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Se formó la Corte Fiscalizadora el siete de julio de 1775 en una villa diminuta, ya desaparecida, perdida a unos pocos kilómetros de Rovaldo, en el estado de Minas Gerais, en Brasil. Selva. Selva y soledad.
Hasta allí llegó el Comité Internacional, que no se juntaba desde 1615, en Génova, cuando tuvieron que
hacer algo con Margarita Gudíñez, “la española” y con Moslab Transeogros, un gitano de los balcanes sumamente temperamental.
Ambos habían enloquecido de amor. Tras llevar mucho más de un siglo persiguiéndose mutuamente terminaron por consumar un nada recomendado pacto de amor entre ambos. Juntos decidieron que iban a pasar por alto todo dictado de conciencia del Comité, de la Corte Superior, e inclusive del Tribunal de los Místicos órficos. Juntos -lo habían planeado abiertamente- saldrían a crear un repentino ejército de muertos vivientes para convertir esta tierra -en un periodo no mayor de los doscientos años- en lo que ellos llamaban de manera irónica con el frívolo nombre de “Vampireland”.
Aquella tarde de 1615 el Comité decidió recurrir a Benítez, el tristemente célebre “español loco”; un humano más de los que luego de que Stoker escribiera su novela, el planeta conoció como Renfield; eterno colaborador humano de los vampiros.

Benítez clavó la estaca en el centro del pecho de Margarita, que gritaba como loca. Luego le arrancó la cabeza de un machetazo y la colocó en una trituradora que parecía una doncella de hierro en miniatura. El ruido que produjo fue espantoso.
Moslab gemía y maldecía, atado de pies manos y cuerpo entero con fuertes cadenas fue introducido dentro de Almedio, el ataúd-cárcel reservado para los escarmientos ancestrales.
El Tribunal lo condenó a doscientos años de silencio dentro de Almedio.
Moslab pidió clemencia. Clemencia y muerte... o mejor sería decir el final después de la muerte. El Tribunal no dudó ni siquiera por un instante y ordenó a Benítez que lo aniquilara para siempre.
“El español loco” aulló como una bestia y -utilizando la misma estaca con la que destrozó el corazón de Margarita- hundió la madera filosa en el pecho de Moslab, que se retorcía como Prometeo. Murió a los gritos. Atado, pero liberado de su sufrimiento a la eternidad.
Ciento setenta años de transcurrido aquel episodio trágico y bárbaro, el Comité se volvía a reunir para impartir justicia en el underground del vampirismo, en la elite de los no vivos: los no muertos.
¿Podía una sola comunidad de elegidos mantener el equilibrio entre los vampiros que habitan esta tierra?. No, pero tal vez valía la pena intentarlo.
¿Ser vampiro era una elección?. Sólo en algunos casos. La mayoría de las veces era un cambio drástico que decidía otro ser (un vampiro, claro está) por uno.
Ser vampiro es ser un paria. Y eso es algo que los miembros del comité, los miembros de la Corte y los del Tribunal Órfico no pueden negar pues, a pesar de enorgullecerse de manera clasita al ser vampiros; saben a la perfección que siendo un hijo de la oscuridad se corre el riesgo latente de morir de una forma espantosa en manos de la gente que no cree en vampiros (y que sabe cómo matarnos...).
El verdadero miedo del vampiro es saber que se posee la inmortalidad pero que, de todas maneras, pueden llegar a matarnos en el momento menos esperado. ¿Se alcanza a comprender esta idea aparentemente tan contradictoria?
Ser vampiro es ser un eterno e increíblemente sabio ocultador de la verdad.
El Comité, la Corte y el Tribunal lo sabían a la perfección también en 1775. Tal vez por eso hayan llevado de antemano -y unánimemente de acuerdo- el ataúd Almedio hasta el lugar del juicio; como sabiendo de qué manera iba a concluir todo aquello.
Todos sabían que Gian Carlo, el vampiro italiano acusado de sedición (entre otros catorce cargos), debía ser castigado con Almedio.
Si bien el espíritu de la Junta era mucho menos bárbaro que el del siglo XVII (no olvidemos que en 1775 Descartes era el rey de reyes, aún entre los vampiros...), se tenía muy en claro que a alguien como Gian Carlo había que castigarlo de manera terminante. Nada, ni siquiera la moral superadora de un vampiro, escapa a las generales de la ley del intelecto: las leyes, las reglas, los dictámenes morales imperantes.
Gian Carlo, agitador extrovertido, vampiro asesino y cruel, bestia exaltada, violador de niños... Gian Carlo, la fiera sufrida, el niño destrozado en sus entrañas por su padrastro, la desmesurada máquina de la culpa judeo cristiana impregnada en su mente... Gian Carlo, el hombre que puso a cien vampiros de pie para organizar la carnicería más grande que recuerde la historia de la humanidad (antes de las dos guerras mundiales del siglo XX, claro. Luego las guerras superaron con creces aquella y otras carnicerías).

Un plan casi perfecto que -felizmente para nuestra raza- no proliferó, y fue abortado justo la noche misma en la que iba a ser llevado a cabo.
Los humanos apellidados Mustiona, Valladares, McMiller, Minichilo y -¡nada es casual!- un jovencito peruano apellidado Benítez, se encargaron de asesinar uno a uno con sus cuadrillas de humanos dementes a los cien sediciosos en una jornada que será por siempre negra para la historia de nuestra raza.
Veinte días después, Gian Carlo fue apresado en las Baleares y trasladado inmediatamente a Rovaldo. Frente a la Junta entera Gian Carlo argumentó libertad de acción como atenuante a la condena que estaba por caer encima de su cabeza como la piedra basal de un castillo moral.
Habló de una nueva era. Habló de dejar de lado la normativa intransigente del comité, de los miembros de la Corte y los vericuetos legalistas de los Ancianos Órficos (“verdadera jurisprudencia filosófica para mantener en pie este aparato de poder y represión”, diría en aquella ocasión, siendo el abogado de sí mismo). Su discurso fue lucido. La Junta lo escuchó con paciencia hasta el final. El jurado ya estaba convencido desde hacía décadas (las tropelías de Gian Carlo habían comenzado más de cien años atrás), lo iban a mandar a Almedio.
Gian Carlo fue condenado a permanecer encerrado en Almedio durante 225 años. La condena tenía como objeto que, en el silencio, la oscuridad y la quietud de Almedio, Gian Carlo aprendiera a controlar su bestial instinto, su descontrolada manera de llevar adelante cada uno de sus actos.
La Junta rezó: “El mundo necesita vampiros equilibrados. Intentamos lo superior”. Y todos dijeron amén.
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Gian Carlo - encadenado por completo - lloró como un niño. Eso fue lo último que se escuchó de él antes de cerrar herméticamente el Almedio.
El primero de enero de 2000 Almedio se abrió. Fue en una sencilla ceremonia efectuada en un rancho ubicado en la Cordillera del Norte, a 25 kilómetros de Buta Ranquil, en la provincia de Neuquén, en el Noroeste de la Patagonia Argentina.
Oficiaron de testigos Zbor Vlomsed, un ingeniero de sonido Checo que trabajaba para una multinacional de la música en Miami, vampiro desde 1967, y Ramiro Goycoechea, un aristócrata español dedicado a la nada absoluta, vampiro desde 1523.

El tutor designado para la reinserción de Gian Carlo al mundo y la sociedad resultó ser Manuel, un jovencito neuquino, alma sensible y pichón de escritor, que en 1916 fue mordido por un vampiro Mapuche cuando intentaba escaparse de la policía en la cordillera del viento. Con él (y de su mano) Gian Carlo debía volver “a la vida”, junto a Manuelito, el italiano rebelde tenía que recuperar músculos, peso, carne, vida, cordura.
La nueva mirada de Gian Carlo al salir de Almedio fue dura, pero completamente contemplativa. Como una piedra perfectamente gastada por el agua (valga la comparación burda y remanida).
Manuel lo cuidó excelentemente bien, le consiguió sangre de dos gendarmes, de decenas de chivos de la zona, de tres turistas norteamericanos perdidos en la montaña y de un presbítero (en una noche a la que Manuel le llamó irónicamente “la del exceso”).
Gian Carlo recuperó color, formas, fuerza muscular. Su metro noventa y cinco volvió a dar muestra de robustez, de saludable blanco-amarillo vampiro.
Manuel elevó cientos de informes durante la mejoría. El más cabal, y tal vez el mejor escrito, fue el que redactó para cuando los miembros de la corte decidieron autorizar que Gian Carlo eligiera y bebiera enteramente por sus propios medios la sangre de una persona después de 225 años, un momento decisivo para saber si la rehabilitación había sido consumada:
“Volví hacia la derecha y comprobé que Gian Carlo no se escudaba en nada parecido a su pasado, y que tenía la mirada serena de alguien que sólo necesita beber para estar vivo. Escuché desde las penumbras las palabras de tranquilidad que susurró al oído de la víctima al momento de quitarle la vida y supe en fin que toda la bestialidad que me habían dicho que habitaba en él se había esfumado”.
Entre otras sutilezas... el informe estaba perfectamente redactado, me recordó muchísimo a aquel pasaje de “El malentendido” de Camus en el que uno de los personajes más difíciles, la madre, le habla a Marta (frente a la posibilidad de cometer un crimen):
“Y a decir verdad, aparentemente la vida es más cruel que nosotras. Quizás por eso me cuesta sentirme culpable. Apenas si puedo sentirme fatigada”.
Esas tres oraciones definen a la perfección la vida de cualquier vampiro, y el espíritu de las tres frases estaba contenido en aquel informe.
Será porque los miembros de la corte pudieron ver que la vida suele ser más cruel que los propios vampiros que tomaron la decisión en conjunto que al unísono le otorgaron un permiso a Gian Carlo para que, el 24 de noviembre del 2000, fuera junto con Manuel a un tranquilo recital de música electroacústica en la escuela de música de Neuquén Capital y volviera a establecer lazos con la sociedad tras 225 años de prisión en el silencio devastador de Almedio.
Y hasta allí llegaron los dos.
Gian Carlo no paraba de reírse de los atuendos que le habían otorgado para que no llamara la atención en demasía: un pantalón de jean gris, una chomba Lacoste y un par de mocasines de los más ajustados de plaza. Todos elementos perfectamente desconocidos por él.
Al llegar a la sala del concierto, la primera impresión que tuvo que superar Gian Carlo fue la del temor que le provocaba ver cómo las luces se encendían y apagaban en la sala buscando una ambientación casi estroboscópica antes del comienzo recital. Rojos que se tornaban azules, verdes que aparecían de la nada, y un jovencito de unos veinte años que sonreía, dominando las luces desde una pequeña y anticuada consola de reóstatos, algo completamente sofisticado y tremendamente mágico para la comprensión hiperracional de un habitante del dieciocho como Gian Carlo.
Manuel aprovechaba los momentos de más intimismo (como cuando los amarillos de los tachos del costado empezaban a bajar en intensidad y comenzaban a virar hacia los negros) para tomarlo de las manos y explicarle con paciencia y dulzura cómo y por qué todo estaba en orden.
Y comenzó el recital, que abrió con la obra grabada en CD de alguien que trabajaba disonancias y ruidos extremadamente hertzianos, con samples de respiraciones humanas y teléfonos celulares que sonaban en diferentes tonalidades y velocidades. Música casi concreta, música salida de los rincones más imbricados de los nuevos compositores, ya habituados a trabajar con las computadoras hogareñas y sus miles de posibilidades tímbricas. Gian Carlo transpiraba y, cada vez que el miedo se lo permitía, miraba de reojo a Manuel, como para tranquilizar inútilmente a su tutor, poniendo una fingida cara de tranquilidad.
Nos parece -según las posteriores y sentidas crónicas de Manuel- que lo que consiguió alterar del todo a Gian Carlo fue el tercer movimiento, cuando el sample del llanto de un niño se conjugó con una octava de un mi casi imposible de tan agudo, (casi de silbato de perro), y un apagón de luces repentino ganó la sala, buscando un architrillado golpe de efecto estético imposible de interpretar de otra manera que no fuera mediante el espanto por el vampiro del siglo XVIII .
En ese preciso instante fue que Gian Carlo enloqueció, y se hizo de una silla de metal como primera arma. Con ella le rompió la columna al muchacho de las luces y decapitó -como en la peor película bizarra- a uno de la primera fila.
Los gritos comenzaron y Gian Carlo -ya asesino espantado- se colgó del cuello de una mujer de sesenta, le arrancó la mitad izquierda del mismo y bebió de manera demencial. Luego, en medio de los gritos de horror, salió corriendo del auditorio mientras algunos ya pedían por la Policía casi a los aullidos.
Seis escalones debajo del auditorio el sereno de la escuela murió cuando Gian Carlo le hundió los dos ojos en sus propias cuencas de un solo y bestial zarpazo. Evitaría los detalles de las horribles muertes de los dos canillitas que intentaron detenerlo en la vereda y la del policía que estaba apostado en la bocacalle de Yrigoyen y Roca.
Precisamente fue en esa esquina en donde atropelló al fugitivo vampiro un colectivo de la línea 15 que pasaba a mil por allí, con ganas de terminar su recorrido de una buena vez por todas.
Manuel fue por demás frío y eficiente. Viendo todo con la claridad del que algo tendrá que hacer (inevitablemente), corrió a buscar su Falcon estacionado a media cuadra del accidente, cargó el cuerpo brutalmente quebrado de su compañero en el asiento de atrás y, yendo por picadas casi intransitables, volvió en pocas horas a Buta Ranquil.
Doce horas después y de incógnito en la avioneta que la corte tenía preparada en el aeroclub de Rincón de los Sauces, se llevaran los despojos desarticulados del vampiro a Chile, y -en un barco- el cuerpo siguió su viaje a las Islas de Pascua. Allí una urgentemente improvisada corte fiscalizadora decidió que Gian Carlo viviría otros ciento cincuenta años dentro de Almedio.
No fueron necesarios demasiados preámbulos: la decisión fue unánime.
Por lo menos hasta que todos los huesos se le soldasen y los tejidos de su cara (raspada contra el asfalto) se reconstruyeran casi por completo. Una buena excusa para probar un nuevo intento por templar el espíritu bestial de aquel hombre.
Los vampiros no se rinden fácilmente.
Eso sí, Manuel se sintió frustrado por la experiencia y -dicen las crónicas más amarillas- juró ir a terapia con un ser humano.
El muchacho fue feliz: para un vampiro no hay nada más divertido que escuchar como los simples mortales intentan darles consejos sabios...
Escuchaste durante la lectura de hoy :
"Supertzar" por BLACK SABBATH
"Sabbath" por BRAD MEHLDAU
"Inexistencia" por SOMA

Domingo,12 de agosto de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(4)


