¡¡¡sE DiErOn cUeNtA!!!

RAFAEL (Capítulo XIII)

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Rosita ARBOL

XXII

Ahora chito el gallito. La segunda fue peor que la primera vez. Esta vuelta me quedé doce días encerrado en la pieza. Nada podía sacarme la sensación de vértigo de la cabeza, del alma. Ni mi vieja, ni mi perro, ni las voces que habitan en mi cabeza. Nada, nadie pudo hacer algo por mí. Estaba fregado, frito, cagado. Recuerdo aquellos días de encierro (sobre todo aquellas noches) como jornadas en las que no sabía muy bien a qué códigos morales atenerme. ¿Era yo un asesino, un cobarde encubridor de asesinos o un héroe consumado?, ¿era todo eso junto? En la quietud blanda de la almohada compré mil cristales para ver las cosas desde diferentes ópticas. Probé con todo lo que tenía al alcance; todo lo que suele construir ideológica y filosóficamente a un hombre moderno:

la televisión “cultural” de los canales de documentales

las revistas de actualidad de las ediciones dominicales de los diarios

los portales “de contenidos” de la internet

el alcohol

la pizza

el prozac

la sección de policiales de los periódicos del mes pasado

el clonagín

seis películas porno

los talk show más cutres

el porro

los discos que escuchaba de adolescente

dos novelitas de vaqueros de kiosco

la masturbación compulsiva

la guitarrita

media docena de videos de spaghetti westerns

alguna novela neo burguesa (¿te gustó esa?)

un libro de Bucay

uno de Nietszche

un CD de didgeridoo tocado por aborígenes australianos

una docena de videos de Bandana

una cajita feliz

una hora y media de hentai en Internet

dos docenas de rosas compradas por y para mí

Nada pudo sacarme del trance. Todo, absolutamente todo me empujaba a pensar de una manera maniquea y degradantemente megalómana: la existencia entera de esta sociedad giraba en torno a mí, a mis crímenes, a mis secretos bien guardados, a mis nuevos y terribles problemas. En el mundo no existía nada más. Al menos nada que se mereciera ni tres segundos de mi tiempo. Era mi culpa estar así, pero lo había aprendido del resto de la humanidad. Muchas veces -y por mucho menos- la gilada suele ponerse como si estuviera a punto de morir y se enroscan la cabeza pensando en ellos y nada más que ellos. Y, si revisan bien sus valijas, descubrirán que en el medio de estos supuestos jaques mate a la razón de existir, por los que muchos terminan internados, sólo hay pelotudeces del tipo del corralito financiero, algunos divorcios inevitables o la cuota de alguna mierda... nimiedades comparadas con las muertes, o la sangre... o los muertos que resucitan. Imagináte cómo me podía poner yo, entonces, que tenía que lidiar con toda esta garcha atómica, con este terrible quilombo gótico e irracional.

Recién al duodécimo día de padecimientos internos salí de mi habitación. Estaba recontra pálido, tenía las ojeras de la Meijide y había adelgazado casi siete kilos. No tenía nada que ver, pero volví al laburo un día jueves, y sin avisar. En el trabajo nadie me había creído que estaba mal (muchas veces había mentido al respecto). Pero me vieron entrar por la puerta del videoclub a las seis de la tarde de ese jueves en ese estado y supieron que en esta oportunidad había dicho la verdad. Huguito, mi fiel compañero de trabajo, mi único amigo ahí dentro, me confesó que había hablado con el sorete de Pelusa -el dueño del videoclub- y el tipo me quería rajar ya el martes de la semana anterior. Era increíble, porque si me rajaba me tenía que pagar como seis años de carga como indemnización. Eso siempre le había impedido rajarme, “pero esta vez está convencido de rajarte a la mierda”, me decía Huguito, que me llamó por teléfono el martes a la noche como cinco o diez veces. Yo nunca me enteré; porque corté el fono por el cable y entraba el memo box de una. Al no obtener respuesta favorable alguna pasó por casa -como Beto, como Paula, como algún que otro amigo- pero yo no atendí a nadie. La verdad fue que ellos mucho no insistieron, porque “saben como soy” (que linda frase hecha...), y la mayoría se dio por vencida con el primer o segundo timbre. Ni siquiera Huguito insistió demasiado. Él, que me quería salvar del despido.

Así es mi vida: la propia libertad que me he sabido ganar es la que me condena cada vez que caigo presa de mis propias irresponsabilidades. Entré al video. Pelusa tenía preparado un espeso sermón de bienvenida para mí -eso también me lo confesaría Huguito más tarde-. Yo, al día de hoy, me juego la cabeza a que me iba a dar la lata con el tema de las “responsabilidades compartidas” y otros cursos breves recurrentes en el catálogo moral de todo comerciante que se precie de tal. Pero al verme llegar en ese estado lo único que atinó a hacer fue mandarme a ordenar las fichitas de las películas que habían alquilado el día anterior con un lacónico: “tratá de no conversar demasiado con la gente... porque parecés un muerto”.

Como un muerto. Já. Yo casé las fichitas y me puse a acomodarlas, como un zombie que se dirige al cerebro de alguien vivo y desprevenido. Numeritos, películas de acción, más numeritos, estrenos. Así: completamente lobotomizado. Necesitaba dejar de pensar en todo lo que me había pasado. Entonces, en medio de mi alegría de lobotonauta, entraron esas dos pendejitas al video y, a partir de ese momento, confirmé mi teoría de que este mundo está rematadamente loco. La más flaquita -la más linda también- se llevó la caja de “Entrevista con un vampiro” al pecho y se puso a gorgojear con su amiga (y las hormonas les explotaban de olor a excitación adolescente):

- Dicen que se parece más a Antonio Banderas que a Brad Pitt, le dijo.

- Esas son huevadas, le contestó la otra con aires suficientes, -son pelotudeces de los que tienen ganas de hacerle propaganda. A mí me batieron la posta, y me dijeron que en realidad es rejovencito, que se parece a Emmanuel Horvilleur, que no se parece en nada a un vampiro. Y esa onda repalidez de película de clase B que le quieren dar es una hambrada total. Nena... -puso cara de altanera, de ir por la vida oliendo soretes-, vos no tendrías que creerte las cosas que te dicen como si fueran todas ciertas...

- Ay querida, me tratás como si fuera una mogólica. Yo te digo nada más lo que me dijeron el otro día en la disco. Porque dicen que siempre va a bailar a Ticket.

- ¿Ves que sos una pelotuda? -yo, con la alarma encendida, ya estaba pendiente al extremo sobre lo que estaban diciendo aquellas dos nenas-, ¿Cómo vas a pensar que va a ir todos los fines de semana a Ticket sin que la policía lo agarre?

- No, disculpáme, pero la tonta ahora sos vos: ¿no sabes que la policía neuquina es re cualquiera?

- Sí, mi amor... pero vos también sabés que al vampiro lo están buscando todos.

Se me cayeron todas las fichitas al piso. Una arcada casi alcalina me subió por el esófago, llevando líquidos gástricos hasta la parte trasera de la lengua. Me lloraron los ojos. Me repuse como pude:

- ¿Cómo es eso del vampiro señoritas?.- No me pude aguantar, por supuesto.

- Ay, nene: ¿vos vivís adentro de un CD regrabable...? ¿no mirás la tele? Me lo preguntó como si me acusara de algo imposible de subsanar.

Me apuré a contestarle, como si estuviera haciendo los deberes frente a una mesa examinadora mucho más capacitada que aquellas dos adolescentes tilingas:

- Sí, miro talk shows de la siesta y documentales de Mundo Olé.

- Bueno nene, están todo el día pasando lo de Rafael por la tele. Antes de ayer, sin ir más lejos, hasta lo dieron en algunos programas de Buenos Aires...

- Vos que mirás talk shows: en el de Moria hablaron del tema, me dijo la otra, más amable. Se limpió la boquita con la manga del buzo y sonrió como si estuviera frente a su sobrinito de tres, explicándole por qué no tenía que mearse más encima.

- Además, está en todos los diarios (de acá y de Buenos Aires). ¡Esta es la hora de Rafael!, dijo la más directa. Y las dos se abrazaron, súper cachondas. La más chiquitita le levantó el buzo a la flaquita, ambas me mostraron contentas una remera roja que tenía estampadas unas letras en dorado que decían: “Rafael Rules. Loves the vampire of love”. Abajo había una cara impresionista, onda el grito de Munch o la carita del afiche de The Wall.

- ¡La reconcha de su madre!, grité yo; que no estaba para esas pavadas, que - aun sin leer más que diarios viejos y sin ver un solo programa en el que se tocara el tema- me estaba dando cuenta de que se había largado la carrera de la estupidez por la estupidez misma. La amenaza de un nuevo virus atrofiante (¡aniquilante!) para nuestra raza estaba en ciernes, y la sociedad -consumista, infinitamente descerebrada- celebraba la llegada del portador de aquella peste como si esto fuera una fiesta de guardar. Vi todo claramente, como escrito en el neón más grande de esta capital. Y no era la clave de nada. Esto ya era gigante, de todos. En apenas semanas la popularidad del vampiro asesino había llegado a la esfera de las masas mediáticas. Hambrientas de sangre. Todo se hizo aún más espantoso de lo que yo creía. Vomité sobre las zapatillas de la petisita.

La flaca tardó en reaccionar, pero ni bien se dio cuenta de lo que estaba pasando, gritó como una marrana a punto de pasar a degüello. Pelusa llegó corriendo al lugar del conflicto. Lo oía gritar mientras me iba corriendo del video. Huguito me llamaba, como un hermanito triste, como un lobito en el bosque despertando sobresaltado de una siesta de abril.

Y yo corría. Ahora estaba rodeado de vampiros hambrientos de sangre, los parásitos que necesitaban plasma para sobrevivir, y los eternos ilusos que permanentemente precisan ídolos para seguir existiendo en este mundo tan abarrotado de gruesas contradicciones humanas.

El teléfono sonó en casa una hora más tarde. Era Huguito: “Hola, ¿man...? ¡vos estás de la cabeza!... Pelusa te rajó a la mierda. Yo te dije... pero vos nunca querés escuchar a los que te quieren”. No lo dejé hablar: “¡Por qué no te vas a la reputísima madre que te re parió... vos... y todos los reverendísimos hijos de mil puta que viven en este mundo de psicópatas!”. ¡Clack! Colgué el teléfono. Estaba enfermo; enfermo de este planeta. Ahora sí que estaba verdaderamente fregado.

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Laguna negra PUENTE CELESTE

XIII

Yo tenía razón. Me gusta mucho tener la razón. ¿A quién no? Lo que no me gusta es tener la razón y no saber por qué; que fue lo que me pasó la noche en la que me acosté con la carta para Monsálvez en la mano. Me acuerdo por completo del sueño que tuve: era de noche, hacía frío, y yo era un perro. Pero no un perro en el sentido figurado, así como muchos poetas mediocres intentan metaforizar. No, yo en el sueño era un perro. De posta. Cuatro patas, hocico, ladridos. Un perro.

Yo, perro, estaba revolviendo unas bolsas de la basura en un canasto de esos bajitos que hay en el barrio Mudón, a media cuadra del cementerio. La comilona era una pequeña bacanal. Había restos de pescado estofado, una tira de asado a medio comer y unos canelones de puta madre casi enteros, como esos que los pendejitos caprichosos no quieren tocar durante el almuerzo. Y yo le hundía el hocico. Ningún perro se me acercaba; porque defendía las porciones con fiereza (algo que entre los perros despierta un respeto que -de ser humano- sería casi religioso). De repente - justo cuando comenzaba a sentirme perfectamente bien y feliz-, aparece desde adentro de uno de los dúplex del barrio el hijo de puta de Monsálvez.

¿Cómo sabía yo que era Monsálvez?. No sé muy bien como contestarlo; pero era mi sueño, y yo era un perro; y los perros saben todo por instinto. Qué más decirles... Monsálvez me miraba con ojos de asesino. Pero eran ojos de un asesino... compasivo. ¿Cómo expreso esta sensación de estar parado -indefenso, temeroso- frente a alguien que tiene que matarte, pero que también sabe que acabará y depredará a un ser complejo y emocionalmente sensible? Yo no tenía que ir hacia él. Pero fui, despacio, como el descerebrado que confía en los estadistas, como el cordero que se acerca a comer de la mano del paisano que esconde la faca en el cinto. Esto del cordero no es metáfora (en los sueños no existen metáforas, sólo significados), porque cuando llegué hasta Monsálvez, manso y triste, el tipo me miró, sonrió, me abrazó con dulzura incalculable, me besó el hocico, sacó una daga de su cintura y me la clavó en la garganta.

Recuerdo perfectamente bien mi propio aullido rebotando por las paredes de los dúplex de aquella cuadra. Mil perros llegaron desde los cuatro costados y me fueron destrozando de a poco. Yo ya no estaba en mi cuerpo, yo ya era parte de todo, como esas cámaras subjetivas del cine que ven todo desde el cielo. Entonces fui la nube, y vi a los perros que desmembraban mi cuerpo, que ya daba los últimos estertores, y vi a Monsálvez sentado, mirando la escena de cine gore, con la tranquilidad que debe haber tenido Dios en el séptimo día. Y fui la conciencia de los perros caníbales.

Uno a uno, en los relámpagos voraces de sus pensamientos.

Lo último que recuerdo del sueño es haber sido la conciencia de Monsálvez. Una luz me encegueció, y desperté a los gritos. Me había meado encima.

No voy a describir ni una sola de las cientos de imágenes nítidas que vinieron a mi mente cuando di la vuelta al mundo por la conciencia de Monsálvez. Lo único que puedo decir -con total seguridad- es que estoy convencido de que él es el asesino que todos buscan. Y que la explosión mediática en torno a la figura de un vampiro es totalmente cierta. Las imágenes que guardo conscientemente son oníricas, lo sé; pero son infinitamente más claras y certeras que cualquier manifestación o puesta “realista” que pueda montar la televisión o la policía.

Vuelvo al principio: tengo razón; pero no sé bien por qué. Analizar estas razones en particular me desgasta, me desequilibra, me desplaza fuera de mis propias estructuras esenciales (las que no hay que perder por nada del mundo).

No soy un excéntrico místico; pero lo vi todo -perfectamente- en un sueño (como el que nunca tuve en mi vida). Esa manera tan poco lógica de entender las cosas me condena a tener miedo de mis propias convicciones, pero no me exime de sentir que estoy frente a la verdad. Y algo debo hacer en función a eso.

Monsálvez: ya es hora de encontrarte.

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Nowhere CORNELIUS

XXIV

Soñé. Y me dolió. Yo no era yo: era una especie de ente freak. Bueno, tan freak no: era un perro con alma de humano, y podía ver todo en colores. Me encanta soñar en colores; pero aquella vez sabía que estaba todo mal desde que vi el primer amarillo en una puerta de una callecita de barrio de dúplex y monoblocks por la que deambulaba. Tenía hambre y buscaba de comer. Encontré la comida. El problema fue que, justo cuando estoy por comer, un tipo me llama.

Era Rafael, el vampiro, porque miraba con la misma mirada de radiografía lavada que la morocha, y que el puto del Pelado cuando dejaba su infantil vanidad de rockero de lado. Pero más fuerte que los dos. Era Rafael, estoy seguro, a esa altura ya me quedaban pocas dudas sobre... nada.

Y yo era un perro libre, de nadie, pero igual me ataba a Rafael, me iba con él, que me sonreía como sonríen las personas llenas de vida. Y el tipo me quería, pero igual me miraba a los ojos y sacaba una daga de atrás de la espalda, como hace Alexander de Large cuando saca a Dim del Támesis en La Naranja Mecánica. Así, idéntico; porque él también me tendía la mano y después me la mandaba a guardar. Pero peor, más grosso... porque me cortaba el cuello, y yo -perplejo como el auténtico cordero degollado- sentía cómo el aire frío me entraba por la garganta.

Y el cerdo se reía, y me acariciaba. De repente, mil perros aparecieron desde los cuatro costados y con furia me fueron destrozando. No era nada ya cuando -sólo cabeza- veía cómo se llevaban los últimos jirones de mis cuartos traseros. Había rabia, había un hambre espantoso. En la boca del cusco más flaco había espuma, y tosía seco, atragantado con mis pelos. Me largué a llorar, desesperado del dolor y la tristeza de haber sido aniquilado de esa manera tan bestial. Me desperté llorando y todo meado.

Eran las cuatro de la mañana. Ya no daba más. Mandé las sábanas meadas al lavarropas (puse mucho suavizante) y lo eché a andar en eco-lavado. Después fui al baño, me pegué una ducha larga, terapéutica y por detrás me tomé un cafecito, tranquilo. Tomando el café a las cinco fue cuando terminé de tomar coraje. Sobre la mesa de la cocina (y con un cuchillito tramontina) fabriqué una estaca con el palo de la gastada escoba del patio y me fui al bar a buscar a ese reverendo hijo de puta.

Escuchaste durante la lectura de hoy :

"Rosita" por ARBOL

"Laguna Negra"por PUENTE CELESTE

"Nowhere" por CORNELIUS

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  • #1 ..··. Marita ··..· 3/09 .·.. 11:43

    Bien ahi esta llegando la intriga

    y eso me gustaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

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  • #2 ..··. Jorge ··..· 4/09 .·.. 03:49

    A mi me dio mucho miedo el sueño del perro

    a ver si esta noche sueño algo raro, es culpa de ustedes

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