
Esta es una de esas obras en la que el público se pregunta/interioriza en más de una oportunidad: “Por Dios ¿de que me estoy riendo?”. Esas son obras buenas, ¿no?
“El líquido táctil” es la obra perfecta para cerrar (o abrir, quién sabe...) un ciclo en la vida de El Garage, un grupo/proyecto teatral que ya lleva una docena de años trabajando el teatro desde diferentes abordajes (arriesgados en la mayoría de los casos) aquí en Neuquén. Es que “El líquido táctil” es una excelente conjunción del teatro más tradicional y el nuevo, el zarpado, el que es vanguardia.
“Esto es una maravilla, una charla de café convertida en la vida de tres personas”, dijo mi mujer al salir de la función de “El líquido táctil” que fuimos a ver la noche misma en la que le dije: “vos tenés que ver esta obra”.
Y le di automáticamente la razón. Ojo, eh: no es por darle la razón así porque sí a mi mujer... a ver, esperen... sí querida, ya voy a lavar los platos... sí querida... esperame un minutito que termino esta nota... bueno querida, no te enojes... ya voy, ya voy.
Permiso. Voy a lavar esos platos y ya vengo, no se vayan eh.
Una hora después...

Volví.
En esta obra, las cosas “ocultas” del discursito nuestro, el firulete dialéctico ese que soltamos así como así en bares, almacenes y cafés, está decodificado como si fuera lo más importante que le sucedió, le está sucediendo y va a sucederle a los tres personajes protagonistas. Por eso te quedás pensando, porque lo baladí pasa a ser lo profundo. ¿No es acaso lo que intentan los medios de comunicación hacer todo el tiempo? Aquí lo hace el arte, porque nuevamente el arte es el primero en lograr las sensaciones fuertes. El resto llegará más tarde, copiando la fórmula atrevida que el arte se animó a usar.
Esta es una obra puro verbo, una obra de discusiones y acuerdos.
Las discusiones y los acuerdos que el trío protagonista tiene a lo largo de la obra toda, son un verdadero compendio de ideas y manifestaciones fragmentadas. El todo de la obra parece un zapping temático, uno se siente un mozo que pivotea entre mesas de un café de verborrágicos incurables. Pero hay una unidad que te cierra ese todo como en una finta hecha con el dedo índice en el aire: los tres tratarán de “curar” a Nina (incluida ella misma, claro).Tanto aparente zapping inconexo tiene su hilo conductor.
La obra -en este sentido: multidisparador temático- es coherente con el clima comunicacional/social que vivimos hoy, todos nosotros, animales de 68 canales.
Ayer y hoy

Hace algunos años esta obra hubiera sido catalogada peyorativamente de “abrumadora”, hubiera permanecido en el off del off del teatro under, condenada a ser “nueva tendencia”. Hoy es perfectamente “legible”, de cabo a rabo. Hoy es la ganadora del festival provincial de teatro.
Esto no habla mal de “El líquido táctil”. Para nada. Hace veinte, quince, diez años sí hubiera tenido un signo negativo esta fluidez y su perfecta legibilidad. Eran otros años y los autores y directores estaban muy entusiasmados en su actitud de ruptura. Hoy no debe existir un solo director o autor de teatro argentino, de los de la vieja generación del under de los ochenta del siglo pasado, que esté interesado en alejarse de la “legibilidad” en sus puestas y/o obras. Legibilidad es comunicación. Comunicación es un valor fundamental, esencial. Ellos lo saben, y su actitud hoy es otra. La ruptura fue necesaria, enriquecedora (heroica y salvadora quizás), pero esta nueva faceta -la de estos años en los que necesitamos que el teatro vuelva a abrirnos la puerta- es auspiciosa para comunicarnos.
Por eso es gratificante ver como una experimentada y experimentadora trabajadora del teatro regional ha entendido perfectamente como abordar la obra de Veronese.
Hernández ha buscado tres estupendos actores, ha simplificado la puesta a su mínima y expresiva versión escénica. Hernández ha trabajado con soltura, ha confiado en el texto, en la cercanía que cada escena escrita tiene con “el público de hoy”.
Y estos nos son logros de "generación espontánea". Todo esto es fruto del laburo previo, de años.
En todos estos años hemos visto como Hernández asumía con mucho trabajo los riesgos de ser la jugadora diferente de la escena teatral neuquina.
Vimos como llevaba a escena un icónico Quijote en el patio/pelotero de un pumper nick (“Don Quijote y Dulcinea”, 1992), como versionaba un Cortázar atrevido en el galpón de un gremio (“Salvo el crepúsculo”, 1995) o como probaba con tendencias, texturas y dramaturgias diferentes a lo largo de todos estos años. Hizo el más romántico silencio escénico versionando a Tantanian (“El peso del silencio”, 2001), o subió a todos sus alumnos a representar la dificil “Geometría” de Daulte. Siempre al borde, siempre en “situación permanente de riesgo”.
Circular

Con “El líquido táctil” Hernández entra en una circularidad casi perfecta. Aquí se nota cuanto ha experimentado (¡se ha arriesgado!) cuando otros directores hicieron un poco la plancha, pero también se nota el “resto” que tiene para hacer que sus actores interpreten el texto con la carga dramática más clásica. Ying y Yang. Sus actores responden a la perfección y el texto de Veronese (mágico como ecléctico) parece darle ese permiso que Elsa quiere tomarse desde hace años. Tal vez por eso apostó a la sencillez máxima para ponerlo en escena. Y el resultado es brillante.
Solo hace falta escuchar como se ríe cada vez que sus tres actores salen a escena y comienzan a desplegar esta negra comedia de amores perros.
Quienes no tengan el gusto de haber experimentado alguna de sus puestas, debería darse el permiso de hacerlo ahora, que un intenso -y algo salvaje- equilibrio está de visita en su casa.

Martes,28 de septiembre de 2004
Lo vimos
Tábanos molestando:(10)


