
No sólo son buenas cantantes: cuando las escuchas estás frente a cuatro mujeres recorriendo el mundo. Caminando con los pies descalzos, jugando a saltar sobre las piedras.

Por momentos son las jóvenes de un cortejo marroquí acompañando a una novia, por otros son una ronda de niñas en Ruanda, o un grupo de hilanderas celtas o de pastoras venezolanas. También se convierten en una triste mujer fea, que está esperando que alguien la quiera.

Recrean melodías prohibidas para ellas -los mongoles amenazaban a sus esposas con la maldición de la esterilidad o la deformidad- y lo hacen siempre como lo que son: mujeres. Cantan, gritan aúllan o susurran; percuten, aplauden, silvan o acarician; bailan, siempre bailan en la piel de todas las mujeres que son y que han sido por el mundo. Mujeres que también de boca en boca han transmitido sus saberes.
Salimos de un teatro en el que cada uno se fue muy lejos, aunque sea por un rato. La noche nos regala gotas pesadas que caen sobre el asfalto y el olor a tierra mojada nos da esa sensación de calma que se siente al volver de un viaje.

Adentro todavía rebotan los sonidos y no sé por qué tengo esa sensación, pero estoy segura de que fueron ellas: que esas cuatro mujeres con sus voces llamaron a la lluvia.
Tone. 6 de octubre de 2004
Las fotografías son una masa, y son de Alejandro Paroldi

Sábado,9 de octubre de 2004
Lo vimos
Tábanos molestando:(4)


