HaY mÁs SaNgrE pArA eStE bOLeTínNnNnN...

RAFAEL (Capítulo VII)

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Rammstein Eskimos Edit

XIV

Noche número ocho.

No sé qué significará el ocho para los cabalistas pero, viéndolo en cualquier impreso, es la cinta del infinito de pie, por lo cual deduzco que debe tratarse de algo realmente espeso.

No sé muy bien qué hacer, pero termino por ir al bar, el de siempre. Me siento en la última de las mesas, por aquella romántica cuestión de “entonces si quieres mi dirección, es el número uno al fondo del bar/ donde estoy sentado con los ángeles rotos/ pendiendo de un hilo y curándonos las heridas”. Bonito, ¿verdad?, es de one obscured scotish poet.

Más allá de la cursilería de bar, todos saben que las mesas del fondo son las más aptas para mirarlo todo.

Una sociedad adaptada a medias a los voyeuristas... ésa debe ser la mejor explicación del por qué todos miran insistentemente hacia al fondo cada vez que entran al bar. Todos buscan al voyeurista, todos buscan los ojos que den la clave de lo visto, de la crónica, de lo pasado, de lo que puede llegar a repetirse.

Pero, ¿qué es en realidad lo que ve el que mira desde el fondo de un bar? Pavadas, por supuesto, como la mayoría de lo visto, todo lo sobrevaluado en los monolitos de la información por la información en sí misma.

Pegué el vistazo de las cien yardas: las chicas sonrientes de la barra, el vacío insondable entre los que beben y nada se pueden decir.

Rodolfo, siempre allí, pasándole la rejilla a la fórmica de la barra, como si fuera lo único para lo cual estaba hecho un tipo como él.

Almas ocupadas en tareas de bar, gestando un presente inmediato, sepultando a los surgentes y pequeños futuros posibles.

¡Acción!

Entra Betito al bar, me sarandea por el hombro con sus músculos de bestia sensible, desacomoda un poco mis espaldas y me dice: “Chabón, ya estás pensando cualquier boludez de nuevo, ¿no?”.

“No sé”, le digo, sin estar del todo seguro de si el pibe quiere saber en realidad qué es lo que estoy haciendo, o si sólo está haciendo méritos para entrarle a la conversación en una noche que puede llegar a ser larga.

“Vení Betito, sentáte con el club de los bebedores solitarios”, le tiro. Y Beto nunca te dice que no; así que le corro una silla para que se ubique en el número dos al fondo del bar.

Justo cortan la música de fondo, esas preciosas trecillas de Bonzo Bonham en “Rock and roll”. Viejo, medio hippie, pero increíblemente efectivo.

No habíamos visto el movimiento previo, como muchas de esas fantasías que uno se pierde del mundo del rock, pero un pelado grandote, de como un metro noventa (cien kilos), ganaba el escenario del lugar y cazaba el micrófono con vehemencia mandanguera para gritar: “¡Bienvenidos sean todos a la reconcha de su madre. Nosotros somos Los desposeídos!”

¡¡¡Kraaaaang!!!

Tremendo guitarrazo, de lo más heavy, cortando el discurso del grandote. El de la batería (un flaco por el que nadie hubiese dado más de dos mangos) marcaba el tiempo con los palitos, sonriendo (ido, como todo buen baterista). Dos, trè, cuà, ¡Puuum! Funky del más rabioso, de la puta madre. Beto chifla, como un toba llamando a su caballo en medio de la nada más nada de toda las nadas.

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All your goodies

El pelado comienza a retorcerse arriba de las tablas, como si quisiera ganarse a todos los parroquianos de un solo move on. Luego acompaña su danza rota con unos caderazos salvajes, como garchándose de parado el pie del micrófono. Medio torpe, pero súper cachondo.

La banda para por unos segundos y él comienza a gritar como un loco de atar. Podemos sentir como le tiembla la caja toráxica (esa magia de la música mezclada con la amplificación eléctrica).

La banda vuelve a arrancar y redobla el funky en tempo, volumen e intensidad. Las señoritas de la barra comienzan a danzar dando dulcísimos grititos de excitación. El pelado nos mira a todos y comienza a desenvolver su faena:

Queridos amigos/ los noto aburridos/ llegamos nosotros/ los más presumidos/ a un mundo de nylon/ que es carpa de circo/ a verlos vivir/ a verlos paridos/ que muevan el culo que estallen neuronas/ éste es nuestro hotel:/ hotel ríe, hotel llora

Por detrás de la humanidad del bajista aparece un petisito munido de su trompeta recién lustrada, en medio segundo pone su arma mortal en la punta del micrófono y empieza a hacer chillar el metal. La trompeta grita como una señora de cincuenta que acaba de ver como una camioneta atropelló a su gato; va y viene en esos tonos de bronce que te atronan y te hacen subir la adrenalina. Seis compases de un solo rabioso y se calma; cuando baja del “planeta solo” parece una sirenita que salió hace instantes del mar y se pone a tomar sol en los riscos frente a la atónita y embelesada mirada de los bañistas.

El pelado vuelve de donde andaba (de paseo frenético por todo el escenario). Caza su mic nuevamente:

Queridos hermanos/ hermanados por desacato/ abrochen sus ideas/ desaten sus zapatos/si se van medio lejos/ lleven algo de peso/ no improvisen barato/ no se trata de eso

¡Puuummm! Funky de la guitarra que se desespera en triadas rítmicas que nos ocasionan vértigo. ¡Sááááá! Se para toda la banda, menos el de la batería que queda marcando el ritmo allá arriba, en los cuarenta cielos de Jericó. El pelado comienza a rapear, lo hace como si éste pudiese ser el último de los raps que cantará la raza humana:

Y miren señores/ que poco gracioso/ los políticos nos miman/ la TV nos rompe el orto/ Y miren señores/ no somos los sacados/ los sacados son de guerras/ los sacados van de caño/ Ahora todos juntos/ me chupan bien la verga/ Ahora la TV se apaga/ y a la mierda/ y a la mierda/ ¿Que quieren, qué me miran?/ ¿esperan la alternativa?/ La alternativa está en el aire/ detrás de estas cortinas/ Las cortinas de humo/ las cortinas represión,/ nuestras glándulas indican/ que calentamos un montón

Páááá’- parapáááááá- parapá. La trompeta sale disparada desde detrás de la banda que vuelve a sonar como una montaña de ladrillos que se le cae encima al obrero sin casco.

Ahora las protagonistas eran las señoritas de la barra, que comenzaban a perder la compostura. Las dos bailando sobre una de las mesas que estaban al toque del escenario. Traté de apartar la vista de esas curvas inquietas y volví a mirar hacia el escenario. El pelado está endemoniado, como si lo tuvieran que internar ya para sacarle de adentro toda la frula que se tomó en los últimos tres años. ¡Krang! Final seco, casi de coitus interruptus.

Mientras el guitarrista afinaba, quedaba en el aire un silencio que, dentro del lugar, se transformó en una pequeña tensión.

Me imagino a la MTV tratando de recrear ese instante. No puedo.

El Pelado aprovecha el impasse, toma el micrófono: “esta canción habla de lo que la ciencia define como ciudad, ese territorio perimetrado, habitado por locos dispuestos a consumir todo los sábados en los hipermercados mientras intentan ser felices”.

El bajista, desde un rincón del escenario, cabeza negando y con cara de “tendría que callarse un poquito”.

La banda lo calla y hace sonar un ská a las chapas. Ská latino (Jamaica lo parió, Inglaterra se lo llevó de vacaciones, y ahora América le pide que regrese a casa). “¡Salten todos los que estén irremediablemente vivos!” Grito de guerra del pelado. Más de la mitad de los presentes se pone a bailar. En una de sus contorsiones escénicas comienza a vociferar:

Wellcome a la ciudad herida/ hermosa disputa/ entre mi bien y tu mal/ Bonita cortina de vida,/ entre el asfalto y el cemento/ entre el que quita y los que dan./ Vamos, camina distintos caminos/ que esta noche tu mamita/ rápido te saldrá a buscar/ Y dejá que tus sueños sueñen,/ que a través de las mentiras/ una verdad se colará

El petisito de la trompeta volvía a repetir su numerito de pasar por arriba del bajista y ganar el frente del escenario con su arma cargada. Ahora trae consigo un largirucho muchacho rubio, con el pelo largo, casi de propaganda de Quilmes. En el mismo micrófono mezcla su saxo tenor con la trompa. Arreglo de caños, break, redoble, coro de cancha:

Y nadie admite/ haber sido juzgado/ le piden a la luna material prestado/ Y no,/ ¡a nadie dicen que no!

Y el bar estuvo a punto de volcar violentamente; como si fuera un rugbier pasado de copas que dobla en una rotonda con su Focus a ciento veinte. Las chicas de la barra comenzaron a transpirar sobre la transpiración. Uno se desmadró y prendió un porro allí mismo. El Beto gritó. Rodolfo pasó con tres cervezas a la velocidad de la luz. Eran para los dos periodistas que estaban en la mesa de al lado.

Dos periodistas y tres cervezas. Con Beto nos miramos. Nos parecía demasiado. En una acción terrorista conjunta le arrebaté una mientras Betito le hacía las señas pertinentes para que entiendan que luego se la devolvíamos.

Los periodistas nos miraron con cara de periodistas de la generación X (o como mierda quiera que se llamen), con ese fusil en las pupilas que te dice “sí, lleváte la cerveza, pero nunca olvides que yo soy mucho más inteligente que vos, y en este mundo sólo sobrevivirán los inteligentes”. La banda, mientras tanto, se daba un respiro. El pelado anunció una copla. El guitarrista bluseó un poco el yeite de los payadores de las pampas. El pelado puso voz de Cafrune:

Ahora vengo, voy al baño/ no sean boludos: guárdenme un caño/ No se vayan sin decirme/ que yo quiero divertirme/ y si se escapan a fumar/ espero que les pegue mal/ Será egoísta mi actitud, amigos,/ pero ése que tienen ahí,/ es mi caño preferido

La mitad del bar sonrió. Entre quienes curtían marihuana hubo una mirada cómplice. ¡Cómo nos encanta la apología! Como en una especie de calesita con sortijas para todos quienes habíamos trepado al carrousel, el recital fue vomitando cada vez más adrenalina. Hasta los periodistas habían decidido dejar de lado la compostura profesional autoimpuesta y uno de ellos bebía la cerveza del pico de la botella y aceptaba cada faso que le pasaba por delante. Tal vez mañana recuperaría la cordura y se sentarían a escribir sobre la sorpresa de la adrenalina en los días de la muerte del rocanrroll y todas esas cosas que escriben los periodistas que se dedican a los suplementos juveniles de los diarios.

“Bien, manga de hippies roñosos -dijo el pelado, mientras se le caía una casi imperceptible línea de baba por la comisura de la boca-, ésta es nuestra última canción”. La gente gritó un nooooooooo nooootable.

“Esta canción habla del silencio. Del silencio de los vivos. El silencio es nuestro target. Un minuto de silencio por todos ustedes... por tu hermana menor, que se acuesta conmigo sólo cuando tiene muchas ganas de que se la pongan doblada. Un minuto de silencio por tu papá, que votó la misma mierda que vos. Un minuto de silencio por cada uno de los mogólicos que adoran el consumo. Un minuto de silencio para todos ustedes...”

Aspero silencio sólo rasgado por el tic-tic-tic que marcaron los palillos. ¡Paf!... rock directo, onda Velvet Underground, magia de cuatro o cinco colores, cuatro o cinco acordes mezclados en la coctelera pasada de paciencia, sobredosis de sentimentalismo, desgano urbano y lúcido pesimismo poético:

Voy a usar la última oración/ para decirte mi amor/ que con silencio es mejor,/ y que seguro la mitad/ de tu perdido corazón/ es lo que vos necesitás/ para sentir ese dolor/ Dejá que te susurre el asfalto/ la canción del asalto/ de este ridículo fulgor,/ que tus manos penetren/ en estrecho contacto/ con las manos devotas/ que divierten nuestros años.

Aspero, dulce y melancólico-pentatónico solo de melódica, una de esas de dos octavas, con piquito largo:

Y si la ciudad es una/ magnífica en disputa/ y los pibes no lastiman/ y no borran nuestras dudas,/ déjalo ser/ Los viejos: a la muerte;/ los autos: a mil,/ las noches aguachentas/ y sólo confiás en mi/ Por eso voy a usar la última oración/ para decirte mi amor/ que con silencio es mejor/ y que seguro la mitad/ de tu podrido corazón es lo que vos necesitás/ para sentir este dolor

Dolor, dolor, dolooooorrr, etc., etc... la canción termina con un ensordecedor final nirvanesco. El pelado gritaba dolor como una loca que acaba de escaparse del manicomio en camisón, descalza, corriendo por las veredas mojadas. Por entre las luces amarillas puedo ver como tose y escupe gotas de sangre. El corazón se me para por un instante. Inexplicablemente el baterista comenzó a patear y a tirar cosas de su batería, como si aquello fuera los setenta, como si ellos fueran los Who.

No podía enfocar bien. Me sentía mareado.

Debe ser el rocanrroll. O la falta de él.

El pelado, como en una competencia de niños vanidosos, decidió abrirse paso en el corto -pero satisfactorio- camino de las chiquilinadas y destrozó su micrófono contra el piso del escenario.

El bar se inundó de un molesto acople que casi nos dejó sordos. El sonidista empezó a gritar como una nena: “me vas a pagar hasta el último centavo de ése, pedazo de hijo de puta”, blablabla.

Dos chicos se rieron alegremente en su cara, celebrando la victoria del capricho excéntrico del rockero feliz. Ese es el rock, de pretensiones revolucionarias, pero finalmente chiquilín.

Recuerdo perfectamente que pensaba en aquellos segundos: “alboroto: ¿habrán regresado los hipsters?...”. El rock suele estar tan muerto que, cuando alguien consigue alterar el comportamiento de la gente hasta el extremo al que habían conseguido llegar estos tipos, uno se siente realmente feliz, aquello de las chiquilinadas que les contaba recién.

No sé si me explico; es parecido a que te devuelvan a la música al estado puro del que no tendrían que haberla sacado con el avance homogeneizante de las compañías discográficas, pero por un instante. Más o menos así.

Y allí estaba yo, tratando de entender la emoción de otros en una era que se encarga de apagarlas. Tratando de imaginar una mini-revolución de reacciones pequeñísimas (apenas perceptibles) en un mundo hecho de discos y video clips. Un mundo en donde alguien secuestre a Ruth Infarinato, consiga crear ese lazo de hermandad inigualable que sólo los captores y sus víctimas pueden hallar en la profundidad misma de la diferencia y, finalmente, la convenza de poner una bomba en los estudios miameños de la MTV. Y cuando todo vuele a la mierda, ambos se besen apasionadamente y gane por goleada la locura de estar vivos.

Deliro. Vuelvo en mí. Deliro. Vuelvo en mí. Cabeceo. Busco al Beto, que andaba por ahí tratando de ubicar al Pelado para felicitarlo. El es así, un tipo tremendamente agradecido (lo digo sinceramente, sin ningún tipo de ironía).

Los periodistas sonreían tranquilos desde su mesa de periodistas satisfechos; mañana podrían hablar bien de una banda que, cuando trascendiera y se hiciera famosa, ellos iban a tener la oportunidad de reseñar en sus notas con párrafos grandilocuentes como: “recuerdo cuando éramos veinte en la acalorada intimidad de un bar a punto de caerse a pedazos, participando de aquellas celebraciones, cuando la energía de la banda era virgen y no contaminada con esa blablabla”.

Bien, los gasto, pero algo de razón tiene: en el séptimo día el Diablo creó a Chuck Berry, pero Dios -recuperado ya por su descanso dominical- contraatacó inmediatamente e inventó al lunes siguiente el mercado del rock, los cortes de difusión, el packaging y la mercadotecnia del arte. Beto lo encontró; el Pelado estaba acodado en un rincón de la barra con un fernético con cola en la mano. Nervioso, hipergesticulador, cara de nene con serios problemas de conducta; una de esas sonrisas de estar invitando a su primita a jugar al doctor. Ojeras kilométricas. Una pasión notable por doblar el codo y llevar la copa a la boca. Trescientos grados dentro del bar, pero él sólo arremangaba un poco su campera de cuero, como para que el brazo pueda doblar bien al momento de llevar el fernet a buen puerto.

El tipo era uno de esos personajes que pareciera sacado de una de esas películas en las que Chuck Norris hacía de implacable policía que iba por la vida siempre de civil, y entraba a un tugurio, y todos estaban jugando al pool y bebiendo, todos con caras de patanes. Tal cual. (¿Vieron que Hollywood -y por antonomasia la televisión- considera mayormente que los policías de uniforme son idiotas y los agentes que van de civil son lo más?).

¿Qué decía? Ah, sí, que el pelado parecía un patán de película de Chuck Norris haciendo de policía. Quien pudiera inferir el por qué de aquella campera de cuero en un lugar poseído por las altas temperaturas... el tipo hacía denodados esfuerzos para que no se le notara la catarata de transpiración que le caía por la amplia pista de su frente.

El olor que despedía era realmente fuerte. Me di cuenta de ello cuando se vino a sentar a nuestra mesa por pedido expreso de su bajista, quien a su vez respondía al pedido expreso de los dos periodistas felices -con quienes ya compartíamos la única mesa libre que quedaba-, y ellos respondían al pedido expreso de su jefe de redacción de encontrar la noticia en donde carajos fuera. Y así sucesivamente.

El pelado sudaba un olor parecido al que dejan los gatos cuando marcan su territorio, pero un poco menos cítrico y más arcilloso. Qué sé yo cómo explicar esa baranda a... descompuesto.

“Muchachos, él es Jorge, el pelado”, dijo el bajista, con una sonrisa algo sosa, casi dibujada sobre una cara que no tenía ganas de decir demasiado.

 Ustedes son periodistas, ¿no?- dijo el pelado, y nos miró a todos, como si estuviéramos en rueda de prensa para él. No le dio tiempo a nadie para contestar: -Ustedes son gente inteligente, gente que estudió cinco o más años para estar dónde están, ¿verdad?.- Uno de los dos periodistas intentó decir algo, Betito sonrió... había olor a bardeada. Se secó la cabeza con una toalla, el olor que despedía ahora era más rancio, casi como esas carnes que no se pudren y primero se oxidan, como un pedazo de hígado que dejaron a la intemperie en medio de la Cordillera de los Andes, allí arriba, donde sólo los cóndores se atreverían.

 ¿Por qué no se van a otra mesa y se ponen a hablar con la gente?- nos escupió-, ¿no se dan cuenta de que los músicos ya no tenemos nada para decir afuera de las tablas?... esto no es la MTV. No les puedo decir que esto que vamos a hacer es el rockero-charla-weekend, ni el rock-conversado-weekend... no puedo inventar más estupideces, ya no es atractivo, ya no sirve de nada. El, por ejemplo -señaló a su bajista-, lo único que quiere es que mañana ustedes hablen de lo carismáticos que somos arriba y abajo de las tablas...

 Pelado, por favor no empieces...- interrumpió nervioso el bajista. Betito y yo revolvimos con los dedos los cubitos de hielo que nadaban dentro de unos vasitos de vino que nos habían traído de regalo (los pro y los contra de sentarse con los músicos...). Nos miramos de reojo. Sonreímos tranquilos: nosotros no éramos periodistas.

Los dos periodistas fruncieron el ceño a la vez, como si fueran dos niñas gemelas, estrellas de Hollywood que acaban de ser despedidas por la major. Uno de ellos abrió el bolso de tela de avión negra (ése que todos los periodistas que se precien de tal tienen que tener) y guardó el grabador dentro:

 Dale Coco, vámonos de acá, porque me parece que este infeliz va a borrar con el codo lo que acaba de escribir con la mano arriba del escenario. Frases hechas.

El pelado se levantó como un rayo. Empujándolo por el hombro hizo sentar a Coco, que ya se estaba levantando. Era una escena un tanto... patética. El rockero versus el cuarto poder. Con la mano que le quedó libre sujetó del cuello al otro periodista.

Coco era un intelectual, uno de esos periodistas medio flojos en rendimiento-hora-jornalista, lúcido, algo vago; uno de esos que por las noches se desangra para escribir una novela que nunca terminará, y mucho menos editará. Desde la silla miraba al pelado con miedo, él no era un hombre de acción, era uno de esos hombres de ideas (no claves, no revolucionarias, simplemente ideas) que la sociedad -pasando por sabia- suele detestar.

En un flash, de esos que nadie puede asegurar cuanto duran, Coco recordó cierta anécdota que había leído en Rolling Stone, en la Pelo, en la Canta Rock, o en cualquiera de esas radiolandias del rock; un párrafo donde alguien hacía valer como cierta la leyenda urbana en la que Morrison, borracho, barbudo, anciano de cadáver joven, se levantaba de su silla en una fonda de París y, sacándole el tenedor a la Courson, se lo clavaba en la palma de la mano a uno de los tantos periodistas que intentaban saber qué era de la vida de Morrison ahora que era un cadáver jovencito bebiendo vino en París.

Hubo miedo, y fue como si el pelado le hubiese leído la mente. Probablemente lo haya hecho, porque si no nadie podría explicar del todo como fue que lo miró, soltó el cuello de su amigo, manoteó una cucharita de fernet de la mesa con gracia circense, le hizo una llave y luego -cuando lo tuvo dominado por completo- efectuó el simulacro de la gran Buñuel sobre la periferia su ojo sudado en adrenalina. El pelado se movía con certeza, como un asesino nato. El pánico se apoderaba de los periodistas. Y el pelado lo supo... dejó que el tiempo transcurriera lento por algunos segundos y soltó a Coco en el vacío de sus propios miedos.

Luego estalló en una sola carcajada.

Coco y su amigo huyeron despavoridos. Detrás de ellos el bajista los seguía, (como ese caricaturesco perrito de Chuck Jones que siempre corría alrededor del perrote grandote diciéndole: “cuéntame, cuéntame, cuéntame”); el músico se arrastraba y ensayaba todo tipo de ridículas excusas, frases increíbles, infantiles. Los periodistas lo empujaron con la furia que no se atrevieron a mostrar contra el pelado. El hombre de las cuatro cuerdas fue a dar contra la puerta. El ruido que hizo su cabeza contra la hoja de vieja madera dio como resultado que los pocos que no estaban siguiendo las alternativas de aquella infantil pelea, giraran sus pescuezos para ver qué estaba pasando. Dos hielos en servilleta sobre el chichón más tarde, el bajista discutía con el pelado, ambos sentados a la mesa, como esas parejas viejas que ya están gastadas de tanto discutir. Betito y yo no nos fuimos, éramos voyeuristas de privilegio, de esos que sueña la sociedad inútilmente; éramos las vecinas chusmas de la pareja gastada.

 ¿Qué mierda intentás conseguir con todo esto, pelado?, ¿adónde mierda querés llegar?- La pregunta era sencilla, meritoria desde su descarnada inocencia.

 Mirá, querido...- sonrió con la boca abierta (no lo soñé: tenía la lengua blanca y los dientes más amarillos que jamás haya visto). -A mí me parece que lo que hice recién no se contradice para nada con los planes de toda la banda... con tus planes en especial -recalcó “tus planes” con la fuerza de la palabra usada como arma-, ¿acaso no querés ser famoso, acaso no querés salir en cuanta revista especializada se publique?. Decime, ¿cuándo pensás que llenaremos Obras? Vos tendrías que darte cuenta que todo lo que pasó recién está empujando a la banda directamente a eso... actitud... ¿por qué no dejás de preocuparte por esos dos mamones? -bebió otro trago-, ¿sabés que te falta a vos?: a vos te falta el coraje suficiente para ser famoso, para ser alguien que sobresalga del común de esta mierda -señaló a todos en el bar-. Vos querés ser famoso, pero con una fuerte premisa de placer instantáneo incorporada al hipotálamo. Es decir: vos no tenés ni idea de lo que significa ser famoso. No tenés ni una décima del carácter que hay que tener para enfrentarlo. Sos un muerto, un muerto que quiere el mejor ataúd de los que se consiguen en plaza.

El bajista se bebió la cerveza de un solo trago y se levantó de la mesa. Esta canción ya la había escuchado unas cuantas veces. Estaba realmente podrido de todo.

El Pelado nos miró y sonrió con una mueca infame. De sus ojos salieron chispas del más puro resentimiento, aquellas mismas que le deben haber salido a Nietzsche cada vez que intentaba comunicarle algo a sus coetáneos sin suerte alguna. Pero peor, el Pelado no era Nietzsche. Todo aquel que no es Nietzsche sabe perfectamente que no es Nietzsche, y le duele. No ser Nietzsche en los momentos en los que uno debe ser Nietzsche es lo peor que te puede pasar.

Dio la vuelta en falso alrededor de la mesa y se fue casi corriendo hasta el baño. Nadie lo vio pasar excepto nosotros, que nos quedamos atónitos observando como metía a empujones a uno de los dos periodistas -que, envalentonados por el empellón al del bajo habían vuelto al bar- al water.

El olor que llegó desde el baño al abrirse la puerta me descompuso.

Betito, que es una bestia de lo más intuitiva se levantó como saludado por 220 voltios de corriente alterna, me miró. Creo que dijo algo así como “este hijo de puta no puede...” no sé que, no le entendí el resto porque ya se estaba yendo para el baño... ¿aprovecharse de un periodista cagón...? ¿pegarle el solo...? uno nunca sabe con Beto. Sólo transcurrieron unos cuarenta segundos hasta que se desató el gran y macabro quilombo. Fueron de esos segundos en los que todo se aprecia de otra manera, como si alguien tuviera un gran control remoto y aplicara panorámicamente un cuadro por cuadro a todo; un cuadro por cuadro que uno está condenado a ver. Sí o sí.

No sé explicar algo tan... sensitivo. Puedo referir, como ejemplo para que el lector comprenda, una vez, durante la escuela primaria, cuando vi como una pelota de voley rompía un cristal del aula en la que estábamos tomando clases. Vi esos vidrios, que se caían despacio sobre Luis Alberto y Karina. Ella se tapó los oídos con miedo del estallido de cristales, de alguna manera se protegió de la pequeña catástrofe con la intuición y el instinto de supervivencia que sólo las mujeres tienen. Luis Alberto, en cambio, pibe demasiado ingenuo, levantó la cabeza, con la imprudencia que da la curiosidad del gato. Entonces pude ver cómo le caían los vidrios sobre la cara, pude ver una astilla clavándose en su mejilla derecha. También pude ver perfectamente cómo salía corriendo por el pasillo del aula frente a la mirada atónita del resto de la clase. El cuadro por cuadro terminó cuando la maestra apareció en el plano, corriendo a socorrer a Luis Alberto. A partir de allí todo comenzó a funcionar a la velocidad que corresponde, que es ésta que estamos acostumbrados a percibir.

¿Por qué percibí aquella caminata hasta el baño de Beto, su cara de espanto al abrir la puerta y el grito de horror que pegó en modo cuadro por cuadro? Nada. Nunca lo sabré porque nunca podría intentar averiguar algo tan poco racional con seriedad.

La puerta del baño se llenó de gente en tres segundos y medio. Si hay algo que no hay que perderse por estos días es un buen y truculento momento en la ciudad; sea choque, sea suicidio, sea accidente laboral fatal. Nada, no debemos perdernos nada. Es como la tele; pero la tele de ahora, en donde “la gente común” puede ser la protagonista.

En quince segundos la gente estaba apilada en ese pequeño espacio. Una chica gritaba, mal, como si estuvieran decapitando a su perro en un aquelarre doméstico. Beto la miraba con la cara desencajada (y yo lo miraba a él con la inquietante atracción que causa ver un rostro lleno de pánico), el negro parecía estar más espantado que ella y que las cuatro o cinco personas que alcanzaban a ver con precisión videoográfica de primer plano qué es lo que estaba sucediendo dentro del servicio de hombres.

Cual rayo y por la puerta de calle venían ingresando el Pelado y un cabo de la policía. Juntos. Casi de la mano. Los dos portaban cara de venir a traer algo de claridad en el caos. Al pasar al lado mío retuve al pelado por el brazo.

 ¿Vos no estabas ahí adentro?-, le dije, con la inequívoca certeza de que todo aquello no podía ser.

 No alcancé a decírtelo recién, cuando estábamos sentados acá... pero yo a vos te conozco de algún lado- me dijo, sin dejar de mirarme a los ojos. Sonrió como un pibito hermoso, feliz de la vida.

No lo soñé: entre sus encías y sus dientes había sangre. Mucha sangre.

Sombra de la noche negra

Escuchaste durante la lectura de hoy :

"Rammstein" (Eskimos & Egypt Instrumental Edit) de rammstein

"All Your Goodies Are Gone" de PARLIAMENT FUNKEDELIC

"Sombra de la noche negra" de PESCADO RABIOSO

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El seis

El cinco

El cuatro

El tres

El dos

El uno

autor Fernando HoraDomingo,22 de julio de 2007
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(6)



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  • #1 ..··. Lindon ··..· 23/07 .·.. 05:12

    De este capítulo rescato: "No ser Nietzsche en los momentos en los que uno debe ser Nietzsche es lo peor que te puede pasar" esa frase estámuy buena

    abrazos a todos los tabanos del mundo

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  • #2 ..··. Marita ··..· 23/07 .·.. 06:01

    Me gusta Barri, porque uno de los periodistas podrias ser tranquilamente vos y sin embargo le das con un caño

    Eso si que es poder de autocritica!!!!!!

    ;) :):):)

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  • #3 ..··. Matu ··..· 23/07 .·.. 06:25

    A mi me gusto mas el anterior y el anterior al anterior tampoco me gusto tanto. Es decir que llege a la sig conclusion:

    cuando hay sangre a granel y colmillos en acción me pongo como locoooooooooooo!!!!!!!!!!!

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  • #4 ..··. Emi ··..· 23/07 .·.. 13:02

    Barraza

    Tus personajes son verborragicos como vos

    a favor y en contra

    [Molestá con algo]
  • #5 ..··. Marín ··..· 23/07 .·.. 19:01

    Rescato el sentido de la emoción que el escritor le da a sus personajes

    esta bueno

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  • #6 ..··. Lorena ··..· 24/07 .·.. 09:10

    A mi me esta faltando algo tipo guarida de los vampiros para saber que quieren en realidad. Eso es un cliche del genero, pero le da mucha sustancia a los personajes

    Faaaaaaaaa

    HE dicho

    [Molestá con algo]

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