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XV (La niña bonita)
A) Muerta

La nena de Marité estaba muerta.
Sin embargo una noche volvió desdiciendo con una importante dosis de espanto aquel mandato infalible de la naturaleza, ése que sepulta a los muertos... y a otra cosa.
Pero bueno, aunque todo esto le parezca muy truculento, hay que pensar en todas estas cosas muy bien y no quedarse con lo que primero nos han enseñado; porque es pura bosta miedosa; porque la muerte siempre se cita como un mandato de la naturaleza, pero muchas veces es puro mandato social. Sobre todo en ésta: la sociedad que se especializa en enterrar a los muertos rápido, por miedo, por... miedo. Sin disgregarse demasiado, lo que se quiere dejar en claro en este relato es que, más allá de cualquier mandato socio-funerario, la nena de Marité estaba muerta; aunque no todo es eso: the death is not the end.
Lo aclaramos porque la lógica de la vida -entendida como una operación simple realizada desde nuestros intelectos observadores y razonadores- pareciera ser implacablemente ésa: nacer, para luego, indefectiblemente, morir.
Así entendemos todo. Desde el efímero ciclo vital de una mosca a la magnánima vida de una estrella. Entonces hay que recalcar que, bajo el punto de vista habitual, la nena de Marité estaba muerta, bien muerta. Pero eso no era todo. Y repito todo. Pareciera que siempre tenemos que ser tan terminantes (también un mandato infinitamente más social que natural). Siempre nos terminamos cerrando a otras interpretaciones de los ciclos. ¿Qué sabemos de nada?, y sin embargo andamos por allí explicando la verdad del nacer-morir como si fuera el todo de esta existencia, como la única posibilidad de estar en paz con el universo: “Oh, sí, creador de todo, Lord, Allmighty, Gandshá, Luz Eterna, Samsara... yo soy el que nació para morir, puedes apiadarte de mí entonces”.
El alemán tenía razón: somos unos ridículos vanidosos. Nuestros intelectos llevan habitando este planeta sólo un segundo en el eónico calendario de su propia historia, y nos creemos la gran cosa.
Más que quede en claro... así, en este sentido vulgar e hiperintelectual de la existencia, la nena de Marité estaba muerta. Pero eso no significaba que las cosas terminaran allí.
B) Status

¿Cómo empezó todo?Todo empezó una tarde de verano en la que Marité y su marido, un corredor de bolsa de segunda línea, se fueron en la cuatro por cuatro a la casa de la playa del jefe de Mario (así se llamaba el marido de Marité, y le decían Miky, aunque éste sea un apelativo destinado a los Migueles; pero bueno: ya saben ustedes cómo son ciertos círculos...).
Era una reunión importante, una de esas reuniones a la que van los brazos derechos de los tipos que cortan la torta. Y las mujeres de todos ellos, casi artículos de ornamentación, hablando entre sí sin ganas de nada, todas juntas en algún lugar de la casa o del jardín, comentando frivolidades, mientras las chicas del servicio doméstico van preparando todo para que en la mesa no falte nada. Digo ya, era una de esas reuniones al mejor estilo de Falcon Crest; con la única diferencia que estas -las de la vida real- carecían del glamour de culebrón de aquellas ficciones televisadas.
Mientras Marité aprendía a departir con mujeres que estaban un auto y medio más arriba que ella en el escalafón social, en casa, cerca de la heladera, su nena de seis años lloraba desconsolada al ver como Norma, la chica del servicio doméstico, se desmayaba (dando de bruces en el piso de ajedrez de la cocina) en medio de horribles espasmos.
c) Puzzle lógico
Al regresar de aquellos maravillosos dos días de sol en el chalet lindero a la playa (el chalet del mierda aquel que se decía amigo del ministro de Economía de la Nación), Marité se enteró -armando un puzzle entre lo que su nena le dijo y lo que Norma se animó a contar- de lo que había pasado en la casa durante su ausencia. Desmayos incluidos. Esta fue la sinopsis que la mismísima Marité efectuó sobre los extraños acontecimientos acaecidos en su casa cuando salieron fuera durante los dos días que duró la placentera reunión de trabajo en la que Miky se enteró que iba a recibir mil dólares más de sueldo (pasando a ganar así tres mil cien) y ella se enteró de que el jefe de su marido puede emborracharse y tratar de manosearla bien manoseada aunque Miky se encuentre a sólo un ambiente de distancia:
“No me caben dudas, esta negra aprovechó que no estábamos para traer al grasa de su novio, se la pasaron cogiendo como dos conejos los dos días, el moncho se fue lo más pancho y la muy taradita se descompuso de tanto darle a la pija”.
Solidario, contemplativo y -por sobre todas las cosas- finísimo.
D) Reacciones lógicas
Marité no tuvo ningún reparo en echar a Norma sin preguntar demasiado sobre el verdadero discurrir de los acontecimientos. Sagaz, como siempre quiso ser y nunca pudo, tejió dentro de su mente la historia que más le convenía (la clasista, la que se acaba de detallar), y no tuvo demasiados inconvenientes para convencer a su marido de que las cosas habían ocurrido así.
Miky no tuvo problemas en dar por cierta la historia de su mujer sin dejar de mirar la televisión y tomar whisky. En realidad él siempre había soñado hacer con Norma lo que su jefe hacía con su mujer a sus espaldas. No es que Miky supiera esto que pasaba cuando su jefe se mamaba, pero igual -por una cuestión casi transitiva- soñaba con abordar a Norma en algún rincón de la casa. Es sólo una cuestión de actitud.
Pero había algo que era más fuerte que su ardiente deseo por Norma: Miky no estaba dispuesto a contradecir a su mujer en asuntos menores, en cuestiones hogareñas, donde Marité debía sentirse la dueña de la situación. Por mandato. Por eso -aunque a ustedes les parezca delirante- y sólo por eso el tipo no intentó nunca abusar de la chica.
E) Bilis
Norma hizo las valijas sin discutir.
Vomitó bilis de la más verde y espesa cuando tuvo que sacar el despertador de la mesa de luz. El crucifijo estaba muy cerca. Es que Norma era católica de familia; de las más recalcitrantes, y ahora -luego de todo lo que había experimentado- la cruz comenzó a causarle impresión; como si todo lo que la ataba anteriormente a una moral predeterminada, ahora cobraba un signo absolutamente opuesto. Una culpa difícil de explicar, una culpa distinta a la culpa cristiana, algo más complejo, pero también más atávico.
Antes de abandonar la casa Norma fue a ver a la nena de Marité a la pieza.
Norma adoraba a la nena y no quería separarse así porque sí de aquel angelito, inconsciente total de la suerte clasista que el mundo tenía preparada para sus días de adultez. Tal vez en algunos años esa hermosa criatura virara su cariño sincero hacia ella y comenzara a odiarla, solo por pertenecer a otra clase. Se sabe: es la ley de la vida, dirían los darwinistas más recalcitrantes...
Pero Norma tenía lo que el marxismo define técnicamente como “conciencia de clase”, y si bien lo admitía como enteramente posible, no soportaba hacerse a la idea de que la nena se convierta en un monstruo desalmado de colegio privado, en una frívola hija de dieciséis con auto importado y prepotentes quejas de consumidora de la extensión de la American Express Gold.
Fue por eso -tal vez, quién sabe...- que la beso en la boca y luego, con una dulce chupada, la hizo partícipe de la nueva forma de vida. Cinco minutos antes de dejar la casa.
f) Ojitos
La nena de Marité cerró los ojitos, se dejó hacer. La nena de Marité confiaba ciegamente en Norma. La nena de Marité no dijo nada de nada cuando Norma le mordió el dedo pulgar y empezó a chupar la sangre que salía a borbotones de aquel tajo de sabor metálico. Las dos se miraron a los ojos y sonrieron con la inocencia que sólo los seres puros como ellas pueden tener. Luego la nena de Marité bebió sangre de Norma de su brazo.
La nena de Marité murió exactamente a la hora y media de que Norma dejó la casa. Tuvo un funeral oneroso, pagado con los mil dólares de excedente en el nuevo sueldo de Miky, quien, una semana después de las exequias, fue internado en una clínica de rehabilitación por pasarse de merca y quedar al borde del preinfarto.
Marité lloró ríos. Y mandó a la Policía detrás de la asesina de su hija. De nada sirvió que la Policía buscara.
g) Peruano clandestino

Norma se había fugado con Esteban, su novio albañil. Su novio peruano, su novio ilegal.
Su novio vampiro.
Los dos habían volado durante dos días y dos noches hacia la patria del pibe. Lejos, rápido, gallardos, omnipresentes en una geografía que por fin les era enteramente propia.
Ahora estaban viviendo en una iglesita abandonada en la inmensa altura de los Andes, en un pequeño paraje a cien kilómetros de Juliaca. El lugar era provisorio, pues la iglesia provocaba en Norma una angustia casi inexplicable, y Esteban lo sabía. No todos los vampiros pueden perder así como así el miedo a la cruz, al símbolo occidental de la moral por excelencia.
h) Angélica
La nena de Marité volvió de la muerte cuatro días después de haber sido sepultada. Luego de deambular durante algo más de dos horas por las inmediaciones del cementerio tosiendo la negra y fresca tierra del sepulcro se decidió y fue a ver a su mamá.
Golpeó la ventana de la pieza de mami, entró y la despidió con un beso. Marité lloraba como un perrito, enrollada en la cabecera de la cama en medio de un ataque de histeria. La nena de Marité se cruzó a su pieza y se llevó su muñeca de Angélica de los Rugrats bajo el brazo. Pasó por la cocina y buscó el escapulario de la Virgen de Lourdes de Norma. Su idea era volar dos días y dos noches y entregárselo en mano, en las afueras de Juliaca. Allí mismo le pediría que vivan juntos los tres. Por siempre.
Marité fue internada en un neuropsiquiátrico de urgencia. Con la lógica imperante en estos tiempos de comprobación empírica, la nena estaba muerta; pero ahora Marité sabía que no. Lo había visto con sus propios ojos.
Escuchaste durante la lectura de hoy :
"La muerte chiquita" por KRONOS QUARTET
"La muerte chiquita" por LAMARENCOCHE

Domingo,29 de julio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(7)


