"Desvanece el día, muestra a los hombres/ las imágenes desligadas de la apariencia,/ sustrae a los hombres la posibilidad de distraerse./ Es duro como la piedra, la piedra informe,/ la piedra del movimiento y de la mirada, y su resplandor es tal que todas las armaduras,/ todas las máscaras son por él quebrantadas./ Lo que tomó la mano desdeña aun tomar la forma de la mano,/ lo que fue comprendido no existe ya,/ el pájaro se confundió con el viento,/ el cielo con su verdad,/ el hombre con su realidad."
Paul Eluard
1) Trap
El sol era una brillantina gelatinosa sobre la cabeza de Martín, que caminaba por la vereda del sol de la calle Rondeau. Estaba algo mareado tras vomitar hasta lo que no había comido.

Las media tarde de esta ciudad -al igual que las tardes que se caen cuando juegan a madrecitas pulcras de la noche- son algo parecido a nuestras tías viejas y gordas, siempre mal maquilladas, desagradablemente mal maquilladas. Esas tardes -como las tías- son capaces de darte un beso desmedido, charqueado y pastosamente apestado en agua colonia de tercera, pero también -al igual que esas viejas traicioneras-, son capaces de desairarte y difamarte frente a toda la familia, dejándote en banda por largos años mientras tu mamá te dice "vaaaamos... no diga eso de las tías...", como la mamá de Monzón en "Soñar, soñar" de Leonardo Favio. Así son las calles de esta ciudad, un imán traicionero para lelos desprevenidos.
Trap, trap, trap... las botas de Alberto se arrastraban por las veredas de la calle Rondeau, interrumpiendo su tribal cantito monocorde solo para sortear algún pozo, alguna baldosa de punta que se le atravesara por el camino. Cada media cuadra se acomodaba las gafas para el sol, empujándoselas sobre la cara, como queriendo atajar con ese pequeño acto casi inconsciente la majestic incoming atraction que desgranaba salvaje y calurosamente la bola incandescente que colgaba del cielo. Y el acto era demente, aquel era un sol implacable, y esas gafas eran unos lentes de mierda, de ocho con cincuenta en la feria de las pulgas.

Y allí iba, como un kamikaze del gremio de los transeúntes. No sabía bien si la tortura era la incandescencia del sol, el marco de los anteojos apretándole la cara, o la verdosidad espantosa con la que te obligaba a ver la vida la raybanesca cromía de aquellos lentes berretas.
La gente se movía en su derredor sin notar nada. Nada que los haga reparar en el negro Martín... ni siquiera nada que los hiciera detenerse un instante sobre ellos mismos. Hay horas en las que hay que caminar rápido, desandar las veredas sin pensar en anda. Es la impronta de la vida... al menos de esta vida que hemos comprado en un packaging bien siome. Correr, escapar del sol, bajar, tomar el subte y creer que ganaste 25 minutos de "tu" tiempo... ¿el tiempo de quién?
"Son viejas de arena, sumidos en la más nada de las nadas. Y yo soy parte del cortejo", decía el negro para sus adentros. Martín metió los dedos y -con la graciosa pericia del habituado- extrajo del bolsillito de las monedas de sus raídos jeans un par de lexotaniles realmente viejos, demasiado amarillos, probablemente vencidos. Se los clavó sin dejar de caminar.

Minutos más tarde la guitarra comenzó a pesarle horrores, cambiaba el estuche de mano constantemente, trataba de encontrar una manera cómoda de transportar aquel lastre musical. Guitarrista de años, y aun así no conseguía acomodar aquello que tanto sabía cargar para que no le pareciera la bola en la punta de la cadena. Trap, trap, trap... el reloj manicomio de sus botas escupía los segundos al paso que el negro daba, asesinándolos uno a uno en cada baldosa que pisaba. La vereda se llenaba de viejas de la arena.
Angustiado llegó hasta el sitio (nunca sabremos si "el sitio" fue una repentina elección casi azarosa o el fruto de una planificación perfectamente predeterminada). El sitio escogido fue el portal de acceso a la vieja Galería Plaza. Allí mismo detuvo el reloj de sus botas. Con manos temblorosas de tanto hastío, desenfundó la guitarra en medio de la vereda, la gente se corría, quizás ya se notaba demasiado el gesto desencajado del pibe, y todos ellos se daban cuenta de que Martín no era uno de esos músicos que se detienen en medio de la acera para hacer música a la gorra. (No se, es muy paranoico esto que estoy suponiendo, pero me parece que fue así). La columna revestida en mármol gris berreta lo miraba a los ojos. Al menos eso fue lo que él se animó a contarnos días después (yo le creo).

Entonces tomó a su vieja y querida Strato por el cuello, y así -ahorcándola con ambas manos- comenzó a destruirla contra la columna. Pedazos de madera de caoba y ébano surcaron el filo enviciado de la media tarde. ¡Traaang!, ¡Traaang! Fueron los dos últimos y agónicos gritos del instrumento por cada uno de los criminales primeros golpes que Martín le asestó. A partir de allí, las cuerdas de acero se cortaron y -convirtiéndose en delgadas serpientes- se liberaron de la tiranía del puente y las clavijas para siempre. Blandiendo restos con furia, con la saliva escapándosele por la comisura de los labios, Martín continuaba fabricando astillas en su curso acelerado de música rota. La gente comenzó a agolparse en torno al pibe, todos querían presenciar de cerca aquel gratuito reality show callejero. El semicírculo que formaron a sus espaldas fue perfecto.
2) Hell bells
Sobre el estallido de las últimas astillas de lo que había sido un mango y ahora era un garrote, el reloj del edificio de la municipalidad comenzó a campanear furioso la hora de la música rota. El garrote se hacía cada vez más chico y Martín seguía pegándole a la columna una y otra vez. La gente comenzó a vociferar preocupada. Lo excéntrico llama la atención y convoca; pero lo violento asusta al voyeur... y las manos del negro empezaron a sangrar.

Con todas las fuerzas que tuvo arrojó el último pedazo de su guitarra al medio de la avenida San Martín. Se sentó contra la columna, casi al borde del desmayo que sucede por lo general al paroxismo histérico. Intentó pararse, pero la vista se le nubló y terminó por perder el equilibrio y -en cámara lenta- se apoyó en la columna con delicadeza. Quedo allí parado con la vista extraviada en la nada del asfalto; como si fuera una prostituta de Beverly Hill esperando por Hugh Grant o Nick Nolte, o los dos a la vez.
Entonces lloró. Lloró como una madre en el cumpleaños de su hijo muerto. Sus empañados faroles contemplaban la escena y le pedían al cerebro más lágrimas de catártico dolor: cuerdas tiradas, como tendones cortados de un deportista sobre exigido en un fatal paso en falso en la plenitud de su carrera. Pedazos negros como el alquitrán, acero y ébano marrón yacían en la vereda y el asfalto. Todo allí, hecho añicos. Repasó visualmente la escena del crimen y lloró con los dedos agarrotados por el dolor físico y mental, con los mocos tibios bajándole por el tobogán de sus mejillas y colgándole del mentón como lianas.
La gente -aunque más asustada que al principio- continuaba en formación semicircular contemplando la cinematográfica situación. Vaya uno a saber con exactitud cuáles son los verdaderos motivos por los cuales la gente se detiene a ver cosas que no les interesan del todo, pero allí estaba.
Fernando
Miércoles,31 de mayo de 2006
Ficcionarios
Tábanos molestando:(2)
Que bueno lo de Paul Éluard.....me encantó.- Además del capítulo de Los Nada, siempre me pasan cosas flasheras con esta novela
abrazo de gol
[Molestá con algo]Fer, no tengo tu mail nuevo. Mandamelo asi te envio eso. Caba.
[Molestá con algo]