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MIS DÍAS CON BORGES

Hace dos días llegó al mail de la redacción un correo del Rafa con un asunto que decía "Chupando un durazno abajo de un árbol".

Si un subject como ese te viene de parte del Rafa, seguro que algo conmovedor está en la puerta misma de tu vida, golpeándola, claro. Y si ese mail trae un attach de 719k la expectativa es aún mayor.

Así que abrimos el correo a la velocidad de la luz. El texto con el que nos encontramos es el siguiente:

"Queridos amigos:

Aquella nota "Mis días con Borges" fue leída por gente que compartió el momento algunas, y otras con quienes veníamos compartiendo la vida.

Así, me escribió un pibe que está armando una película o un documental sobre aquella visita y también mi querida profesora de literatura Susana Iturralde, que se reconoce en la anécdota y le manda más diciendo que ella es quien presenta al tipo en el salón de la municipalidad. un núcleo de afecto bonito, imposible o muy poco probable de juntar si no hubiera participado la www de efecto tábano.

Y ayer me llegó la foto que les adjunto, encima.

En el banco está Borges (que linda la corbata!) y hacia acá, el de zapatillas rojas, Daniel oronó, el poeta de mi pueblo que después sería mi tutor legal por esas cosas de la vida, como Susana sería reemplazada de la dirección del colegio por un enano interventor que ponen los militares; y junto a él, a Daniel, estoy yo. Evidentemente había muchos más que en mi recuerdo íntimo, pero supongo que cada uno se hará cargo de recordar lo que pueda.

Será nomás que internet la inventaron los militares norteamericanos, pero el subcomandante la reparió para dar su buena noticia y tener una revolución con la escopeta de adorno, también nosotros en nuestras pequeñas cosas podemos decir que la usamos para los encuentros, los reencuentros (aunque una revolución no nos vendría mal)

Los quería hacer parte de estos cruces, que seguramente andarán por miles dándote vueltas, nada más como decía Cortazar, "parando a chupar un durazno abajo de un árbol", cosa que el transcurrir se note, se ponga en evidencia.

Les mando un abrazo grande y nos estaremos viendo

Rafa"

Imaginen nuestra emoción al abrir el attach y ver esta hermosa foto:

Pues bien, para todos aquellos que no hayan leído en su oportunidad el artículo del Rafa, aquí lo re-editamos. Que lo disfruten:

Crecí en Dolores. Un pueblo de la provincia de Buenos Aires que ofrecía muchas oportunidades para que los chicos aprendiéramos cosas de la vida e incluso, ensayáramos algunos asuntos de los grandes.

Tenía un canal de riego que nos servía de Amazonas y de Niágara, calles para descoser las bicicletas, quiosqueros lentos que provocaban nuestros deseos más temerarios de comer caramelos y tutucas sin pagarlos, vecinitas con olor a metegol y ropa recién colgada.

Había malandras de todos los colores, barriletes como para estampar el cielo, bolitas japonesas y lecheras en frascos imponentes y ajenos o en bolsillos descosidos y propios, lechero que pasaba al principio con carro y todo y después en renoleta, soderos que enamoraban las muchachas, museo con animales embalsamados junto a indígenas de yeso o de cemento que nos cruzaban de preguntas.

También había escritores.

Yo era amigo de uno que en realidad era amigo de Diego, mi hermano mayor. Escribía en cuadernos de esos grandes. A veces Diego los traía a casa y disfrutaba y yo mas que nada los miraba de ojito, más o menos como miraba los renacuajos que crecían en la alcantarilla es decir con un asombro vacío de miedo. Desde ese tiempo escribir me parecía una actividad misteriosa y leer un libro gordo, algo que solo podía concretarse bajo algún tipo de amenaza. No se bien como fue, porque a la hora de cualquier preparativo yo estaba andando en bici o inventando una cosa o molestando; pero pasó que un grupo de personas de mi pueblo invitó a Jorge Luis Borges a que viniera a visitarnos.

En la escuela se habló bastante, también en casa y en el barrio. Mi amigo el escritor (en realidad amigo de mi hermano), ese sí que sabía cosas del tipo. Tenía libros y palabras para hablar a favor y hasta en contra; y podía conversar del asunto con cualquiera incluso con mis padres aunque fueran grandes y no pertenecieran al gremio de nosotros, los chicos.

Borges venía a Dolores y todos éramos atravesados por un rayo flamígero que no andaba exclusivamente en bici ni rastrojero, es decir algo hacía que la felicidad y la intriga nos perteneciera a todos por igual.

Llegó el día, después de los raspones y las coleadas, el llanero y el nesquick, nos fuimos al Salón Municipal con mi amigo Jorgito con quien compartíamos la curiosidad por todo asunto de este mundo.

Ese salón es un lugar imponente, sobre todo si uno es un chico diminuto. La gente andaba alborotada, bien vestida y con los cachetes brillantes. Estaba repleto y nos sentamos medio atrás, medio anónimos.

Una profesora del Colegio Nacional lo presentó. No se bien lo que dijo pero estuvo bien, porque ahí nomás entró Don Borges junto a María Kodama. Tenían (los dos) hermosas y serenas sonrisas. Mi pueblo aplaudió de pié. Borges agradeció y habló un buen rato.

Tampoco sé lo que dijo, pero sí que tuvo razón. Luego quiso dialogar con el público. Para facilitar el asunto los vecinos escribían sus preguntas en papelitos que las chicas del Normal retiraban y entregaban al escritor. Algunas eran preguntas muy específicas, muy al hueso de alguno de sus textos. La profesora iba leyendo mientras Borges sonreía como cayéndose dentro de un recuerdo bonito, movía la cabeza hacia los lados, un poquito hacia arriba o abajo y decía casi pisando una palabra con la otra: “¡qué lindo, qué lindo, qué bien, qué bien, la verdad no lo recordaba, le agradezco tanto!...” Y la gente sonreía como él, todos parecíamos más buenos, también yo.

Por ahí algún vecino hacía preguntas que en realidad utilizaba para demostrar a los otros vecinos cuanto que sabía, Borges se avivaba de la artimaña y cortésmente le tiraba la pregunta al corner con una respuesta cortita. Otras personas se desafiaban hasta poder soltar su pregunta, tal vez un poco ingenua, Borges se agarraba de ahí para bajar y subir por laberintos que cruzaban el cielo y la tierra y las orillas de todos los arrabales y los mundos posibles y los otros.

Terminó, y con Jorgito que no nos dio para preguntas, nos acercamos a mirarlo de cerca. Lo saludamos y le pedimos un autógrafo. El sonrió más lindo todavía, divertido, digno y respetuoso del pedido y mientras miraba hacia algún punto de fuga que no cabía en el Salón Municipal, María Kodama le puso la mano en mi papelito y él lo firmó.

Al otro día (invierno y sol) mientras recorría el pueblo en bici, encontré en la Plaza Castelli a mi amigo más amigo de mi hermano, el escritor. Lo saludé apoyado en el volante palomita y me dijo que enfrente, en el Hotel Plaza, se alojaba Borges, y que lo había invitado a conversar. Tenía sus cuadernos grandes, unos 15 o 16 años y yo creo 12 o 13. Me pareció bien que los dos escritores hablen de sus temas.

Nos sentamos juntos en un banco y al ratito, Borges y María Kodama salieron del hotel para nosotros. Nos saludaron. Estábamos felices.

Otra vez no podré decir de que se habló, pero si puedo asegurar lo de que estábamos felices: Daniel Oronó, Jorge Luis Borges, María Kodama, y yo en la bicicleta, todos conversando de una cosa.

Borges y Daniel lo hacían más propiamente, sentados en el banco, María Kodama de pié cuidaba el momento y yo creo que también hacía lo mismo.

Hay unos plátanos enormes en esa plaza donde alguna vez estuvo en una pirca la cabeza de Castelli, cada tanto Borges soltaba la mirada hacia esos árboles, tomaba aire y callaba como diciendo: “¡qué lindo!”.

Ahí supe que mi pueblo era más lindo todavía de lo que a mi me parecía, el propio Borges lo encontraba de ese modo y eso que ni siquiera estábamos en el canal, pescando palometas o dientudos.

Durante muchos años tuve en uno de los clavos que sostenían mi raqueta de tenis, el autógrafo de Borges y el de un jugador de fútbol que pasó por Dolores y alguien dijo que era de Platense.

Después el papelito se me perdió, me hice más grande, me alejé del pueblo, empecé a leer libros por propio gusto sin que nadie me amenace y a tener recuerdos como tesoros. Tesoros como ciruelas robadas en la siesta, de ese estilo.



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  • #1 ..··. Mirta ··..· 6/09 .·.. 04:13

    Yo creo humildemente que la sensibilidad y frescura con la que está contada esta anécdota respondería a muchos de los que se preguntaban desde qué lado escribía este chico el artículo que está más abajo sobre los niños del Líbano. Felicitaciones Rafa.

    un abrazo a todos

    Mirta desde Plottier

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  • #2 ..··. Una tabanita ··..· 6/09 .·.. 17:25

    Me encantó Rafa; simplemente me encantó

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  • #3 ..··. Rococó ··..· 7/09 .·.. 06:04

    Yo soy un lector muy agradecido de Borges, y también disfruto de estas anécdotas. Muchas gracias Rafa; por el texto y por traerme de vuelta la palabra "renoleta".

    Modestamente arrimo un par de anécdotas de Borges contadas por un amigo:

    - A mi amigo le habían prometido presentarle a Borges. El presentador era conocido de Borges y lo interceptó en el pasillo de una universidad, con mi amigo al lado; cuando lo alcanzó, le dijo "Cómo estás Georgie, soy fulano de tal", a lo que Borges contestó: "ah, si...es probable".

    - Cuando Borges daba clases en la universidad, una noche los alumnos habían decidido tomarla y le pidieron a Borges que suspendiera la clase. Borges se negó, por lo que los alumnos combativos amenazaron con cortarle la luz. "Por mi no se hagan problema, muchachos - contestó - ya tomé la precaución de ser ciego..."

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  • #4 ..··. juan pablo ··..· 14/05 .·.. 10:00

    Gracias don Rafael, gracias por el regalo, y un reclamo, o mejor, un cariño: háganos el favor de escribir mas seguido... hace bien leerlo a usted.

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  • #5 ..··. T E H U E L C H E ( aborigen tehuelche ) ··..· 14/05 .·.. 10:36

    gracias por compartirnos tus anecdotas! un buen ejemplo de "Sensibilidad" y "Reflexion". Vuelva pronto por aqui, Don Rafa!.

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  • #6 ..··. Nora ··..· 15/05 .·.. 16:03

    Gracias por compartir tan maravilloso relato!!!!! Excelente.

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  • #7 ..··. Un tábano tímido ··..· 9/07 .·.. 08:02

    Hola,Rafeael: Soy Diego Sachella,no sé qué tanto recuerdes mi nombre,pero andando como ando,tras la filmación de un documental sobre aquella experiencia magnífica de haber invitado a Borges a Dolores,me encontré con tus recuerdos ya,hermosamente literarios. Me has regalado conocer algo que se escapó entonces:las resonancias íntimas,inefables de esa experiencia. Desde Buenos Aires,te mando un abrazo. DS diegosachella@hotmail.com

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  • #8 ..··. Susana Iturralde ··..· 6/11 .·.. 02:11

    Como siempre, internarme en tu prosa, Rafael, es un placer, que me llena de frescura, a veces, de alertas, otras. Pero, además, en este caso, por tratarse de una experiencia compartida, me llenó de nostalgias. Yo era la profe que lo presentó. Y todavía me conmueve de belleza de la imagen de Borges aferrado a una reja de Dolores, moviendo la cabeza y diciendo como para sí: "¡Qué lindo! ¡Qué lindo!". Lo increíble es que nadie pudo imaginarse que los ojitos sin luz de Borges iban a poder percibir la presencia de la reja. Supongo que porque la luz la tenía adentro. Por eso, supo descubrir la belleza de un Dolores que, por ser una costumbre cotidiana, se nos pasa desapercibido. Besos para mi vasquito escritor.

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