¿mAtAr o MoRiR...?

RAFAEL (Capítulo XI)

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A sun that never sets NEUROSIS

X

Dentro de la oficina en la que nos estaban tomando declaraciones sólo podía atarme a oler una sola cosa: el perfume de esta mina. Fuerte, demasiado frutal, salvajemente empalagoso, pero al menos un eficiente tapón olfativo del olor a pintura latex-comisaría de las paredes, del olor a transpiración de muerto del vampiro que tenía sentado al lado.

El pelado, que ya estaba leyendo todo lo que mi mente repasaba, se me acercó al oído y susurró muy despacito: “¿Te gusta el perfume que usa; querés cogértela antes de que la mate?”. Aparté muy de golpe mi cabeza de su boca, asqueado, o asustado. Qué más da.

El policía lo notó: “¿Está todo en orden señores?”, preguntó. Como si fuese nuestro celador de cuarto año de la secundaria. Asentimos en silencio.

El poli escribía de a dos dedos en un 386 a kerosene, uno de esos clones del año del orto con un procesador de textos en DOS.

 Me siento más seguro con estas innovaciones en la comisaría. Todo esto que estoy escribiendo ahora, después va en red a la PC del comisario; una de esas portátiles con la pantalla en colores, que le trajo su hermano que viajó a Miami por una convención internacional de policías, porque el hermano del comisario también es comisario. -A nosotros nos importaba tres pedos la red, la máquina del comisario y su hermano policía, pero igual sonreímos, como tres chicos que están contentos con los adelantos acaecidos en una institución a la que aman con locura.

 Señor. Yo quisiera que esto termine rápido. -Decía la reina de la new age, todavía sonriendo con sus dientotos blancos.

 Yo también señora-aseguraba el poli-, pero yo que usted no me envalentonaría demasiado con la idea de irme. Hay que aclarar un crimen espantoso en un lugar público. Cualquiera de ustedes tres podría ser el asesino.

La mina se puso a llorar. Era lo único que nos faltaba para terminar de detestarla. No tenía idea de cuán sola en el mundo podía estar aquella mujer, pero el saber que iba a morir en manos de un psicópata y verla llorando por cualquier pelotudez me ponía loco.

Fueron cuatro horas de mierda. Cuatro horas en las que me dejaron al lado de esa bestia y de esa ingenua, cruzándose miradas, conversando casualmente. Bestia y víctima, jugando un juego de cacería forzadamente intelectual. Nada de lo que la naturaleza indica. Nada de sigilo, nada de olfato, nada de acecho: palabras, sólo palabras, como táctica para atrapar a la víctima.

La Policía estaba pintada. Buscaba al asesino en el perímetro del bar. Habían montado un operativo de la hostia en la manzana de “La vereda” y los alrededores. Para ellos el sujeto se había fugado por el ventiluz del baño y huyó por el patio trasero hacia... ¿la nada?

Los peritos habían sacado una muestra de sangre de un pedazo de vidrio de botella puesto sobre el paredón que daba al baldío vecino (de esas mierdas que ponen para que nadie ni nada se trepe). Uno de los agentes aseguraba que había una posibilidad enorme de que esa sangre fuera la del asesino, lastimado al salir. Tal vez... casi seguro.

Lo que la Policía no alcanzaba a comprender es que el asesino estaba en la propia casa de la ley.

 A veces me gustaría ser un extraño eterno -le decía el muy hijo de puta a la mina, que ya lo miraba como una boluda que ni se imagina que le está por pasar algo espantoso. Y yo me callaba la boca. Como un sorete; como un pendejo cagón que no es capaz de levantarse a prender la luz para ir al baño y se mea encima en la cama, soportando la humillación de los mayores la mañana siguiente.

Tiempo después no paré de preguntármelo. Una y otra vez.

¿Qué es lo que quería yo aquella noche?, ¿no tener miedo?, ¿ver cómo se asesina a alguien en medio de justificaciones casi demenciales?

¿Cuál era mi rol en este juego de vampiros?: ¿estaban autorizándome a verlos? ¿Estaban invitándome a compartir su mundo, o me estaban llamando directamente a ingresar a sus filas? Difícil fue dilucidarlo por aquellos confusos días. Sobre todo con lo que pasó inmediatamente después de que fuimos liberados; cuando el Pelado nos convenció de ir al descampado que estaba a la vuelta del bar con cualquier excusa morbosa y hasta estúpida. Y nosotros fuimos.

Allí primero me apartó de un empellón y la cagó a trompadas a ella y, en un solo movimiento salvaje, le arrancó la mitad de la cara a dentelladas. Yo miraba espantado desde un rincón.

El vampiro terminó su festín y vino hacia mí con la boca llena de sangre. Se pasó el índice y el mayor por la laguna de sangre que tenía en las encías y me metió los dedos en la boca:

 Probá... es la sangre de una condenada -miró el cuerpo semidesnudo de la mina, que gemía con lo que le quedaba de cara y temblaba como un loco con fiebre, espantosamente moribunda. -Ahora tendrá que esconderse durante una centuria para que la cara se le reconstituya un poco. Ahora va a saber enserio lo que es meditar, concentrarse en sí misma. Ahora sí va a entender el por qué debe de dejar de pensar en frivolidades. Ahora yo le doy la verdadera vida, la vida por siempre.

No logró convencerme de nada con aquella apasionada diatriba montada sobre la bestialidad más macabra que mis ojos recuerden haber visto.

No recuerdo muy bien cómo ni cuándo, pero las ideas empezaron a caer como fichas en mi cerebro. Fueron fichas electrificadas... rápidas; pequeños rayos de conciencia... como dosis inyectables de anfetaminas instantáneas. Idea uno decía: “Ahora te toca a vos”. Idea dos decía: “Eesa mujer debe morir ya”. Idea tres decía: “Ningún vampiro puede estar tan seguro de nada”. Idea cuatro complementaba a idea tres: “Su sabiduría, aunque ancestral, es cartón; cartón macabro”.

Enceguecido por el miedo y avasallado por las visiones tan claras, tomé del piso -entre mis sollozos y sus risas- una madera que estaba delimitando las bases abandonadas de los cimientos de una casa que jamás habrían de construir en aquel baldío de mierda y se la clave en la cara con furia desmedida.

El Pelado gritó como una monja violada, como un chajá al que le acaban de patear el nido. Más espantado que él, saqué la estaca de su cachete y moví frenéticamente la estaca en el aire (como si fuera la copa del torneo mundial de la demencia) por un segundo y medio.

Idea cinco -más electrificada que las cuatro anteriores- cayó esta vez en forma de viento huracanado en mi cabeza, trepándome -caliente- por el espinazo, mientras él comenzaba a ahogarme con sus manos gigantescas: “Al plexo, como en las películas... directamente al plexo”, decía mi cerebro.

Junté fuerzas, como en esas historias urbanas que se cuentan, en las que una madre desesperada levanta el auto que acaba de aplastar a su hijo. Y entonces le clavé el mojón de la platea en medio del pecho.

El Pelado aulló violentamente y salió disparado (como si hubiese sido un reflejo ciego). Al caer -dos metros más allá- me miró. Comprendí inmediatamente que estaba muriendo. Sus facciones cambiaron, ahora, en el piso, con la sangre propia saliéndole a borbotones por la boca, era otro: alguien débil.

La luz de la luna le dio de lleno en los ojos y recién en ese instante supe -como en una parodia total de la vida- a quién había asesinado: era el gordo Gerardo, mi compañero de segundo, tercero y cuarto año de la ENET. Un chico introvertido, bastante pavo; amigo de pocos.

“¿Viste macho...? yo te dije que nos conocíamos”, dijo entre borbotones de sangre. Rió de una manera sumamente ridícula, tal vez para él la vida en ese momento (en el que lo abandonaba...) también era un chiste de mal gusto; y él era un amante de los chistes malos.

Doblado, acariciando la estaca que le había incrustado en el pecho, el gordo Gerardo, el cantante de una de las bandas de rock más famosas de la Patagonia, el vampiro más venal (si es que un apelativo así no suena ridículo aplicado a un vampiro) de todos los vampiros que haya conocido, moría sin haber atravesado ni siquiera la barrera del primer siglo.

Y nada. Su mirada última, cargada de odio, me confirmaba cínicamente la magnitud de mi crimen.

Ya bestia, ya asesino como él; no dudé ni un instante, le arranqué la estaca de pecho y sonreí como un pibe down. Las ideas ya no eran fichas. Ahora eran un río fluido que mojaba la conciencia hasta convertirla en salvajes remolinos de agua.

Miré a la mujer tirada en el piso, sufriendo con su despojo facial, llorando por los orificios que los dientes de Gerardo le habían dejado. Le hundí la estaca en el corazón, hasta la empuñadura; y se la revolví con vehemencia. Ella gimió y luego hizo silencio. Silencio de muerta. Mi mente -ya demente en esos segundos- agradeció semejante delicadeza.

Eché a correr al escuchar a los policías. Escapé como pude. El río de ideas no me dejó ver nada.

Ahora era un asesino... de vampiros... ¿era ese “de vampiros” un atenuante, o mi sangre fría para despojar de vida a dos personas en una sola noche no me diferenciaba en nada de los príncipes de las tinieblas? Jamás pude contestar tamaña estúpida pregunta.

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Te mataria CARMEN BALIERO

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  • #1 ..··. Monic ··..· 19/08 .·.. 17:21

    El mas sangriento de todos

    Me dio un poco de cosa

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  • #2 ..··. Ronaldo ··..· 20/08 .·.. 18:24

    Tiene razon moni esto se puso re sangrientooooooo

    a mi me gusta igual no tengo problema alguno con el exceso de sangre

    me gusta que me de miedo y que se me contagie el desconcierto del pibe que mata para no morir

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  • #3 ..··. Virginia ··..· 21/08 .·.. 04:27

    Yo pago por escuchar como explica Barraza este violentisimo capitulo hoy al aire

    jejeje

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  • #4 ..··. Comite Central tabanero ··..· 21/08 .·.. 05:42

    ¡Ja!

    Porque no leyeron el capítulo que viene la semana entrante...

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  • #5 ..··. Diegochis ··..· 22/08 .·.. 04:24

    Yo me quedo con la publicidad de este capitulo en la radio que dice que "esta bieeeeen" que haya sangre, estacazos y mordeduras porque ES UNA NOVELA DE VAMPIROS!!!!!!!!

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  • #6 ..··. Lili ··..· 22/08 .·.. 04:50

    Yo quiero darle la bienvenida a Nestor y sus dibujos, me parecen muy buenos

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  • #7 ..··. Nestor Ingenieri ··..· 26/08 .·.. 16:20

    Uh... gracias por eso che

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