Desde el fin del mundo lanzamos

MUCHAS MÁS BOTELLAS AL MAR

01) Dignidad

¿Qué es ese extraño componente humano al que llamamos dignidad? ¿Se puede medir de manera científica, cuantitativamente? ¿qué es la dignidad, un valor innato, un caracter aprehendible, un sueño colectivo, una unidad cualitativa?

Medir la dignidad, siquiera detectarla, es algo complejo. Su presencia está atada a demasiadas subjetividades. Alguien me apuntó alguna vez un oximoron que es válido para contemplarla, algo que resulta bastante ilustrativo. Anoten:

La presencia de la dignidad puede llegar a medirse por su ausencia, su propio desvanecimiento.

Hay que explicarlo un poco más detalladamente.

La idea base es sencilla: por lo general solemos detectar la dignidad cuando esta ya ha pasado por nuestras vidas. Será por eso que -la historia nos lo ha demostrado per se- somos campeones universales en el arte de vindicar y reivindicar. Divisamos, respiramos y asimilamos un acto de dignidad recién después de que éste ha sucedido. La dignidad es eso que divisamos por el espejo retrovisor del auto de nuestras subjetividades, una presencia certera y espléndida que se achica a medida que nos vamos alejando de ella al paso que nuestro principio de epursse muove diario nos impone.

Antes de ayer a las tres de la tarde estábamos en las afueras de Trelew. Llevábamos viajando ya varias horas sin parar (y nos faltarían muchísimas más para llegar a Ushuaia). El colectivo se detuvo en las afueras de la ciudad, cerca de un kartódromo suburbial, un sitio enclavado a la orilla d ela ruta, en medio de esas bardas/canteras que parecen chanchitos acostados en medio del desierto. Allí hay un parador de esos que tienen muy mala iluminación nocturna y mesas y sillas de madera como las que ya no se consiguen. En ese parador trabaja Laura. En realidad no se si se llamará así, tal vez sí. No se, nunca le pregunte eso. Ni nada.

Laura es travesti. Debe tener 25 años. Es bonita. Rubia teñida de rulos ralos, rizos desprolijos que de alguna manera delatan su pasado masculino. Como otras señales de su postura y sus gestos que quizás no vengan al caso detallar. Laura brilla bajo el cielo gris de Trelew con la un tanto artificiosa cantidad de glamour que tienen las mujeres que han aprendido a ser mujeres por propia decisión, no porque la naturaleza las haya ayudado en nada. Algunos desde el colectivo la ven y se ríen un poco de los aspectos más torpes y menos pulidos de su feminidad. A Laura poco pareciera importarle este aspecto general de la gente y sube al colectivo con su balde, la legía, los guantes de goma y algunos trapos. Laura avanza por el pasillo cargado de gente embotada de viajar durante doce horas. Gente que la mira. Ella sonríe, y con su voz en falsete histriónico pide permiso para pasar, y luego pasa como danzando. Llega hasta el fondo, abre la puerta y limpia.

Laura termina su trabajo, vuelve a hacer una pasada glamorosa, haciendo bailar las calzas que dibujan su nuevo cuerpo (o el cuerpo de siempre que ahora es femenino... ¡yo que se!) Entonces Laura se va. Para siempre. Al menos para nosotros, pasajeros en trance que muy probablemente no volvamos a verla nunca más.

Laura deja el balde en la parte trasera del parador. El colectivo arranca. Si vos mirás por la ventanilla se al ve cada vez más pequeña. Su pareja sale por la puerta trasera del parador y la abraza. Se la ve feliz, cada vez más chiquita por el espejo retrovisor del colectivo. Listo, ya no la vemos más. Eppurse muove.

02) 05.10 AM

Me despierto con esa sed desagradable que ataca al que duerme profundamente. De todas maneras no estoy molesto; más bien todo lo contrario. Estoy sonriendo.

El colectivo está parado en el playón de estacionamiento de una estación de servicio, varado en medio de la neblina. En un solo vaivén de la mente en estado de semisueño alcanzo a explicarme por qué es que me desperté sonriendo. Lo recuerdo perfectamente bien... estaba soñando que tocábamos con la banda en un bar, y hacíamos una versión de “Vanishing Act”de Lou Reed que yo mismo cantaba. Mi perfomance no era para nada mala. Sin llegar a cubrir en todo el tono intimista con el que el viejo Lou canta esa canción en el estudio, mi desempeño era bastante correcto, tanto que tenía a toda la concurrencia del bar embelesada. Los tipos y las tipas del bar hacían un silencio notable y se escuchaba hasta el chasquido de mis labios al abrir la boca. el clima estaba perfecto. Entonces me desperté de repente con mucha sed y una sonrisa bobalicona en la cara. Esa historia ya la conocen...

Bajé del colectivo y pegué un vistazo panorámico. La niebla nos rodeaba por completo. Mi pequeña sonrisa de niño alelado pasó a convertirse en una ahogada risa al comprobar que mi subconsciente fue capaz de detectar la niebla y sublimarla en el sueño de una hermosa canción consagrada... a la niebla.

Con la seguridad de haber descubierto algo trascendente de mí mismo fui al baño antes de que el colectivo volviera a arrancar.

Ya de cara al mingitorio vuelvo a reparar en algo que me había llamado la atención en anteriores paradas: si vas a un baño público de Santa Cruz, es muy probable que la senadora electa Alicia Kirchner esté mirándote desde un sticker de campaña. Su sonrisa de photoshop produce el mismo efecto de inhibición que en anteriores ocasiones. De todas maneras me concentro y hago lo que tengo que hacer mientras pruebo despegar el calco con el dedo índice de mi mano libre. No se pudo. La canción de Lou Reed vuelve a mi mente, el mensaje es “It must be nice to disappear to have a vanishing act”. Subo mi cremallera, hago caso al mensaje, me alejo de todo lo que representa ese sticker en ese lugar, salgo del baño sonriendo y me pierdo en la neblina.

03. La cura Beatle

Ni siquiera la fiera grandilocuencia del atardecer de Tierra del Fuego puede quitarme de encima la abulia y el hastío que siento después de estar 39 horas arriba de un colectivo. Pienso. De golpe la solución aparece. Es hora de recurrir a la cura: es hora de escuchar a los Beatles

Me calzo el discman de mp3 que me facilitó Rococó y pongo esas 256 canciones de los Beatles en random. La primera de las sorpresas (¿qué es el random sino la sorpresa más binaria?) me la da “Rocky Racoon”, que con su histrionismo se abre paso mientras el mar golpea las piedras del desierto jugando a ver quien gana en una pulseada milenaria. Es un buen comienzo.

Beatle es idioma universal. ¿De qué otra manera podría explicarse la siguiente imagen? Hostería “El faro”, media mañana, Estrecho de Magallanes, allí donde el Atlántico se une con el Pacífico, a 50 metros del mar (los mares). Allí, exactamente allí y mirando por una ventana que daba a la playa cantamos “Yellow submarine” con una abuela de 75 años mientras la escuchábamos directamente del grabador del comedor de la hostería. La camarera se arrimó a nuestra mesa, una típica mujer chilena de 45 años, de las gringas, con pinta de cándida ama de casa. Antes de preguntarnos si necesitábamos algo más, la camarera priorizó una danza discreta que incluía hombros y cuello. Al llegar al estribillo nos miró y su segunda opción fue cantar “we all live in a yellow submarine...” etcétera, etcétera. La señora, la abuela y yo sabíamos que hay idiomas que no se enseñan en otra academia que no sea la Academia Beatle.



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