
El mail que nos mandó tres meses antes de morir tenía un asunto simple, uno de esos asuntos que se asimilan de buenas a primeras y que luego -como la mayoría de las cosas simples de la vida- se desvanecen en una nada tirana e implacable, simplemente se van. Casi nadie recuerda nada de ellos.
El asunto no decía más que “no tirar este mail”. El texto era el siguiente:
“Hola: Alguno de ustedes se tiene que colgar y guardar aunque sea un printer de este mail, porque el tema que les voy a plantear aquí es serio. Muy serio.
Presten mucha atención, porque el día en el que me muera solo exigiré una cosa: que en mi velorio se escuche como música de fondo el siguiente listado de canciones que voy a pasarles en este mismo mail. Quisiera (¡por favor se los pido!), que las versiones sean las originales, las de estudio, nada raro, no inventen nada raro, no me timen. Presten mucha atención, porque en el caso de los covers fui bien claro y especifiqué por cuáles artistas me gustaría que se escucharan. Los temas no deben estar cortados ni editados, y deben sonar a un volumen considerable durante todo el velorio. Deben tapar los típicos y desabridos sonidos ambiente de los funerales rasos.

Si algo más voy a pedir es que se me vele con cierta alegría. La que se pueda, por supuesto. No exageren por el solo hecho de conformar un deseo que realizo en vida. Es decir: no le mientan a mi cadáver.
Vístanse todos de rojo y, al terminar la feria del dolor, crémenme y esparzan mis cenizas en medio del desierto neuquino, a -por lo menos- quince kilómetros de cualquier ciudad.
Por último: quisiera que se queden tranquilos: no me pienso suicidar, escribo este mail solo porque este tipo de deseo se expresan (¡lógicamente!) en vida. Ya está. El que menos ofendido y molesto se haya considerado con esto que les estoy mandando será el verdadero guardián de este humilde pedido.
Acá les va el listado.
Abrácense siempre...
Los quiere :):)
Miguel
Música para mi sepelio:

“At that time of the night” de Marillion, “Hapiness its a warm gun” de los Beatles, “Slainte Mhat” de Marillion, “Golden Slumber” de los Beatles, “Don’t let me down” de los Beatles, “Black bird” de los Beatles, “Tomorrow never knows” de los Beatles, “Let it be” por Nick Cave & the bad seeds, “El seclanteño” por Pedro Aznar y Suna Rocha, “Muñequitos de papel” de Pedro Aznar, “Barrilete” de Palo Pandolfo, “No pienses de más” por Jaime Roos, “Milonga de Gauna” de Jaime Roos, “Brindis por Pierrot” de Jaime Roos, “Piropo” de Jaime Roos (en concierto), “Te han enseñado” de Nilda Fernández, “No te condenes” de Nilda Fernández, “Drume negrita” de Bola de Nieve, “Pasajera en trance” de Charly García, “Rezo por vos” de Charly García, “Los dinosaurios” de Charly García, “Viernes 3 AM” de Serú Girán, “Threshold” de Marillion, “Ji ji ji” de Patricio Rey, “Vencedores vencidos” de Patricio Rey, “Un ángel para tu soledad” de Patricio Rey, “Guitarra negra” de Alfredo Zitarrosa, “Bye bye love” por Ben vereen y Roy Scheider, “Walk on the wild side” de Lou Reed, “La pradera” de Fontova y sus sobrinos, “Why can’t be good?” De Lou Reed, “Dirty Boulevard” de Lou Reed, “Open House” de Lou Reed y John Cale, “Jealous guy” de John Lennon,“Soy gitano” por Camarón de la Isla, “Boleto para pasear” por Sandro y los de Fuego, “Hombre de ningún lugar” por Sandro y los de Fuego, “La casa del sol naciente”, “Mi oración” por Sandro y los de Fuego, “Everything old it’s new again” de Peter Allen, , “Come rain or come sunshine” por Don Henley, “11 y 5” de Divididos, “Haciendo cola para nacer” de Divididos, “Don’t turn blue” de Sumo, “Heroína” de Sumo, “Rain” de Sumo, “Añoranza” por Los Hermanos Abalos, “La Candelaria” por Los Hermanos Abalos, “Gelatto al limón” de Paolo Conte, “Hemingway” de Paolo Conte, “Via con me” de Paolo Conte, “Alle presse con una verde milonga” de Paolo Conte, “Comfortably Numb” de Pink Floyd, “Wish you were here” de Pink Floyd, “La aurora de Nueva York” por Enrique Morente y Lagartija Nick, “Aleluya” por Enrique Morente y Lagartija Nick, “Changes” de Black Sabbath, “So tired” de Ozzy Osbourne, “Silent Lucidity” de Queensrÿche, “Carpet crawlers” de Genesis, “Rosa de amor” de Chango Spasiuk, “Ojos color del tiempo” de Chango Spasiuk, “Stand by me” por John Lennon, “Shine” de Las Pelotas, “Sin hilo” de Las Pelotas, “Tan joven y tan viejo” Joaquín Sabina, “Esa boca es mía” de Joaquín Sabina, “Héroes” de David Bowie, “It never entered my mind” por Hal 9000, “Oddisey” de Kiss, “A world without heroes” de Kiss, “Addhesive love” de Stone Temple Pilots, “Stay” de U2, “Bad” de U2, “All I want is you” de U2, “Bitter suite simphony” de The Verbe, “Angelitos negros” por Cuco Sanchez, “ La luna y el toro” por Javier Solís, “Payaso” por Javier Solís, “The tree” de Pulp, “People are strange” de The Doors, “Rituales” de La Fisura del Chocón, “Mozart avec mua” de Boris Vian, “Beyond the realms of death” de Judas Priest, “Last rose of summer” de Judas Priest, “Canzone piccola” de Jovanotti, “Esta es mi casa” de Jovanotti, “A dumenella” de Fabricio D’André, “Long distance” de Iggy Pop, “O segundo sol” por Cassia Eller, “Scetate” de Renzo Arbore, “One small day” de Ultravox, “Yarará de la fiestas” por El Charro Aguilar, “Subterranean homesick Alien” de Radiohead, “Astrolabio” de Skay Beilinson, “Oda a la sin nombre” de Skay Beilinson, “London Calling” de The Clash, “I fawt the law” de The Clash, “The planet of sound” de Pixies, “Cactus” de Pixies, “La isla Encanta” de Pixies, “Rata de dos patas” de Paquita la del Barrio, “Cheque en blanco” por Paquita la del Barrio...”.

La lista se extendía a lo largo de dos carillas más. Pura, A4, en tipografía 10. Las canciones se repetían en ocasiones. No era un catálogo prolijo, era una lista hecha con la anti-farragosidad lógica de quien está pidiendo algo fundamental, algo que sabe que es muy probable que otros no respeten en el momento preciso.
Tal vez por eso -algo de razón tenía, habría que ser honesto y reconocerlo- cuando se murió, lo velamos con menos de la mitad de los temas conseguidos, pusimos la música muy baja y -después del velorio- yo mismo me afané uno de los compactos. Los otros los tiramos a la mierda. En fin, no le hicimos caso. Nadie -salvo alguien a quien no puedo nombrar porque nunca me lo perdonaría- se vistió de rojo.
El sepelio, contra su estricta voluntad, fue desgarrador. Nada del ánimo que él propulsó en vida estuvo presente en aquella sala. Yo estoy convencido de que Miguel sabía que eso iba a pasar, era un tipo inteligente y sensible. Entonces... no se por qué nos pidió una estupidez semejante.

Cuando el cajón empezó a salir rumbo la gran puerta de salida de la casa de sepelios, Mariana se desmayó. Alcancé a sostenerla justito; estaba ubicado al lado suyo, en una de esas sillas tapizadas con cuerina con olor a plástico. La senté a mi lado, buscando que nadie notara que se había desmayado. Tal vez fui un poco careta al pensar que debía ocultar la situación, pero en ese momento solo estaba pensando en no agregar más desconcierto a un instante tan desconcertante como aquel, en el que la muerte nos pasaba su desaprensivo tractor por encima.
Mariana enjuagó por vigesimacuarta vez sus lagrimas y escurrió su nariz con un carilina empapado y me codeó. A nuestro costado yacía totalmente abandonada una corona que decía: “no podemos explicarnos esto”, que algún tarado mandó pensando que una frase tan egoísta como aquella quedaba bien, profunda y literariamente adecuada en un momento tan inevitable como el de la muerte de alguien bohemio (ese mal gusto snobista que era tan típico entre algunos de los amigos escritores de Miguel...).
El velorio fue corto. O tal vez nadie esté del todo capacitado para medir el tiempo en los velorios. Si en la abulia de la cola del banco, sí en los momentos de placer. Pero en el sexo y en la muerte nadie sabe bien como cronometrar el transcurrir. Había movimientos típicos e irreversibles que ya cantaban el final de todo. Su padre lloraba a cántaros mientras capitaneaba la retirada de todos desde el asa del frente del cajón. Esto sí que era el fin.
Quiero dejar bien en claro que el padre nunca cuidó demasiado a Miguel. Tal vez por eso mismo aquel momento de cierre lo tenía allí parado a duras penas, como un protagonista desarrapado, un Chaplin dark que agarraba el asa del jonca como si la vida le fuera en aquel último gesto para con su hijo. Su hijo muerto.

Cuando el ataúd pasó a mi lado, el primo -que iba flanqueando la parte derecha, en la manija que está mas o menos a la altura de la rodilla de los cadáveres- me pegó un caderazo en el hombro que casi me derribó de la silla.
Me corrí hacia un costado con todo y asiento. Entonces (por esas cosas mágicas de la perspectiva interior) pude mirarme a mí mismo como por un monitor de vigilancia de un supermercado: estaba casi en medio del cortejo, sin darme cuenta de nada pasaba a ser un torpe en momentos de solemnidad extrema. Todos se fueron, pero Mari se quedó conmigo, o yo con ella, no sé. En esos casos no todo, pero muchas cosas son iguales, las ubiques como las ubiques. Nos abrazamos.
Dejaron la puerta de la vereda abierta. Las puertas de las casas de sepelios son espantosas. Nos quedamos los dos solos, en aquella sala vacía. No debe haber nada más triste en el planeta que una casa funeraria vacía.
Cuando la carroza arrancó, en el equipo de música de la sala comenzaba a sonar “Soledad, Jujuy 1941” de Pedro Aznar y Atahualpa Yupanqui. Miré algunas de las coronas de flores que habían dejado abandonada en la sala como buscando una respuesta. Miguel no había pedido esa canción. Nunca supimos quien carajos la puso ahí, en el disco compacto número tres de su sepelio. Mariana subió el volumen del equipo y volvió -hermosa- con un clavel enganchado de la oreja derecha. Era un símbolo bello y torpe de la vida, que trataba de abrirse paso a través de la soledad infinita del mármol funeral. Tenía los ojotes hinchados de tanto llorar. Se sentó en mi regazo y la cuerina de la silla de oferta del Easy se rajó por completo. Nos reímos un montón, como dos chicos medio boludos, medio perdidos en un mar de pre pubertad azotado por los caprichos gélidos de Tánatos. El olor de las coronas y las flores se había desparramado por toda la sala y era sinceramente espantoso. Los vasos de café descansaban en paz sobre unas horribles mesitas ratonas. El piano de Pedro Aznar comenzó su peregrinaje por caminos lejanos. Nos callamos, nos preparamos en intensidad, como si fuéramos a hacer silencio para siempre, por toda la eternidad. Pedro cantó con voz de manantial cordillerano en febrero:
“Cuando me vaya lejos, por caminos de piedra,
buscando de las cumbres la mejor claridad,
con un recuerdo antiguo y una esperanza nueva
formaré las canciones para mi soledad...
Cuando me vaya lejos, por tierras arribeñas,
y me fatigue el áspero camino del breñal,
en el viento que pasa y en la estrella que sueña
aprenderé canciones para mi soledad...
Y si muero en las sendas, manos desconocidas
humildemente juntas, sus rezos dejarán...
y algún arriero kolla, señor de lejanías,
cantará sus bagualas para mi soledad.”

Escuchando aquella baguala cósmica nos derrumbamos y lloramos a moco tendido. No puedo acordarme de todo ese momento, solo recuerdo fragmentos, algo así como polaroids acomodadas sobre el colchón de la cama de un hotel. Los últimos autos del cortejo fúnebre pasaron, y los vimos a través del mezquino contraluz de la puerta. La procesión era tan normalmente lógica que causaba un poco de espanto. Todos iban compungidos y miraban por las ventanillas con esa cara de bovino que pone el humano cuando se dedica a pensar en la muerte justo en el día en el que ella bailó hasta cansarse en el living de sus casas.
Mariana se paró, se resbaló con el pétalo único (¿uni-pétalo?) de una cala que estaba en el piso. Casi se cayó. Se calentó. Su torpeza funcionó como disparador automático de una emoción reprimida: furia. Entonces pateó jarrones y tiró a la mierda los cuatro candelabros que habían flanqueado el ataúd. El tipo de la casa de sepelios se puso re pálido, vino de vuelo a pararla. Farfulló con bronca, sin saber bien que hacer. Ustedes saben que los empleados de las funerarias viven escondiendo lo que piensan y espolvoreando con cal sus verdaderos sentimientos. Me apiadé de él y agarré inmediatamente a Mariana del brazo. Ella -en un arranque bestial camuflado en un acto reflejo- me pegó una trompada en la oreja. Sentí que la calentura me trepaba en una procesión de hormigas coloradas por el espinazo. Cuando el calor me llegó a la mente, estalló en una descarga eléctrica como nunca antes había experimentado. La corriente cegó todos mis sentidos. En medio del calor y el cosquilleo voltaico, que me ordenaba devolverle la gentileza con un sonoro cachetazo; sentí el poder de su mano en mi brazo, pidiéndome por favor que le devuelva la cordura. Recién allí pude abrir los ojos para verla: desencajada. Como los animalitos que somos, la traje hasta mi pecho y la abracé.

Era mi amiga del alma, mi hermana, la hembra preciosa que -caminando a mi lado, pelando agallas, peinándose como Marlene Dietrich mientras me lo contaba todo- me enseñó lo que se sobre las mujeres en esta vida. Nunca había notado eso, pero en aquel momento lo vi todo con claridad (la electricidad es la revelación): esa mujer era mi todo. La amé, la odié, la ignoré, la necesité, la desprecié. Por ella voy y vengo en espirales de amistad y cálculo analítico acerca de las posibilidades románticas de no dejar de ser amigos. Y esto sucede desde hace años. ¿Si alguna vez fuimos novios o amantes?. No. Ella es... como explicarlo... una parte de mi concepción total del universo, ¿cómo no iba a abrazarla en aquel momento de ira, tristeza y espanto?.
El de la casa de sepelios entendió las reglas del juego, como siempre terminan entendiendo todo: en silencio. En silencio, como la muerte misma, juntó los candelabros, los pedazos de jarrón coreano de uno con noventa y nueve que yacían hechos añicos. “Aguantame dos segundos”, le dije a Mari. Fui hasta el equipo y me afané el compacto número tres del sepelio de mi mejor amigo en el bolsillo de la camisa.
Volví. La agarré de la mano, le besé la frente, le sequé las lágrimas de los cachetes con el puño del buzo y nos fuimos los dos a cualquier parte, que es el lugar ideal para aquellos que acaban de descubrir que están verdaderamente acompañados en un momento de mierda.

Al cementerio no fuimos ni en pedo.
La ceremonia era puro protocolo. Como no íbamos a enterrarlo, había que ir hasta el cementerio para que todos le dieran el “último adiós” y esas pavadas necrománticas que se hacen en el nombre de la posterior tranquilidad mental de quienes quedan vivos. La cosa era un poco careta. Había que ir al cementerio y luego aplaudir solemnemente mientras guardaban el cadáver de Miguel en un depósito-morgue, un par de días hasta que lo cremáramos.
¿Por qué ir a una ceremonia tan... farsante?.
Y menos mal que no fuimos, porque dicen que el viejo se mandó un discurso re siome. Pobre, un poco lo entiendo. Nadie puede negar la instancia de dificultad emocional y psíquica que invade a alguien que sobrevive a la muerte de su hijo. Pero nosotros dos aquella tarde no teníamos ganas de solidarizarnos con el viejo de Miguel. Para nada. Nos quedamos en casa llorando, mirando la novela de Laport por Telefé y ensopando galletitas de agua en sucesivos tés con limón.

Con la música no le cumplimos del todo, con la alegría conventillera que exigía en sus exequias tampoco. Pero cumplimos a rajatablas con la ceremonia final, la más difícil: cremarlo y esparcir sus cenizas en el desierto, lejos de cualquier ciudad, tal y como él quería. No fue fácil. Esto no es como en esas películas en las que ponen música celta de fondo y, en una urna barroca y ceremonialmente impactante, alguien lindo y compungido tira las cenizas en un precioso highland escocés, justo cuando empiezan a sonar las gaitas y la cámara (montada sobre un helicóptero) se va volando como si fuera una subjetiva del alma del muertito. Y la cosa no termina allí, porque inmediatamente hay un contraplano y -enfocados de cerca- todos los deudos lloran (pero sin perder la línea) y el mar se recorta sobre el fondo de la escena, con medio sol casi naranja montado sobre la línea del horizonte. Mar, sol, horizonte: tres extras espectaculares que Hollywood siempre tiene a mano cuando se le acaba la guita para los efectos especiales.
No señores, nada de eso. Aquí no hubo superproducción: más bien todo lo contrario. Lo nuestro fue peor que lo de “El gran Lebowsky”, quizás menos grotesco -y por ende gracioso-, pero igual de difícil y encallado.
Estuvimos cerca de un mes haciendo trámites de los más ridículos para que nos autoricen a cremar a Miguel, y dos de nosotros tuvimos que -legalmente- ser testigos presenciales de la cremación. Es decir: a dos de nosotros nos tocó ver como el cuerpo de Miguel se consumía en llamas.

“Fue una experiencia zen”, dijo Martín, que de zen entendía lo que yo de la vida sexual de los atunes del Caspio. “Será una experiencia de mierda”, dije yo, que andaba buscando algo de oxígeno para mi alma el día exacto en el que me telefonearon para que verifique in situ que el cadáver de mi amigo se prendía fuego hasta convertirse en cenizas. Allí tampoco sonaron las gaitas, demás está decirlo.
(Continuará)
Fernando
Sábado,1ro de abril de 2006
Ficcionarios
Tábanos molestando:(9)
que bonito.
|un avisito:ojo que la canción de pedro es muñequitos de papel y no soledad jujuy 1941 -aunq eso diga. parece que las cosas no son lo que parecen (qué bueno!) abrazos
[Molestá con algo]una pregunta: ¿por qué la diferencia de tiempos verbales en esta oración: <<“Fue una experiencia zen”, dijo Martín, que de zen entendía lo que yo de la vida sexual de los atunes del Caspio. “Será una experiencia de mierda”, dije yo>> ?
[Molestá con algo]Porque adelanta el próximo capítulo, en el que tendrán que desparramar esas cenizas, a pedido de Miguel...
[Molestá con algo]Ups, disculpen. Ahora sí que es "Soledad, Jujuy, 1941".
[Molestá con algo]Si, pero si lo van a hacer en el próximo capítulo por qué Martín dijo que FUE una experiencia zen...
la pregunta es si fue una confusión de tiempos o un juego con los mismos que no llegué a comprender...
pd: descubrí que publicaron este capítulo por un comentario mio en otro foro, que divertido ;)
[Molestá con algo]Mi querida e insistente amiga:
FUE una experiencia zen...... la cremación
SERÁ una experiencia de mierda..... el desparramo de cenizas
¿Entiendes ahora? y ya deja de pedirnos que expliquemos como es que se saca el conejo de la galera.
Y sí... todo este lío noveleril es por un comentario tuyo. Así que... ¡siéntete culpable!
Abrazos
El autor
[Molestá con algo]ay, gracias, ahora logré entender! mis disculpas! espero con ansias el capítulo próximo
abrazo de golllllll
[Molestá con algo]me quedé con el corazón en la mano borbotéando lágrimas. hoy me sucedió algo parecido a un funeral; una terrible despedida. escuchando soledad Yujuy,mientras te leía lloré tristeza pura. ahora me siento mejor, y sólo es gracias al bendito autor. a-dios
[Molestá con algo]He mandado un mensaje a FERNANDO,pero no se si meti la pata,como me contacto con ustedes¿¿¿¿ ademas de descubrirlos quiero ofrecer mis servicios de impresión de libros baja tirada/alta calidad/buen precio o cualquier otra cosa que les sirva.me encantó el sitio,quiero saber mas porque recien los descubro.
[Molestá con algo]