01. Saliendo de Panamá

Luego de desayunar en un sitio donde sí nos entendieron el concepto de pan tostado, y pudimos hacer el clásico andaluz de cafe con leche y pan tostado con aceite de oliva y sal, partimos hacia el aeropuerto de cabotaje de Panamá a cojer un super jet de Aeroperlas que nos llevaría en un viaje de una hora hasta un sitio que era un interrogante porque no teníamos la menor idea de lo que encontraríamos: Puerto Obaldía.
Fue lo imaginado en cuanto a lo pequeño, pero el lugar fue una sorpresa desde la rudimentaria pista de aterrizaje en medio del pueblo, el malón de gente que se agolpaba cuando bajabamos (eran los que subian), la cantidad de militares allí, todo en un lugar en el medio de la selva practicamente aislado: no llegan carreteras hasta ahi.
Luego de sellar, y pasar arduos controles policiales donde te entrevistan dos policias -bah uno, el otro solo sentado allí mirando- en un cuarto a puerta cerrada y te revisan la mochila como nunca hasta ese momento (solo superado y ampliamente por la policía de Venezuela al entrar desde Colombia) salimos en lancha hacia Capurganá, en Colombia, hasta aqui ya habiamos contado 5 controles donde anotan en planillas nombres, profesión, número de teléfono en argentina, etc.
Como no había ninguna lancha que saliera ya ese dia para Turbo, había que hacer noche allí, lo cual estaba muy bien porque es un destino en si. Un pueblito pequeño, con turismo colombiano y rumba a todo lo que da en las calles. Mar. Una islita mini en frente. Calor. Tequeños y panela fueron los primeros deleites comestibles en Colombia, donde la gastronomía es algo mas varidada que en centroamérica.
Desde allí una lancha nos llevó a Turbo, y de ahi en bus a Cartagena. A Cartagena tenía muchas ganas de ir por todo lo que he escuchado siempre. Y claro, cuando la recorri esa noche de viernes entendí porque. Mi amigo Toni, tan preciso para describir sencillamente los sitios al rato de estar en ellos, sentenció: “es una ciudad romántica”. Y tenía razón.
Un casco histórico pequeño y completamente rodeado de una gran muralla, ninguna calle es recta, las casas de grandes balcones y vívidos colores se van perdiendo en cada curva suguiriendo a quien los camina continuar y continuar, perderse, y solo caminar sin rumbos aparente hasta encontrarse con uno de los sitios de referencia, a saber: La Plaza Bolívar, la Plaza Santo Domingo y la Torre del Reloj.
Playas llenas de vendedores de pulseritas, trencitas, masajes y demases y gente bañándose ya desde las 9 de la mañana, porque el sol pega a esa hora que confunde y parece que fueran las 12 del mediodia.
Todo el calor que había sentido en los lugares mas calurosos del todo el viaje, sofocación, sudor, ahogo, etc. etc, al llegar aquí me cuenta que no eran nada. O sea, comparando con esto, se podría decir que no sentí calor nunca antes. My God... ese calor que no me podía imaginar, ese mismo, un sudor ya directamente constante y abundante, todo el santo día, y noche. Hay que andar con un pañuelo o toallita en la mano (no en el bolsillo porque es agobiante sacarlo cada dos minutos) para irse secando. Uno siente caer las gotas por la espalda a toda velocidad, pesadas, cargadas de sudor espeso, una tras otra.
La Torre del Reloj Es una torre con un gran reloj, que se encuentra en la entrada mas antigua de la amurallada ciudad, con una placita alli llamada De los Carros porque se estacionan los carruajes allí, flanqueada por el frente por el portal de los dulces.
Este sitio tiene unos bancos allí, y corre linda brisa también en la noche, y es un clásico ir a sentarse en esos bancos y tomarse unas cervezas o unas maltas, que venden los carritos alli dispuestos a tal fin, ya que además de que es fresco, la cerveza en los bares es muchísimo mas cara. Cuestión que se convirtió en el sitio por defecto para ir en las noches, a observar la gente y algunos personajes de la ciudad que siempre dan su aparecida en algún momento.
El día de la partida de Cartagena llegó. Raro día. La emoción de saberme en unas horas en la ciudad donde pasé 6 años de mi infancia se mezclaba con otro sentimiento: Ese día me despedía de Toni.
Con Toni no fue simplemente “vamos para el mismo lado entonces vamos juntos para compartir el alojamiento y ahorrar”. No nos separábamos. Absolutamente todo el tiempo juntos. Riéndonos a carcajadas, compartiendo experiencias de viaje o aprendiendo yo de España y el de Argentina. Queriéndonos. Cuidándonos. Una despedida cortita y rápida, como no creyéndonos todavía que nos depediamos, mientras corro el bus en la oscura Cartagena a las 5 y 30 de la matina para ir a la terminal.
Y otra frontera me esperaba mas adelante.
02. Ahora Venezuela

Luego de cambiar de buses sin motivo aparente, esperar 40 minutos algún carrito que me complete el trayecto desde Maicao hasta Maracaibo, pasar las migraciones y lo peor, los controles policiales, que son lo mas molesto del planeta porque logran así hartar a la gente que cruza todo el tiempo y esperan recibir dinero a cambio, que algunos daran con tal de evitarse tanta espera. El desgraciado este me sacó absolutamente todo de la mochila, con lo que cuesta acomodarla, cómo lo putié...
Después de caminar bajo el imponente sol maracucho, cruzar su puente famoso por lo largo, 8 km de hormigon que unen ambas costas del Lago de Maracaibo, tomar refresco univta nuevamente y comprobar que sabe exactamente igual que hace 25 años, beber chicha de arroz, engrasarme los dedos con un tequeño gigante, compartir con mi tía, mis primos, poder disfrutar del espectáculo de magia de mi primo mago, “Marcelo El Grande... humildemente” como él bien se presenta, visitar el Costa Verde el primer centro comercial de maracaibo probablemente, beber cerveza Polar por supuesto, luego de todo esto decido arrancar para los andes en busca de un poco de clima fresco reparador. Destino: Mérida. Altura cerca de 1000 msnm. Aquí encontré reparo del calor castigante de las últimas semanas y gente amable como no vería en ningún otro sitio de Venezuela, y no por exagerar sino por lo ruda que me resultó esta gente.
Mérida es una ciudad de estudiantes y turistas, tiene una plaza con mucho movimiento, una bellísima catedral y en las noches de fin de semana aparcan sus carros en la plaza Heroínas los jóvenes, con puertas abiertas. música a todo volumne, regetón como siempre y algún que otro vallenato y una caja de cervezas en botellas de 330 que con la fresca igual beben gustosos. Un par de puestitos largan humo al cocinar unos pinchos con carne para picar algo.
Dejamos Mérida junto con Simon, y de ahi viajamos 12 horas nada menos hasta la capital del pais donde no me terminaba de decidir a ir. Caracas no es tan fresco como Mérida pero es un clima muy agradable y rodeada de verde por los cerros que la rodean. Lo que no es agradable es el tránsito, un verdadedor caos (nada en comparación con México DF pero igual) aliviado ahora según dicen por el metro “la gran solución para Caracas” como versan en sus publicidades.
La inseguridad reinante hace que mucha gente se guarde en su casa temprano, y se considera de mucho riesgo andar por el centro a y ciertos sitios despues de las 8 de la noche (no es para mi no?) Nunca me sentí tan observada como en el metro caraqueño con mi mochila y mas aún considerando que es una capital que en general son ciudades cosmopólitas donde nadie le para bola a nada ni nadie como dicen ellos. Al buscar a alguien para preguntar por un lugar x me costaba encontrar alguien dispuesto, algo que no me había pasado antes, es como que te evitan, te miran con desconfianza cuando te acercas y ni hablar de entablar una conversación con alguien por ahi. Son 5 millones de habitantes, pero la ciudad rodeada de cerros hace difícil su expansión. Los gente mas pobre toma los cerros y arman sus precarias casitas sin servicios obviamente, quedando asi la ciudad rodeada de barrios marginales que observan de cerca día y noche los lujosos edificios y carros del centro de la gente de dinero.
La nota de la ciudad es el cerro Avila, conservado como Parque Nacional, una ley no permite construir nada por encima de la cota 1000. Un recorrido por el centro, la plaza con su clásico monumento a Bolivar, la catedral, bella por lo sencilla, el Palacio de Justicia, la Alcaldía, la casa natal de Simón y finalmente el palacio Miraflores rodeado de militares, que me apuraron a mitad de cuadra luego que saque fotos y me exigian que saque mi cámara del bolso (que acababa de guardar) porque no estaba permitido tomar fotos allí. “No sabía, no dice en ningún lado” les contesto señalando la zona, a lo que repiten “saque la cámara” con un tono imperativo al que no estoy acostumbrada, y luego “nos tiene que acompañar al puesto de control”. Entonces ahi me saque, les dije que borraba las fotos ahi mismo y listo, que no voy a ningún puesto de control porque no hice ningún delito, me salió el Moran a pleno pero anduvo bien todo igual, borre las fotos ahi mismo, el pibe recontra chequeó que las ubiera borrado y no que hubiera hecho algun “truquillo” para engañarlo, y me fui, recordando como le había sacado fotos tan tranquila a la Casa Blanca seis años antes.
Dejo Caracas para seguir mi camino a Brasil, pero haciendo una parada en el caribe, donde me moría de ganas de experimentar snorkling una vez mas antes de dejar el caribe atras, y fui a parar a Puerto La Cruz, el lugar mas espantoso de todo el viaje. Alli en el oriente del pais la rudeza venezolana que tanto me venia chocando desde que crucé la frontera colombiana, aquí se acentuaba aún mas.
Arrechíííísmo
Todo puede ser “arrecho”. Es un vocablo que significa tanto enojado, pero tambien es algo bueno o algo malo, o algo como fuerte que se yo que mas. Lo usan en el 90% de las frases, claro para que gastarse en buscar un adjetivo apropiado si se puede usar una sola palabra. Esa, convinada con “vaina” y “coño” y listo, se acabó el repertorio.
La ley del menor esfuerzo pero llevada al extremo. Para qué hablar o emitir sonidos al menos si con solo fruncir la nariz un poco alcanza para preguntar “que quieres?” o “que te pasa?”.
No le paran bola a nada, uno puede estar parado en un puesto de venta pidiendo algo y ellos siguen en la de ellos, y por ahi cuando se percatan que estas te miran y lo único que hacen en fruncirte la nariz...te dan lo que pides y te fuiste. Como aquel que le compré un agua, y la dejó en el otro extremo del mostrador de donde yo estaba, me cobró y se fue. Se fue, o sea yo buscando donde estaba mi agua y cuando la vi di la vuelta para buscarla.
Un desapego que da miedo. No quiero imaginar la base de las amistades, con gente que no se apega a nadie, y nadie escucha a nadie. Un tipo le reclamaba a otro a los gritos casi “párame bola, párame bola!!” porque le quería contar algo que le había pasado en el trabajo, o sea que era un compañero o conocido, y lo tenia a 5 cm de cerca pero no conseguia obtener su antención. Desesperante me pareció. Triste. Entonces la pregunta obligada: por qué?
Y hablando de este tipo de preguntas se me viene a la mente Laura, la española, y su pregunta que no le pude contestar: “por qué los argentinos son tan arrogantes?”. Comentario al margen. Voviendo a la pregunta, de dónde lo sacan? Conductas que no había visto en ningún sitio, aún con lo rudo que puede resultar algunos cubanos pero ni se les acerca. Ni en sitios de extrema pobreza en Nicaragua por ejemplo.
Gran Sabana
Desde Puerto La Cruz, viajé hasta Santa Elena de Huairen, en la frontera con Brasil, y me tocó al lado un caraqueño simpático y buena gente que al ratito de estar charlando no duda en invitarme a ir con ellos a un campamento en la gran sabana (sitio donde se dirigia el bus), a un lugar denominado el 7mo chacra del mundo. Claro! dije yo, sería un sueño ya que a esas alturas por los altos costos de dicho viaje ya había desistido practicamente de la idea.
Al otro día partimos junto con Lenin, Henry y Kelky, en una 4×4 “arrecha” y luego de 3 horas por unos caminos aventura total llegamos a una cabañas con un estilo propio, en un lugar paradisíaco, al pie del Altar una formación rocosa en la cima de un tepui. Ni bien llegamos un baño en una poza del río que pasa ahi a escasos 50 metros de la casita, una cena luego a la luz de la velas porque no hay electricidad ahi. Ni gas. Ni nada! Y luego antes de hacer noni un ron entre los cuatro como para no olvidar su gusto. Luciérnagas y sapos que hacían unos ruidos raros fue el cierre de una jornada cargada de energía. Al otro día a subir la montaña, durante una hora a pie aproximadamente para ir a otra cabaña, mas exótica que las de abajo, donde vive Carlos, a tan solo 100 metros del Abismo. El Abismo es un corte perpendicular de la tierra, que continua adelante pero 600 metros mas abajo. Es un sitio increible porque uno tiene la gran sabana a las espaldas y la selva amazónica adeltante, como en un lago de selva rodeado por unas montañas que son el límite con Brasil. Desde allí se escuchan los ruidos del río y de animales de la selva que esta debajo. Indescriptible en realidad. Hay que ir y verlo.
03. Amazonas

Manaus, mi primer destino en este pais, es una gran ciudad metida en el medio del Estado Amazonia, donde los unicos medios de salir de alli al resto del pais son aire y agua. El primero es muy costoso para el brasilero medio (y para el viajero medio ni les cuento) pero el segundo es muy lento. Con lo cual no tiene mucho movimiento digamos de gente de otros sitios, y se crea una atmósfera tranquila y de cierta seguridad (para ser Brasil). Esta atestada también de los clásicos vendedores de la calle, que superan todos los espacios y hasta dificultan la circulación en las calles que además estan llenas de gente que va y viene. Mucho movimiento. La nota de la ciudad es el Teatro Amazonas con su estrafalaria cúpula que nada tiene que ver con el estilo del edificio, y su plaza enfrente donde desde sus bancos uno escucha una música clásica o algún jazz con el volumen justo como entrar mas por el subconciente que por los oidos, todo gracias a unos parlantes bien ubicados en los postes de luz.
Café! rico y barato!!! Excelente, lo que esperaba encontrar en Venezuela, gran productor de café, pero no fue asi para mi sorpresa. El café mas caro de todo el viaje lo tienen ellos: 25 centavos de dólar por una medidade café que es un vasito mini donde entran unas 3 cucharadas soperas para darse una dea, de un cafe feo, quemado y ahuado! Caríiisimo. En Colombia esa misma medida cuesta menos de la mitad (200 contra 500) y es rico.
De Manaus a Belem - 4 noches en el Rio Amazonas
El ánimo de aventura que me hacía apetecible y tentador el viajar en barco y dormir en hamaca se diluyó en cuanto entré al barco mismo, 3 horas antes de su partida “para encontrar un buen sitio”. “Aqui, aqui” me señalaba el maletero haciendo un movimiento con los brazos para indicar el “espacio” que ocuparía mi hamaca.Claro solo él lo veia, yo pensaba que era mezcla de chiste con tomada de pelo “A dónde???” le respondo sin poder creer lo que sucedía. “Aqui, aqui” me repetía “Aquí a dónde??”, “solo veo un enjambre de hamacas entrelazadas donde no se puede ni caminar y tu pretendes que yo cuelgue mi hamaca aqui y no solo eso sino que duerma aquí 4 noches??” pensaba.... Al ver mi cara mezcla de desesperación e incertidumbre él maletero y la asistente del barco (una vieja personaje total) me buscaron otro sitio por ahi, que me convenció un poco mas no se si por lo realmente mas despejado del area y si porque ya me había adaptado al enjambre, allí atamos mi hamaca a estrenar totalmente resignada.
Luego me senté en un banco y miraba mi hamaca pensando “lo que me espera...”. El movimiento dentro y fuera del barco y en el barco vecino también a punto de salir merece un capítulo aparte. Música brasilera a todo volumen que le daba un toque cinematográfico si se quiere al momento. Hombres, mujeres, niños, adolescentes, bultos, cajas, cajitas, bolsones, tarros de pintura, vendedores ambulantes, vendedores de pasajes, algún gringo con su mochila clásica en la espalda y una cara de asombro no muy distinta a la mia minutos antes.
Sol a pleno. Sudor. Calorciño. El forró no abandona los parlantes. Caderas en movimiento al ritmo de la música. Colores. El amarillo predominante. Y ese canto permanente que es el portugués falado por cientos de personas a mi alrededor.
A las 3:30, luego de 2 horas allí sentada y aún faltando una hora para sarpar (en teoría) ya estaba agobiada al punto de querer salir corriendo. Esto va a estar duro pense. Y lo fué: 4 noches durmiendo poco, mal y entrecortado, que dejaron sendas ojeras que tardaron en irse y unos baños que obligaban a tomar aire antes de entrar fueron la parte negativa del viaje.
Pero 5 veces pagado todo esto con el viaje en si. El viaje mas largo que habia hecho en barco, un viaje de extremos. Lo malo era muy malo, y lo bueno era excelentemente bueno. Intenso. Pero claro, mucho tuvo que ver en que los 3 dias y medio alli fueran lo que fueron la compañia, que no tardó en aparecer, Jesus, otro español y van... antes que arranque el barco nos compenetramos en una conversación tan interesante como amena que casi perdemos la cena, fuimos los últimos de los últimos en llegar a comer y ya nos habíamos ganado la mala fama de retrasados ante los ojos de la vieja personaje.
La cosa que al tercer día habia agarrado ritmo y costumbre a esa rutina, rutina maravillosa por cierto: respiraba aire puro en medio de la naturaleza el 100% del tiempo (el sitio de las hamacas no es cerrado), charlaba con gente interesante, aprendía algo de portugues, leia, y todo sin preocuparte nunca por que comer, ni donde dormir, ni como ir a x lugar, ni nada. Al punto que el sentimiento inicial de “como haré para aguantar esto” se convertía en “voy a extrañar esto cuando lleguemos”.
La parada en los puertos eran todo un acontecimiento, el ver los vendedores ambulantes como entraban con locura desenfrenada queriendo llegar primero a los clientes ansiosos de gastar dinero y consumir cositas que no habia en el barco.
En las noches era un espectáculo, aire fresco, una cervecita en el bar, los golpes de las fichas de dominó contra las mesas, los temas musicales que ya se iban convirtiendo en los hits del viaje (nao poso esquecer y ana julia por ejemplo) y la cotidiana tormenta eléctrica en el lejano horizonte que me podía pasar largos ratos observando, como la bola de nubes se iluminaba por detrás con potentes y prolongados rayos, uno tras otro.
Ver los edificios de Belem ese martes en la mañana fue algo chocante. Por mas que pasabamos por puertos eran pueblos chicos, sin ruidos y olores y mas armónicos con tanta selva alrededor.
04. Belem do Pará

Con un puerto hermoso y lleno de bares y restaurantes, el río iluminado, la Praca da Republica con sus anchas veredas de piedras blancas, y su Bar do Parque pintoresco hasta decir basta y de época, el Teatro da paz sobre la Av Presidente Vargas. La catedral blanca y sensilla mirando al río, en la “ciudade vielha”, un casco historico que se acordaron tarde de preservar.
Mis amigos se fueron al otro día, donde no pude acompañarlos porque estaba sin un real mas. Solo lo justo y necesario para volver a casa. Restaba esperar la fecha del viaje aereo que me llevaría hasta Foz do Iguazú, asi que me eche a deambular un poco por Belem, y a devorarme “100 años de soledad” que me prestó Jesus en casa de Carol, mi última host del club del viaje, donde su familia me atendió de primera.
El viaje estaba llegando a su fin y esto me causaba por momentos un setimiento de nostalgia apresurada mezclada con un poquito de “quiero mas de esto!”. Pero el pasar de los días y saberme en Argentina dentro de tan poco me lleno de alegría y de ese disfrute que es el volver.
Mi amigo Lupu me fue a buscar al aeropuerto de Foz do Iguazú y al ver de pronto una bandera medio desteñida albiceleste sabía que ya estaba en casa (y que nos habíamos pasado de migraciones donde debía sellar mi pasaporte con la salida de Brasil). Una bandera que me resultó muy pálida y descolorida comparando con las que venia viendo.
Y a partir de allí una sucesión de cosas, palabras, gustos, olores que vuelvo a reconocer: los r12, las golosinas en el kiosco tan bien expuestas, los kioscos, los chocolates milka, el acento, la radio con unos locutores re porteños pronunciando la "ll" tan fuerte tan fuerte como para no olvidar en que lugar del planeta uno se encuentra, el asado por supuesto que no tardó en llegar, el vino, los mates. El Banco Nación, los alfajores, la pachanga y la cumbia villera. Reconfirmar una indicación dada en la calle por pura costumbre nomas, porque al hacerlo me di cuenta que había sido muy clara y precisa "una cuadra para abajo". Los billetes, las monedas! (que feas son nuestras monedas, auquen tienen el número que indica su valor tan grande que uno no tiene que estar dos horas mirando a 3 cm de la cara buscando cuanto valen). Las monedas... que al querer de pronto pagar con monedas en un negocio en vez de con billetes me di cuenta que ya podía acumularlas tranquila proque no tenía mas fronteras por delante.

Miércoles,30 de agosto de 2006
La importancia de llamarse inclasificable
Tábanos molestando:(0)


