revelaba completa en sueños.

Mamá y papá pelearon su peor y más cruda pelea dentro mi propia conciencia por aquellos días. No hubo trompadas y llantos bestiales, como aquellas viejas veladas pugilísticas que protagonizaban cuando estaban vivos. Estas peleas, bien diferentes, eran puro derrotero metafísico, batallas surrealistas que cortaban la estresada vía de mi mente como con una gillette. “Razón”, decía papi, gritándole a un cielo naranja con un cuerno de unicornio como amplificación, mientras le salían corazones de pollo por la boca. Y yo me despertaba del trance y me ponía a recorrer tugurios, conventillos y pensiones de mala muerte para buscar la razón. La existencia concreta de un asesino serial era la razón, y papá lo sabía, y volvía a mí en formas extrañas a cada momento. Hoy era un recuerdo lógico y tendencioso, mañana un sueño daliniano que me hacía despertar transpirado.

Fui a todas las discotecas, a los bares, a los lugares adonde los pequeños rompecabezas que iba desmadejando me llevaban. En todos esos sitios el mito del vampiro Rafael crecía a pasos agigantados. Sobre todo luego de las matanzas de la Escuela Superior de Música y del Hogar Nayahue. O la aparición de ese periodista brutalmente mutilado en el baño de un bar. La razón no siempre podía explicar y acomodar esas piezas sueltas; esos crímenes bestiales, esas cuestionables costumbres sociales de idolatrar espejismos. La lógica era jaqueada, papá se iba y venía mamá. Santera, eterna anunciante de un Armaggedón sin fin. Extrañamente, mami era la más austera para invadir mi mente (se hubiera dicho que su permanente amor a la superstición construiría imágenes aún más oníricas que las de papá en mi interior, pero también es factible que su universal corazón de madre no quisiera asustarme demasiado...).

Mami venía con mi uniforme de la policía planchado y doblado sobre el antebrazo, me lo ofrecía y me decía: “El mal. El secreto está en derrotar al mal en su forma más horrible, la forma que no es humana”. Cerraba los ojos y una lágrima de sangre le caía por la mejilla. Era la misma triste lágrima de sangre que siempre me hacía despertar. Largué el lexotanil que me había automedicado para poder dormir. Desoí el consejo de mi psiquiatra y ni siquiera compré el tegretol que me recetó. Fui a la farmacia, sí, pero me traje dos tubos gigantescos de redoxon y una caja de barras de cereal fort. Tomaba dos litros de yogurbelt por día y le aflojé al parissiene y a los patys como dieta de rigor. Vida sana. Un plan que si hubieran visto mis ex -compañeros de la policía no hubiesen tardado ni un solo minuto en calificar como “plan alimenticio para el bala moderno” o cualquiera de esas frases supuestamente ingeniosas que se despliegan en las comisarías y en las guardias para saludar ocasiones como éstas.

Nada. Nada sirvió de nada; pues papá y mamá volvían a cada instante para atormentarme con aquel cóctel de magia y razón. Y ninguno de los dos ganó del todo, porque el que ganó por goleada fue Rafael Moncalvez Da Silva, brasileño, nacido y criado en el pequeño suburbio de Natal, la capital de Río Grande do Norte. El me llevó hasta él mismo a través de los sueños, aportando los datos necesarios para poder encontrarlo. Tardé bastante en darme cuenta de que el método que Moncalvez usaba para comunicarse conmigo era poco usual, pero innegablemente concreto y preciso. Debido al novedoso y revolucionario método de comunicación, atravesé por un difícil período de depresión y miedo a estar volviéndome loco. Pero un buen día dejé de pagarme de mí mismo y de mis miedos, corrí a comprar los pasajes aéreos y salí a buscarlo; justo allí: donde él me lo estaba diciendo cada vez que entraba a mi mente.

Bonita ciudad Natal. En realidad, cuando él nació, apenas si era un esbozo de lo que es en este momento: una ciudad capital, poderosa y decadente, de belleza turística, pero inevitablemente favelera. Rafael Moncalvez Da Silva era, como buen hijo de una geografía difícil y pequeña en su inmensidad, una persona sumamente vanidosa. El llegó a autoproclamarse el más grande de los vampiros, el más preparado. Lo gritó una tarde en Modena, durante una reunión del Tribunal y los Orficos. Se salvó de Almedio por un pelo; pero no se salvó del escarnio de sus pares más encumbrados en esta extraña pirámide de vampiros.

Rafael Moncalvez Da Silva nació el 16 de febrero de1684 en la cocina de un rancho de barro, una casita de gaudios de lo más modesta. La pluma de corcho y de plomo de cualquier cronista de la colonia (puro perogrullo) hubiera podido reflejar con total claridad la estereotipada vida de ese pibe en los últimos años del siglo XVII: de casa al campo, a trabajar para los portugueses con guita, para los ingleses y los holandeses que estaban allí de paso. Del campo a casa, a boxear por cualquier gilada con el padre; a tratar de espantar los candidatos pobres que peleaban por su hermana, la flor de los gaudios del norte; a comer deliciosos porotos cocidos por mamá. Y de allí vuelta al campo, a jugar la vida laboriosa del hombre de campo. Pero un día mostró la madera de la cual estaba hecho. Y de una manera irreversible. Ese día decidió ser un vampiro. Armé las valijas con nervios. A las siete menos cuarto de la tarde salía el avión. Escalas aquí, allá; ya no me acordaba ni siquiera una sola cosa de las cien mil que me había contado la piba que me vendió el boleto (ella y su tono amable de curso de marketing). Sabía que Natal estaba cerca, era lo único que me interesaba a esa altura. A las seis y dos minutos (vi ese reloj con las agujas clavadas a las seis y dos, como en un cortometraje de cine francés) sonó el teléfono. Era Rafael Moncalvez. Me dijo que había conseguido mi número de una manera muy fácil: me lo preguntó en uno de los sueños, y yo se lo di. “Teníamos sexo con una señora de cincuenta y seis años, ¿te acordás?”. Me puse colorado, recordé el sueño segundo por segundo. Era cierto: yo estaba súper caliente y montaba a la señora, que me daba la espalda. El, que estaba sentado al borde de la cama, me acariciaba la cabeza con esa fuerza dulce que tienen los que están excitados. Con la respiración entrecortada me preguntaba el teléfono de casa. Yo se lo daba, y acababa de manera... violenta. La señora se daba vuelta y me abrazaba mientras me besaba el pecho. Rafael se desdibujaba de la escena y yo comenzaba a despertarme en medio de una humedad sexual notable. Más o menos así.

“Es cierto, te lo di”, decía yo, tratando de que todo aquello sonara supernatural, casual, por demás cotidiano. Moncalvez se rió de mi extraña manía de querer parecer tranquilo. Habló, pero no escuché nada por el auricular. Su voz sonó en tres dimensiones dentro de mi cabeza: “¿vas a venir?”. Me asusté. Corrí el tubo de la oreja y su voz seguía dentro de mi cabeza. Pensé en la voz de má, y la de pá. Pensé en el avión, la hora de salida, la hora de llegada, lo poco que faltaba para atraparlo. ¿O me atraparía él a mí? No dije ni una sola palabra. Volví a poner la oreja en el auricular, ahora me hablaba de manera convencional, por el circuito del aparato: “Ok, nos vemos mañana a la noche. Alguien va a ir a buscarte al aeropuerto”. Colgó.

Fue recién en el avión (en la magia no-tiempo-no-lugar de las alturas, el techo de nuestras percepciones directas, con el ocaso besándome la nuca a través de la ventanilla, con un whisky encima, con la seguridad de que Asuntos Internos no seguía buscándome ya) que me relajé y me dediqué a pensar fríamente cómo resolver aquel entuerto descomunal. No sabía muy bien por dónde empezar, pero un investigador con mi experiencia no podía dejar que las circunstancias (por más paranormales que fueran) lo enceguecieran de esa -ni de ninguna- forma. Recosté la cabeza contra el asiento de mi butaca de primera clase (¡gracias, jefe!) y me puse a chequear las instancias a recorrer, los caminos ya recorridos. Separé todo en dos categorías: por un lado, lo que pasó; por el otro lado. lo que (aunque fuerte y vivencial) sólo pasó dentro de mi mente.

Todos ustedes supondrán que ésta es una selección demasiado obvia y esencial, un paso que hasta un niño de ocho años daría antes de ponerse a investigar cuál de todos sus compañeros le robó la cartuchera. Pero en este caso (tan confuso, tan emocionalmente impregnado de alteraciones) esta selección elemental era un paso que no todos estaban preparados para dar antes de desesperarse. Y yo, laxo, arriba de ese avión, tuve que darlo. Por un lado puse muerte, concreta: dos asesinatos a cargo de mi departamento, uno con cadáver desangrado. Otro, sin el cadáver, pero con carta reveladora. ¿Perfil de las dos víctimas?: no mucho para decir... personas ensombrecidas por la soledad. Nada que no padezca el ochenta por ciento de una humanidad que juega a ser feliz desde los backlights de publicidad.

Las cartas no eran una punta para nada despreciable. Es más, si me ponía a hilar fino, lo único que me había llevado hasta ese avión de manera concreta era esa serie de cartas que me iba encontrando a cada paso que daba en la investigación. ¿O no?. Sí. Esas cartas eran pequeños mojones que me conducían situacional y psicológicamente a una sola persona, que era la misma que estaba yendo a ver en aquel preciso instante. ¿Eureka?. Todavía no soy capaz de contestar esa pregunta.

Pero, en un contrapunto feroz (que hería a más no poder mi inteligencia y aturdía mis sentidos), lo que más pesaba era lo... ¿cómo llamarlo?... ¿lo extrasensorial? Aquel pilón de visiones, sueños y percepciones eran las verdaderas conductoras de la búsqueda. No mojones, bengalas. Y también -como si no fuera bastante- estaba lo que la gente quería creer.

Carteles publicitarios, revistas, programas de televisión, conversaciones en discotecas y bares, en escuelas y oficinas. Madres e hijas invocando el nombre de Rafael, el vampiro; un asesino convertido en ídolo por las masas sedientas de representatividad heroica. Y yo en el medio. Solo, investigándolo todo desde las sombras. Sin institución a la que recurrir o en la cual confiar en momentos de espanto y confusión total. En el maremagnum de esas confusiones volvía a aparecer mamá en mi cabeza, diciéndome que vuelva a la policía, que confíe en las fuerzas del orden y la justicia; explicándome, en su cándido simplismo ramplón, que los caminos del bien eran igual de intrincados que los del mal, pero que había que depositar lo último que uno tenía como arma de discernimiento para ponerse al servicio de quienes debíamos estar: la fe.

La fe... una herramienta demasiado primitiva y simplista para mí. Era justamente allí, en la dicotomía causada por la fe (o la falta de ella) que entraba papá, aprovechando el jaque mate moral a los argumentos sarakeístas de mami. Papi llegaba y me convencía, casi a las trompadas mentales, de seguir solo y aferrado a mi propia fuerza interior. Y punto. Es que mi viejo también era un caballero zen; pero lo ocultaba todo el tiempo a fuerza de fuerza.

El avión llegó a Natal de tardecita. El río Potenji, empujador y sucio del barrio más puro, eyaculaba sobre un mar fusilado por los rayos del atardecer. El desierto y la selva se mezclaban en un solo tapiz, pero allí en Natal ganaba la arena por goleada. La vida era bella.

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Ito Okashi PASSENGERS

XXVI

Desvanece el día, muestra a los hombres/ las imágenes desligadas de la apariencia,/ sustrae a los hombres la posibilidad de distraerse./ Es duro como la piedra, la piedra informe,/ la piedra del movimiento y de la mirada,/ y su resplandor es tal que todas las armaduras,/ todas las máscaras son por él quebrantadas./ Lo que tomó la mano desdeña aun tomar la forma de la mano,/ lo que fue comprendido no existe ya,/ el pájaro se confundió con el viento,/ el cielo con su verdad,/ el hombre con su realidad.

Paul Eluard

Voy, entro, lo mato.

Voy, entro, lo mato.

Voy, entro, lo mato.

Era lo único que me repetía a cada paso.

Voy, entro, lo mato.

Sí.

Había creado una nueva escuela en la madeja de nervios, tics y patologías del mundo de los obsesivos: los atormentados por los vampiros del cono sur... y yo -hasta donde sabía- era el único socio de este club de prisioneros de tics histéricos y paranoicos. Qué se yo; tal vez hubiera más socios dispersos por todo el planeta; tal vez no fuera yo el fundador de esta gadorcha. Pero en ese momento no estaba para pensar en estupideces de ese tipo. En ese momento lo único que podía importarme era mi propio cuero. Pasé por un kiosco a comprar cigarrillos. Discutí a rabiar con el kiosquero por cualquier pelotudez. Tenía frío, el cigarrillo que prendí en un semáforo me cayó como el reverendo orto.

Encaré “La Vereda” como debía ser: con una estaca bien afilada en el bolsillo interno de la campera. No sabía por cuánto tiempo más podía ocultar el miedo. Se me notaba; era alevoso. Me di cuenta de todo lo que se me marcaba el miedo en la cara cuando una minita, que estaba sentada en una de las mesas que daba contra la vidriera del bar, me vio llegar al lugar y me miró a los ojos sonriéndome con cara de entender perfectamente qué me estaba pasando. Yo le sostenía la mirada, y ella me ponía la cara que una nena le pone a un perro cuando está a punto de morir, porque lo atropellaron de manera bestial.

Y a mí me importaba tres pelotas lo que el kiosquero y la minita pensaran de los asuntos trascendentales de la existencia, de los momentos de extrema tensión en mi propia vida y de cualquier otra cosa en la que se le ocurriera observar. Yo estaba nervioso, muy nervioso. Por primera vez en mi puta vida iba a jugarme. Nada de pavadas, ni frases hechas. Jugarme todo.

Evocar el momento que viví aquella noche me pone terriblemente nervioso, por más que hayan pasado tantas decenas de años y el mundo sea otro muy distinto a aquel que conocíamos por aquellos días, nada me saca de encima el río de adrenalina de la mente, el fuerte dolor de estómago de saber que el compromiso era ineludible. Había que matar a ese hijo de puta.

Tosí al entrar a “La vereda”, bastante fuerte, el frío y el cigarrillo me habían jugado en contra. Beto me escuchó desde la tercera mesa y se acercó hasta mí a la velocidad de la luz. El, que parecía que todo el tiempo estaba en babia, ahora era el más preocupado por mi estado mental y de salud de todo mi confundido entorno. Sabía que me habían echado del laburo, sabía que mi mamá me estaba buscando un buen psiquiatra entre sus amigos snobistas de colecta de Cáritas y Rotary Club. Sabía que mi novia estaba culeando con Marcelo, que era un especialista total en pelar su cara de nenito rubio y lindo para culearse a las novias de los amigos que venían en baja. Sabía que yo había adelgazado siete kilos en apenas tres semanas. El me había visto llorar por cualquier cosa, me había visto levantándome a las cinco de la tarde con la peor de mis depresiones puestas. ¿Qué más podía hacer en aquel bar sino venir corriendo hasta mí?

- Tío... ¿qué hacés acá?, me dijo, como si yo no tuviera derecho alguno de salir a la calle.

- Qué, ¿ahora soy un lisiado que tiene que vivir atado a su cama?, le contesté yo, peléandolo por nada.

- No, pelotudo; pero te juro que no te esperaba. Después de aquella noche en la que asesinaron a ese periodista..., me decía él, como sabiendo que la llave final de mi demencia temporal estaba en aquella noche. A mí me irritó mares, esa cantinela era lo mismo que me venía diciendo desde varias semanas atrás. Siempre el mismo cantito pelotudo: “uy, desde que asesinaron a ese periodista... uy, desde que asesinaron a ese periodista... uy, desde que asesinaron a ese periodista...”.

- Desde que asesinaron a ese periodista... ¡qué! Desde que asesinaron a ese periodista... ¿qué?. Me tenés podrido con eso Beto. Vos te fuiste a la mierda de este puto lugar deslizándote por las ranuras de la puerta. Huiste como una rata sin que te viera la policía. ¿De qué mierda me estás hablando cuando me decís “uy, desde que asesinaron a ese periodista...”?

- De vos. De cómo cambiaste. Del pire que estás agarrándote. De eso. Beto era franco cuando debía serlo. Eso ya lo dije, ¿no?

- De cómo cambié la mierda. De cómo cambié la nada. Acá pasan cosas que no pienso explicarte, Beto. Lo miré, le clavé la mirada hasta el cuarto interior de su corazón. -Acá lo único que vos me tenés que respetar es esto, Beto, gesticulé.

- ¿Esto qué, chabón? No me hables en difícil.

- Esto, Beethoven... que podamos hablar como antes, aunque hayan pasado cosas horribles.

- Po-por... ¿por qué no parás de manijearte con toda esta locura de creerte envuelto en esas cosas horribles que pasaron? Te voy a decir algo que nunca te dije: vos sos un tipo muy especial; pero de todos los que estuvimos en este bar esa noche ninguno se puso a pensar que era el centro del crimen como vos. Nadie. Yo no te lo quería decir antes porque tu vieja me dijo que vos sos medio depresivo, medio... bipolar.

- Sí, Beto. Está bien -le dije yo, apartándolo de mí con un empujón que lo hizo volar hasta la mesa de al lado.

Toda conversación con un amigo verdadero sobre temas íntimos (temas del corazón y de la mente), siempre es impostergable. Pero no aquella vez, en aquel bar, cuando tuve que correr a Beto de adelante mío para clavarle la estaca en el hombro al tipo que estaba acodado en la barra; ese tipo que se reía de mí con una sonrisa increíblemente cruel desde que había entrado al lugar. El tipo que me miraba con esos ojos de color roble todo el tiempo.

El tipo, el de los sueños... Rafael.

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La Verdad PEZ

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