¡¡¡eL rAfA fLaShEÓ!!!

NANO Y GUILLERMO

Esta dicha es ciega/ me pisa como buey/ sale el mundo del mundo/ en tu candor

Juan Gelman

Anécdotas

Las anécdotas suelen contarse entre amigos, en confianza; se presentan como parientas de las buenos recuerdos aunque en realidad, se ocupen de todos los recuerdos. Si se trata de cuestiones dolidas o tristes, pareciera que la amistad entre el que cuenta y el que escucha, se encarga de desactivarles la pena hasta presentarlas inofensivas.

Nano Balvo es mi amigo. Él tiene buenas anécdotas que sin cuidado se le desflecan siempre corridas del lugar dramático. Voy a ser más claro: si Nano dice “picana, cárcel, tortura o exilio”, no pierde nunca la serenidad ni la sonrisa debajo del bigote revoleado. Su alegría tiene algo de venganza, es (creo yo), una manera de avisar que dio batalla y no ha perdido.

Hay dos anécdotas de Nano que tengo entre mis preferidas. En la primera, mi amigo cuenta que por su casa del exilio, en Roma, pasaban muchos argentinos y latinos a tomar un mate o vino. Algunos se conocían por el apodo y pienso que no es raro; estar en aquellos años en Roma cambiando la yerba al mate, gente de Cutral Có, Berazategui o Caleta Olivia, era una situación que nombraba mucho por sí sola. Así las cosas, por casa de Nano pasaban entre otros Juan Barba y Juan Bigote. Anécdota uno: Juan Bigote cayó una tarde a tomar mate y lo invitó de paso a la presentación de un libro suyo. Nano agradeció y preguntó a un tiempo – “¿vos escribís?”.

Al otro día fue la presentación y conoció el libro y el verdadero apellido de Juan Bigote que sí, escribía, (y escribe por suerte), se trataba de Juan Gelman. ¿Y el libro?- le pregunto ahora- ¿te acordás cuál era? Me dice que no, pero sí que no pudo comprarlo. La otra anécdota preferida, es de cuando hizo la colimba en Junín de los Andes, hace 37 años.

“Había unos porteños... – me dice Nano- eran pibes que tenían libros, discutían de política, todo eso me interesaba, sabían de todo, cosas que yo en el campo no había tenido oportunidad de aprender todavía; pero como justamente venía del campo sabía otras cosas, ensillar un caballo por ejemplo, por eso nos juntamos; me necesitaban para ensillar los caballos con los que nos rajábamos algunas veces de la mirada de los milicos. Nos íbamos lejos del cuartel a leer, conversar, fumar, discutir. Los admiraba, - dice - quería ser como ellos”.

Uno de esos porteños de 20 años a los que Nano admiraba era Guillermo Saccomanno.

Este fin de semana fue la feria del libro en San Martín de los Andes. Gelman no vino pero Saccomanno sí, y le conté de estas dos anécdotas, la que le toca.

Santiago

Guillermo se acuerda de Nano claramente, aunque al principio con el nombre de Santiago.

Lo hace con cariño y artesanalmente, mucho, porque con recuerdos como este ha trabajado para escribir el libro.

Guillermo a Nano lo había guardado por Santiago Balvo y pegado a su nombre una información posible, pero por suerte equivocada: “Pensé que estaba desaparecido-me dice- es lo que me habían dicho”...- se dice. Y aunque estoy a su lado y me tiene tomado del hombro con su mano derecha, ya no está conmigo. No es difícil sentir el ruido que mete su cabeza para darse una vuelta por esos días de hace tantos años, cuando los dos hacían la colimba en el regimiento de infantería de montaña de Junín de los Andes, el RIM 26. Y esto podría ser historia privada pero no, porque Guillermo escribió “Bajo Bandera”, ese hermoso y necesario libro, historia entonces pública y de la nuestra, historia Argentina. Del maltrato y la humillación que por sistemática y bancada por el estado se volvió naturalizada, historia de ofender muchachos justo cuando comenzaban a levantar la mirada al horizonte, de tagarnas y de sumbos, de los gritos ladrados por milicos cobardes que se escucharon por toda la Argentina durante años hasta asesinar de modo obsceno y delante de todos nosotros, al soldadito Carrasco. Guillermo sigue al lado y lejos mío y suelta: “creo que tengo una foto donde estamos los dos”.

La excusa

Una feria del libro tiene sus propósitos, algunos se enuncian. No se (no creo) pueda esperarse algo mejor de una Feria, que el encuentro o reencuentro entre las personas, con la gauchada o la excusa de la literatura.

El de Nano Balvo y Guillermo Saccomanno es un encuentro de los tiempos que corren. Tiempo en el que Juan Bigote este abril, hace ocho años que encontró a su nieta; en el que ayer las abuelas encontraron la nieta noventa; tiempo de seguir juntando pedazos aunque ya hace rato que pasó la langosta.

Me escribe Guillermo, dice que está feliz de haberse reencontrado con Nano y agrega “conjeturo que debemos atribuirlo a la fuerza de la escritura, porque si en este reencuentro con un amigo de los veinte años - con quien pasamos tantas - tiene algo de ficción, es justamente porque la realidad - como decía no se quién - imita el arte. Ya me escribió. Ya le escribí.”

Me escribe Nano, también está feliz, y aunque acaba de dejar de ser un desaparecido para Guillermo y tal vez estén hablando con su amigo de otros compañeros que si lo están, sigue ganando la batalla y me dice: “las palabras de Sacco me dejaron con la sensación, de que a pesar de haber estado casi cuarenta años sin noticias ciertas el uno del otro, seguía vivo el afecto que se tiene por los compañeros con los se recorre una misma ruta. Vamos a tener que traerlo a Neuquén o la cordillera, hay que comer un asado con él”.

Lo invito al reencuentro al Juan Bigote y desde la poesía dice: muchachos “esta dicha es ciega, nos pisa como buey”



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