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XVI

Lo último que me afané de la seccional antes de irme de la Policía fue la notebook del comisario.
Ustedes no pueden darse una idea de la cantidad de cosas que un comisario puede llegar a esconder en una notebook.
Canciones de Pedro y Pablo, una galería inmensa de fotos de chicas asiáticas con sus rosas estrechas y mojadas. En contrapunto, algunos txts con consideraciones morales tal vez un poco apresuradas, tal vez muy de escuela de policía de la provincia. Cartas nunca enviadas al Superintendente. Teléfonos... la lista completa de los teléfonos que necesitaba para poder continuar trabajando tranquilo.
¡Mucho por el comisario!; que no debe haber sentido la pérdida más allá de los jpgs asiáticos... que -pensándolo bien- no importaban mucho, porque ya los volvería a levantar de la red ni bien su superávit de horas libres se lo permitiera.
Con la notebook (más que un robo vinculado con la avaricia, un robo absolutamente necesario) comencé a trabajar sin respiro en casa. Quería saber cuáles eran los informes, las exposiciones y las denuncias que había en torno al caso. Pocas. Les parecerá que esto que digo es muy determinante... pero el comisario no había guardado casi ningún documento sobre el tema.
No voy a contarles en detalle, pero puedo asegurarles que la cantidad de vueltas que di por la pieza fueron muchas. Algo tenía que haber dentro de esa máquina que a mí me sirviera para saber algo acerca del personaje que había dejado aquella carta desesperada tirada en la habitación de la muerte.

Dos teléfonos me llamaron la atención. Uno estaba puesto en un informe de dos carillas y medias que el cabo Senaro escribió (en la críptica prosa de los informes policiales) para dar cuenta del primer caso de este tipo, hace ya dos años, en una casa del Barrio San Lorenzo:
“Eran tres las personas que apersonándose al escriba manifestaron saber algo sobre el occiso: el primero en prestar declaración fue Rafael Monsálvez, argentino, DNI N° 16.787.523, no reconocido en el procedimiento de averiguación de antecedentes por ser el sujeto extranjero de la provincia de Corrientes y....”
El escrito continuaba con otros dos nombres que me encargué de escribir en mi libreta. Dos nombres tal vez inútiles a mis fines, porque el único que se volvía a repetir (esta vez en un informe del sub-comisario Guasteo, dando cuenta de un asesinato en el country en el que vive desde hace algunos meses) era el de Rafael Monsálvez:
“Cuando el suscrito se apersonó al que había sufrido el accidente automovilístico a media cuadra de la escena del crimen éste se manifestó confundido frente al accidente de consideraciones que había tenido minutos antes con su automóvil marca Renault modelo 12gr del año 1985 patente rfa-213. Asustado frente al operativo montado en la casa del occiso y confuso por el golpe que había sufrido que le causó algunas lesiones en la boca que le sangraba y fue limpiada por el auxiliar camillero del servicio de guardia del hospital regional, el antes mencionado ciudadano presentó su documentación para certificar que era Rafael Monsálvez, de nacionalidad brasileña, pasaporte del Mercosur 19.345.233...”

La exposición de Guasteo abandonaba tres renglones más adelante a Monsálvez y le dedicaba unas seis páginas a la exhaustiva descripción de cómo había sido desangrado bestialmente su vecino, sin explicaciones demasiado claras para dar. Guasteo tenía miedo... el asesino había actuado casi en sus narices sin que él lo notara. Mientas tanto, Monsálvez había vuelto a aparecer en las cercanías de un crimen de este tipo.
Es increíble que un nombre dado dos veces por una persona, con diferentes nacionalidades, no sea reparado por el resto del equipo. Sin lugar a dudas la historia contada por Poe fue un gran cuento... verídico.
¿Qué más se necesita para desconfiar de un tipo que una noche enfrentó al escriba de la Policía y dijo conocer al tipo que asesinaron en el barrio San Lorenzo, y -casi dos años más tarde- era un brasilero que se golpeaba la encías y sangraba por la boca a media cuadra del desangrado? Alguien tenía que darme el teléfono de Monsálvez, porque sin duda alguna tenía que ver en toda esta inexplicable locura de querer sacarle sangre a la gente de esa manera tan psicópata.
De alguna manera tenía que encontrarme con Monsálvez.
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XVII
El Templo del Amor

Con el fuego de la pirotecnia sobre mí/ Con un arma para un amante y un tiro para el dolor a flor de piel/ Vos corrés para esconderte en el Templo del Amor/ Corrés para ser otro, pero todavía sos el mismo/ Por el viento que soplará mi nombre recorrerá esta tierra/ En el Templo de Amor ustedes se esconden juntos/ Creyendo en el dolor y escapándole al miedo/ Pero alguien cerca de ustedes cabalga sobre el clima/ Y las lágrimas que él lloró lloverán/ Sobre paredes tan anchas como los ojos de los amantes.
En el Templo de Amor: Brillá como el trueno/ En el Templo de Amor: Llorá como la lluvia/ En el Templo de Amor: Oí mi llamado/ En el Templo de Amor: Oí mi nombre
Y el diablo en un vestido negro observa todo/ Mi ángel guardián se aleja/ La vida es corta, y el amor se termina por la mañana/ El viento negro viene para llevarme muy lejos/ Con la luz del sol muriendo y la noche aleteando sobre mí/ Con un arma para un amante y un tiro para el dolor interno/
Vos corrés para esconderte en el Templo del Amor/ Corrés para ser otro, pero todavía sos el mismo/ Pero el viento soplará y tirará tus paredes/ Con el fuego de la pirotecnia sobre mí/ Con un arma para un amante y un tiro para el dolor/
Vos corrés para esconderte en el Templo de Amor/ Yo brillo como el trueno, vos llorás como la lluvia/ Y el Templo del Amor envejece/ Pero el viento sopla más fuerte, frío y por mucho tiempo/ Y el Templo de Amor se caerá antes de esto/ El viento negro llama mi nombre, a vos: nunca más
En el cielo negro el trueno lo barre la tierra/ Y sobre el sonido del agua cayendo/ Llorosos lamentos no salvarán/ Tu fe para los ladrillos y tus sueños para los morteros/ Todas tus plegarias no se parecerán a nada/ Noventa y seis debajo de la ola/ Cuando la piedra es polvo y solo en el aire permanece
En el Templo de Amor: Brillá como el trueno/ En el Templo de Amor: Llorá como la lluvia/ En el Templo de Amor: Oí mi llamado/ En el Templo de Amor: Oí mi nombre/ Y el Templo del Amor está cayéndose/ Abajo.
Andrew Eldritch

Me senté con el Pelado en el pasillo de la comisaría. O él se sentó conmigo. Qué más da.
Todos los concurrentes al bar habíamos sido detenidos. La Policía estaba convencida de que, entre los ciento cincuenta noctámbulos descarrilados, había uno que había osado ir más allá del soso terreno de la bohemia o la diversión nocturna y había asesinado brutalmente al periodista en el baño de La Vereda.
Una chica lloraba en el fondo del pasillo. No sé... tal vez por ella, tal vez por lo que dirían sus padres; tal vez por el periodista muerto. ¿Quién carajos puede determinar con precisión estadística por qué llora una mujer de 20 años en silencio, en un rincón de una comisaría una noche de homicidio?
Más allá, una mujercita de unos cuarenta años miraba los mosaicos del piso absolutamente perdida. Tenía uno de esos vestiditos cortos, que son medio hippies, medio atrevidos, con una de esas faldas que -al menor esbozo de brisa- suelen volar de manera divertida. Un brazalete de alpaca tipo viborita de Miró le enroscaba la mitad del brazo derecho; que estaba bronceado, como todo su menudo y bonito cuerpo. Tenía ojos azules, y una cara de estar bien desestresada; como que su ex marido le pagaba las clases de tai chi dos veces por semana y eso la dejaba joyita.
La mina nos miró e inmediatamente se acercó a nosotros. El pelado sonreía y me miraba con complicidad. No parecía para nada un asesino esperando por su víctima, sin embargo lo era. Una, dos, vaya a saber uno cuántas veces.
La mujer de la new age trató de ser lo más casual que pudo y se sentó en el piso con nosotros, tratando de taparse la bombacha con la poca tela de la pollera que le quedaba disponible al realizar la maniobra en el suelo. Enfrente suyo un par de chicos de veinte sonreían y hacían comentarios de alzados. Era lógico, la señora era muy linda, el clima de represión del pasillo de la comisaría y esas piernas bien torneadas disparaban esas inmensas fantasías adolescentes como rayos de Zeus.
¿Alguno de los dos tiene un cigarrillo? -dijo la mina, y luego (sin que medie preámbulo alguno) nos empezó a molestar con una pesada perorata que versaba sobre cómo y por qué iba a volver a fumar a pesar de haber dejado el cigarrillo hacía ya dos años y medio, blablablabla. “Esta es la primera noche en la que salgo sola luego de mi divorcio”, decía, y prendía el pucho que le pasó el pelado, “no sé... supongo que no tengo suerte. Debe ser mi karma...”
Lo único que nos faltaba. Una new age deprimida. -Fue lo único que atiné a decir.
¿Cómo dijiste? -Se enojó. Lamentablemente las personas que cultivan la new age suelen ser por demás susceptibles, como si...
... como si toda esa coctelera de filosofía oriental de bolsillo que consumen, y que (supuestamente) los convierte en mejores y más compasivas personas, no les sirviera para una mierda más que para verse el propio ombligo en una actitud calcada a la de los occidentales citadinos que tanto dicen odiar. -Dijo el Pelado, completando con exactas palabras lo que estaba pensando en ese preciso instante. A pesar de todas las mierdas que me estaban pasando por aquellos días (incluida ésa de estar sentado en el pasillo de una comisaría con un psycho), no tomé aquella lectura de pensamiento como algo sobrenatural; más bien interpreté aquello como una simple cuestión de sintonía. Todo aquello me estaba dejando cada día más loco, de eso ya no cabían dudas.
El Pelado -contento por la sintonía- sonrió conmigo y volviéndose a la balbuceante señora disparó:
Mirá, no me va a llevar mucho tiempo lo que voy a decirte. Sobre todo porque en cinco minutos nos van a llamar a los tres a declarar. Cortita te la voy a hacer: ¿no te parece que es hora de que te dejes de joder con eso de querer vivir una vida tan asquerosamente ordenada? ¿A vos te parece que hay alguien en este mundo que pueda alcanzar grados de iluminación en medio de este frenesí de individualismo? Pensálo, no seas tan snobista: intentar una cosa como la que te planteás es una tremenda paradoja, ¿no te parece?. A mí me parece que vos -la miró, le clavó un cuchillo en cada ojo- tendrías, como mínimo, que irte al Tibet para tratar de alcanzar la santidad que pretendés; pero también me parece que no te da el cuero para cambiar todo lo que querés cambiar. Es más, estoy convencido de que éste no es el primer cigarrillo que te estás fumando en dos años, ¿o me equivoco...?
No-o-o... tenés razón. -Dijo ella, ostensiblemente ofendida (pillada en su infantil falta), y aún así contestaba a tan poco apropiada pregunta.

Bien, es bueno que nos empecemos a poner de acuerdo y arranquemos en este difícil arte de decirnos la verdad. De nada sirve excusarse tras máscaras poco creíbles; aunque éstas sean las prolijas máscaras de la filosofía oriental -el muy maldito sonrío con sonrisa de niño; volví a notar que sus dientes estaban manchados ya de rosado, y que su lengua era blanca, como bañada en crema pastelera-. Es notable, tu actitud new age me recuerda a alguien que conocí hace mucho, alguien que, como vos, quería cambiar para ser una persona mejor; pero, como vos, tenía los registros corridos y ese cambio lo único que le produjo fue una profundización de los aspectos desagradables. ¿Entendés lo que te estoy diciendo...? tantas horas de yoga, tanto chi kun, tantas relecturas del zen, del kamasutra, del tao del amor y del de la guerra. Tantas toneladas de velas perfumadas derretidas y sahumerios encendidos. Tanta macrobiosis, tanta crisis kármica y liberación tántrica. Osho, Krishnamurti, Maharahi, Silo, Ravi Shankar, Banco da Gaia, Lorena McKennit, Enya y Sarah Brightman... ¿para qué?: ¿para asustarte con las cosas más simples de una sociedad que no estás preparada para analizar?, ¿para intentar transformar qué? Es mentira que quisiste cambiar, lo único que hiciste durante estos años fue tratar de salvar tu bonito culo de la llegada inevitable de la vejez. Cáscara, hedonismo pseudohippie. Vos no te diferenciás en nada de... deeeee... ¡mí! -soltó una carcajadita histérica-, este hombre que también quiso cambiar. Vos, igual que yo, sos una usina de hedonismo...

Lo escuché. Ella lo escuchó. Los dos quedamos callados. Recordé, de repente, que estábamos hablando con un asesino. Quise salir corriendo por el pasillo de la seccional; él me agarró del brazo. La mujer de la new age se puso de pie rápido. Los adolescentes dejaron deslizar algo parecido a un gaaaauuuu.
Un policía nos estaba llamando por los apellidos desde el fondo de aquel pasillo infectado de cera barata. El rati quería que declarásemos todo lo que habíamos visto esa noche.
El pelado me susurró al oído: “No tengas miedo, ella va a morir, pero vos no. Tenés que entender todo; por eso vas a vivir”, me dijo, con un tono monocorde y por demás amable... como si me estuviera leyendo una lista de casamiento al oído.
Yo estaba re cagado y me quería despertar... y volver a mi mundo de monótonas coincidencias de tipo de clase media, a mi aburrida vida de joven en vías de deprimirse por trivialidades fácilmente salvables.
Pero ya era demasiado tarde: yo, ellos, la vida y la muerte éramos parte de la misma situación, en el mismo lugar, a la misma hora.
Escuchaste durante la lectura de hoy :
"Sabbath" por BRAD MEHLDAU
"The temple of love" por SISTER OF MERCY

Domingo,5 de agosto de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(7)


