HoY tOcA: fIccIoNeS dE hOsPiTaL

LOS NADA (Capítulo VI)

Se separaron en la vereda de la pensión. Víctor iba a ir a ver a Miguel al hospital, el negro no (“Dejá... lo voy a ver la próxima vez que lo internen”, fue su sarcástica excusa), se fue con su guitarra exactamente para el otro lado.

Mientras caminaba rumbo al hospital, el Gringo vomitó detrás de un árbol. Los mates le habían caído como la mierda (¿o era la vida la que empezaba a caerle como la mierda?).

“No pienses en lo que te pasó, no pienses en lo que te pasó”, se repetía Víctor antes de entrar al hall del hospital. Solía hacer ese tipo de mágicas invocaciones en momentos en los que la lógica debía reinar. Sobre todo cuando el miedo trepaba por las confundidas paredes de su propio ser. Y Víctor era una persona que tenía mucho (pero mucho) miedo cada vez que entraba a un hospital.

B. Inútiles estadísticas

I. En el 89% de los colectivos urbanos hay al menos una señorita bella que mira altiva por la ventanilla.

II. En nuestro país el cupo del 70% de las tarjetas de crédito del segmento ABC1 expira a los diez días de haber estos cobrado sus respectivos sueldos. Imaginen el resto de la sociedad...

III. El 63% de las palabras de amor declamadas en cualquier lugar del planeta provienen originalmente de alguna película de Hollywood.

IV. En la parte trasera del 92,5% de las motos de más de 200 cilindradas viaja una chica con un hermoso culo.

V. El 74% de los mortales gira el cuello instintivamente cuando suena el teléfono celular de otra persona.

VI. El 82% de los mortales odia las colas en los supermercados. El resto se resigna (y con la misma velocidad e intensidad con la que se resigna frente a cosas mucho más graves de esta vida).

VIII. El 96% de los hombres cree conocer a las mujeres. Y viceversa.

IX. 6 de cada 10 cajeras de hipermercados sueña al menos 3 noches a la semana con que le falta plata a la hora de rendir la caja.

X. 8 de cada 10 ciclistas se sienten libres a la hora de pedalear. Los otros 2 son personas furiosas que solo pueden sacar afuera su ira pedaleando en contra del viento.

XI. 3 aman, pero 1 queda afuera.

El Capitán Coconauta

A manera de preámbulo apuntó en el inicio del documento de word: “Necesitaría creer que con esta historia voy a llegar a algún lado”. No sabía muy bien si esa introducción al relato era real, sentida, o si solo estaba apostando una vez más ala santa trilogía de preceptos creativos en los que creía a rajatablas, un pequeñísimo nomenclátor que decía:

a) Que desde que la humanidad inventó a los especialistas, el paratexto muchas veces salva y justifica al texto.

b) Que las frases sencillas fuera de su contexto suenan increíblemente frívolas.

c) Que -resumiendo a y b- en este planeta de arte instantáneo lo que rige es puro texto abrazado al contexto y cordonalmente umbilicado al paratexto.

Así que -respetando el punto de vista del finado- me veo en la obligación de contarles contexto y paratexto antes de pasar al texto.

El contexto:

Miguel escribió este texto en invierno, en un agosto duro en el que parecía estar cagado y meado por todos los perros del mundo, con su vieja notebook (Texas Instrument 486, pantalla gris) conectada al tomacorrientes de la pared oeste de la sala 106 del tercer piso Hospital Castro Rendón, durante su última internación en el que kánikamente solía llamar como “mi nosocomio favorito”.

El diagnóstico fue perforación de pulmón. Veinticinco días absolutamente inmóvil. En la cama de al lado un viejo de 64 años, operado de una hernia lumbar, miraba Crónica TV todo el puto día y comentaba goriladas del tipo: “a este país lo arregla solamente una mano dura que acabe con la inseguridad encarcelando y ajusticiando a quienes hay que ajusticiar...” y esas mierdas que suelen decir los viejos de mierda en cualquier lugar del planeta. Mientras tanto su hija de treinta y cinco, linda como una tardecita de noviembre en el patio de mi casa, le cambiaba la chata y sonreía con pudor muy humano por cada barbaridad que su padre decía. Estaba bueno el asunto, porque la sonrisa de esa mujer podía borrar todo de la faz de la tierra, hasta el pensamiento retrógrado de una generación que nos hundió en la mierda como país y como sociedad. Suena un poco exagerado lo que les cuento, pero les juro que era así.

El paratexto:

“que con esta historia voy a llegar a algún lado”, etcétera, etcétera, etcétera...

El Texto:

El regreso del Capitán Coconauta

La escotilla circular reventó despedazada, como en un film que ni la Hammer se hubiera atrevido a producir por lo berreta. El viejo Capitán Coconauta apareció desde adentro de la nave con los brazos en alto, con la sonrisa del fantasma de un niño que murió el día mismo en el que se celebraba su confirmación católica. En su brazo izquierdo blandía el soplete con el que había destruido la hiper segura escotilla.

La multitud miró, expectante, y sus caras se iluminaron con el orozús del carisma del Capitán Coconauta.

- Aquí estoy, fellas- exclamó el capitán. Y la multitud rugió como nunca en su vida había rugido. El Capitán Coconauta regresaba a la tierra luego de haber pasado un par de siglos a la deriva, allí, en el intimidante espacio exterior.

Alguien de entre la multitud trató de alejarse con la mente del bullicio general y observó en algo parecido a la metodología zen aquel paisaje, aquella tarde: un extenso campo lleno, atestado de gente por doquier (todas las edades, hombres, mujeres, enfervorizados niños y adolescentes al borde de la histeria).

Ese mismo alguien giró la cabeza y miró al Capitán Coconauta, que seguía parado al borde de la escalerilla de la nave, cada vez más rodeado de personas que querían tocarlo, comprobarlo, hacerlo en andas, mirarlo de cerca para confirmar las sospechas mediáticas lanzadas en la víspera de su regreso: ¡el Capitán era real!.

Entonces el hombre recordó aquel holo-libro que había visto durante sus días de niño travieso pero infinitamente estudioso; en los comienzos de la programación activa de su E.P.U.E. (Educación Personal Ultra Específica), un buen día aparecieron aquellas páginas de hipertexto mostrándole las aventuras de un hombre de principios del siglo XX, un tal Lindsay. No... esperen... Frinberg... ¿o era Lindberg?. El capitán que aterrizaba con su cascajo volador sobre las planicies de Acmó, territorio antes conocido como... ¿Francia?. Su cabeza viajaba hasta aquellas imágenes épicas. No importaban demasiado los datos finos, sin lugar a dudas esta que él estaba viviendo era una situación que podía entrelazarse a todas luces con aquella.

El hombre de la multitud llegó hasta el Capitán abriéndose paso con su placa de la Confederación de Seguridad en alto.

- ¿Se siente usted bien?- le preguntó cuando por fin logró pararse a su lado.

- Perfectamente, por ahora- contestó el Capitán, sin dejar de sonreír como un loco clown de conservatorio frente a la multitud enardecida.

- Capitán, ya no lo esperábamos- con honestidad brutal dijo el hombrecito, seguro de que estaba espetando la verdad. La situación era un poco contradictoria, porque la multitud allí reunida parecía contarle al Capitán Coconauta todo lo contrario a través de esos sentidos aullidos de algarabía.

- Lo sabía. Es más: ni yo mismo pensaba en volver, pero una maniobra inexplicable del macronavegador me trajo otra vez de regreso- Dijo Coconauta, como si eso fuera lo único que hubiera que explicar.

- ¿Por qué volver después de doscientos años a la deriva?

- Eso... je, je... volver... quién entiende a las máquinas, ¿no?- Con la frase hecha pensó que estaba saciando la sed de respuestas trascendentales. El viejo volvió a mirar a la multitud. Sonrió.

- ¡Capitán!- Gritó el tipo. Su voz sonó mucho más alta que todas las otras juntas. Hubo allí un truco técnico, algún tipo de micrófono ultra pequeño que Coconauta desconocía. De lo contrario tenía que pensar en que aquel tipo era Dios (a veces la sorpresa de la tecnología y la posibilidad de experimentar magia se juntan para confundirnos aunque sea por un instante, ¿no?). La muchedumbre quedó en silencio, como si le hubieran puesto pausa al cosmos entero. Coconauta observó al hombre tratando de comandar algo desde su reloj. La respuesta fue evidente: tecnología aplicada.

Necesito que preste usted atención- dijo el hombre de la voz potente, tomándolo del brazo de manera férrea. La multitud seguía mirando la escena en silencio- ya tendrá tiempo de saber cómo y por qué su macronavegador lo trajo de regreso. Vaya un poco más lento y dedique el tiempo a las cosas más esenciales... la reinserción a una sociedad que no conoce, por ejemplo; eso es algo que deberá ocupar gran parte del tiempo... que le queda (su sonrisa fue de hielo). Será por su bien Capitán (el tipo hablaba como dando un discurso único en la historia de la humanidad... de hecho eso intentaba en aquel momento de pequeños balbuceos). Hemos evolucionado Capitán, pero hemos evolucionado en una evolución de una evolución. Nos desconocerá Capitán, son muchas cosas muy difíciles de integrar las que tendrá que ver y experimentar.

El tipo repetía la palabra Capitán a cada instante, como queriendo maniatar al hombre a través de la grandilocuencia de su cargo aeroespacial.

Resuelto a regalar al olvido todo aquel palabrerío, que instintivamente le sonó a perogrullo, Coconauta dejó que el hombre hablara y continuó saludando a la multitud en pequeños actos reflejos de candidez planificada. Sin quew nadie notara demasiado lo que estaba haciendo, conectó los auriculares de su vetusto disc-man a sus orejas. Antes de apretar play dejó escapar una frase matadora:

- Nadie salió a buscarme en todos estos años, che- Y sonrió.

- El cosmos es casi inconmensurable Capitán, eso usted lo sabe- remarcó el tipito, calmo, pero como si la vida se le fuera en aquel adverbio cargado de vastedad.

El Capitán volvió a sonreír y apretó el play. En unos segundos su cara se transformó totalmente. La nueva expresión era calentura; hecha y derecha:

- La reconcha de su madre...- la multitud miró alelada, sin terminar de entender que sucedí. Mucho menos interpretar la injuria lanzada.

- ¿Qué pasa Capitán?- el hombrecito lo volvió a tomar de un brazo.

- Mis discos de Gardel... se han borrado por la fricción de reingreso.

- La fricción no borra discos- Dijo sabihondo el hombrecito

- Los suyos, porque lo que son los míos...- le mostró el disc man como prueba irrefutable- ¡No se escucha más que el escobillazo de la lente!- tocó nuevamente el play. Fue totalmente en vano. Sacó el disco y lo miró a contraluz, como si eso sirviera de algo. Le mostró la carátula superior del cd al hombrecito: - pobre Carlitos...- farfulló.

- ¿Gar... del? - preguntó extrañado el tipo.

- Sí - lo miró fijo a los ojos y le dedicó una apenas-sonrisa, de esas que se le dedican a los que uno quiere matar de un martillazo de ironía - Supongo que tendrá que recurrir a algún libro de historia para saber de lo que le estoy hablando, ¿no?.

- ¿Libro?.

El Capitán Coconauta se sobresaltó. Un espinoso dolor le punzó el alma: ¿era este el mundo que había soñado Bradbury?.

- No los conocemos. La Asociación Plenicultural 470 los ha almacenado a todos en holo-beens hace algo más de noventa años. Ahora los descargamos a través de Netwa.- Coconauta sintió como la saliva con gusto ácido le subía por el esófago.

- Ah... bien. ¿Todos los libros?. ¿Cómo puede saber que han almacenado todos los libros jamás escritos?.

- ¿Cómo dice?

- Eso; eso que dije...

- Sí, es verdad. Nunca me lo había planteado. La base de datos de Netwa es de lo más completa, la tarea de 470 es intachable.- se puso muy serio. Esto que le estaban planteando no le gustaba nada, se notaba con solo verle el rictus- En verdad, Capitán, no tengo por qué hacerme ese tipo de preguntas. Nuestra sociedad es... (penso durante un millón de microsegundos)... segura .

- ¿Es acaso ésta una época en la que las preguntas incomodan?.- soltó el Capitán con un ademán que mezclaba al teatro isabelino con los hermanos Marx. Estaba fanfarroneando; en todas las épocas las preguntas habían molestado.- Ya veo que el viejo Ray tenía razón....

- ¿Cómo dijo Capitán?, ¿se siente usted bien?.

- Sí. Eso creo.- Levantó la mano derecha con el puño en alto y sonrió. La multitud rugió feliz.

- Bueno Capitán, permítame presentarme, porque en el calor de esta circunstancia tan especial acabo de notar que no hemos podido...

- ¿No hemos podido qué?...- El Capitán se sacaba los auriculares y tiraba su viejo disc-man al pasto. Cientos de personas se arrojaban hasta él para celebrar el inagotable festival del fetiche.

- No hemos podido presentarnos, claro- se arregló el capuchón de algo parecido al neoprén que llevaba como gorra- Mi nombre es Melquiades Zoonstrom- pronunció con histrionismo su propio apellido, dijo algo cacofonicamente parecido a “Dsúndstroem”-, representante intercontinental de la Sacra Alianza Biplanetaria.

- Suena interesante- dijo sin ganas el capitán, casi por compromiso. Seguía mirando fijamente a la multitud. Ya eran muchas las cosas en las que estaba pensando seriamente. Y recién había regresado.

- Muy a pesar de la trivialización de su respuesta, debo decirle que sí es interesante, amén de importante. El trabajo que desempeño actualmente en nuestra sagrada alianza...- el tipo empezaba a enojarse, se podía sentir en el aire. Al Capitán le molestó la molestia.

- ¿Sabe qué?- le dijo-: necesito irme de acá, la multitud me enorgullece, pero también me asfixia. ¿Usted me conseguiría una guitarra? Ya no recuerdo en que momento de este viaje de mierda la rompí en un ataque de histeria. Creo que fue contra el retrete.- Se miró las manos y sonrió- La gente de por aquí solía apreciar mis habilidades innatas para tocar blues.

- ¿Azules?

- Tristezas

- ...

- Permítame aclararle un cosa joven...

- Tan joven como usted, Capitán.

- No, por favor no me interrumpa caballero -le clavó la vista a la altura exacta de las pupilas- Quisiera que me saque ya mismo de aquí. Agradezco tanta demostración de afecto- miró a la gente, les sonrió, levantó un brazo y todos comenzaron a rugir nuevamente-, pero le ofrezco lo siguiente a usted y a toda su sagrada alianza. Mañana por la mañana me levanto y a primera hora brindo una conferencia de prensa en la que pueda informar a la sociedad sobre las peripecias que he vivido en este interminable viaje: También podré explayarme, si le parece oportuno, sobre las que considero las causas que me han tenido demorado durante décadas y décadas en el espacio, ¿le gusta?.

- No, no es necesario que nos cuente nada Capitán.- Le sonrió como podría sonreírle una pantera a una pequeña gacela- Hemos extraído toda la información de su mente mientras usted hablaba de tristezas y discos.

- Pero...- escalofríos.

- Sí Capitán, hemos aprendido en todos estos años a leernos la mente entre humanos. Todos los aquí presentes sabemos que fue lo que le pasó allá arriba desde que partió.

- Ya veo...- Miró al infinito. La multitud rugió nuevamente.

- Capitán, no se lamente así, en ese tono, todo esto implica superación. Hoy somos superiores a la humanidad de su época. No debe sentir vergüenza alguna por sus pensamientos erráticos, privados y maliciosos. Todos nosotros los tenemos. La aceptación del ideolecto de nuestros semejantes es un gran paso hacia adelante.Hemos evolucionado Capitán...

- Sí, ya le escuché decir eso.- dijo Coconauta, cortante, como si fuera un héroe superado de una película norteamericana de la Segunda Guerra Mundial que está escuchando a un jerarca nazi estereotipado. El capitán quiso pensar en otra cosa; pero lo único que le volvía a la mente como un dardo era pensar en lo terrible de un mundo en el que la gente leía la mente de la gente todo el tiempo.

- No es tan terrible- dijo el tipo y volvió a sonreír con la sonrisa de la pantera.

- Si lo es- dijo, o tal vez lo pensó. Vaya uno a saber... porque el tipo lo miraba y negaba con la cabeza, como si lo hubiera dicho, aunque solo lo estaba pensando, o no... ya no estaba seguro de nada- Esto es terrible -se repitió... o lo repitió. Ya nada era claro.

- Nada de eso, capitán. Hemos desarrollado técnicas para que el rumor constante del pensamiento del otro no invada y socave moralmente nuestras individualidades, para que no estrese al punto de la demencia. Los débiles son apartados del sistema. Los débiles son los que sobran Capitán- ahora sí que se rió como un hijo de puta-, los débiles son los que se convierten automáticamente en el recurso natural más genuino y sublime: alimento orgánico super procesado Hubo una pequeña instancia de frío y miedo en el alma del Capitán Coconauta.

- Entiendo, empanadas de carne humana...- lo dijo con miedo, pero con un grado de resignación infernal.

- ¿Empa... qué?

- Nada, olvídelo.- Coconauta miraba con infinita tristeza hacia el piso. Acababa de entender todo.

Al levantar la vista comprobó que la cuchilla venía atravesando el aire como un tren bala que debe llegar al downtown de Tokyo antes de que las oficinas de los edificios inteligentes cierren automáticamente las puertas de acceso a los trabajos en la bolsa de valores.

La cuchilla se le clavó en el pecho.

Mientras caía muerto notó que la pantera lo miraba extasiado, y que la multitud vitoreaba a viva voz. Ya de rodillas vio como su propia muerte se proyectaba en cuatro pantallas gigantes diseminadas por el predio, mientras carros de soporte neumático-flotante repartían cajitas tipo la feliz de Mc Donalds. Adentro había juguetes de robots meca y bocadillos quick hechos de pedazos de militantes de los derechos humanos, tristes locos de manicomio, cantantes de protesta, pintores de ideas escabrosas, poetas de bar, curas tercermundistas, yuppies de la new age y tantos otros humanos que -en vida, claro- intentaron manifestar su disconformidad con la nueva ley de acercamientos inter psique-carbonales de la Sacra Alianza.

Entonces gritó.

La computadora de bordo intentó hablarle despacio para devolverle la tranquilidad. La cama del Capitán Coconauta estaba empapada. Había tenido una pesadilla espantosa, nuevamente, como otra de las miles de noches que llevaba arriba de esa hojalata que se movía por el espacio sin terminar de saber hacia donde dirigirse.

- Otra pesadilla de mierda, Bon- le dijo al ordenador, tratando de imaginar la cara de alguien, más no fuera la estúpida luz roja de Hal 9000 en la “Odisea en el espacio” de Kubrick-, esto es siempre lo mismo: vagar... girar en torno a la nada de este cosmos infinito.

- No es infinito, señor.

- ¿Que más da?... ¡máquina estúpida!.

- Decodifico positivamente su situación emocional de tirantez y stress matutino Capitán, pero es importante que sepa que no debemos perder de vista los parámetros de finitud del espacio.

Coconauta levantó una de sus piernas y, poniendo la típica cara de esfuerzo sobrehumano del levantador de pesas en las olimpiadas de ningún lugar, se tiró un potente y estrenduoso pedo: “Decodificate esta, gil de goma”, le dijo a la máquina y luego sonrió con una sonrisa desencajada a la nada, para tratar de compartir -casi como el Mayor Tom del “Space Oddity” de Bowie- con todas las ausencias del espacio helado un chiste grosero que la máquina de su nave completamente fuera de rumbo jamás entendería.

Cerró su vieja notebook Texas Instrument. Le miró el lomo, grande y corrugado, totalmente demodee ¿vieron que el nuevo fetichismo está puesto con bisoñés sobre notebooks y teléfonos celulares?

El mundo puede morir de pie, testigo de las calamidades más atroces, pero en todos lados habrá un pequeño local de telefonía celular para que puedas comprarte un prepago con pantalla color y así “comunicarte” con tus amistades y contarles que el apocalipsis ha llegado. Con las notebooks sucede lo mismo, pero a un nivel un poco más sofisticado.

Suspiró. Acomodó el viejo orgullo fetichista (devenido en apenas un lustro en antigualla electrónica) en la horrible mesa de luz del hospital, corriendo un vaso, una estúpida flor marchita, un diario del jueves y tres blisters de medicamentos. “Que olor a hospital, por favor...” farfulló al acomodarse en la cama. “¿Cómo dice joven?”, dijo el viejito operado de la próstata de la cama de enfrente.

El viejo hablaba sin dejar de mirar un programa con el grasa de Marley por Telefé. “Nada abuelo, que los sordos son putos”, farfulló Miguel. “Ese chiste era de mi época -dijo el viejo, sonriendo-, pero ya perdió un poco de gracia, porque ahora se respeta un poco más a los putos. Yo, por ejemplo, tengo un sobrino nieto que es puto y es un pibe maravilloso -dejó de mirar a Marley-, no le voy a negar que cada vez que lo miro y me imagino que está con un hombre me da una cosa así de asco...” Mientras el viejo hablaba, Miguel volvió a abrir la Texas, la encendió, recuperó el documento del Capitán Coconauta y lo borró por completo. “No me gusta la moralina y nunca me gustó. No se para que mierda escribo estas mierdas”, se dijo a sí mismo por lo bajo. El viejo dejó de parlotear y se quedó mirando la pc: “ah, fíjese usted que cosa... mi sobrino, el puto, también escribe”, comentó, e inmediatamente regresó a las estupideces que Marley hacía y decía desde ese mueble tan particular que es la caja catódica. Y el Capitán Coconauta fallecía en aquella habitación de hospital de un solo delete. Sin pena, y mucho menos gloria.

autor Fernando HoraSábado,20 de mayo de 2006
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