ToDo cOnClUyE Al fIn...

RAFAEL (Capítulo Final)

XXX

Nunca admiré tanto a Favalli como en aquel instante, a punta/ de inteligencia estaba librando el combate supremo./ Si no erraba, si acertaba con las palabras justas, quizás todavía podíamos salvarnos... HECTOR GERMAN OESTERHELD

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Desperté en el rancho de Rafael, un sitio bonito, pero terriblemente frívolo. Una casa muy moderna que estaba perdida en medio de los médanos de Natal. Mucho arte pop por todos lados. Y mucha grasada en el nombre del arte pop. Allí, en ese burgués y decadente palacio de la nada me di cuenta: las promesas de amor de un vampiro son pueriles. Aun más las de alguien como Rafael. Todo lo que un humano termina rechazando en el mal juego del amor (mentiras, infidelidades, mentiras, desahucio, mentiras, desinterés, mentiras...) viven y laten constantemente en el juego del amor del vampiro; una invitación falsa de eternidad que nadie (ni Montescos ni Capuletos ni tres carajos) serían capaces de sostener. Por suerte en casa de Rafael tomé un curso acelerado sobre toda esta mierda.

La decadencia era notable, la necesidad desesperada de trascendencia empañaba el poder de Moncalvez, el jovencito tildado de puto por sus coetáneos allá a lo lejos, cuando era sólo un gauchito de mierda. Pobre Rafael... un desesperado ser hecho de la necesidad imperante de éxito y aceptación. Una típica mente del siglo XX y XXI atrapada en el cuero de un gaucho homosexual no asumido del siglo XVI. En realidad, la vanidad que despedaza posibles lazos no posee eras, ni siquiera centurias y mucho menos tendencias sexuales... Rafael era un mierda por sí mismo, y punto.

Yo me sentí solo, arrojado, como el primer niño que llega a la escuela media hora antes, porque sus padres tiene que trabajar y allí lo dejan. Vi el mar, asesiné pescadores. Mi ética había cambiado. Ahora era un carnívoro que necesitaba sangre animal para subsistir y sangre humana para un equilibrado plan alimenticio. Una noche me emborraché con Manuel en la playa. El era un buen tipo, súper inteligente, pero un poco perezoso y un poco pelotudo a causa del amor que sentía por Rafael, alguien terriblemente perezoso y pelotudo. Me contó un puñado de historias impresionantes. No era muy ducho en las lides vampirescas, pero era muy tenido en cuenta por las instituciones internacionales que nucleaban a los bebedores de sangre. A él le habían encargado cuidar y reinsertar socialmente a Gian Carlo no se cuánto, un italiano loco que estuvo preso durante siglos por querer derribar el equilibrio (casi ecosistemático) entre vampiros y humanos. La experiencia -según contaba el mismo Manolito- fue una cagada total. “Yo quería mostrarle cosas que a mí me gustaban, y el tipo terminó asesinando a decenas de personas en un concierto de música concreta”, se lamentaba el pibe, que era buena gente. Esa noche me pidió disculpas por el asesinato de Beto, “fue una torpeza bestial. Dolor para vos, contradicción animal para mí”, dijo, y se justificó como pudo. Poco, pero sincero. Yo dejé que me lo cuente todo. Ya había hecho el ciclo de querer matarlo durante mis primeros días en el rancho (de allí el “parche” que el pibe llevaba en el plexo y el brazo izquierdo), para después desistir y terminar viendo con total claridad que -a pesar de todo- él era uno de las pocas personas valientes en esa casa. Su única y mortal contradicción era querer tanto a Moncalvez, algo de lo que no podía culparlo tan fácilmente.

En un momento de sinceramiento casi confesional, Manuel me contó que él mismo sepultó el cadáver del negro, y que fue condenado a pasar varios días en el calabozo enterrado entre médanos que Rafael hizo construir a mediados del siglo XIX. También me contó como él amaba a ese tipo, cómo Rafael le había enseñado todo sobre los sentimientos. Exageraba. No existe ni una sola persona en el mundo (ni Cristo, ni el Maharishi, ni Linda Lovelace, ni Buda) capaz de enseñarte todo sobre los sentimientos. Pero el amor es un ciego ordinario y beodo que camina por las avenidas principales de la ciudad pidiendo para que lo crucen de calle y luego, cagando a bastonazos al que se le acerca, le dispara por la nuca. Tira a matar. El amor, sí: el amor...

El caso de Manuel era bastante terminal, ya que no veía ni la mitad de lo que habría podido ver por culpa del amor. Era perfectamente inútil tratar de hacerle entender que lo que él consideraba un hallazgo para su vida, no era sino una terrible pérdida. ¿Quién aceptaría como verdad un planteo semejante? Yo, en el lugar de cualquiera, no. Si vos veías a Manuel bajo la tutela y la presencia castradora de Rafael, no podías creer por qué y cómo un muchacho como él había sido elegido por la Corte Fiscalizadora, el Comité Internacional y el Tribunal de los viejos Órficos para reinsertar socialmente a una de las bestias más impetuosas de todos los condenados a Almedio. Sin embargo, él, a su manera, era tremendamente feliz en esa mutilación que sucedía cuando se juntaba con Rafael (casi siempre). Manuel aseguraba no ser ciego, y yo reía a carcajadas.

Esa noche los dos bebimos como cosacos felices, hermanados en la desgracia, atados a la genialidad y a la bestialidad de ser otros. Los dos brindamos. Nada más que eso. Esa noche descubrí con el alma, debajo de aquellas exorbitantes estrellas, que yo también pasaba a ser parte de aquel gigantesco mito. Ahora no sólo era un vampiro; sino que también me recibía de vampiro, y con honores. Bebí, me tiré en la arena (aún tibia de noche), me concentré en torno a la figura de mi nuevo amigo y cerré los ojos... los pensamientos de Manuel entraron en mi cabeza como en una función de cinema varieté. Eran imágenes muy tiernas, de tierras lejanas, de atardeceres rojos como sólo en Neuquén puede haber. Era Neuquén, en su esplendor de pequeña ciudad atrapada en un gigantesco desierto; y aquel vampiro sentía una tremenda nostalgia por aquel lugar, por aquellos cielos. Me quedé en silencio disfrutando de aquella sesión de voyeurismo zen, cómodo, navegando entre sus tibios pensamientos melancólicos.

El mar golpeó contra unas piedras allá, medio lejos.

Rafael apareció por entre las sombras, caminaba despacito, disfrutando el incomparable placer de andar descalzo sobre la arena. Traía sobre el hombro derecho -y bastante bien acarreada- a una norteamericana de veinte años, maniatada, histérica, casi ahogada por el pánico. “Hola chicos, es hora de comerse una rica gringa”, dijo. Los tres celebramos a lo grande aquella misma noche; allí, donde todo era posible, porque éramos uno de los más grandes mitos de la historia del hombre (y nos encantaba serlo), porque éramos tres amigos que se amaban. Tres vampiros felices y orgullosos de su voracidad, la más temible y romántica de las voracidades que la humanidad recuerde.

Quizás con esto que voy a contar se entienda un poco mejor por qué no termino de condenar a rajatablas la actitud sentimental de Manuel. Los días que vinieron tras aquel hermoso banquete nocturno, en aquella jornada de amor fraternal, fueron bastante... opiáceos. Confundidos en pseudo rieles de camaradería y amor (más tarde que temprano me daría cuenta del valor de oropel de todo lo vivido), los tres nos dedicamos a amarnos salvajemente, sin que nada nos importara demasiado. Nada fuera de nosotros tres, por supuesto. Poco me hubiese costado dejar de estar así de embelesado para darme cuenta de lo que en realidad estaba sucediendo en aquella casa. Pero..., pero nada. Nadie quiere dejar de estar embelesado. Nunca. ¿Para qué?, ¿cuál es la contra propuesta para ocupar el vacío que queda cuando el embelesamiento se va de la misma y automática manera en la que llegó? Ninguna. No hay alternativas válidas. Al menos ninguna que -coyunturalmente- valga la pena revisar. El tema es el de siempre; quizás el tema más remanido de todos y uno de los más difíciles de superar: qué desagradable es el precio que uno paga cuando la cortina de humor de lágrimas de felicidad se te quita de los ojos. El golpe es deprimente; la moraleja (boba, pero letalmente eficaz) es un cuchillo de guerra que se te clava en el esternón. Lo peor del caso es que la síntesis es “yo lo sabía”, pero la inmensa felicidad que sentías era una ficción trucha, casi de decorado de sitcom. No lo querías ver; pero allí estaba todo. Claro como el agua.

Yo tenía una herramienta más que precisa para dejar de vivir esa babia rapagona a la que me estaba empezando a habituar; pero la dejé pasar por alto siempre que pude. Ese ejemplo vivo era Amelia. Ella era algo así como la clave que descubría todo aquel andamiaje berreta, enaltecido en una felicidad de cotillón; pero la dejaba pasar por al lado mío sin reparar en nada. En relación a los índices claros de que todos íbamos a caer en una ciénaga de engaños (que ella apuntalaba con sus comportamientos tristes y taciturnos), no pude ver nada de nada... hasta que todo se desmoronó.

A usted no le pasó lo mismo, sino algo peor, según lo que me contó.

¿Por qué no vi cómo se apagaba todo en torno a nuestra felicidad?, ¿por qué no miré a Amelia como era debido? No sé. Hoy -¡todavía!- me hago planteos demasiado grandilocuentes con respecto a esta desagradable experiencia en mi vida; pero si alcanzo a hilar fino (así, como te piden los psicoanalistas para justificar sus honorarios) y me animo a ver las cosas como son, inmediatamente llego a la conclusión de que por aquellos años no podía ver nada. Más allá de Amelia, más allá de Manuel y más allá de Rafael. Es decir: todo lo que me pasó en aquellos días es casi exclusiva responsabilidad mía. Digo esto sin ánimos de autoflagelarme con la ultra conciencia judeocristiana de culpas martillándome la cabeza, sí, pero nótese que dije “responsabilidad” y no “culpa”. Es más: repárese que a “responsabilidad” le antepuse “casi exclusiva”, lo que convierte a la responsabilidad en una casi-responsabilidad, algo que queda a millones de años luz de la culpa. Detesto la culpa, siempre la detesté, con la razón, con la intuición, desde chico. La detesté tanto que la padecí casi toda mi vida, porque para la sociedad siempre ha sido una importantísima manera de obtener la razón , el consenso y la dominación posterior al consenso. Rafael era un campeón olímpico en el arte de trabajarla. Yo tendría que haber visto a Amelia a los ojos, tendría que haber entrado más a menudo en la mente de Manuel para haber visto de más cerca esos viajes grises y tristes que solía pegarse cada vez que Rafael y yo nos íbamos a la cama solos. Yo tendría que haber visto más; pero ya es demasiado tarde para plantearme cosas sin solución.

La sensación de haber desperdiciado aquellas semanas en Natal es muy fuerte. No conozco a nadie que se arrepienta de haber vivido días felices, por más que las personas que los hayan otorgado luego te claven puñales de desprecio por la espalda. Todos olvidan; en ese caso aplicás la filosofía de la piedad y te armás de frases sueltas como “sí, ¿pero quién me quita lo bailado?” o “Santa Rita, Santa Rita... lo que se da no se quita”; pequeños artilugios de la lógica esencial del ser humano que te sirvan para poder disfrutar los buenos momentos vividos. Renunciar a la gracia de los días buenos no es muy típico; pero yo –en este caso en particular– me veo forzado a hacerlo: aquellos “días felices” fueron fruslería pura.

La felicidad también tiene un precio, y es el más tirano, porque ya la sentiste... cuando no deberías haberla sentido. Si hay una culpa flotando por ahí es ésa, y no otra. La sensación de no hacer lo que espiritual y lógicamente es correcto es la que te desarma más tarde. Tal vez por eso es que todavía no recuerdo bien cuándo llegó la primera decepción, ni cómo comencé a despreciar al ser que amaba. Nada. Sólo recuerdo que al salir de aquella casa en Natal recuperé el color, perdí el peor de mis cinismos y el baldón más grande, ése que te lleva a no creer en nada ni nadie. Quise ser vampiro, quise ser más que humano, quise ser una entidad superior en el amplio sentido. Aquella estúpida bacanal de meses vivida junto a Rafael se esfumaba bajo el peso de su mentira y -pasado el brillo- me devolvía al fango de los mortales, allí donde las ciudades apestaban de adolescentes de treinta años sin ganas de creer en nada, sin fuerzas para solucionar sus pequeños problemas cotidianos con dignidad. La señal de la cruz era ésta: el desamor por el amor. Y yo, como si todavía fuera cualquier mortal del planeta, tenía que hacerme cargo de ese panorama general.

Rafael, que me había prometido la salvación eterna en el amor, era el responsable mismo de mi deserción social, de mis ganas terribles de no creer en nada. Mintió. Entonces me fui. Y no hay ostracismo más difícil de asimilar que el que uno se impone a sí mismo (cualquiera sean los motivos que impulsan a tomar esa decisión). Que se entienda perfectamente bien que no le echo la culpa de todo lo que sucedió y sucede conmigo a Rafael. A él sólo lo responsabilizo de impregnarme la abulia y la apatía social a extremos intolerables. Es muy poco budista lo que voy a decir, pero una sola persona puede desdibujarte un universo preconcebido de una sola puñalada, puede rajar el tapiz de tus ideas de un zarpazo, puede devastarte el ánimo implacablemente.

De eso responsabilizo enteramente al vampiro egoísta: de ser un dibujante de las miserias del alma humana, de hacerme sentir un idiota incapaz de verme a mí mismo en una perspectiva de cordura. Responsabilizo a Rafael de quitarme la poca perspectiva que me quedaba. Responsabilizo a Rafael de destapar mi yo menos preciado, de hacerme ver lo difícil que iba a ser vivir en sociedad, creyendo y departiéndolo todo con personas con las que no podía contar, y no por ellas, sino por mí; porque mi espíritu siempre se torturó pensando y sintiendo que no pertenecía a ningún lugar. Y, encima, luego de pasar por la bacanal de Natal -para empeorar las cosas en un circo fatal-, a mi espíritu lo acompañaba un cuerpo inmortal, una nueva forma de vida contagiada por un zoquete, por un megalómano vendedor de baratijas mentales. Por eso aquella noche me fui a la mierda, dejé todo:

La cara de niña vejada por su padrastro de Amelia

El pueril servilismo de Manuel (un tipo adorable, pero esclavo).

Todas esas muchachitas y muchachitos que llegaban desde diferentes partes del mundo para adorar al sorete de Rafael como si fuera un semidios. Todos esos pendejos europeos aburridos que se arrodillaban frente al tipo y le imploraban que los convierta en inmortales. Rafael los recibía, se cercioraba de que nadie los había seguido, y de que nadie sabía a dónde habían ido, ni por qué habían ido. Y se los cogía bien cogidos. Los hacía acabar como a adolescentes y después los bebía, como si fueran meros cálices de barro. Después los destrozaba y los tiraba en la playa, como si fueran una bolsa de menudos de pollo que una vieja lleva para que las gaviotas coman. Las gaviotas bajaban en círculos torpes (¡ese Juan Salvador, sus elegantes firuletes aéreos y sus cielos escalonados son solo un estúpido invento del intelecto de un trasnochado pionero de la new age!) y, casi chocándose en su pequeño espacio aeronáutico, se comían hasta el último pedazo de los europeítos aburridos mientras graznaban sin darse cuenta de la calidad pensante de la comida que estaban llevando a sus buches.

Pues nosotros, sépalo, no éramos ni más inteligentes, menos inconscientes, ni más piadosos (¡eso mucho menos!) que aquellos torpes animalejos alados.

Nosotros, aún con posibilidades razonadoras infinitamente más altas que las gaviotas, éramos la escoria que sostenía con sus aprobaciones, sus coitos y sus besos de enamorados a aquella bestia egoísta. Nosotros bajábamos en círculos atolondrados a comer las vísceras de la miseria humana directamente de la mano de Rafael (y encima pensábamos estar gozando de privilegios inigualables). Ver la verdad -creo haber dicho esto antes, ¿no?- fue peor que sacarme una lanza clavada entre las costillas. Por eso no me quedó otra alternativa que dejar todo e irme casi corriendo, cargando la mochila de culpas que carga el pecador arrepentido de las eras más santas de un cristianismo ideal. Huir así, fue un acto de coraje y de amor verdadero; fue volcar el ácido sobre el alma para terminar de envenenarla de una buena vez por todas, y que renazca en la inmunidad de haber probado el veneno todos los días durante años difíciles de soportar. Dejarla así, desnuda y palpitante para que fabrique callos anestesiantes, anticuerpos celestiales. A pesar de la prisa que mi alma sentía, aquella noche me fui despacio, rabiando, farfullando por lo bajo como un anciano que se sintió estafado porque la película por la cual pagó la entrada es una soberana garcha. Quería que nadie tomara demasiado en serio mi espanto, que todos creyeran que lo mío era una mera desilusión, y no furia y asco. Creo que con el número de nena caprichosa que monté las dos últimas semanas de mi estadía en Natal y con la partida terca, quejosa, pero de bajo perfil que adopté al irme fue la mejor elección que hice en mi vida. Tan mal no me salió.

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Usted lo sabe quizás mejor que yo, porque fue testigo de mi partida, ¿lo recuerda? Todavía siento el profesionalismo de su viejo trabajo de policía doblándome en una certera llave y tumbándome al piso. Esa misma noche usted estaba llegando a la finca de Rafael y ni siquiera reparó en mí, más allá de una o dos miradas que nos echamos en la puerta y de esa pequeña reyerta corporal a la que no respondí (recuerde usted que yo ya era un vampiro).Yo lo puse bajo aviso y, usted, por supuesto, no escuchó ni una sola de mis palabras. No lo culpo. Yo en su lugar hubiera hecho exactamente lo mismo. No sé si lo charlamos alguna vez; pero cuando me fui comencé -esa misma noche, bah -un noble periplo de auto abastecimiento en la vida (suena pueril, pero crea usted que me costó muchísimo llevarlo a la práctica) que me dignificó de una manera contundente. La experiencia dura hasta estos días en los que le escribo estas líneas sin un por qué demasiado definido. Tal vez el único porqué de estas líneas sea la simpatía que siento hacia su corazón, tan apático a veces, tan parecido al mío en muchas oportunidades, no sé: evalúelo usted con la sagacidad que siempre lo ha caracterizado. Yo me fui de Natal sonriendo. Desde el avión -que pude tomarme recién dos meses después de haber dejado la finca- me colgué muchísimo mirando las sombras de las nubes sobre el Amazonas, perfectas, dibujando cosas bellísimas, cosas que trascendían mi propio ser. Fue una revelación más. El cielo desde la ventanilla del avión me pareció eterno, pero perfectamente eterno. Y no ese eterno trucho, el que somos usted y yo, que penamos esta frágil inmortalidad que aceptamos nos impusieran. Usted y yo, inmortales hasta que alguien nos dé la muerte por ser diferentes, o por ser lo mismo pero pensar de otra manera (usted, como encumbrado funcionario que es, debe saber que entre los maniáticos de la logia Bentley hay vampiros. Lo sabe, ¿no?).

Pero el cielo de aquella fuga era inmortal en serio. Me acuerdo perfectamente de las superficies, de las siluetas que dibujaba el sol, que brillaba y calentaba mi cara de vampiro. Fui serenamente feliz y lloré despacito. Fue un momento pleno en el que -casi automáticamente- aceptaba como realidad todo lo que pudiera comprobar por mí mismo. Miraba para afuera y sollozaba casi en silencio. No quería que la turista que tenía al lado se escuchara y ensayara filosofía barata conmigo. Mi mente estaba despejada, creo que fue la primera vez que disfruté de la parte luminosa de ser vampiro. Mi mente respiraba aire fresco, no recibía ninguna señal de Rafael, ni de Manuel, ni de ninguno de los acólitos del semidios Moncalvez. Claro, estaban todos muy ocupados perturbándolo a usted, o a cualquiera de las nuevas víctimas escogidas.

A todo esto: ¿tiene usted idea de si Rafael continuó buscando víctimas en Neuquén? Diga, ¿alguna vez se preguntó si la predilección de Rafael por Neuquén respondía a alguna razón premeditada, a una cuestión enteramente lógica? Yo una noche se lo pregunté, y no recibí respuesta satisfactoria alguna... o no supo bien qué decirme... o bien no tenía ganas de contestarme una pregunta así de compleja. Nunca lo sabré y espero no tener que averiguarlo nunca (en realidad, no veo por qué debería hacerlo. Pero me acuerdo patente que aquella vez Rafael me sonrió, me acarició la cabeza, me besó la oreja y me susurró: “neuquinito mío”. Una pavada cursi. Yo personalmente -a la distancia y conjeturando sobre bases poco sólidas- creo que de nosotros (los neuquinos, claro) eligió el desconcierto permanente. Esa cuestión de no saber si tenemos que hacer cosas de ciudad o de pueblo, si queremos ser pioneros o colonos, si adoramos a Dios o la Bestia, si queremos ser combativos o consumidores, si somos los pobres de San Lorenzo o los ricos de Rincón de Emilio.

Todos estos rasgos de dudas casi existenciales están muy bien definidos en Neuquén. Son señas, marcas, rasgos muy atractivos para un catador de almas y mentes dubitativas como Moncalvez, ¿no le parece?. Dígame si no tengo razón en el fondo. Le formulo estas hormigueantes preguntas retóricas porque noté que usted estuvo -hace ya algunas centurias, es cierto– un poco más que preocupado por descifrar con exactitud suiza de qué madera estaba hecho Rafael Moncalvez. A mí me intriga saber si ya se ha contestado las preguntas esenciales en torno a Rafael, porque para mí usted (aunque nunca me lo haya confesado) también estuvo enamorado de esa bestia. ¿Me equivoco? No sufra más Carlos, hágame caso. Somos muy parecidos, por eso se lo digo con confianza todo esto, tan íntimo. Créame que respeto su decisión de formar parte del tribunal supremo para representar y defender a sus hermanos (¿mis hermanos también...? ya no estoy tan seguro). Pero también entiéndame usted a mí cuando -de corazón- le digo no a su ofrecimiento de colaborar con usted en su nueva función. No quiero hacerme eco de su cruzada y, por el contrario, prefiero seguir permaneciendo de forma permanente aquí, en Alaska. Permítame contarle algo que tal vez ilustre bastante bien lo que siento.

El año pasado, Gerome Boholasky, un vampiro rumano de pura cepa, llegó una mañana de primavera a mi cabaña situada al pie del Chugach. El tipo venía buscando ver con sus propios ojos al legendario vampiro que, de una manera romántica, había imitado al hijo-criatura del Doctor Frankenstein y se había mudado tan al norte como podía para no torturar más almas, para no saber más sobre desprecios, odios y pasiones incontrolables. ¿Se imagina usted?: yo... una leyenda. Me da mucha risa; jamás creí que la pavada en nombre de lo anecdótico trascendiera de tal manera. En un principio lo maldije a usted, Carlos, culpándolo intuitivamente de haberle brindado mi historia y mi paradero a aquel aristócrata buscador de historias concretas que lo saquen de su propio aburrimiento. Pero al minuto no tardé en recordar que, al despedirnos por última vez, en aquella multitudinaria asamblea en Kosovo, no fui del todo claro con respecto al paradero que iba a escoger. Definitivamente usted no podía haber echado a correr el chimento de mi elección disfrazado de leyenda. Gerome se sintió cómodo en casa, muy a pesar de mis poco amables esfuerzos para saber de dónde era que había sacado que yo era una leyenda romántica alojada en un confín del planeta. Usted sabe que mi verborragia suele ser insoportable cuando me lo propongo. Entonces -caída la noche como un martillo- el rumano se tomó unas copas del licor que yo destilo y me confesó que había escuchado todo hacía décadas y décadas de la boca de Lidia, una francesita adorable con la que tuve un candoroso affaire la noche antes de venirme para acá. Lidia era una mariposa, un vampiro de luz. Nunca voy a terminar de entender por qué alguien tan clarificado como ella echaba a rodar una versión tan fantasiosa de mi propia decisión y por qué se tomaba el atrevimiento de invadir mi pretendidísima soledad enviándome tediosos admiradores a Alaska. Peor, le digo algo, todo aquello me re-confirmaba que mi decisión de aislarme había sido la correcta. La gente suele confundirse demasiado, y en esa confusión... apesta. Esa era la moraleja automática que me quedaba al oír la historia que Gerome me contaba que le habían susurrado casi místicamente al oído. Aquella noche tuve que gastar más de dos horas para explicarle todo a Gerome y que se dejara de joder con esas románticas ideas byronianas: “yo soy un descreído, no un romántico”, le dije una y otra vez. Hasta que le entró. O eso creo.

Los dos nos emborrachamos y yo abandoné la veda de humanos que venía manteniendo desde hacía ya décadas. “Tiene usted el iris de ambos ojos de un color casi marrón, espantoso: usted necesita rh humano”, me dijo Gerome, sonriendo; con la sonrisa irónica de los vampiros aplomados en el oficio de vampiros, claro. Lo subí a mi motodeslizador y nos fuimos a los suburbios de Anchorage. Éramos dos bestias beodas, exultantes, felices de andar a cualquier velocidad (en un vehículo totalmente inadecuado) por las rutas heladas de un territorio de sueños, en medio de una de las noches más bellas que recuerde. Al llegar al cinturón industrial de Anchorage, cercamos a un sereno en una garita y lo devoramos con alegría; luego (¡glotones!) dimos con un borracho más borracho que nosotros que, en la cúspide de la sinceridad beoda, nos pidió que lo mordiéramos. Nosotros, entusiasmados, lo bebimos con fruición antes de que pudiera decir esta boca es mía. Fuimos salvajemente felices, Carlos, fuimos veloces como el rayo e íntegros como la naturaleza, que no siempre es amable, pero siempre es precisa. Gerome la pasó bien, y volvió rápido a Rumania, quizás a continuar con el aburrimiento de su vida de noble venido a menos. No sé, tal vez lo estoy condenando por nada. Yo contento de que se fuera a los tres días: ya no soportaba más el haber roto mi promesa de soledad, mis paganos votos de aislamiento.

Antes de que se fuera le aclaré que no quería que anduviera hablando estupideces sobre el romanticismo y todas esas articuladas cobardes mitificaciones sobre mi persona (es fácil endiosar a un personaje inexistente). Yo no era lo que ellos querían que fuera. Yo era yo, y bastante me había costado lograr algo parecido a eso. Gerome me escuchó en silencio y luego sonrió (a pesar de ser un crédulo sin igual era un ser sumamente sabio, creo que omití contarle eso). Me palmeó la espalda y no prometió nada más que mantener silencio sobre mi existencia y mi paradero. Nada más. “Yo no puedo responder por lo que esté diiciendo aquella chica por todos lados”, se excusó. “Si quiere me convierto en el más grande refutador de su propia leyenda”, ironizó, y nos fundimos en un abrazo cordial (el último que he dado, tal vez el último que piense en dar).

Eso es, Carlos: ya he dado el último abrazo. Ahora quiero estar tranquilo.

Listo (pienso en voz alta y lo escribo)... comprobé el verdadero motivo por el cual le escribía estas líneas: estoy contestándole con un poco de respeto -¡y de retraso!- la pregunta que usted me hizo hace centurias... no pienso formar parte del cuerpo de asesores del tribunal. Ni mucho menos. Espero que todavía conserve el mismo mail. Puede ser, porque los putos de hotmail ya van a cumplir tres siglos en Internet (¿se dio usted cuenta de lo “bien“ que puede manejarse una multinacional a través del tiempo cuando no importa nada más que la acumulación per se?). Espero que ese mail esté en pie. Esto, a pesar de la hipertecnologización imperante, es como enviar una botella al mar.

Gerome me dijo, antes de partir, que usted -o alguien tan encumbrado entre los vampiros como usted- había armado una suerte de comunidad hippie de vampiros en el sur de Patagonia. No sé si creerle o no. Fíjese usted que él se creyó sin dudar ni un instante que yo era un personaje de Mary Relly... Por las dudas yo le envío este mail. Lo peor que puede pasar es que este cúmulo de ideas mías se pierda en el ciberespacio y usted intente ser feliz con su nueva vida sin saber que yo le digo que no a algo que usted ya cultiva. No hay problemas entonces; desde hace años y años la mayoría de mis ideas chocan aquí -en este norte tan norte- contra paredes de hielo y luego se deshacen sin que nadie las capture. Eso es divino, es ley natural, es una patada a la quijada de la razón más vanidosa. Usted sabrá entender que ya me acostumbré a hablarle a nada. No frunza el ceño al leer esto; porque esta dulce nada es algo que yo elegí, y me siento orgulloso por haberlo hecho. ¿Me entiende usted? Beto tenía mucha razón cada vez que decía que no había que comerse la cabeza por cualquier cosa. Dése cuenta de ello de una buena vez, por favor.

Suyo

Otro vampiro

Escuchaste durante la lectura de hoy :

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"Ito Okashi"por PASSENGERS

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  • #1 ..··. Ro y Max ··..· 24/10 .·.. 06:02

    Buenisimo que hayan llegado al final de la historia aunque se colgaron un poco en las ultimas semanas felicitaciones a los tres por habernos traido una historia atrapante como esta y estamos esperando ya la proxima novela

    son unos grandes

    un abrazo

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  • #2 ..··. Marita ··..· 25/10 .·.. 11:39

    Ta bueno el final, unque me imagine un poco mas de sangre y esacas sera que una esta acostumbrada a los liches del genero. Igual sepan que me encanto y que espero la proxima novela

    felicitaciones tabanos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

    [Molestá con algo]
  • #3 ..··. sandra ··..· 27/10 .·.. 17:39

    yo sandra queria molestar , que caì y renacì en la canciòn que escribiò leòn, en los ojos celeste de celeste lepratti y en la villa que recorro todos los sàbadfos formando una murguita. Yo sandra declaro que , tengamos cuidadado porque hay màs pelotudos de lo que creemos y màs pibes sin comida que lo que vemos, declaro estado de emergencia a aquel que todavìa esta ciego, y declaro el amor a los niños màs que a un hombre pelotudo...Cuando a veces tengo que explicar aquì a muchas/os que significan las bicicletas queridos compañeros, ya me enojo,la ignorancia es lo que mata a un pueblo,El che

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