tReS fRaGmEnToS aL PrEcIo De UnO...

RAFAEL (Capítulo VI)

“Un día estarás tumbado/ allí, en un delicioso trance/ y de pronto una caliente/ brocha enjabonada te será/ aplicada en la cara./ Lo tomarás a mal./ Un día/ el empleado de la funeraria te afeitará” JACK KEROUAC

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Atmosphere JOY DIVISION

XI

Entró a la disquería.

Era una sucursal de esas mega-tiendas que de vez en cuando caen en cualquier ciudad de Sudamérica y barren sin más las viejas disquerías del lugar; uno de esos locales abarrotados de backlights con las caras de los que más venden esa semana, ese mes, ese día; uno de esos lugares llenos de televisores encendidos, de grabadores en 36 cuotas, de monitores con trials de Tomb Rider.

“Mierda de lugar”, decía el pibe para sus adentros y caminaba para el fondo del local, ahí donde estaban acovachados la mayoría de los discos que a él le gustaban. Bien darkie, bien punk.

Tenía 17 años y nunca te miraba a la cara. Salvo en contadas excepciones, como aquella en la que se plantó frente a su profesora de Inglés, que le quiso sacar el walkman en clase, humillándolo frente al resto de sus compañeros. La mina era una de esas profesoras recién recibidas que creen fehacientemente que todos sus alumnos hoy son unos pajeros que el día de mañana pueden llegar a cambiar, pero que hoy -en sus días de escuela- no son más que una sarta de imbéciles que sólo están allí para robarle el tiempo a la vida, plata al estado y blablabla. Nada fuera de lo normal entre algunos profesores ciegos de la ciega clase media de este tercer mundo, todos esos viejos y esas viejas cacatúas que piensan que sus alumnos son una suerte de fenómeno espontáneo (¡aislado!), seres creados exclusivamente bajo las cuatro paredes de sus estúpidas escuelas. Pero en aquella tarde del walkman-gate, Nicolás (así se llamaba el pibe) se reveló por completo. Harto de todo, recuperó el aparato incautado de manos de su profesora con un manotazo no digamos violento sino... certero.

La mina lo miró, azorada. Y en el momento en el que la iba a emprender con una de esas cantinelas correctivas que ni Foucault soñó de láudano, el pibe levantó la mirada. Con los ojos negros, delineados de rimel, clavó los puñales de la decisión sobre su profesora: “¿Qué quiere? -le dijo-, ¿le molesta que me aburra en sus clases?”, la empujó, y cuando la tenía a un metro y medio de su propio cuerpo le recitó en un perfecto inglés la barroca y romántica letra del “Bridges are burning” de los Mission.

La profesora no se quedó a escucharlo hasta el final del recitado, claro está. Con los ojos y la voz de Nicolás clavados en la nuca se fue a buscar al preceptor, que era un declarado fan de sus tetas preciosas -y por ello un tipo capaz de apañarla en todas y cada una de sus exigencias-. Cuando llegaron al aula se encontraron con la monada riendo extasiada. Todos amaban -en el fondo- los numeritos de Nico, aunque lo tratasen todo el tiempo como si fuera un loco peligroso para sus normalidades standard de Marcelos Tinellis.

Los chicos reían y Nicolás ya les recitaba un fragmento de “Hamlet” a los gritos: “¿Veis aquella nube cuya forma es tan semejante a la de un camello?”, les decía, y gesticulaba frente a sus compañeros, que aplaudían la pequeña descarga de rebeldía que nunca se animarían a tener.

Aquella tarde se llevó catorce amonestaciones, una menos de las que se necesitan para salir por la puerta grande de los parias. “Y no volver a entrar nunca más”, pensó, envalentonado en esa posibilidad de llevar a cabo el plan y quedar afuera de esa incómoda situación llamada colegio secundario de un solo, fino y delicado golpe.

Entonces se dio vuelta miró a su profesora de inglés, al preceptor (que no dejaba de mirar las caderas de la minita) y a la directora del establecimiento, que había llegado alertada por el quilombo. Viendo a cada uno a los ojos les recitó a los gritos: “¿Cómo os va, sobrino Hamlet?... Perfectamente, señor. Me mantengo del aire, como un camaleón. Engordo de esperanzas”. Sonrió y salió por la puerta del aula con el paso desgarbado que lo caracterizaba. Es de hacer notar: ninguno de los tres se animó a ponerle la decimoquinta amonestación.

Ahora volvamos a la disquería, lugar donde Nico no acostumbraba a mirar a nadie a los ojos. En un resumen facilista por intentar analizar de manera barata a Nico, habría que discernir que estos destellos de indiferencia y timidez siempre se manifiestan en los sitios destinados al rencor, son motivados por cierto desprecio hacia el común de la raza que todo adolescente medianamente inteligente siente con fuerza abrumadora. Y Nico era un tipo inteligente.

Recta final en la disquería. Al llegar al mostrador de atrás con la cabeza gacha escuchó una voz bien reventada y fasera que le decía casi al oido: “¿querés escuchar el tributo a Joy Division, no?”.

Tuvo que levantar la vista.

La mina tenía el pelo ensortijado, casi hasta la cintura. Llevaba puesta una de esas remeras con el logotipo de la firma en el pecho y llenas de ridículos pines que les hacen usar a todos los empleados de cadenas siomes en todo el planeta.

“De Phillip K. Dick”, dijo Nico por lo bajo al ver todos esos botones de plástico colgándole de los pechos. La minita casi lo escuchó.

 ¿Cómo sabés que vengo a escuchar el tributo?.- se apuró a decir para que la mina no reaccionara con su comentario ácido.

 Pantalón negro, borceguíes en verano, ojos delineados, una remera de Cristo colgado cabeza abajo, una red en el brazo, las uñas pintadas de negro y la timidez a flor de piel... ¿a qué vendrías a una disquería de consumo masivo si no es a buscar la única novedad de tu palo promocionada todo el día en MTV?

 Está bien.- Dijo él, y sonrió, con una sonrisa diferente a la de soberbia que solía dedicarle a todos en cada misa de negro que celebraba en contra de un mundo regido por propagandas de Sprayette y acuerdos basados en el riesgo país.

Miró los rulos, miró la remera, miró los ojos. Suspiró. O más bien fue un pequeño gemido, tierno, casi imperceptible. Rulos sonrió.

 “Carezco de arte para medir mis gemidos”.- le dijo, volviendo a recitar Shakespeare una vez más.

 Hamlet, escena dos. Polonio y la Reina departen delante del Rey y Voltemand.-Le dijo ella, como si fuera una respuesta contra-reloj para Odol pregunta.

Los ojos de Nicolás abandonaron inmediatamente su habitual pose Bauhaus y se encendieron por completo.

 Para mí es mucho más fácil que para vos -le dijo rulos- así que te la voy a hacer cortita. Te espero a las diez de la noche en el banco de la galería de enfrente, y te venís a casa, que hoy voy a hacerte probar algo bien distinto.

Nico gimió, ya sin importarle qué diría rulos. “Chau... hermosa”, le soltó, sin tener en cuenta hasta que grado uno da rienda suelta a lo que terceros podrían considerar como un espontáneo arranque de cursilería de lo más barata. Así caminó tres horas y media por el perímetro del shopping. En la puerta misma del mall se encontró a Panizza, su preceptor, que no supo ni pudo decodificar la cara de alegría del pibe: “Loco, como el mar y el viento cuando disputan entre sí cual es el más fuerte”, le dijo, y acompañó la declamación con una agarrada de bolas intensa y grosera, casi de cancha. Panizza miró a su mujer, una tipeja de cincuenta con cara de no coger desde hace tres meses. El pibe así, ensañado, era horrible, casi un muñequito para filmar Chucky cuatro

A las diez Nico no podía parar de temblar. Se había gastado sus últimos mangos en una de esas ediciones escolares de Fontana del “Hamlet”.

¿Por qué regalarle a la mina un libro que ya se sabía de memoria...? pensaba... “¡Por si lo prestó, por si no lo tiene en su casa, para recitarlo esta misma noche en su cama!”, se autoexplicó.

Rulos le dio un beso en la comisura de los labios cuando abrió el sobre y se encontró con la edición berreta de Shakespeare.

“Sos un dulce”, le dijo. Una de las pocas cosas que dicen de corazón las mujeres de buen espíritu en cualquier rincón del planeta y en cualquier idioma cuando se sienten halagadas.

Las veinte cuadras que separaban el mall del departamento de rulos fueron tres para Nico. Trepando por la subida a Alta Barda la chica le habló de la hipocresía expresa de esta sociedad del nuevo milenio, de cuánto amaba la vigorosa negatividad de Nine Inch Nails y de algunos versos de Rimbaud que le hacían acordar mucho a Alta Barda de noche.

El pìbe flotaba. En apenas minutos alguien le estaba haciendo un zapping de afinidades que, de otra manera que no fuera aquella espontánea, tan mágica como poco racional, le hubiese costado años conseguir. Una suerte de tristeza remanente desde la alegría le corrió por el espinazo: “¿y si todo era demasiado fácil, tan fácil que era falso?”.

“No seas idiota”, se dijo, “pues si esto es diferente, separad esto de aquello. A poco que me ayuden las circunstancias descubriré la verdad donde quiera que se oculte, así fuera en el centro del universo”. El príncipe Hamlet volvía, desde la locura, a rescatarlo hacia el mundo de los cuerdos.

Al llegar a la casa de rulos lo primero que lo recibió -como una trompada intelectual y emotiva- fue una gigantografía pegada a la puerta de un pequeño vestidor: era un dibujo hiperrealista de Morrison, estaba casi dormido-muerto en su bañera de París, el mismo Morrison que la Courson vendió a la prensa. La copa de vino que sostenía en la mano derecha estaba a punto de caerse al piso, pero la bañera ayudaba a mantener el equilibrio final, el equilibrio necesario para que aquel rojo contenido no se cayera. Fuerte.

Rulos puso un cover de “Third Uncle” hecho por Nine Inch Nails para vaya uno a saber qué lado B de que maxi o banda de sonido que el rock le regala a sus fans. Nico se sentía en el aire, casi como el príncipe escandinavo.

No había posibilidad alguna de asegurar a ciencia cierta qué fue lo primero que entró a la boca de Nico cuando se sentaron en el sofá; si el tremendo porro que se fumaron entero, o la lengua de ella, tibia, húmeda, con el mundano pero candoroso gusto a mil cigarrillos fumados durante el día.

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musica rafael 04

No había tiempo de sacar cuentas (tampoco interesaba), cuando sonaron los acordes finales del “Sancto Sanctorum” de los Damned, los rulos de rulos le acariciaban las tetillas desnudas.

A partir de allí todo transcurrió en el impreciso tiempo de la excitación. Sintió el vientre de rulos pegado a su ingle, navegó en el indeclinable vaivén de sus caderas. Acabó una y otra vez -como el pibe que era- agarrado de su pelo.

Extasiado, tirado boca arriba en el sofá, con el brazo colgando, sintió que rulos lo mordía suavemente en la cara interna del codo (como quiera que se llame esa erótica bisagra de nuestros cuerpos).

La chica succionaba con fruición y luego escupía en una copa. Nico aceptó todo aquello como el momento más mágico de su vida. Los dos bebieron de su propia sangre. Mezclaron el coctel de saliva y sangre con la sangre de ella, que él chupó con excitación. Tanta que volvió a acabar a lo bestia, manchando el cobertor del sillón con un gigantesco islote de semen.

Y Nicolás -extasiado- vio el auténtico negro antes de morir. Y en ese preciso instante fue feliz. Inmensamente feliz.

La última de las postales que se llevó fue la cara de rulos recitándole suavemente Shakespeare, con mucha ternura: “Duda que hay fuego en los astros, duda que se mueve el sol. Duda que lo falso sea cierto; más no dudes de mi amor”.

El cadáver de Nico fue encontrado recién tres días después en el medio del bosquecito de Canal 7 por un grupo de pendejitos que hacían bicicross.

Estaba desnudo, tirado entre calefones y cocinas que la gente había arrojado a la basura hacía meses, hacía años. Desangrado, perfectamente, como los otros cadáveres. También, como en los otros casos, la policía no supo qué decir.

La prensa sí. Es que la prensa siempre sabe qué decir, aunque se trate de algo absolutamente insustancial o, lo que es peor, totalmente falso.

Al velorio de Nico fueron todos sus compañeros. Pedro, su mejor amigo, se encargó de que sonara música gótica durante todo el sepelio.

En un rincón estaba Panizza con su mujer. (¿pueden creer si les digo que estaba bastante excitado con las piernas de la de inglés, que se le marcaban debajo de una ajustadísima pollera negra de tubo?).

Por cierto, la de inglés no podía parar de llorar. De una manera absolutamente facilista (carne de cañón para su psicoanalista) se sentía inmensamente culpable por la muerte del pibe. El episodio del walkman, y bububuuuubujúúúúú y blablabla.

Seis minutos antes de que cierren el cajón y lo sellen para siempre, una enigmática piba de rulos depositó dentro del ataúd una versión barata del Hamlet. Levantó las manos del cadáver y lo colocó allí abajo, donde se atesoran los mejores recuerdos de cada muerto de occidente.

“Gracias mi vida, a él le encantaba Shakespeare”, le dijo entre llantos la madre de Nico, que ahora estaba más chapa que cuando su hijo vivía.

Rulos acarició el pelo de Nico. Por dentro del espinazo del finado corrió una carga de electricidad muy fuerte. “No estoy muerto. Es mi velorio y no estoy muerto”, decía un hilo delgado de voz en la cada vez más activa mente del muchacho muerto. La sensación era indescriptiblemente intensa.

Entonces agudizó los sentidos desde el más oscuro sitio de su cuerpo sin vida y pudo sentir algo sonando cerca de su oído. Era una voz bien fasera que le susurraba Shakespeare en la mente: “Déjame tomar parte en tu dolor pues, si no, me niegas un derecho. Oyeme aparte”.

Sintió, del lado de los muertos (en ese universo inexplicable de sombras y olor a humedades de siglos), que sobre su mejilla maquillada (en la lúgubre estética de las casas velatorias) caía una tibia lágrima. Una lágrima de rulos.

Entonces Nico sonrió.

Rulos se agachó (¡de inmediato!), le besó la boca y aprovechó la ocasión de congoja social, la típica postal de velorio, para borrarle con los dedos la incipiente sonrisa al cadáver.

Nadie debía darse cuenta de que el pibe no había muerto. Al menos que no había muerto en el sentido habitual que le concedemos al inevitable acto del morir.

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musica rafael 03

XII

Y ahora chito el gallito.

Me tenía que quedar en el molde. Me tenía que quedar en casa preguntándome todo el tiempo qué era lo que me había pasado.

¿De qué iba todo ese quilombo de la piba promotora de mayonesa mordida por un vampiro? ¿No había sido aquél el más real de mis putos sueños?

¿Cómo continuaba esto?, ¿la “realidad” me tenía preparados más de estos chistes de pésimo gusto? Y ahora chito el gallito.

Lo había visto todo o, más bien, lo que debía ver. Había visto ese cuello, había sentido ese aliento. Había visto sus ojos bovinos, inyectados de muerte. Me habían tocado sus manos de mármol.

No pude resistirlo mucho más, encerrado en casa, justificando de manera boluda mi ausencia en el trabajo. Tenía que salir al mundo, tenía que tratar de arrojar algo de claridad al negro macabro de esta historia. Tenía que dar por culo al miedo, de lo contrario el miedo terminaría por volverme loco.

De manera muy poco prudente (la prudencia es lo primero que hay que perder cuando se quiere derrocar al miedo de la propia mente) volví al bar la quinta noche, y la sexta, y luego la séptima. Como hacemos siempre, como es habitual, como nunca pudimos dejar de hacer las cosas.

Volver.

Reincidir cuando todavía no hemos podido apagar el fuego de la sesión anterior. Volver a buscar el nuevo olor sin extinguir la memoria del viejo. Todo junto, todo apilado, todo en un atolondre-zapping, todo vértigo. Como en las 24 horas de la carrera de obstáculos gigantes.

A veces pienso que los de mi edad y yo somos bestias que jamás aprenderemos a hacer las cosas con calma. Lo peor de lo peor es que este tipo de pensamientos no me descoloca, ni hace de mí un busca pleitos hecho y derecho que busca encarnizadas riñas en el diván de algún lacaniano. Nada de eso.

Todo lo contrario.

Es que nosotros no somos traumados, pero jugamos todo el tiempo a serlos.

Este es un lugar sumamente confuso. Los antihéroes pueden llegar a ser los campeones del torneo, o pueden despertar la indiferencia más grande por parte de la afición. Nada está del todo claro, a pesar de las cataratas informativas que nos circundan todo el tiempo. Nada de lo que hagamos hoy por hoy puede ser lo suficientemente claro o cristalino.

Ya no corren los ideólogos del alma, ya no nos alcanza con vivir un instante de inocencia infantil. Hemos asesinado a todos los niños que intentan razonar de manera directa desde nuestro interior. Naïf, pero cierto. Ya no podemos inventar una religión que nos contenga en los momentos más difíciles. Nuestras almas están machacadas de siglo veintiuno, nuestros pensamientos ya buscan por si solos formar parte de esta gran jungla del desorden. Aquí, en el Tibet, en Sunset Boulevard, en Tokyo, en cualquier rincón de este desaforado mapa todos entendemos a la perfección el lenguaje de quien levanta los brazos y grita desesperado... sin que nada nos importe demasiado.

Por eso aquellas noches le dije adiós a la prudencia. Adiós a las respuestas tibias, adiós al recreo de la acción. Dije: “bienvenidos sean todos a esta pesadilla colectiva llamada nuevo milenio”, un rincón espacio-temporal de la historia que -hagámonos cargo de una buena vez y para siempre- nos ha tocado protagonizar más allá de que nos asuste pensar en ello o no.

Entonces me armé de coraje y entré al bar la octava noche; una noche realmente distinta. Justo lo que me recetó el médico para empezar a dejar de sentir miedo. Y lean bien, porque dije empezar a, y no dejar de... que para nada es lo mismo.

Sobre todo si la carátula de la causa dice: “subocupado encuentra muertos vivientes en el camino”.

XIII

Llevé la carta a casa. Nadie en la comisaría fue capaz de considerar aquella misiva como una evidencia. Nadie reclamó por ella.

Yo. Solo. Yo, que iba a seguir investigando aquella locura macabra aún desde afuera de la institución, cualquiera fuera el precio a pagar.

Más allá de pertenecer o no a la fuerza policial de la provincia, mi deber moral me dictaba una cosa y solo una cosa: investigar esa vertiginosa carrera de sádicas muertes.

No iba a contar con la chapa de la institución, no iba a disponer de peritos, no iba a contar con el apoyo del laboratorio, ni con mi sueldo de detective. Estaba dispuesto a navegar sin el gran barco de la policía, como un náufrago de una superproducción de Hollywood, que cruza el ancho mar en una balsa de mierda; pero lo hace. Al llegar a casa desconecté el teléfono y borré todos los mensajes del contestador sin escuchar ni un solo segundo de ninguno de ellos.

Concentración, eso era todo lo que quería. Nada de mamis, ni de papis, ni de santas iluminadas diciéndome qué es lo que tenía que hacer cuando quedaba profesionalmente a la deriva. Nada de nada.

Concentración.

Saqué el sobre de una bolsa que yo mismo había utilizado durante el operativo y lo abrí con mis guantes de látex puestos.

La carta comenzaba con lo que yo consideraba un aburrido exordio de uno de los pequeños capítulos de “La vida después de Dios” de Douglas Coupland. Pero debo admitir que toparme con aquellos párrafos de Coupland se convirtió, en aquella ocasión, en algo aleccionador ya que, en el contexto de la investigación, tuve que revalorizar y concederle al texto su valor emocional oculto para mí hasta ese momento.

Eso es lo que pasa con la literatura, que la arrojas en otros recipientes y vive... aun fuera del agua. Eso es bello.

Quizás alguien lea párrafos de estas anotaciones en un futuro y encuentre literaturidad en algunos de ellos. Lo digo sin vanidad. Estoy hablando de... bien, no importa, no es para nada el tema esencial de estas anotaciones. La carta, les contaba, arrancaba con el antes mencionado párrafo de Coupland:

“Ahora ya es mucho más tarde. Por favor, sigue respirando, pues eso es lo que necesitas: oxígeno, luz y agua. Y tiempo. Pero nosotros no. Ya no estamos contigo. Ya no formamos parte de los vivos. Ahora esos pájaros están aquí con nosotros; aquí vinieron (...) Aquí también hace más frío, y es un lugar silencioso. Somos almas cambiadas, ya no miramos las cosas del mismo modo. Pues hubo un tiempo en que esperábamos lo peor. Y entonces pasó lo peor, ¿o no?. Y ya nunca nada nos volverá a sorprender”.

Texto calculador y definitivamente manipulador; un mensaje directo a los sentidos de quien la encontrara. Un texto teledirigido a golpes.

¿Cómo pudieron mis ex compañeros abandonar una pista así?

¿No era ésta la clave de ingreso a todo lo que había que resolver? ¿Puede una institución tan afiatada en el poder ser tan torpe? ¿Cómo llegó una bestia megalítica como la policía al lugar que le toca ocupar en el nuevo orden mundial... bajo las órdenes de quién o quienes?

La carta comenzaba -formalmente- luego del preámbulo de Coupland:

“Amor. O sólo limaduras de él, que eso es lo que experimentamos. Pero, ¿hay alguien dispuesto a experimentar finalmente el verdadero amor? El mundo está lleno de necios que juran poder vivirlo. Vivir no es vida, es sólo un ensayo ilusorio de lo que podríamos llegar a hacer”.

Sin lugar a dudas había en estas rimbombantes frases un motivo exclusivo, un móvil criminalístico absolutamente explícito: ¡EL AMOR! Por favor, lean este párrafo:

“Bailar, danzar con él hasta que devuelva lo más importante de mí: mi propia alma. Bailar con él y quitarle la vida al resto.

Invitarlos a nuestra fiesta, la más sagrada, la esencial, la neverending party.

Bailar con él en los sitios más oscuros, ir de gira por su cuello, devolver en su boca la sangre que nos ha regalado. Bailar con él y descuartizarlo todo, todas las partes que conforman este impecable rompecabezas de amor”.

Que me lleven preso si detrás de estas palabras no hay una persona capaz de hacer todo (incluso asesinar brutalmente) por amor.

Eso.

Eso que me quita el sueño, eso me tuvo días pensando... en mi profesión, en mis colegas, en la necesidad pasmosa de mandarlos a la mierda. Eso me convirtió en el escriba monotemático con el que ustedes se han topado en estos párrafos.

Amor. Yo también estuve embuido en su esfera cegadora; yo también se hasta dónde sería capaz de llegar si lo necesitara más que al aire.

La carta nos empezaba a hablar a todos en el siguiente párrafo:

“Y perderme en sus alientos. Volver al feto. Renacer, para atravesar su sangre con la mía y experimentar todo el amor del mundo, no porciones mezquinas, ni fragmentos telenovelescos. Todo el amor. Imaginen al amor como totalidad... eso es lo que me ofreció, lo que él me dio.

Imaginen esa totalidad, aunque suene tan abstracta.

Imaginen otros todos y lo entenderán: imaginen, por ejemplo, todo el poder del mundo, todos esos gobiernos, todas esas iglesias, todas esas empresas.

Imaginen todo el ciberespacio en la Internet, todos esos sites de sexo, todos esos portales concentradores del consumo virtual, todas las casillas de mail del planeta y todos los canales de chat del mundo.

¿Ahora entienden qué digo cuando digo todo el amor del mundo en mi cuerpo?”

No podía haber mayor enfermedad que aquella que expresaba este o esta psicópata del amor. Disculpen la insistencia, pero... ¡Qué necedad la de mis compañeros de cuerpo al no tomar en cuenta esta carta!

Hagan el siguiente razonamiento elemental: ¿cuántos móviles existen para realizar un asesinato? Tres, cuatro... ¿cuántos más?

Avaricia, amor, odio, locura... no son muchos más los que puedan agregarse a la lista.

Luego están sus “amigos menores”: de la mano de la avaricia viene la codicia, la compulsión consumista. De la mano del amor llega el desamor, el desencuentro, la asfixia de los celos. Junto al odio caminan las infinitas manos ramificadas de su poderoso tronco. De la locura se desprenden los hijos más temidos: perversión sexual, ira paranoica...

Con este cuadro de razonamientos básicos efectuado, ¿cómo se puede ser tan pelotudo para dejar pasar por alto una carta así? Sobre todo si termina de una manera tan evidentemente reveladora:

“Veo a través de sus ojos, los ojos de mil muertos, los ojos que desparraman no vida en vida, los ojos seculares, sangre de la herida. Sangre por todos lados, como una hemorragia necesaria para ser ahora quiénes somos. Ahora necesitamos sangre”.

Qué decir de un final así... tan contundente.

CONTINUARÁ

La música que te acompañó durante este capítulo fue:

* "Atmosphere" JOY DIVISION

* "Sancto Sanctorum" THE DAMNED

* "Sabbath" BRAD MELDHAU



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  • #1 ..··. Marita ··..· 16/07 .·.. 04:30

    Sensualísimo y muy inquietante. Me encanto. Y eso que no me engancho todavia muy bien con lo de la carta

    La música se repite a propósito por algún motivo en especial?

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  • #2 ..··. Jor g ··..· 16/07 .·.. 15:41

    Hoy escuche que leian el capitulo al aire... una masa

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  • #3 ..··. Sonia ··..· 17/07 .·.. 05:10

    Me gusta que en este capitulo haya "psicopatas del amor", yo conoci unos cuantos en el camino asi que me siento representada

    [Molestá con algo]
  • #4 ..··. Majorina ··..· 17/07 .·.. 09:52

    Barraza

    Una vez entrevistaste en el programa a una escritora, una señora bastante mayor. Y me acuerdo que le dijiste que para vos había escritores morales y extra morales (creo que exactamente eso le dijiste) y que vos cuando escribías eras bastante moral, que tu pensamiento moral se transparentaba en lo que escribias.

    Entre ayer y hoy lei los seis capitulos primeros de tu novela y estoy de acuerdo con vos: tu moral se cuela en cada párrafo. A veces me gusta, a veces para nada.

    Nada. Quería decirte solo eso.

    Saludos a todos y todas

    [Molestá con algo]

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