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El tema fue decidir si me iba o si me quedaba allí, al lado de esa chica, que tenía eso en el hombro, que tenía esa expresión de muerte en la mirada.
Lo malo de las verdaderas dudas existenciales (no esas disquisiciones baratas de café universitario) es que siempre te agobian. Por ejemplo, yo, en aquel momento, no podía apartar la vista de esa asquerosidad que ella se acariciaba como si le quemara. No me animaba a mirarla a la cara, pero seguía mirando esa cosa de mierda mientras me preguntaba mil cosas a la vez. Agobiado, ¿entienden? No dejaba de pensar en que aquello podía ser la mordedura de un insecto que yo no conocía, una reacción alérgica repugnante más en la historia de las repugnancias a las que estamos sometidos todos los que vivimos encapsulados en un físico de carne, huesos. Carbono y agua.
Podía ser cualquier cosa, podía ser... nada.
Ella se apartaba el cuello de su camisa blanco/impecable de promotora de mayonesa y se acariciaba la porquería con la yema de los dedos, y yo flipaba como un pibe con cuarenta de fiebre.
Preferí mirarla a la cara. El paisaje no fue mucho más alentador.
¿Te pido algo fuertecito?- me dijo, pensando que un whisky tendría chance alguna de arreglar algo en aquel desparejo juego de espanto.
No... bu-eno... s-ss-sí- sin darme cuenta de nada, giré la cabeza para ver a Rodolfo, que ya estaba poniéndome un whiskicito en el borde de la mesa. Me pareció ver que él le guiñaba un ojo a la piba. La muerta. No sabía. No sabía nada: ¿de dónde sacó Rodolfo que yo quería tomar un whisky, si yo no había abierto la boca?, ¿de dónde había salido esa chica, con esa asquerosidad en el cuello?, ¿qué hacía yo esa noche en La Vereda? Podían guiñarse todos los ojos que quisieran...
Te vas a tener que serenar un poquito- Soltó ella, como si fuera fácil serenarse en tal caso. Desde la mesa de los pibes, Beto hacía un comentario estúpido, uno de esos comentarios sexistas de bar. Yo no lo podía creer... ¿en qué estaban pensando aquellos pescados? ¿que tuviera sexo con una muerta? Ni en mis peores pesadillas eróticas. Pensé por segunda vez en salir corriendo de allí adentro; gritar más fuerte que la música. Gritarle a todo el mundo que la chica que estaba en mi mesa estaba muerta. ¿Estaba muerta?
Llamé a la señora cordura a sentarse a la mesa con nosotros, la necesitaba. Tomé el vaso de whisky en tres certeros tragos. ¿Quién es ella?, pregunté en el primero, ¿qué es lo que tiene en el cuello?, en el segundo y ¿cómo mierda se yo que ella está muerta?, en el tercero.
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Ella sonrió con esa mueca que la muerte en vida le había dejado en la cara.
Soy la Mona Lisa- dijo, burlándose un poco de mi miedo- en el cuello tengo la marca del amor del que me quitó la vida- tragó saliva, sus palabras sonaban a viejo libro de conjuros- Vos sabés que estoy muerta. Sos la única persona capaz de entender algo así de todos los que están aquí adentro.
Apoyó su mano sobre la mía. Sentí el mármol de una tumba gigantesca caer sobre mis nudillos. No sabía por qué mierda decía todo aquello. ¿Qué era toda esta mierda de pitonisas?: ella no sabía quién era yo. Ella estaba desesperada.
Beto quería llamarme la atención, ¿fue por eso que tiró un vaso de cerveza lleno al piso?. Rodolfo vino hasta la mesa de los pibes y le pegó con el repasador en la cabeza. No lo soñé, volvió a guiñarle un ojo a la morocha. Todo comenzaba a ser demasiado burdo. O no, ¿qué digo?... un muerto en vida no es burdo. Observé con atención, la piba le devolvió la gentileza con una mueca sensual difícil de describir.

Una noche, hace tres noches- dijo, mientras me apretaba la mano y me clavaba un poco las uñas en la palma, sin ningún tipo de preámbulos- vine a tomar algo acá, ¿te acordás?, vos estabas en la barra, conversabas con Rodolfo.
No, no me acuerdo- dije, sin querer pensar en tres días atrás. Ella sonrió. La luz negra le puso blancos los dientes. Mi cara debe haber sido tremenda, porque ella me apretó la mano aún más fuerte y me pidió por favor que no me fuera. Yo levanté la mano. Rodolfo sonrió desde la barra y me sirvió otro de los whiskies sedativos de esa noche.
Hacé memoria, ¿te acordás del tipo que tenías al lado?
No- Mi terquedad comenzaba a ser por demás idiota.
Cómo no te vas a acordar...- Hablaba sin abrir la boca.
¿A ver?: canal infinito presenta...- tomé un gran trago de whisky, como para demostrarle que era un poderoso amo de la ironía.
Mirá nene, lo que voy a contarte merece que me escuches con un poco de atención y te olvides por un rato de lo gracioso que podés ser- Se enjuagó la boca, se tocó la herida, se desabrochó la camisa un botón más. “Qué hermosos pechos”, pensé, para -al instante- recapacitar acerca de lo estúpido de mi comportamiento libidinoso.
Veamos- Dije, como si fuera su psicólogo.
¿Estás seguro de que querés ver?
¿Ves?, ahora la boluda sos vos. ¿A vos te parece que yo me quedaría acá si no quisiera saber qué carajo está pasando?
Tenés razón- sonrió piadosa -, esto está muy difícil- se tomó un trago de la cerveza, parecía descompuesta... “si es que los muertos pueden estar descompuestos” pensé -No estoy muerta - dijo ella, confirmando que podía entrar a mi cerebro y salir como si yo fuera un maldito participante de un reality show telepático.
Entonces definíme tu estado- lo dije asustado.
Eso mismo iba a hacer- dijo, seca, completamente seca. Volvió a tocarse el cuello, yo pensé que no lo iba a aguantar más. Ella lo supo, claro está, y se cerró el cuelllo de la camisa. Le ardía, cerró los ojos cuando se abotonó. Su cara era una cara de dolor, de gran padecimiento físico.
Intenté ser piadoso con ella, le dije que dejara uno o dos botones abiertos, que no sufriera tanto, que no me asuste, que vaya despacio, que me explique todo, que dejara de mirarme con esos ojos de vidrio, que me diera las manos para calentárselas, que dejara de sonreír con esos dientes pavorosamente blancos, que se fuera, que se quedara.
Ella se largó a llorar. Yo me paré, me fui hasta su asiento, la abracé. Olía a mármol. Un escalofrío me trepó por la columna. Beto gritó uno de sus “eeeeeee-ssssaaa”. No sé si era para mí. Ya no me importaba nada.
Ella me corrió de su lado, allí mismo dio por terminado la jornada de abrazos consoladores. Entonces me ordenó sentarme enfrente suyo. Se secó las lágrimas. Ya no sabía si me estaba comiendo el flash, pero noté que las lágrimas le mancharon de manera irreal la piel de la cara.
Me quedo. Escucho- Le dije, casi como un nene.
El tipo que me hizo esto recién estaba al lado tuyo, en la barra, tenía ojos de caramelo, de esos ojos que te entran en la mente, como si te estuvieran cogiendo- se miró las palmas de las manos, como si estuviera leyendo el guión de su vida de muerta en las líneas de sus propias manos -no sé para que te digo esto, si vos sos hombre. Jamás vas a entender una cosa así.
Ah... mirá vos cómo son las cosas. Resulta que estoy capacitado en mente y alma para entender que pueda estar hablando con alguien que ya murió, pero sin embargo no puedo entender una pelotudez que las mujeres siempre creen que sólo ellas y su refinado estilo de vida están capacitadas para entender, esas mañas de género en las que las minas se cuelgan y empiezan diciendo: “Porque ustedes, los hombres...”-me interrumpí solo- Esto es ridículo, una charla de género con una muerta. (¿lo dije o lo pensé?, qué más daba: ella iba a saberlo de todos modos).
El tipo estaba al lado tuyo- retomó, como si le hubiese importado un carajo mi estupidez sobre los géneros -no se movía demasiado. Creo que me miró una o dos veces. Con eso alcanzó. Yo había venido al bar por lo mismo que (supuestamente) vengo hoy: la distracción del mundano ajetreo, la posibilidad latente del escarceo amoroso. La histeriquita de paseo por la ciudad- se rió, sola -El tipo era justo lo que me había recetado el médico. No es por nada, pero las mujeres también clavamos el dardo para mantener tiesa a la presa...
Muy poético...- Me había gustado aquello, levanté mi vaso de whisky en señal de haber entendido a la perfección de que se trataba todo aquello, al menos ese principio.
Gracias- se rió.- Esta vez la acompañé y sonreí -El tema es que, como buena mujer que soy, pensé en distenderme primero, atacar después...
Esto se parece cada vez más a una película de Van Damme- Dije yo, creyéndome el más vivo de la comarca. El asunto se estaba poniendo distendido. De repente recordé por qué era que yo estaba allí, escuchándola con atención. Mi cara cambió. Ella no necesitó leerme la mente para saber que ya estaba empezando a asustarme de nuevo.
Vas a tener que controlar un poco el miedo. El que estés acá es exclusivamente tu decisión, ¿vas a escuchar todo lo que te diga? tendrías que dejar de tener tanto miedo. ¿Tengo acaso el aspecto de alguien que va a hacerte daño?- Sonrió con mil tristezas enajenadas en su rostro. Tenía aspecto de muerta, pero también de alguien inofensivo. ¿Pueden convivir ambas realidades sin que uno tiemble como una hoja en medio del viento del Parque Central?
Dame fuego. Contáme de ese tipo y no te zarpes conmigo; dejáme tranquilo, voy a hacer lo posible para no tener miedo, pero no me rompas las pelotas, porque ése es mi problema, no el tuyo- Encendí el cigarrillo, se hizo un silencio notable. Por un instante me olvidé de su porquería en el cuello, de su cara de cera, de sus labios morados, de su tenebrosidad gótica. Por un instante me olvidé de aquella realidad de video de Marilyn Manson hecha carne. Pensé en otra gente, otros miedos. Pensé en un extracomunitario con la visa vencida, corriendo por las calles de la concheta Florencia, escondiéndose en una alcantarilla. Pensé en un kurdo, siempre sin tierra; en un piquetero sin gomeras; en una adolescente a la que le dio positivo el evatest, llorando en la escalera de un hipermercado, con las carpetas en la mano, con ganas de morirse allí mismo. Eran otros miedos conviviendo con el mío en diferentes partes del mundo y al mismo tiempo. Me sentí acompañado. Suspiré. Al levantar la vista recordé que estaba hablando con una persona muerta.
El tipo estaba sentado al lado tuyo- lo repitió por vigésima cuarta vez. -El miedo comenzó a treparme -se tocó la panza e hizo un gesto ascendente con esos dedos preciosos hasta llegar al pecho- cuando el tipo me empezó a hablar con la mente.- Se frenó, sabía que yo tenía que digerir aquello que acababa de decir. Otra cosa más para digerir en aquella noche de incongruencias. Miré para atrás. Beto levantó una pinta de cerveza y me hizo señas de “salud, dinero y amor”. Respondí levantando mi vaso de whisky sin ningún tipo de interés. Pensé en preguntarle a la mina qué mierda quería decirme con “hablar con la mente”. Nuevamente no fue necesario.

“Es esto que estoy haciendo en este preciso instante”, me dijo ella, sin abrir la boca, sin mover un puto labio. La voz me llegaba desde adentro de mi propia cabeza, como si mi cráneo fuera un silo vacío. La comunicación me dolió, fue una especie de dolor blanco que hizo que me zumbaran los oídos. El vaso de whisky rodó al piso. Me agarré de la frente, o al menos eso fue lo que me pareció. No estaba seguro de nada, tenía un extraño agente alojado en mi cabeza. “Así, toda la noche”, me dijo ella.
Grité.
Ella se levantó conmigo, juntó mis cosas, me puso la campera como a un chico que su mamá lo está despidiendo en la puerta de la casa. Dulce beso de despedida. Adiós mi amor, que te vaya bien en el campamento, no tomes frío, hacéle caso al instructor. Todo se me juntaba en la cabeza.
“Me llevó a mi casa”, decía ella con la mente, lloraba, si es que se puede llorar con la mente. Yo, por escucharla con la mente, tropezaba en el escalón de la puerta de “La Vereda”. Mi mamá me seguía saludando desde algún confundido rincón de mi aturdida mente. Era un adiós dulce, lleno de ternura. De reojo, como en una especie de pésimo estrobo de cine argentino del más berreta, vi a Rodolfo saying goodbye to me con la manito. Como mamá, que en mi mente (que era un despelote infame, un obús de imágenes ralenteadas) ya se daba vuelta y entraba a casa corriendo por el corredor, con esos pasitos torpes que tienen las mujeres al correr, con el delantal de cocina colgándole y las manos húmedas de estar cocinando toda su vida.
Y yo que me daba vuelta, con la mochila en la espalda, y miraba al interior del micro que nos iba a llevar de campamento. Allí adentro estaban todos los scouts, con sus pañuelitos de mierda colgados al cuello y ajustados con esas cucardas de cuero que decían porquerías de niño fascista que está aprendiendo a ser aún más fascista. Y mamá se iba por el porche. Y en medio de los scouts estaba el Beto, diciéndome adiós con una sonrisa y el vaso de cerveza en alto.
Volví en mí (al menos eso es lo que creo). No tengo ni la menor idea del tiempo que pasó entre lo de mamá, los scouts, Rodolfo, el Beto y las palabras mentales de la morocha.
Estábamos sentados en un banquito de esos que te ponen en los boulevares para que mires a la gente apurada que pasa por delante de ti y no la entiendas nunca.
Ya eran como las cuatro de la mañana. Yo tenía un frío de cagarme. Ella me abrazaba y me frotaba los brazos. Todo estaba tan frío que tardé en recordar que ella estaba más fría que todos nosotros juntos. Al recordarlo me despegué como un mosquito que aparta sus diez patas de un brazo caliente para no morir aplastado de un manotazo, un minuto antes de lo que el destino le tiene previsto.
Ella se puso la campera sobre los hombros. Empezamos a caminar.
Acompañame a tomar un taxi- me dijo.
No vuelvas a hacer eso que hiciste recién en el bar- le dije. Al recordar el dolor de oídos y la confusión tuve ganas de vomitar.
Está bien- dijo ella, comprensiva, con la boca, como los seres normales solemos hacer.- El tipo me trepó a un taxi. No abrió la boca en todo el viaje, sólo me acariciaba el pelo y me seguía diciendo con la mente cosas realmente hermosas. Hablaba de siempre, hablaba de la luz en plena oscuridad. Hablaba cosas que jamás nadie se había atrevido a decirme. Me levantó la pollera en el asiento de atrás del taxi. Me frotó un poco. Me mojé.- Se rió, con una sonrisa que rayaba la histeria silenciosa de una actriz de vodevil borracha; aunque en el fondo había ternura; una ternura hecha de sinceridad; una ternura de niña. Hermosa. Lo juro.
Yo caminaba un poco lejos de su cuerpo muerto, de su tristeza. Intentando no acercarme demasiado hacía equilibrio casi sobre el cordón de la vereda. Ibamos Avenida Argentina abajo. Yo no paraba de mirar hacia arriba, hacia el lado de la Plaza de las Banderas.
Tenía que venir un maldito taxi que se llevara a esa loca de mierda, infinitamente triste e infinitamente muerta como estaba. Un taxi que la dejara en su estúpida casa (o en su estúpida tumba) para que se encuentre con su estúpido novio que le hablara de sus estúpidas cosas con la mente...
No viene ningún taxi.- Dije, casi implorando.
No.- Puso cara de que le interesaba una mierda mis ganas de borrarme del mapa- Creo que fue en el taxi donde me dijo que me amaba por primera vez. Yo podría haberlo mandado a la mierda. ¿Quién carajos cree hoy por hoy en el amor a primera vista? Pero yo sabía que él no me mentía, y entonces creí...- se frenó un poco- que íbamos a jugar en el sol para siempre. ¡Pobre pelotuda! -Una lágrima le rodó por la mejilla- No supe darme cuenta de que lo que estaba a punto de darme ese tipo era exactamente lo opuesto: the dark side of the moon.
The lunatic is on the graaas...- Se lo tararié en un tono histérico, quería hacerle entender que mi cabeza ya no me daba para más.
Me llevó a mi pieza, me acostó en mi propia cama. No me acarició con las manos, me acarició con esos ojos del color de la madera que... (pensó)... vaya a saber quién le puso a ambos lados de la nariz. Y yo acabé. Acabé como una pendejita de quince que se acaba de masturbar luego de cuarenta y cinco días de no tocarse por temor a ser una pecadora...- Le pareció terriblemente divertido y se rió.
Como un pibe que piensa en las piernas de su profesora de historia de segundo año.- Dije yo, que durante mi adolescencia me había masturbado doscientas veces con las piernas de aquella hermosa mujer.
Veramente. Después sí; se sacó la ropa- miró hacia el infinito, una línea de fuga que no existía en ningún plano-, y se tiró encima mío, que estaba acostada boca abajo en mi propia cama, que ya tenía la sábana de abajo mojada con mi propia faena. Su cuerpo era tibio, tenía una piel suave...
Como la de un cachorro que huele a leche y todavía no abrió los ojos.- Dije yo, que ya estaba en otro planeta, como si hubiese recibido un balazo de LSD en la nuca.

Sí.- contestó ella, dándome la razón para poder seguir- Me la metió despacio. Fui inmensamente feliz. Fui feliz como nunca en mi vida lo había sido. Me llevó hasta el borde de la cama cogiéndome despacito. Cuando estábamos en los límites mismos del colchón me hizo agachar la cabeza. Entonces sentí un ardor acá- se destapó esa cosa inmunda que tenía en la base del cuello. Ya me había olvidado de ella. Suspiré desconsolado. -Tuve el orgasmo más violento, doloroso, intenso, completo y fascinante que haya tenido en toda mi vida... (cerró los ojos, casi tropieza con uno de esos canteros prusianos que hay en la vereda de la sede del ejército)... el último orgasmo de mi vida. Llenó mi cabeza de imágenes mientras me mordía el cuello con bestialidad hitita, con el salvajismo de un perro de la calle que pelea por una bolsa de basura. El estaba dentro mío, la pija le crecía cada vez más, con cada bocanada de mi sangre que manaba de mi cuello. El estaba dentro mío, pero fui yo la que ya no pudo salir de adentro suyo. Mi mente repetía su nombre: “Rafael... Rafael”, era un coro de ángeles destronados, condenados por un Dios muy puto a vivir en el infierno para siempre. Rafael... el que me juró el amor más grande que pueda haber en esta tierra: el amor de los que nunca han de morir.
Cerró la puerta del taxi, que ya había venido, que ya había frenado, que ya estaba yéndose con ella. Y ella me miraba desde la luneta trasera con lágrimas en los ojos, ya me saludaba con la mano, como una pendejita yendo por vez primera hacia la angustia.
Sonrió con una sonrisa amplia, ésa que te dedican cuando te ven la cara de no estar entendiendo nada de nada.
Entonces le vi los colmillos por primera vez en toda la noche. Duros, grandes, amarronados, como dos afiladas dagas del cotillón de la fiesta de la muerte.
Ya estaba. Ya pasaba todo como pasó todo en aquella noche: cuadro por cuadro, sin que yo pudiera hacer nada para salir de esa película filmada por un demente caprichoso y paranormal.
La mejor manera de terminar de leer el capítulo de hoy es escuchando este último tema
Caminé por las frías veredas de la calle Buenos Aires hasta llegar a mi casa. La luna estaba espléndida, una de esas hojas canson blancas que tanto adoran los enamorados. A mí me parecía otra de las fantochadas surrealistas del demente realizador, ideólogo y guionista del pésimo film de terror que acababa de ver en vivo y en directo.
Estaba ido, pero de pronto recordé que aquello era la vida real. Entonces corrí las tres cuadras que quedaban para llegar a casa como un tipo que -torpemente- quiere escapar de la muerte a pie (tal vez eso era exactamente lo que estaba haciendo en ese momento...).
Al llegar a mi dormitorio prendí todas las luces y cerré la puerta con llave. Nadie lograría (durante el transcurso de cuatro días) sacarme de allí adentro por nada del mundo. En el techo vi, desde mi cama transpirada, la sombra de una mujer muerta, enamorada perdidamente de quien le había quitado la vida en el momento más intenso que jamás haya vivido.
Comencé a gritar. De nada sirvió, el único que ladró fue mi perro, que estaba del lado de afuera de la pieza. Ladró durante un día entero, durante dos, durante tres, durante cuatro.
Y ladró, y ladró. Pero yo no pensaba abrirle a nadie... ni siquiera al bueno de mi perro.

Las canciones que te acompañaron en esta edición fueron:
Numb de U2
Brain Damage por EASY STAR ALL STARS
Evil woman don’t play your games wuth me de BLACK SABBATH

Domingo,8 de julio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(5)


