Ebrios. Completamente borrachos de piedras preciosas. Piedras, oro negro y metales fundidos en la fragua alimentada por los jirones del que suda. El que suda por casi nada. Nada; esa macrosensación que te imponen para que no hagas estallar los cristales de sus roncos chalets premoldedados en la seguridad de caseta con mulo. Nada; esa macabra sensación que nuevamente nos sume en el silencio del cervatillo que ha sido encontrado por la mira, del aldero desplazado, de la piedra que rueda montaña abajo. Y mientras tanto ellos enjuagan sus manos y sus aparentemente intocables apellidos en las tinas llenas de nuestras lágrimas pasteurizadas por el cíclico canto de cuna catódico. Y allí estás vos, el pequeño gran Carlos, como un símbolo pura flama de lo que pasó electrificando las conciencias. Como un doctorado en luz de lo que había que hacer en tiempos de aves devoradoras de nuestras energías. Ahí estás vos Carlos, demostrando que la palabra MUERTE lamentablemente les llena las manos y repiquetea y choca como un acróbata borracho de sinsentido por las paredes internas de sus casas con alarmas, por los tableros fálicos de sus cherokees polarizadas, en el interior de los bolsillos de sus sacos a medida. Ahí está la MUERTE, rebotando en su locura de mando. Y la quieren esconder porque quieren seguir disponiendo de ella como si fuera Chtulu, la bestia primigenia de una fosa casi infinita que ellos invocarán cada vez que necesiten que nos encerremos en la piel misma de nuestros miedos a cambiar. Pero ahí estás vos Carlitos, que también sos la VIDA. Sí Carlitos, la VIDA... esa instancia/chispa a la que ellos siempre han temido. VIDA Carlitos, VIDA. Gracias.


Viernes,4 de mayo de 2007
Edito Reales
Tábanos molestando:(1)


