dOs SoPLiDos mÁs CaMiNo aL FiNaL...

RAFAEL (Capítulo XII)

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Cuchillos SAY NO MORE

XX

Lo único parecido a Monsálvez que encontré en la guía de teléfonos era un tal Moncalvez, que de tan evidente, me parecía cantado al echarle una sola vista y agendarlo. Un investigador no puede dejar de recurrir a la guía de teléfonos cada vez que intenta buscar un alma en la ciudad. Moncalvez, que para mí no era otro que el mismísimo Monsálvez, vivía en el 33 de una ridícula y casi imposible calle interna del barrio Mercantiles, uno de esos callejones que algún arquitecto trasnochado deja como señal de su impericia al planificar -a pedido de los gobernantes de turno, claro- un barrio de trescientas viviendas en el mismísimo culo del mundo.

Fui en taxi; mi cupé Taunus estaba hecha mierda, tenía más que serios problemas de carburación, y era más la guita que gastaba poniéndola en marcha (o tan sólo tratando de hacerlo) que tomándome un taxi.

Me dio un poco de una bronca -casi inexplicable- que el taxista estuviese manejando en mi lugar, por mí. Creo que me había malacostumbrado a vivir arriba de los autos de la policía, piloteando, como un poderoso jinete deeee... bueno, en realidad me había mal acostumbrado a ser un inspector de la policía. Pero eso creo que ya lo conté, ¿verdad?.

El taxi me dejó en esa esquina sin salida, en ese pedazo impresentable de desplanificación urbana a las tres de la tarde de un martes, con un frío que me calaba profundo en los huesos.

Miré la puerta y sin pensar demasiado en nada, la sacudí tan fuerte a golpes que el taxista -que ya estaba pegando la vuelta en U en la calle imposible- se dio vuelta, asombrado, como si el ruido de la chapa le hubiese asustado.

Imaginen entonces la cara de la mina que me atendió.

- ¿Quién es, qué precisa?- me lo preguntó con hostilidad, como si los golpes propinados a la puerta le hubiesen dado ganas de mandarme a la reconcha de mi madre, sin escalas ni rodeos preliminares.

Pensé en decirle que era de la policía, pero ya no podía usufructuar más el nombre de la institución de la que me fui de la manera en la que me fui. Opté por algo más... sencillo:

- Estoy buscando a Monsálvez... Rafael, ¿no?.

- Moncalvez.- Me marcó con énfasis la “c”, dura, sin concesionarme nada sobre la posible raíz de una simple “s” en el pasado de aquel apellido.

- Moncalvez, sí... Rafael, ¿no?...- repetí, como un tarado que no podía ocultar ni por medio segundo que estaba siguiendo a alguien que no conocía.

- Sí. Se fue hace más de un mes a... ¡qué mierda puedo saber yo adónde se fue ese pedazo de hijo de puta! Ahora era mi turno. Tan fácil se había enojado esa mujer, que ahora podía entrarle por el lado de “yo también quiero encontrar a ese pedazo de hijo de puta”. La miré a los ojos, los tenía gastados, tenía la cara de tener mal aliento a causa de fumar cigarrillos todo el día. Lo supe por sus dedos manchados y sus uñas descalcificadas, lo supe porque llevaba el atado todo apretujado y semi vacío en el bolsillo de un horrible vestido color caqui. La miré tanto que se puso en guardia automáticamente. Probé con una gran mentira para sacarla del trance de defensa:

- Mire, voy a hacérsela cortita. Estoy buscando a ese mierda porque estafó a mi hermana, para nosotros es totalmente necesario dar con él -hice la pausa del que está realmente caliente- y quiero hacerlo mierda, ¿me entiende?. Esto ya se pasó de largo... en casa ya no queremos más amarguras. Reponerse del golpe que nos dio va a ser cuanto menos difícil. Usted me entiende, ¿no?.- Puse cara de perrito de la Disney debajo de la lluvia.

- Voy hasta adentro y le traigo la carta que se olvidó: Bah, ni mierda se olvidó... la dejó a propósito cuando se fue el muy hijo de puta. Se la doy y usted hace lo que quiera. Usted es policía, a mi no me engaña -me miró a los ojos, me limité a sonreírle bobaliconamente-... haga lo que se le cante. Yo no quiero saber más nada con ese pedazo de hijo de puta.

Traté de disuadirla de que nos sentáramos a hablar del tema. “Con la orden del juez”, me sobró, “a ver si encima me meto en quilombo por culpa de ese idiota sádico”. No iba a hablar de él conmigo.

Tuve que tomar la decisión entre hacer un trabajo bien hecho, convencerla mediante los artilugios psicológico-persuasivos básicos (aprendidos en la academia) de que hablara conmigo sobre Rafael, o dejarla en paz y volver después, cuando la duda me matara y ella fuera realmente la única punta para investigar el paradero del tipo.

Lo pensé bien, ella me esperó (mejor dicho, se fue a buscar la carta) y -finalmente- decidí perder un día, o dos, y no molestarla con una indagatoria que nos terminara saturando a ambos, una conversación entrecortada en la que ella me mienta y yo ponga cara de que le estoy creyendo.

A veces no es lo mejor lo que debe hacerse, ésa es una estúpida impronta en exceso moralista, cosa de estúpidos aprendices del positivismo. Cosas que opino.

Ella me dio la carta, yo le sonreí, y prometí volver a buscar más datos sobre Rafael.

- ¿Andaba metido en algo raro?.- Me tiró ella, como para que yo le hable de más; pero le dejé bien en claro que si ella no quería tocar el tema... aquella tarde no lo tocaríamos, ninguno de los dos. Le arrebaté el sobre de la mano y me fui hasta la parada de taxi más cercana.

El taxista escuchaba una de esas insoportables bandas de cumbia villera que le cantaba a la putez de andá a saber qué mina que conocieron, andá a saber cuándo, y que andá a saber cuándo se la quisieron voltear entre todos, y que eso -querer trincarse a una piba de dieciocho entre seis- era lo más cool. No quisiera entrar en moralinas clasistas, pero... no mejor no digo nada.

El sol entraba por la ventanilla, había terminado de salir, escapándose de entre las nubes y ahora bajaba hasta la tierra de los mortales a dejarnos hermosamente ciegos con sus brillos inmortales. El paisaje del cielo era de esos que entusiasman, casi por decreto.

Abrí la ventanilla. El chofer me sugirió que nos íbamos a congelar. Pude ponerlo en vereda y que no rompiera más las pelotas con sólo dos palabras pronunciadas con un tono neutro: estás exagerando.

Me levanté las gafas de sol hasta la frente y abrí el sobre. Era eso, sólo eso, lo que quería hacer.

La carta era suicida, o al menos poseía los principales elementos para considerarla como una carta suicida, una despedida drástica e inevitable. La carta no era de Rafael, la letra era exactamente la misma que la que me llevé de la escena del crimen. Las mismas crípticas alusiones y un tono de continuidad, de haber sido una carta que empezó en otro momento, con otra carta que no poseo. Se podía percibir con una sola y rápida lectura:

“¿Cuál es el veneno: el amor o la ausencia ocasionada por su partida? Esta, una sencilla pregunta -casi retórica- se abre ante mí como un racimo de lacerantes dudas existenciales. No podrá nadie (ni el más romántico de los poetas, y me arrobo el derecho a pensar que no puedo estar errando al asegurar lo que aseguro) contradecir lo siguiente: el amor es Kuru”. (lo busqué más tarde en el Encarta: se refería a esa enfermedad espantosa que termina por manifestarse en algunas tribus aborígenes de Oceanía y, a quien le toca en desgracia contagiarse, la enfermedad le carcome los huesos, los inmoviliza y los mata). “Porque el Kuru entra al cuerpo de una manera similar al amor;, entra cuando lo ingerís por vez primera, a los seis u ocho años, en inevitables rituales de iniciación; cuando la tribu te da de comer pedazos del cerebro de alguien que recién murió infectado -sin que ellos lo sepan- por el virus. Entonces vos -niño desprevenido, ente ajeno a las creencias de posteridad y sabiduría en el ego de alguien muerto- te comés la enfermedad de otro, perpetuás la plaga por nada. Y la llevás adentro durante veinticinco años. Pasados los treinta, esa enfermedad, que ya se anticipó con diversos síntomas en algunas oportunidades en las que sentiste que te acalambraste por nada, en la que sentiste ahogos y sofocones inexplicables; se despierta para aniquilarte desde el interior, desde los huesos mismos. Vos pusiste inocentemente tu cabeza en el cadalso, con la inocencia del niño que acepta todo porque todo es lo que hay que probar, aceptaste ese ritual macabro de comer lo que ya estaba muerto sin siquiera pestañear. ¿Qué es peor: la presencia del Kuru o su falsa ausencia en la tribu? Esto es el amor: algo necesario, algo terriblemente mortal. Voy hasta las puertas de la muerte por vos. Más allá de ellas nos encontraremos Te ama hasta el infinito Marcela”.

Cerré los ojos, tenía razón el tachero: no era la época adecuada, pero abrí la ventana del todo para que el viento me pegara en la cara.

Todo esto comenzaba a darme asco, mucho asco. El más profundo de los ascos.

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Vemos+constant+A1 SAY NO MORE

XXI

“No estás completamente inventada/ Te falta algo, te falta amor/ Te falta ser como los soldados/ Que mueren juntos, al frente/ Amor: fax U/ En tu telephone Un fax U” Charly García

Eran tres vampiros que se habían conocido -como humanos- en la década del ochenta, durante la Primavera Alfonsinista del verano del ‘85-86.Primavera Alfonsinista: un fenómeno que, los que tenemos entre treinta y cincuenta años, sabemos valorar mucho como proceso de libertad cultural. La libertad, de regreso al país con la democracia, había ganado las calles y la conciencia de la gente. Parecía estar en todos lados... parecía. Qué se yo. No importa. O sí...

El asunto es que los tres vampiros de esta pequeña crónica, que por aquellos días eran simples hombres, provenían de tres mundos diferentes. Pero los tres fueron nucleados en el mismo paño de acción por obra y gracia de aquellos días entusiastas en los que el solo hecho de tener entre quince y treinta años te convertía en una pieza clave de un gran puzzle social. Vos encajabas con el de al lado porque vos también habías vivido un período de oscuridad de siete años de dictadura militar. Y ahora te tocaba vivir en un país en el que Silvio Rodríguez cantaba en la calle, un mundo en el que Michael Jackson utilizaba la imagen de Alfonsín para uno de sus video clips en los que hablaba de los derechos del hombre, por fin respetados y blablabla. Qué hermoso que fue, pero qué pelotudos que fuimos... Jackson, Rodríguez, Marx, Alfonsín... todo nos dio lo mismo.

Pero no reniego del todo... fue bonito.

Cierro los ojos y alucino estar viendo pasar, por el horizonte de mis ideas de corteza, la fluida corriente de agua fácil de aquellos días. Días aparentemente claros donde, entusiasmados y embriagados en una alegría conventillera que nos debíamos desde hacía demasiado tiempo, jugábamos a encubrir carencias de fondo que después... se nos dieron vuelta. Esas mismas ideas -muchas de ellas bien intencionados, pero nocivamente naïfs- nos fundieron y nos hicieron mierda. No nos dimos cuenta... mientras celebrábamos felices los días de Silvio Rodríguez en vivo en Buenos Aires (ilusionados por el posible nacimiento de un nuevo estado de conciencia socia), los chicos de Alfonso se arrastraban por el piso y pergeñaban las leyes de Obediencia Debida y Punto Final -mucho menos inspirado que lo nuestro, pero cien veces más concreto-, y mientras los leguleyos amontonaban jornadas de congreso para terminar perdonándoles la vida a los hijos de puta que nos habían matado, entregado y callado durante tantos años, los artífices de “el hecho cultural” nos seguían arrojando engañosas sogas de libertad. Pero la soga venía teñida en mierda.

Y lo que soñábamos se convirtió en ceniza. Ceniza de urna. Lo nuestro había sido antítesis total de lo que ellos nos tenían preparado. Los sueños se clisaron, se estrellaron contra nuestras bibliotecas cargadas de hermosos libros (¿eran en realidad nuestros sueños una enciclopedia de justicia social encuadernada en hojas de oropel?). La Primavera de Alfonso se fue y el verano y el otoño recularon a los tiros, a pura marcha de los mierdas que nos taparon de televisores en cuotas. Pero esa sí que es otra historia.

El tema aquí son tres hombres convertidos en vampiros. Hombres entusiastas que brillaron por aquellos días de Primavera Alfonsinista... nuestra California del amor, nuestro San Francisco Days. Y luego marcharon - por opción propia, eso sí que hay que recalcarlo - hacia ese no lugar que es el vampirismo.

Y ojo: este relato debe ser leído con detenimiento, porque -en la simpleza reveladora de lo que se narra, y no ya en el llano estilo en el que está escrito- resulta clave para entender cómo un vampiro puede conducirse en situaciones posteriores al fin de una vida humana plena; cómo alguien llega a elegir la vida eterna de los príncipes de la sangre (¡y cómo está feliz de ser como es cuando deja de ser!). ¿Se perdieron? No sean impacientes, síganme. Veamos...

Gerardo, el primero de los vampiros en cuestión, era un parco divorciado de cuarenta años recién cumplidos. Un hippie algo obsesionado con Yes y todo lo que significaba aquella época de adolescencia entre discos de vinilo de rock sinfónico (a todo esto: ¿qué significaría aquella época, alguien lo sabe?). Un tipo hábil con las manos (grandes), creador nato de muebles, austero. Un poco pagado de la tranquilidad propia, como todo hippie, que nunca quiere ver su propia quintita “invadida por la mala onda”; esa visible parte egoísta por la que uno suele detestar a los hippies, ¿no?

Es casi una regla: uno siempre prefiere un bohemio a un hippie. Porque el bohemio (desprolijo, a veces demasiado seguro de sí mismo) se banca la diversidad; pero el hippie es un maldito conservador encubierto bajo la piel de un libertino. “Todo bien”, todo “buena onda”, pero no le toqués el orto tranquilo y seguro, porque seguro que te va a cagar buscando recomponer la tranquilidad ególatra que tanto le costó edificar a fuerza de sahumerios. Es un poco cínico, pero es así. Deberían ustedes conocer a los hippies sudamericanos (sobre todo a los argentinos) y terminarían por darme la razón. Y Gerardo era uno de estos hippies argentos; aunque -por qué no reconocerle una a favor- no llegaba a ser taaan hippie como para que todo el mundo le cortara la cara por hippie, ¿se entiende? También hay que reconocer que por aquellos años ser hippie (o cualquier otra cosa alter-sociedad argentina fascista de facto) estaba bastante bien visto.

La que sí le había cortado la cara era su chica. Gerardo estaba divorciado de una mujercita unos cuantos años menor que él, como trece o catorce, cifra que a veces se hace diferencia insalvable. Era una niña bonita, un sol morocho, una criolla sabrosa que desde muy chica (diecisiete) le había dado dos hijos hermosos. Gerardo nunca pudo soportar que ella se diera cuenta (una noche, en una esquina, casi por casualidad, casi por justicia divina, así, como suele darse cuenta la gente) que él era un pelmazo y que nunca dejaría de preocuparse por él mismo y por su propia tranquilidad todo el tiempo.

Entonces la chica se fue con otro. Lo peor fue que avisó con tiempo, pero Gerardo se pensó que la mano venía casi en joda, y nunca -de todas esas veces que la piba tocó el timbre de alerta- le dio bola. La nena se fue. Tajante, segura de sí misma, así, como suelen hacer todos los que -de una forma u otra- se animan a rehacer su vida en el momento menos esperado.Y Gerardo entro en fade, en el fade out de los que al quedar solos notan que lo que han conseguido hasta el momento es poco, insatisfactorio, cruel. Nada. Los días de Gerardo entraron de cajón en una coctelera en la que el vértigo y el paso de caracol del hastío se mezclaban en dosis letales. El tipo, en poco (en menos de lo que cae un presidente) se convirtió en un amante parco, un violento partenaire de su propio egoísmo. Probó todo. Probó llorando frente a su ex mujer, probó atando a una chica cualquiera a la cama. Nada. Entonces recrudeció, y le gritó a su ex mujer en los juzgados, y volvió a atar a esa pobre chica a la cama, y le pegó en la espalda con un cinto, y ni siquiera cogieron. Y nada.Y Gerardo vomitó. Vomitó una noche en la que tomó más ginebra que la que tomó Luca Prodan en toda su vida. Borracho como una cuba buscó un revólver en el cajón de la mesa de luz y se lo puso en la boca; luego entendió que se quería demasiado como para dispararse. Entonces vistió sus galas más importantes y fue a buscar a su ex mujer a la casa de su nuevo novio. Los iba a recagar a tiros a los dos. Ciego, estúpido de desamor.

Dobló por la esquina de la casa del novio de su ex mujer para verla treparse a un taxi, corriendo, con esos pasos cortitos que él tanto solía adorar en los principios de la relación, en la melodía dulce del amor. Apuntó, gatilló. Ciego, estúpido de desamor.

El parabrisas estalló en trizas que recordaban a una colonia de pequeñas pompas de jabón tratando de sobrevivir en un océano de aceite. Su ex mujer golpeó la cara violentamente contra la parte de atrás del asiento del tachero. La bala le entró por la nuca y le salió -limpita- por el cuello. No se quedó a certificar la defunción. Imaginar que alguien murió sin comprobarlo es la peor estupidez que uno puede llevar a cabo. Y Gerardo huyó espantado. Ciego, estúpido de desamor.

El tiempo pasó y su ex mujer volvió a tener (apenas un mes después del disparo) el mismo cuello precioso de siempre, ahora cruzado con una cicatriz profunda que -eventualmente, por lógica coquetería- ella tapaba con un pañuelito de lo más fino.

Y Gerardo se hundió en el deepest corner de su propia alma. Aquella noche (la más profunda de su vida) corrió como un demonio en el paraíso hasta llegar a su casa. Cerró todo. Durante días no se levantó de la cama. Ciego, estúpido de desamor. Estuvo dos semanas y media estancado en ese lugar; sin escuchar las noticias, desoyendo los timbrazos de sus amigos del Partido Humanista, que venían a buscarlo una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

La Primavera Alfonsinista transcurría en un carril de luces esperanzadas y, mientras tanto, la vida de Gerardo se deformaba como en el mal sueño de un hechicero beodo y perdedor. Disculpen esta caracterización barata, estereotipada y hasta moralista que estoy haciendo del tipo; pero les juro que era así.

Suele ocurrir con muchas vidas en esta sociedad tan aligerada de peso. Muchos (muchísimos) son los sujetos que -por una cosa o por otra- suelen quedar desatados de la felicidad propuesta como meta en un solo acto. La desprolija caja de sorpresas de este mundo siempre amerita cimbronazos antisociales, pequeños maremotos que algunos vivillos se encargan de novelar. Y son cimbronazos que dan por tierra con la actual idea del éxito personal, ese virus de conformismo pintado del azul y el rojo del cartel del Wal- Mart.

Una noche cualquiera (a pesar de la implicancia fundamental de algunos acontecimientos, este tipo de cosas por lo general transcurren durante una noche cualquiera), Gerardo terminó de deprimirse y, cazando el mismo bufo que guardaba en la mesa de luz -para cuidarse andá a saber de qué-, decidió volarse la cabeza de un tiro. Ciego, estúpido de desamor.

En ese momento. Precisamente en ese momento, y no en otro (¡el segundo anterior al tiro, claro!), Rafael aprovechó a colarse por su ventana para convencerlo con ambivalentes propuestas construidas en ambiguas palabras, en rebuscados y barrocos sofismas. ¿Convencerlo de qué?, preguntará usted, querido lector. Ya lo sabe: de desistir de quitarse la vida para acceder a la otra propuesta. Fácil, como en un tobogán de agua plantado en gravedad cero. ¿Qué propuesta?, dice ahora usted, pero usted ya sabe, es la que está imaginando en este preciso instante. No vida que es vida. Vida No Vida. Vampirismo; nuevamente vampirismo. Gerardo, que estaba para el cachetazo total, no sólo agarró viaje, sino que se convirtió en uno de los amantes mas fieles del Rafael macho.

El macho era sólo una de las múltiples caras de Rafael, quizás una de las más egoístas. Siempre terminaba cogiéndoselos a todos: jóvenes, mujeres, hombres, adolescentes, viejas, pre-púberes. Todos; absolutamente todos los que lo conocían y pasaban a formar parte del clan de su mano tierna se dejaban coger de lo más mansos por ese pedazo de hijo de puta, que arrastraba una gigantesca rueda kármica hecha de placer sexual insatisfecho durante siglos. Y en este sentido, permítanme decirlo, no existe en la tierra un anti-boddisatva más grande que Rafael, el condenado al placer sexual.

Gerardo, como cualquier desconsolado ser que es capaz de adentrarse con confianza en territorios inexplorados (por más que éstos sean construidos sobre el umbral mismo del espanto), amó a Rafael desesperadamente, como un chico que necesita el abrazo y la palabra de su madre a cada momento, y rompe las pelotas todo el tiempo, y los años van pasando y -ya grande, ya adultamente comprometido- grita por mamá aun en los momentos de mayor privacidad y desarrollo interior. Gerardo se convirtió en el perro de Rafael, y le llevó la cadena con la boca, para que el muy puto lo atara, para que se lo fornicara todo el tiempo con violento... romanticismo.

De poco (por no decir de nada) a Gerardo le valió la experiencia adquirida en la vida -con esa supuesta sensibilidad hippie-bohemia-margina - para neutralizar los efectos degradantes de su relación con Rafael. No aprovechó nada de todo aquello y se dejó seguir cogiendo lo mismo. O, leyendo mejor los acontecimientos, convendría decir que de nada le sirvió la experiencia, o tal vez no tuviera la más mínima intención de dejar de sentir esa sensación de degradación en el pecho. Vaya uno a saber qué era lo que en realidad le pasaba por la cabeza, por el corazón... no quisiera convertirme en el juez de ese pibe. No. De todos modos, y como para no profundizar demasiado en temas que no manejo, apuesto a quedarme con el addagio que un amigo mío utiliza siempre para salvar estos entuertos morales: “la experiencia es un peine que te regalan recién cuando te quedás pelado”. Dejemos a Gerardo por un instante de lado. Vamos ahora al segundo de los vampiros: Marcelo, que - a diferencia de Gerardo- sostenía día a día una relación amor-odio con los hippies. Amor y odio acentuados por aquella primavera de la democracia, por momentos exageradamente empalagosa.

Así, Marcelo, un tipo que comulgaba con lógicos preceptos de libertad y justicia social (aunque muy a su manera, eso hay que recalcarlo), iba y venía por las ferias hippies y las peñas entre risas y borracheras en las que -a altas horas de la noche- terminaba puteándose mal con cuanto hippie se le cruzara por el camino. Marcelo. Veintitrés años. Programador de PC; de aquellas arcaicas y super ascii PC de los ochenta. Superlógico, visionario de las estructuras macro. Un poco postmoderno para mi gusto (lo digo más que nada pensando en su hiperdesarrollado sentido del nihilismo, entiéndase). El tipo era un “todo bajo control”, un capitán de barcos difíciles de mantener a flote. Un especialista en horribles días de depresión tapados por trabajo y tenacidad anímica: “fortalecer bríos en la penumbra”, como decía Cioran. Que los copos de nieve oculten la losa de los sepulcros (creo que eso también lo dijo Cioran, ¿o lo dijo Marcelo?... ya no estoy seguro de lo que piensa la gente cuando piensa lo que piensa). Dueño empecinado de sus emociones. Dicen que era capaz de contener a la madre en momentos de desesperanzas totales y correr a las patadas a su padre (un maniático que había explotado luego de una crisis mística y se había convertido en un desquiciante moralista chupacirios y terriblemente violento). Marcelo era capaz de hacer todo eso en el mismo día y también -trascartón- detener los cachetazos de la tilinga de su novia, que de vez en cuando estallaba en delirios temperamentales de pseudo artista frustrada. Cierto. Todo en el mismo día. De no creer, ¿verdad? Pero un tipo así en algún momento explota. A los veintiuno vio la luz tomando cocaína durante todo el año como un guanaco. El dice que el epicentro de la iluminación ocurrió una noche en la que quedó tan pero tan duro que charló con Tomás de Aquino en la oscuridad de su pieza y -aparentemente- Santo Tomás le recomendó beber vino y fumar marihuana, y dejar la merca “por un tiempo”. Delirante, pero nada malo. Al tipo le sirvió.

Marcelo adoraba la CF. Como esos pibes que descubren algo que piensan que jamás de los jamases van a dejar de lado, no había libro siome de la CF que no hubiera leído (hasta lo más cutre de Asimov se leyó... ¡y de pé a pá!). De todas maneras, también se castigó duro y parejo con Dick, el mejor y menos cientificista de los Clarke, Bradbury y Cord Wainer Smith. Un día (iluminado, nuevamente, como todo lo que solía adjudicarse como aprendizaje...) descubrió a Ballard y se comió el flash de su vida. Más que con Tomás de Aquino. De Ballard fue solito a Cioran ( a quien yo conozco gracias a él), sin escalas.Recuerdo que por aquel entonces rompía las pelotas con eso de las “sensaciones etéreas del Tiempo en que el vacío se sonríe a sí mismo”. Todo el día, para todo y para todos. Lo peor es que el muy puto tenía razón. La frase contiene un secreto gigantesco, revelador. Tal vez por eso una mañana de febrero, a sólo seis kilómetros de El Bolsón, se dejó morder por una adolescente rubia, gringa del sol, bella como la muerte, convincente como látigo de retórica pura, sensual, atrevida, encantadora... vampiresa. Y esa mañana Marcelo vio la luz por última vez. A partir de allí se apartó de todo lo que arrastraba como manía, como acto de iluminación; pasó a ser una especie de guerrillero que pierde el espíritu de exitismos pelotudos en la selva y reemplaza todo ese bagaje de frivolidades por trabajo, días y noches de hambre, tiros, sed de justicia. Tomó coraje en la nueva no-vida y abandonó el lastre que hasta hace muy poco no podía dejar atrás (lo abandonó todo, menos las computadoras, claro). Desde esa mañana, en un abra cordillerano lleno de sol y vida, Marcelo no intenta más ver la luz como un acto instantáneo. Simplemente busca la luz despacio, aquí y allá, como cualquier romántico vampiro sensible de este planeta. Hasta los de la literatura. El tercero es Eduardo. Eduardo era un rockero demasiado calcado en las espaldas de Lou Reed. Rompía las bolas todo el día con que había que escuchar un poco más a los Clash y olvidarse de tanto Markama y Pablo Milanés. Tenía algo de razón en lo que decía, sobre todo en aquellos días demasiaaaado sobrecargados de “La Masa sin cantera” y esas cosas. Bueno, no sé... a veces pienso que una buena dosis de Markama hoy por hoy sería salvadora entre tanta alienación rickymartiniana, entre tanto éxito de ventas y grammys latinos. Aquello del peine que te regalan cuando quedás pelado y blablablabla. Pero -debo admitir sin temor lo que hice- por aquellos años pensaba igual que Eduardo... Markama y Pablo Milanés me tenían realmente podrido.

Eduardo tenía una banda de rock bastante maldita. Maldita por lo vaga. Talentosa, pero tan virada hacia el nihilismo que nadie se sacrificaba mucho más allá del componer decentemente algunas canciones sencillas y efectivas y, luego de los ensayos, ir a buscar algo para beber. Y listo. Tal vez tenga razón Naomí Klein al asegurar que el rock, a pesar de sus pretensiones, no es una revolución. Eduardo era un gran campeón en la carrera por no creer en nada. Pero nada de enserio. Una nada sustentada por una filosofía devastadoramente lógica, avalada por una sociedad que necesita gente como Eduardo para convertirla en mártires y ejemplos concretos de la vacuidad imperante. Una nada existencial. Eduardo era como Kurt Cobain, como Morrison, como Paul Eluard; pero vago. Tenía treinta y dos años y dependía vitalmente de los sanguchitos de milanesa que su mamita le preparara. Dependía constantemente de sus novias (todas ellas calladas, sumisas, entregadas). Eduardo era un tipo sensible, por demás; dadaísta inflamado, romántico a lo Rilke. Pero vago, terriblemente vago.

Una mañana se despertó, tarde, casi de mediodía, y encontró a su madre muerta en el piso. Su padre lloraba desconsolado, la amaba, pero no había podido defenderla de aquellos asaltantes. Aquel no fue un caso policial cualquiera, y mamá despertó al tercer día en su bonito ataúd de caoba, y al sexto volvió a buscar a Eduardo a casa. Mamá amaba a Eduardo con locura. Ahora los dos son vampiros y viven en la misma casa. Hacen el amor como locos, porque son vampiros, y decidieron inventar sus propias reglas. Vamos, que los dos están un poco locos... En realidad, no me siento demasiado preparado para juzgar férreamente algo así (dirá el lector sagaz que pare de excusarme por estas cosas, pero esto es muy difícil...); porque la moral de un vampiro -debería saberse a la perfección- es bien distinta de la de un humanito como nosotros. ¿Eso está bien, eso está mal?.

Ah, me olvidaba de contarles algo fundamental para entender todo lo que viene después de estas presentaciones formales: el padre de Eduardo murió. O mejor sería decir: lo asesinaron. Las dentelladas que esposa e hijo le produjeron fueron letales. Los dos juntaron los pedazos de Nicolás (así se llamaba ese pobre hombre) y lo incineraron rápida y violentamente en el crematorio de un cementerio de pueblo, una noche clandestina y bien pagada; una noche en la que hicieron el amor en el pasto del campo santo y lloraron de alegría, como dos chicos salvajemente enamorados. Aquella fue una sencilla y lúgubre ceremonia de despedida para quien no había alcanzado a entender aquel amor incondicional nunca. Y “nunca” para un vampiro es mucho.

Ahora Almedio espera a la madre de Eduardo (ya se enterarán por qué el hijo no irá a juicio). Un nuevo proceso polémico se avecina en la comunidad. Dos vampiros del subdesarrollo han jugado mal, muy mal. Así y todo el tribunal se tomará su tiempo (¿qué es en realidad el tiempo para un vampiro?). Los viejos no deciden todavía si la cita será en 2005 o en 2006. El proceso a la madre de Eduardo se suspendió: antes se realizará el juicio a Marcelo. Pero ya me estoy adelantando demasiado en esta historia. Comencemos por el principio.

Una noche de verano, caída ya la primavera de Alfonso, destrozados los ideales democráticos e instaurado nuevamente el “¿yo?... ¡argentino!” (con el que siempre nos hemos lavado las manos), estos tres vampiros decidieron abandonar cierto ostracismo social adquirido durante ese período que entre los de su clase suele llamarse “de adaptación a la sangre”; espacio temporal en el que el vampiro reciente busca entender bien cómo vivirá su no-vida, cómo acomodará sus días para poder soportar una eternidad de asesinatos y contagios. Este período es un lapso de tiempo bastante diferente en cada caso y depende -exclusivamente- de la personalidad de cada vampiro neófito. Puede que dure días, puede que dure décadas. Los tres chiflados decidieron (aún exultantes y anacrónicos prisioneros del espíritu de camaradería de la Primavera de Alfonso) atravesar ese difícil momento juntos. Decían, luego -orgullosos los culeados-, que entenderse bajo los códigos del clan vampírico les había llevado algo más de tres años y medio; por diversos motivos. Marcelo se negaba a reelaborar una nueva lógica; una lógica que dejara de lado ciertos razonamientos humanos poco factibles en el mundo de un vampiro. A Gerardo -hippie, lento- le costaba demasiado tomar la decisión de asesinar humanos para comer.

En ese sentido, la mamita de Eduardo fue una gran ayuda. Caía todos los días por la cabaña que los tres utilizaban como santuario de aprendizaje con muchachitos y muchachitas recién muertos para que “el nene” y sus amigos comieran en paz. Después del festín facilitado, mami y Eduardo repetían con lujuria el ritual de despedazar cuerpos e incinerarlos para no reproducir el virus del vampirismo de manera desproporcionada. Ma y Eduardo podían pasarse la tarde entera cremando miembros, olvidando con aquellas fogatas purificadoras -y en un constante y cotidiano ritual de acostumbramiento- aquel terrible crimen que cometieron con papi.

El acostumbramiento a la nueva no vida siempre es difícil. Bueno, en realidad, esto que digo es muy relativo, algo obvio, algo pretenciosamente sesudo pero evidente. Como todo. Pero, más allá de las disquisiciones poco felices, es cierto e innegable que el trance de adaptación a la nueva no vida es duro. Encima - y para peor, claro -, el vampiro tiene tiempo de su lado. Y aunque algunos vampiros crean que el tiempo es para siempre, que la inmortalidad es suya y toda esa perorata literaria, todos sabemos que los vampiros también mueren -tarde o temprano-. Y mueren de maneras horribles. Igual cuentan con la ventaja de tener siglos de por medio, centurias para meditarlo todo. No podemos ser tan ambiguos, no hablemos pavadas: ése es un privilegio.

Los vampiros no tienen psicólogos, ni psiquiatras, ni escuelas de vampiros. Los vampiros tienen incorporada la vieja y terca regla del “déjenlo, que lo aprenda él por sí mismo”, o como decimos los argentinos más retrógrados: “déjenlo, a golpes se hacen los hombres”. Claro que el vampiro tiene... (cómo decirlo)... tiene resto para crecer bajo esta dura filosofía de vida. Pongámoslo así: lo que para el humano puede llegar a ser fascistoide, para un vampiro puede llegar a ser zen, socialismo puro, humanismo... correctamente expresado: vampirismo del más genuino.

Y allí estaban los tres chiflados en 1999 (al terminar su largo período de adaptación): listos para lo que seguía, aliados en el espanto, ávidos de expresar su “vampiridad”. Eduardo había conseguido despegar un poco de má. No sin una larga serie de conflictos antes, como cualquier Edipo que ama a mami de manera compulsiva, pero con el agregado de violentas peleas y salvajes y sexuales reconciliaciones.

Marcelo era otro: un cráneo solitario, un práctico total (en el sentido más zen del término), un tipo preparado para la partida de ajedrez con Dios. Gerardo se había aplacado un poco, había olvidado el tema de su mujer. Olvidado... bueno: al menos había conseguido no pensar todo el día en aquel olvido -valga el vulgar oxímoron -. Lentamente volvió a experimentar las máximas del hippismo argentino, esa pereza intrínseca construida a los cachetazos. Los tres eran diferentes. Realmente diferentes. Pero eso no quería decir que no tuvieran oportunidades para volver a comportarse como lo que solían ser antes de ser quienes eran ahora. Esto, que puede sonar poco trascendente y hasta evidente para muchos círculos de pensamiento), para nosotros se convirtió en una enseñanza fundamental. Y todo se lo debemos a este trío de marrulleros.

Aprendimos mucho (y lo supimos perfectamente) cuando ocurrió aquel episodio: el del 30 de enero de 2000. El verano del 2000 en Argentina -socio culturalmente hablando- era la antítesis de aquella Primavera Alfonsinista en la que Eduardo, Gerardo y Marcelo se convirtieron en vampiros.

Este lugar había metamorfoseado en una comarca en la que la falsa ilusión de que todos teníamos plata para comprar electrodomésticos en cuotas había terminado y, bajo el peso de la caída de esa estúpida ilusión de confort, renacían en la piel de esta sociedad las manchas de mugre de una pobreza atroz y de una injusticia violenta inflingida por la tilinguería del poder de turno (que siempre había sido el mismo). No me importa una mierda lo que diga Marcos Aguinis cada vez que habla de lo que hizo por este país durante la Primavera Alfonsinista; pero después de aquella primavera no tuvimos verano ni otoño. Para exterminar con eficacia nazi nuestros pueriles sueños, sobrevino el más crudo invierno imperial. Y llego el tiempo de los “y”: y las cuotas se terminaron y nuestro presidente lo vendió todo y el país se vació y los intelectuales al servicio del excelentísimo justificaron el desfalco con pertinacia y dijeron que la caída del muro (y el mundo globalizado y el nuevo orden mundial y no sé cuántas mierdas fujuyamistas más) era la clara demostración de que “algunos discursos de barricada están perimidos” y lo escribieron por todos lados y caricaturizaron a los disidentes en una “acuarela pasada de moda” y mucha gente les creyó y agarrados de la mano de estos imbéciles fuimos a parar a la mismísima mierda de todos modos. Muchos “y”, un montón de “y”.

Lo que el lector de estos párrafos debe tener en cuenta es que nuestros tres ángeles alfonsinistas no sabían nada sobre esta situación de cambio. Para ellos era demasiado el lidiar con sus propios cambios como para reparar con demasiado detenimiento sobre la metamorfosis de una sociedad de la que habían decidido apartarse. Pero tarde o temprano (en esto también tenía razón Nietzsche) todos debemos justipreciar a nuestro ser social. ¿Es esta necesidad de socialización una condena?, nunca lo sabremos, pero sí sabemos que es inevitable.

De los tres, Eduardo fue el más preparado para afrontar la apatía social que la miseria había acarreado. Quizás el que lo haya salvado del golpe de efecto del cambio haya sido su propio carácter cínico. Todo cínico (digo cínico y refiero al pensamiento filosófico cánico) sabe defenderse de los cambios violentos. Esto no es clarividencia ni vanguardia filosófica: esto lo sabe hasta el mismísimo Jorge Bucay.

Marcelo fue el que más triste se puso. Su lógica a ultranza, que tan sabio lo había hecho durante el período de readaptación a la no vida, ahora le cerraba las puertas de la percepción y le abría las de la angustia al mostrarle un mundo bastante diferente al que él había dejado. Gerardo fue el menos afectado de los tres, pero también el que nunca se terminó de acostumbrar al cambio. A él, en su perpetua displicencia de hippie egoísta, nada le importaba más que lo que ya le había pasado. Apenas si podía entender por qué le resultaba tan difícil conseguir un cassette de Markama, y de esto hacía un quilombo padrazo, un escándalo existencial injustificado. ¿Vieron la propaganda de Telefónica en la que aparece ese personaje llamado Walter y quiere escuchar a Virus todo el día? Así, pero hippie y sin los ribetes cómicos de las publicidades “amables”. El 30 de enero de 2000 no es fecha de revolución. El 30 de enero de 2000 aprendimos mucho. Fue el día en el que los tres alabarderos se hicieron a la idea de comer asistiéndose mutuamente para lograrlo. Era un día de calor impresionante.

El sencillo razonamiento de la subsistencia disparó en el trío la necesidad de urdir un buen plan para comer, la naturaleza los acompañaba velando de seguro el sueño de sus víctimas.

Los tres coincidían en un estado de apetito voraz. Eduardo estaba harto de beber la sangre de los crotos de la ciudad (“morderlos es ya de por sí asqueroso”, decía; “pero lo más asqueroso es desnudarlos, cortarlos en pedazos y después incinerarlos”). Los crotos eran seguros civilmente hablando: nadie reclamaba por ellos, nadie se asombraba mayormente por sus repentinas desapariciones. Pero tenían sus contras. Encima Eduardo era rockero... y todos sabemos de la necesidad moral que los rockeros tienen con respecto a los personajes marginales. Marcelo volvía de un retiro espiritual de cuatro días (todo lo que puede aguantar un vampiro sin empezar a tener horribles estertores ocasionados por la falta de plasma ajeno en el propio cuerpo). Tenía hambre física, inversamente proporcional a la espiritual, adquirida por sus efectivos y súper lógicos ejercicios de meditación activa. Gerardo, en cambio, había saturado su paladar con el sabor de la sangre de los gatos de diez kilómetros a la redonda. Los tres debían replantear su dieta.

El 30 de enero de 2000 a las tres de la tarde, los tres -pagados- sellaron un pacto por demás trascendente, su primer acuerdo colectivo importante como vampiros: iban a alimentarse de sangre joven. A las cuatro de la tarde, sin embargo, todavía no sabían muy bien cómo iban a aprovisionarse de esa sangre joven. A las siete, en cambio, ya habían decidido que la delegación de egresados de séptimo grado de la escuela número 312 de Las Cholilas, que se encontraba acampando en el Albergue Nayahue de Neuquén Capital, era el blanco perfecto a tales fines. Cuarenta y cinco críos de entre once y trece años los esperaban. Cuarenta y cinco sabrosos y vigorosos cuerpitos de muchachitas y muchachitos de campo adentro de la Patagonia. A las diez, atentos, ya estaban trepados en la desvencijada estanciera de Gerardo rumbo al lugar del banquete. El recorrido desde la chacra de Contralmirante Cordero, en la que se encontraban más o menos recluidos, hasta el paredón trasero del Nayahue transcurrió en un clima de silencio total. Lo único que se escuchaba era el ruido del Nissan que Gerardo le había puesto a su máquina con plata que le había pasado su madre. Eso, y la respiración de Marcelo, que nunca había aprendido a respirar. La única frase que se escuchó durante el viaje la dio precisamente Marcelo, intentando excusarse por respirar así: “bueno, muchachos, estoy tratando de mejorar la respiración con ejercicios de relajación... ya lo voy a lograr, che”.

A las doce de la noche, obvio, los maestros de los pibes de Las Cholilas revisaban las carpas -de a una, con detenimiento casi perverso- para cerciorarse de que todos los pibes estuvieran durmiendo, o a punto de dormirse. Todo estaba bajo control. Eduardo, agazapado detrás de un ciprés de un rincón del Nayahue, junto a los otros dos adulones, comenzó a rezar en voz baja:

- ¿Qué mierda estás haciendo? -Le preguntó asombradísimo Gerardo.

- Rezando ¿no ves? - contestó Marcelo, demasiado seguro de saber qué era lo que le estaba pasando a su amigo.

- ¿En serio que estás rezando?... ¡pero si vos sos ateo! -disparó Gerardo, como arrojando desde la espesura de aquel escondite fatal un dardo de donosura instantánea. Tenía algo de razón en ser así de escéptico. Eduardo era -aparentemente- el ateo consumado de aquel pequeño club de vampiros. “El ateo que - de tan ateo - no tiene más remedio que creer en Dios en los peores momentos”, pensó Marcelo. Gerardo sintonizó telepáticamente y, sin mirar siquiera a su compañero, sonrió. Ahora los dos lo sabían: a pesar de los crímenes anteriores y los cambios sufridos física e intelectualmente, aquél era el peor momento de Eduardo. No otro... ése.

- ¿Qué pasa macho, te sentís bien? -Marcelo preguntaba y Eduardo no contestaba.

- A mí me parece que está todo cagado -decía Gerardo, intentando con el choque que su amigo vuelva en sí. Y agarraba al augusto de los rezos por los cachetes, como si fuera su sobrina pícara.

- ¿Miedo yo?, pedazo de pajero. -le pegó un empujón- ¿Miedo yo?, que con la valentía y la decisión de los que realmente se hacen cargo de su destino destripo y luego expurgo los cadáveres de las personas más sufridas de este puto lugar. Justo yo... ¿miedo?... miedo vos... ¡hippie comegatos!.-Levantó la voz demasiado.

Desde la carpa once se escuchó un chistido; una pendejita creyó estar haciendo callar a sus maestros. El resto -por suerte- no se dio ni por enterado.Los tres rapagones recuperaron la calma como pudieron. De todas maneras, Marcelo continuó asustado, Eduardo increíblemente angustiado y Gerardo completamente nervioso. A las dos menos cuarto, con la luna remojando de blanco mármol el techo de las carpas y los chicos durmiendo, comenzó la masacre.

La carpa uno fue la más fácil de abordar. Estaba muy cerca del ciprés-escondite. Marcelo tomó la delantera, abrió el cierre y clavó y desclavó un punzón (corto pero muy grueso) en las cuatro gargantitas. Eduardo y Gerardo fueron imitándolo, y actuaron de oficio, como dos beduinos borrachos de ira y venganza. Uno a uno fueron matando a todos los pibes, rápido. Asquerosamente prolijo. Casi asepsia pura. Todo marchó en medio de una normalidad que para los humanos podría llegar a ser interpretada como espantosa.

La carpa trece, la del final, fue la más difícil. Los dos primeros cuerpitos de las nenas que dormían en el fondo quedaron sin vida en el acto, tan rápido como la huida de un colibrí. “La mejor de las muertes: la muerte rápida”, pensó Eduardo, con el punzón rojo en la mano. Esa filosa idea, cargada de alegre fatalidad, lo hizo sonreír como a un adolescente. Gerardo recibió la descarga moral de manera telepáitca; él también sonrió.

El verdadero problema fue con la nena que dormía contra el cierre de la carpa. Esa, alertada por los sollozos y los estertores fatales de todos sus compañeros de clase asesinados, había salido de la carpa y miraba espantada desde el mismo rincón que los tres sansiroleses habían utilizado como cabeza de playa. Gerardo fue el primero en verla y en alertar sobre su presencia a sus dos compañeros, que ya habían comenzado a perder la cabeza para entregarse totalmente al placer de la succión de los cadáveres de los chicos tirados. ¿A cuántos incinerarían, a cuántos convertirían en vampiros? No lo sabían. Y el hippie corrió en dirección a la piba, y la acorraló aún más (si es que se puede acorralar aún más a una niña de once así de turbada por una carnicería humana). Los otros dos irreflexivos, atentos al peligro que comenzaban a correr, lo imitaron. Y allí comenzó lo más difícil de todo. Tambaleando groseramente sobre su única pierna (la otra era ortopédica, y había quedado en la carpa), la nena cayó al piso y comenzó a llorar desgarradoramente. En un silencio de escarnio, más espantoso y conmovedor que todas aquellas muertes juntas, la nena abrió la boca y comenzó a lanzar un gemido bestial. Como de sordomuda. Estaba meada.

- Es... coja -dijo Gerardo casi a los gritos. Tenía que llenar el silencio con algo que no fuera aquel espantoso gemido de horror. Los otros dos vilordos no dijeron nada de nada.

- Es coja... la concha de su madre... ¡es coja, boludos! -los otros seguían parados ahí, en silencio. La piba se puso a llorar cada vez más fuerte.

- Matála... ¡hacé algo! - Marcelo le suplicaba a Eduardo. Eduardo agachaba la cabeza y rezaba. Gerardo emitía pequeñas vociferaciones atávicas, casi de primate. Ninguno de los tres pudo mirar a la nena a la cara. La pibita se arrastró para intentar agarrar la muleta que le había quedado a tres metros del ciprés. Marcelo le pisó la mano y marcó su taco sobre los dedos de la nena, justo cuando estaba por manotear la muleta por la parte de abajo. Su respiración era diez veces peor que cuando venía en la estanciera.

- Pará, ¿qué hacés, hijo de puta? -instantáneamente y sin mediar ningún tipo de acción componedor, Gerardo le partió la cara de una trompada a Marcelo. Eduardo dejó de rezar para separarlos. La nena comenzó a tener palpitaciones de preinfarto. Todo aquello era un verdadero desastre. La cosa -como no podía ser de otra manera- terminó con un nuevo vuelo de la muerte disfrazada de colibrí. Marcelo dijo que la trompada de Gerardo le devolvió la cordura y que no quiso matar a Eduardo, sin embargo le arrancó la cabeza con una pala que estaba apoyada en la carpa doce cuando vio lo que estaba haciendo con la nena. Gerardo dice que la nena murió después de que Marcelo la defendiera del ataque voraz de Eduardo y no durante (consideró este detalle como importante, vaya uno a saber por qué). Y también asegura que el palazo fue justo. Marcelo proclama que no irá a Almedio; que la adefagía de Eduardo fue premeditada y espantosamente obscena, que nada podía hacer sino lo que hizo. El tribunal entero, por el contrario, asegura que aquello fue desmedido, que todo el episodio fue una bacanal absurda, incluida la decapitación. Moral. Estricta moral reglamentaria de vampiros.

Almedio está ocupado. El tribunal condena a muerte a Marcelo. Bruno Spitalier, el demente de Calabria, lo destroza de seis certeros hachazos. Gerardo llora; el llanto final de la nena, la súplica de Marcelo, la cara de espanto de Eduardo. Todo le suena en la cabeza. Lo peor es que sabe que un holgazán como él jamás podrá sacarse el eco de esas muertes de la cabeza.

Nosotros miramos atentamente esa escena. Parados al lado del cadáver de Marcelo, empezamos a comprender claramente que algunas naturalezas férreas permanecen en el cuerpo de las personas, aunque por su sangre haya cruzado nuestro rayo de luz. El tribunal ha decidido castigar esto con la muerte. No comprendo bien por qué la pena de muerte, esa instancia casi animal. Miro a mi maestro, me acerco a su oído:

- Pedazos de hijos de puta... podrían haber sido más discretos... buscar alguna chica a la salida de la discoteca... hacer chocar un auto en la barda y atacar a los que van adentro. ¿Por qué hicieron lo que hicieron, por qué masacraron tan ciegamente; por qué se mataron entre ellos y por qué el tribunal sentencia más muerte? -le digo. El maestro me mira sin hablar. En su mirada hay una cuota de espanto frente a mis palabras torpes. Tiene razón en espantarse: somos vampiros, no dioses. Él no sabe qué contestarme. Yo tampoco.

Gerardo enciende la estanciera y prende el stereo. Comienza a sonar un cassette de Markama que minutos antes encontró en el bolso que Eduardo había dejado en el auto la noche en la que murió. Dos horas y media después una triste canción andina de aquel cassette hace llorar a Gerardo mientras cava la tumba de la pibita de la carpa trece en medio del desierto. Al lado desparrama las cenizas Eduardo. La tristeza que se permite sentir durante aquella noche de verano es el sentimiento más genuino que ha experimentado en toda su hippie existencia. Exhausto culmina la tarea y se tira en el piso del desierto a dormir. De cara a la luna. A la mañana siguiente despierta y entiende por fin que recién ahora es otro. Que todos los acontecimientos anteriores (incluido su pasaje de humano a vampiro) simplemente habían sido pequeños ensayos para la llegada de este gran e imprevisto cambio. Entonces llora de alegría.

Ahora volverá a la sociedad, sin más ni menos miedo al error que el que tienen casi todos los mortales que pisan cada día este mugriento planeta.

El vampiro bajo el sol PARALAMAS

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  • #1 ..··. Luis ··..· 27/08 .·.. 05:39

    El tema de la "primavera alfonsinista" desvela a Barraza. Lo he escuchado hablando sobre ella y haciendo especiales musicales sobre esa corta y efervecente época de nuestra democracia.

    Ponerla en una novela de vampiros es un poco arriesgado, pero debo admitir que zafó. Igual le faltó desarrollo a la temática, pero esto de "quejarnos" no es nuevo entre los lectores universales, asi que espero que no se enojen los que llevan adelante esta producción cada domingo

    Un abrazo para todos

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  • #2 ..··. anita ··..· 27/08 .·.. 09:27

    a mi me pareció que daba para poner algo de la primavera argenta mas trucha del mundo, aunque sea en una nov de vampiros

    bien barracita, sigue asi

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  • #3 ..··. anita ··..· 27/08 .·.. 09:33

    y me olvide de decir que los dibujos de frapiccini me gustan mucho

    listo nada mas

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  • #4 ..··. Mónica ··..· 28/08 .·.. 03:50

    Está bueno, pero es muy angustiante

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  • #5 ..··. La Rana René ··..· 28/08 .·.. 04:09

    A mi el capítulo me pareció bien, los dibujos también, pero lo que más me gustó es que se hayan acordado del gran Say No More, que es uno de los vampiros más famosos de la argentina

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  • #6 ..··. NESTOR ··..· 29/08 .·.. 17:41

    GRACIAS POR LO DE LOS DIBUJOS... SI TUVIERA MAS TIEMPO LOS HARIA MUCH BETTER

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