HaY mÁs NaDaS pArA eStE bOlEtÍn

LOS NADA (capítulo IV)

¿Cómo lo hizo?

Una tarde se emborrachó con una ex compañera de la secundaria que encontró de casualeta. La mina estaba llorando en las escaleras de un híper mercado porque había perdido un embarazo a los treinta y dos, “aunque pensándolo bien -decía con un kleenex casi incrustado en la nariz-, es mucho mejor, porque el padre se fue a vivir a Burundi”.

Mariana no dejó de abrazarla, pero no pudo evitar la carcajada: “¿Burundi... estás segura de lo que estás diciendo?”. Efectivamente, a pesar de lo exótico que sonaba el destino elegido por el kía, el tipo se había ido con una empresa petrolera, detrás de una geóloga francesa “que no se depilaba las axilas, la muy puta asquerosa”.

Entre las dos hubo una inmediata corriente de solidaridad frente a la desgracia, que es una de las maneras más frecuentes que tiene la persona moderna de comunicarse con el prójimo en estos días en los que pareciera que no hay tiempo para nada.

En una hora y media conversaron sobre todo y todos. Se mamaron con cerveza -y Fernet con cola de postre- en “El Rodeo”, un bar de los que están enfrente la terminal de ómnibus y a los que solo parecieran entrar los fanáticos de las películas de artes marciales, las prostitutas, la gente del interior de la provincia que está de paso por la capital y no se anima a correrse más allá de un par de cuadras de la terminal por gruesos temores infundados sobre la voracidad de cualquier ciudad que sobrepase los doscientos mil habitantes.

Ya beodas ganaron la calle y, desde un teléfono público, llamaron al psicólogo de Mariana para decirle que “no había más tiempo para perder en el consultorio de nadie” (jua jua juas de Fernet con cola) y que “la culpa era un kilo y medio de lana que los psicólogos se encargaban de enmadejar sobre la conciencia de sus pacientes” (jua jua juas, con tos de mil quinientos cigarrillos en una sola tarde).

Con poco, con insolencia y pequeñas dosis de insolencia excarcelable, fueron felices. Fueron dos pre adolescentes de treinta y tres con las orejas pegadas a un tubo. Y el licenciado del otro lado de la línea; escuchando un poco, menos de lo esperado; diciéndole en un correcto registro de hombre que tiene la situación perfectamente controlada (casi tántrico): “Mariana, disculpá, pero estoy atendiendo a un paciente que tiene tanto derecho como vos de ser escuchado y me parece que tendrías que tener en cuenta que...”. Pero ¡clack!, corte torpe y violento a la horquilla del teléfono y jua jua juas en plan “andate a la concha de tu madre", y luego los abrazos y besos con María Fernanda, su fiel ex compañera de banco. Y a la mierda... ¿qué era eso de “derecho a escuchar” y todas esas pelotudeces políticamente correctas?. ¿No era el mundo un sitio demasiado hipócrita como para querer soportar sin decir nada a otro colaborador directo en esta carrera de tibios colaboradores de la nada más nada?.

A veces con poco uno puede darse cuenta de que un gran porcentaje de las subordinaciones que aceptamos para mantener “el equilibrio de las cosas” son admirablemente inútiles.

María Fernanda, sin saber tanto de su amiga como para entender todo de buenas a primeras, comprendió que aquella llamada había sido un knock out fulminante, un acto de iluminación shockeante, y siguió caminando; pero Mariana se quedó clavada en la caseta telefónica. Todavía le faltaba algo. Como si fuera el jefe de la pandilla de los chicos más hijos de puta del barrio que regresa a patear en el piso a quien ya se cagó a trompadas, descolgó el teléfono, puso otra moneda y carraspeó en una suerte de ensayo en el que lo ideal era evitar que lo gangoso de su voz delatara su verdadero estado de ebriedad. Tuuut. Tuuut. Tuuuuuut. Crack, “¿hola?”. Solemne le pidió a la secretaria urgente con el psicólogo. El trámite fue hecho: “¿por qué no te vas a la puta madre que te re parió, vos y toda tu cría?”, le dijo. Y después sí cortó, según ella para siempre.

Anotaciones

Consideraciones estivales I

I. Hay quienes intentan disfrutar de lo que inocentemente hemos dado en llamar buenos momentos. Hay quienes solo intentan prenderlos fuego con la llama de lo que -sobrevaluando- hemos denominado sentido común.

II. Vete. El hecho de que te ame es solo otro inútil movimiento en el ajedrez de nuestras vanidades.

III. Sin decir, es la única manera de decirlo.

IV. En este implacable volcán de voces, la desconceptualización total se yergue, y nuestros impulsos se adormecen debajo de una almohada infecta de curare. Sin embargo (y sin entender bien los mecanismos de nuestras propias existencias), creemos en milagros que nos curarán de la intoxicación causada por ese terrible veneno, tan efectivo como simple de preparar.

V. De noche. Subir a un taxi, bajar la ventanilla, recibir el viento del verano en la cara. Conversar nimiedades con el taxista. No importa cuantos sean los problemas que nos ocupan la mente. Actuar como lagartos que se empujan sobre una sola piedra para tomar el mismo sol. Que solo importe que es lo que opina el taxista sobre el tiempo, o sobre la polémica entre Maradona y Pelé, o cualquier otro tema instalado en el inconsciente colectivo porque sí. Eso. Eso y el viento, por supuesto.

VI. Repetirse, es todo lo que puede hacer el que escribe.

VII. Desde el punto de vista cristiano, la fe en los demás es culpa nuestra, y de nadie más.

VIII. El corrector del word no reconoce la palabra Nietzsche.

IX. En un campo de Dios mil cuervos apuntan al espantapájaros de nuestra conciencia colectiva y le dan de lleno en los ojos de paja. Todos ellos gritan “Nunca más”, que es lo más excelso y constructivo que un cuervo pueda gritar, por más que -aparentemente- solo se trate de una sentencia apocalíptica.

autor Fernando HoraDomingo,23 de abril de 2006
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(1)



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  • #1 ..··. una tabanita ··..· 6/05 .·.. 10:48

    no deberíamos estar leyendo ya los siguientes capítulos?

    snif, los extraño

    besos

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