La mejor decisión no, la única
Molestó a todos durante días.

Solía encapricharse de esa manera muy a menudo. No estaba mal, muchos opinan que su profesión se construye a fuerza de caprichos. Eso es subjetivo, pero tiene un germen de verdad inapelable. El periodista inventa la noticia, para que nunca falte, para que el mundo no sufra su peor síndrome de abstinencia. Oscar Wilde posee en su brevario de revistas de peluquería. No, paren, que él no escribió brevario alguno; digo que lo leí alguna vez en una página de aforismos de algunas de esas revistas de sala de espera, como mucho de lo que se cita demostrando la “cultura general” que uno posee. Bien, para estar a la altura de las circunstancias, voy a citar a Wilde como hay que hacerlo en estos casos de revista: “el tipo decía algo así como que un día... no, eraaaaa... que alguna mañana de estas quisiera despertarse, abrir el diario y que no hubiera ninguna noticia; sí, era algo así... era como que lo que quería decir era que eso lo hacía feliz, pero a la vez que las noticias eran un invento, ¿se entiende?”. Bueno, con Miguel esta lógica implacable del periodista como inventor compulsivo no funcionaba.
Alguno podrá decir que la lógica es una sola, y que no existe posibilidad alguna de anularla por nada, menos frente al excepcional caso de un simple y ordinario sujeto excéntrico. No, no, no... reconozco que está muy bien hecha la observación.

Es más, el mismo Miguel le contaba a todo el mundo una anécdota que desnudaba bastante bien ese rigor inapelable de lo lógico frente a lo fenoménico.
Pasó un domingo, de noche, en otoño, en una de esas noches etrelladas que suelen ser más frías que las de invierno. Con solo dos excusas: un porro y la posibilidad de departir algunos minutos con una señorita de esas que uno ve aquí, hola que tal como andas, luego allá, que linda esta fiesta jajaja... lo convencieron de arrancar para el lago Pellegrini en una combi de telefonía celular que Víctor se llevaba del trabajo a su casa y la usaba de party-retrohappening-móvil los fines de semana. Allí fueron, cantando a los gritos, burlándose de los jingles de campaña del precandidato a gobernador del oficialismo, tomando esos mates hervidos y lavados que hay que tomar cuando el frío de Patagonia grita ¡No Mercy!. Carcajadas van, carcajadas vienen.
Llegaron al Lago Pellegrini a eso de las diez y media de la noche. Todo estaba quieto, no era temporada, y las casas de fin de semana estaban vacías. La villa era como una película de Sergio Leone pero oscura, en versión dark, o gótica, que es como se dice ahora.
La orilla del lago era como una capital internacional del silencio. Lo único que se escuchaban eran las ranas, y los perros, que nunca descansan, porque trabajan veinticuatro sobre veinticuatro de perros.
En una explanada de la playa, que en verano se utiliza como pista de baile de veraneantes mamados que bailan cumbia y temas pseudo-salseros de Valeria Lynch y Sergio Denis hasta el amanecer, había unos diez aficionados a los fenómenos paranormales esperando que llegaran los OVNIS. No es joda, se juntaban -cro que todavía se juntan- todos los domingos a ver “esos fenómenos lumínicos”.

La que convocaba una “discípula” de Sixto Paz Wells que cobraba unos mangos por llevarte desde Neuquén hasta allá mientras te iba contando historias de portales tridimensionales, guardianes extraterrestres, naves de exploración, vigilantes mentalidades superiores que -luminosas al extremo- nos salvarán en caso de que decidamos iniciar la aniquilante tercera guerra mundial y todas esas pelotudeces new age de quienes pretenden que coctelizando el yoga, el hinduísmo, el espiritismo, la mitología cinematográfica de lo egipcio antiguo y la ciencia ficción cutre están entregándote la mejor religión en milenios.
Y allí estaba Miguel, que se había dejado llevar de las narices a un lugar so excusa de picnic. En esos casos (digo, a treinta kilómetros de tu casa, en medio de un gigantesco lago de embalse plantado en pleno desierto patagónico y con un frío de cagarse), lo mejor era aplicar la mordaz filosofía fatalista del “relájate y goza”. Que fue lo que hizo, y se sentó a esperar junto al resto que las luces aparecieran, se revelaran. La mujer hablaba en voz baja con cada uno de los presentes, sabía a la perfección que tenía que modular su voz como un bodisatva para que todos creyeran que era una gran mística y que toda la perogrullada que estaba contando era perfectamente posible.
Se acercó a Víctor, que estaba re del moño, y mirándolo a los ojos rojos como brasa le contaba sobre el portal transdimensional que existía en las coordenadas (se las tiraba exactas en grados y minutos, para rezar un rato a la diosa científica) del cielo por encima del lago. Víctor la miraba con una sonrisa bobalicona. No era que le creyera algo de lo que le estaba diciendo, era que le fascinaba que una colorada de cuarenta, que se parecía a la hermana mayor y más linda de Tori Amos le susurrara a él de tan cerca, allí, en medio del frío y el silencio. Creo que le hubiese encantado creerle aunque sea la undécima parte de todo lo que le estaba diciendo. Se hubiese enamorado perdidamente por el resto de sus días. Le hubiese rendido culto y pleitesía por siempre, peinándole durante años los rulos rojos en la candorosa intimidad de su habitación, viéndola irse de la cama -en contraluz con la luz del baño encendida- con esos vestiditos finitos que usan las hippies, esos que te regalan sombras chinescas de piernas y pubis angelicales. Creo que Víctor pensaba solo en eso mientras la colorada le confesaba que se había comunicado telepáticamente la noche anterior con los tripulantes de dos naves madre (dos sujetos de nombres y procedencias ridículas sacados de algún estúpido libro de ufología) y que estos tipos le habían dicho que soltarían naves de exploración en la noche del domingo, pero que la misión peligraba porque intuían -con su sabiduría eónica, claro- que iba a haber “una presencia extremadamente negativa que hacía peligrar la exploración”.

La presencia negativa era -por supuesto- Miguel, que estaba tirado sobre las roquitas de la playa, a quince metros del resto, tocando pavadas en la armónica y mirando las estrellas como si fuera uno de los vagabundos del Dharma de Kerouac.
La hermana de Tori Amos había intentado acercarse a él muy tímidamente. No le habló, la mina no era boluda y se dio cuenta de que con Miguel no había posibilidad alguna de convertir a nadie en nada. La clave del éxito de la mayoría de los místicos extrovertidos es justamente esa: la aguda percepción que les indica adonde no tienen que ir y lo que no tienen que decir. Caso contrario todos ellos serían Jesús, que sabía adonde no tenía que ir y lo que no tenía que decir, pero de todas maneras fue y dijo, porque su padre -un tipo sabio, extrañamente convencido de que debía redimirnos a través de la horrorosa, humillante y dolorosa muerte de su propio hijo- le había dicho que tenía que hacerlo.
Y no jodamos, la hermana de Tori Amos no era Cristo. Nadie es Cristo, si aún nos la pasamos discutiendo si el propio Cristo era Cristo... pues entonces que puede quedarle a todos estos charlatanes de feria que están convencidos de haber decodificado el mensaje de las estrellas con métodos santeros del cristianismo más politeísta. Ellos no irían a la cruz, por más que el gobernador de Ganímedes se lo pidiera en persona.
Víctor seguía embelesado con la pequeña Tori, tanto que ella comenzó a hablarle cada vez más fuerte. Nunca sabremos si fue por el entusiasmo de tener un interlocutor tan devoto o si era parte de su método... ritual. Lo cierto es que su voz comenzó a rebotar en el cemento del playón haciendo que las vocales picaran como balines o cantos rodados sobre la superficie de hormigón liso. Miguel se acercó, ahora que había levantado la voz empezaba a interesarse por Tori. Ella lo vio venir y frunció el ceño, sabía que ese hombre era su enemigo aquella noche , le quedaban dos opciones: seguía con lo que venía diciendo o volvía a practicar esa suerte de silencio casi nada que había pelado hasta antes de ponerse a hablar casi a los gritos.

Mentiras, había una opción más, y fue la que puso en práctica: la técnica del milagro. Alzó la vista hacia el cielo estrellado y gritó: “¡Allá, las naves han comenzado a manifestarse!”.
Un tímido in crescendo “¡o-oooohhhh!” generalizado se escuchó en el playón, todos habían levantado la vista y veían algo.
Miguel era parte de aquel todos, pero él -más que nadie- no podía creer lo que estaba viendo: no estaba viendo nada fuera de las estrellas.
Mientras todos señalaban hacia el cielo, Maravillados del encuentro cercano del primer tipo, él trataba de encontrar entre las cientos de miles de millones de estrellas alguna nave.
Pasaron treinta largos segundos, Tori rezaba con los ojos cerrados y las dos manos en la sien, tenía una sonrisa casi estúpida en la cara. El resto cuchicheaba y se alegraba de estar asistiendo a algo estupendo, algo que arrancara el frío gris de un domingo muerto más en sus vidas. “¡Allá!”, decía un programador de computadoras de casi cuarenta, y señalaba casi sobre la línea del horizonte, su madre miraba alelada, con los ojos llenos de lágrimas.
Miguel no aguantó más y se acercó hasta Víctor para ver que mierda estaba pasando. Víctor fruncía le ceño y ponía cara de estar mirando por un catalejo del siglo XVIII, o por un caleidoscopio aguado, depende... Miguel se le acercó, ya lelo, ya un poco enojado:
che, ¿se puede saber qué mierda es lo que están viendo?
No se - miraba cada vez más con cara de catalejo- debe ser aquello, aquella luz- señalaba una constelación lejana.
Pará hermano -decía Miguel, ya molesto del todo-, dejame que me pare atrás tuyo y me señalás bien que es lo que mierda estás viendo...
No se -repetía Víctor, como si esa fuera la única conjunción de palabras posibles para definir tan confuso momento-, no se, ponete acá -le señalaba su propio hombro, Miguel se paró atrás, como una chica enamorada a la que van a mostrarle la constelación más... linda... en la noche de San Valentín, o cualquier otro santo del marketing del amor. Juntos vieron hacia donde señalaba el dedo de Víctor. Ahora ambos tenía cara de catalejos antiguos.
Pero, ¡Pelotudo... eso es un satélite, un puto satélite de esos que dan vueltas mil millones de veces por noche en cualquier cielo de cualquier noche de cualquier parte de este recontraputo planeta!.- Miró al resto de los concurrentes, estaban viéndolo gritar en medio de la noche.

Tori tuvo que volver a tomar el toro por las astas. O lo hacía callar, o el quillotro que ese muchacho iba a armar allí, en medio de su reino de OVNIS iba a ser monumental. Se acercó hasta Miguel, le tocó el hombro primero, luego se paró detrás de él y le apoyó las tetas en la espalda con el candor que tienen las mujeres para apoyarte las tetas en la espalda con candor, le levantó el dedo índice, sosteniéndole el brazo como si fuera su profesora de ballet. Le hizo apuntar hacia el nor-noreste:
Allá hay una nave- le dijo, suave, casi sensualmente-, ¿la ves?.
Eso es... - agudizó la visión como un gato que ve un perro en el fondo de un callejón envuelto por la bruma- eso es... ¡eso es la puta nebulosa de Magallanes!.
No, un poco más abajo - dijo ella, tranquila, sin soltarle el brazo.
Más abajo hay una estrella brillante titilando...
Esa, esa es la nave.
Nena, eso es una puta estrella que está ahí, parada, quieta, titilando.
No, es una nave en sintonía de espera - no le dio la más mínima oportunidad de considerar lo que le había acabado de decir, le hizo girar el dedo hacia el punto de fuga del horizonte- ¿ves allá?, allá hay dos naves que se mueven.
Pero... - frunció la jeta entera con desagrado máximo- pero...esas luces son las de una camioneta que está yendo por una picada petrolera al otro lado del lago. ¿Vos me estás tomando el pelo, no?.- La miró como para partirle la cara de un vistazo.
No, lo que pasa es que vos sos una persona sumamente negativa. Si no crees no ves.
¿Vos me estás tratando de hacer creer que una manifestación enteramente física como al luz irradiada por un vehículo espacial solo se manifiesta a los ojos de quien cree?.
Ehhhh... sí, exactamente, los guardianes del portal sabemos que hay ciertas manifestaciones que los impuros no deben notar. Nosotros lo sabemos, y el comandante de cada nave también, por eso ninguna se manifiesta a tus ojos.
Miguel miró con la calma que pudo sostener al resto. En grupos de a dos o tres trataban de mirar aquellas naves inventadas por Tori. Con dificultad iban formándose a la idea de que estrellas titilantes, satélites espías y camionetas conducidas por petroleros trasnochados eran OVNIS que venían a salvarnos.
Había dos opciones. Una era ponerse a gritar que la mina era una reverenda hija de puta interesada en trabajar vendiendo espejos de colores so sustento ideológico de espiritismo, cientificismo y demás disciplinas ultralivianas que la new age es capaz de mezclar como si el planeta fuera una estúpida varilla de incienso. La otra era prender un cigarrillo y dejar que cada cual haga su vida, creyendo lo que tuviera ganas de creer.

Optó por la segunda, prendió el pucho, saludó despacio, le guiñó un ojo a Tori, que sonrió como si realmente fuera la Amos en la tapa de su último disco. De a poco se fue alejando del grupo de buscadores de mensajeros espaciales de la paz. Tirando piedras sobre el agüita de la costa fue caminando hacia el pub que estaba abierto a cuatrocientos metros de los UFObicos. Un par de veces se rió de solo pensar en el quilombo que podría haber armado en ese playón de locos con solo intentar aclarar con verdades aquellos fenómenos de pacotilla propuestos por una persona patrañera.
Al llegar al pub -lo único vivo en una villa fantasmal- se calentó las manos en el hogar a leña del rincón. El gordo de la barra lo vio mirar detenidamente a las chispas de los leños: “¿Cansado de las mentiras de esa mujer?”, le dijo. Miguel le sonrió y solo le contestó: “cansado no, simplemente sin ganas de escuchar pavadas”.
Los dos se quedaron tomando una botella de vino que el gordo invitó y hablando de la verdad y la mentira en un mundo engañosamente lleno de “posibilidades concretas” hasta que el resto de la muchachada pasó a buscarlo para irse.
Hicieron un pacto en la combi antes de arrancar: nadie tenía que hablar de OVNIS.
Todos estuvieron de acuerdo.
Miguel, el que había propuesto la tregua y la veda de OVNIS dijho al llegar a Neuquén: “lo lógico frente a lo fenoménico... ¿cómo me quería hacer creer que las luces se iban a manifestar en el cielo solo si yo creía en ellas?”. Nadie le contestó, sabían que la discusión metafísica podía durar la noche entera, más con Miguel de por medio.

Se bajó de la combi y se fue con la piba esta a la que le arrastraba el ala, una tilinguita que pensaba que Miguel era lo más porque vivía deprimido por la mayoría de las cosas que le pasaban, es decir: una influencia totalmente negativa para alguien tan errático como Miguel, es decir, una chica de las favoritas en el catálogo migueliano de chicas favoritas.
Así era Miguel, un fenómeno físico explicable, un talento como escritor y periodista, pero un tipo convencido con una lógica absurda de que no podía ser lo que la gente pensaba que él era.
Por eso sufrimos todos cuando murió de aquella manera tan ridícula, aunque él decía que ninguna muerte es ridícula, “tal vez morir aplastado por una estatua de plástico duro de diez metros de alto de la pantera rosa”, bromeaba.
Porque él no había visto algo que todos sí habíamos visto: su talento natural e intelectualmente cultivado para trabajar la palabra.

Su búsqueda de vida fue como los OVNIS del Pellegrini, pero exactamente alrevés: lo fenoménico no le permitió ver que lo lógico traía consigo la verdad de sus días.
Por eso lo lloramos mucho, porque murió buscando, y sabíamos que esa búsqueda tarde o temprano iba a terminar si la muerte no irrumpía, porque él era el cabeza dura más grande del planeta.

Sábado,10 de junio de 2006
Ficcionarios
Tábanos molestando:(1)


