hAy MáS nOvElA pArA eStE bOlEtÍnNnNn...

LOS NADA (Capítulo V)

“Es importante caminar por la cornisa/ y caer a toda prisa en la madeja del error/ y no me achico, aunque no parezca cierto:/ abran bien los ojos tuertos que ha llegado un perdedor/ Es importante que nada sea seguro/ Es importante salir a corretear,/ Es importante no llegar a ningún lado,/ Es importante escapar a algún lugar/ Es importante vender cara la derrota,/ ¿qué me vio, cara de idiota?,/ yo también quiero ganar/ Es importante, si hago trampa no me importa/ Y es importante equivocarse una vez más/ Es importante pa’quel fuego no se muera/ Sacar siempre el diablo afuera,/ Aconsejo este ritual:/ Con otra jeta, enmudecer garganta rota,/ Romper siempre las pelotas, ¡Si yo nací para irritar!/ Es importante, dame un huesito vieja/ Es importante un bizcocho pa’ mojar/ Es importante que no me dejen afuera,/ Es importante, yo ya estoy para jugar/ Es importante renovar el deseo,/ Es importante poderte extrañar,/ Soplar fuerte pa’quel fuego no se muera, Es importante otra fiesta en lo de Juan/ Esta familia se ha juntado nuevamente/ Y ha tomado los lugares por asalto una vez más,/ Y así vivimos: cuerpo a cuerpo en la comparsa,/ Si esta vida es una farsa, que regrese el carnaval/ Es importante que regrese el carnaval,/ Es importante no dejar de corretear,/ Es importante exorcizar el maleficio/ Y sacarle un beneficio a esta desgracia universal/ Es importante que no dejes de cantar,/ Es importante no dejar de corretear/ Resistimos: cuerpo a cuerpo en la comparsa/ Si esta vida es una farsa, que regerese el carnaval”

José Céspedes y Gustavo Cordera

¿Despiertos o dormidos?

a) ¿Dónde viven?

El sol era una brillantina gelatinosa sobre la cabeza de Martín, que seguía durmiendo a pesar de la irrupción de aquella bola de luz sobre su cabeza, un sol que se colaba por entre los vidrios rajados de un ventiluz pedorro, coloreando la pieza con una generosidad bastante atípica en el circuito habitual de piezas de pensión.

Martín dormía otra mañana de resaca. Eran cerca de las dos de la tarde. Tirado allí parecía una pintura del Greco, una suerte de representación de la noche burlándose del día. Su cabello negro, cortito, fuerte, generoso, se apoyaba en la almohada -que a veces simulaba ser madres- sin enterarse de nada. Si uno se toma la molestia de acercarse a disfrutar del macro de la vida, puede detectar detalles sutiles, como la cara de Martín, cambiando con suaves gestos, apenas perceptibles.

Mirarlo dormir era un ejercicio inexplicablemente entretenido. La casi inexpresividad de su rostro tornaba dificultosa la tarea de saber si Martín estaba atravesando por algún cielo o algún infierno en sueños, aunque siempre había indicios mínimos del sitio aproximado en el que se encontraba en (había que acercarse mucho, lo dije, y a veces era muy peligroso). Igual si te acostumbrabas a mirarlo te dabas cuenta de que dormido tenía dos muecas recurrentes: una que parecía una sonrisa del Poirot ese que venía en los cuadritos-réplica que nuestras abuelas y tías compraban en las librerías de pueblo, esos posters sobre madera, tan trágicos, patéticos (dependía de cómo te levantabas el día en que los mirabas), tan al borde de lo melodramáticamente cursi; ¿se acuerdan?, esos afiches del chico de ojos claros, tan pobre y triste, iluminado como por una gran vela de grasa del siglo XIX... patético, sí. La otra mueca de Martín era apenas diferente, pero volviendo a utilizar el macro como herramienta de trabajo, te dabas cuenta de que era exactamente inversa a la del Poirot: iba progresando desde una inicial expresión de dolor y melancolía de esa que solemos adjetivar grandilocuentemente como “infinita”, hasta mutar a una sonrisa de satisfacción y -por qué no- de venganza, como dando cuenta de la repentina recuperación de un auténtico caído en desgracia.

Era divertido observar con atención, por entre sus dos muecas solían colarse aquellos pequeños secretos de la pared inconsciente que la psicología, las religiones y la filosofía se esfuerzan tanto en tratar de parchar con reboque grueso. Si uno está bien dispuesto y entusiasmado de revelaciones íntimas, el alma de un dormido está siempre allí: a vista de ojo.

- Este tipo se pasó de mambo anoche- fue el veredicto que masculló para sí mismo Víctor al mirar a Martín con atención. A veces hablaba como un snob de los setenta, incluso para sus adentros-, la madre debe haber cobrado el seguro y le debe haber dado la plata que le corresponde -sonrió, sabía que la utilización del término “corresponde” era absolutamente antojadiza- Se debe haber patinado un fangote en escabio.- Pensó en voz alta Víctor, completamente seguro de lo que estaba diciendo.

- Siempre me pregunto cómo podés saber tantas cosas de alguien que duerme como una tapia, ¿no estarás exagerando un poco con tus vaticinios, Víctor... Sueyro?.- ironizó con ganas Mariana, que creía en la magia, pero siempre mostraba su cara dura, y los ñatos morían de amor por ella al verla así, siempre tan segura de lo que estaba diciendo.

- No me confundas con ese hijo de puta de Sueyro, lo mío es un procedimiento lógico, una licenciada como vos debería saber que mi método es enteramente científico. Le miro la cara con detenimiento de laboratorio, estoy atento a su respiración, son todas cosas empíricamente realizadas...

- Bien doctor, dígame entonces cómo hace para saber lo del alcohol y lo del seguro por la muerte de su padre- le palmeó la espalda y se dio vuelta, como si le importara muy poco la respuesta, ¿tienen pan en esta... (iba a decir casa)... en este lugar?.

- Sí, ahí en la estantería metálica - el gringo le señaló una de esas horribles estanterías de archivo de oficina, de esas estructurales marrones, espantosas-, es de hoy, está rico. Lo del alcohol lo se porque me acerqué lo suficiente como para oler su respiración, y no era la habitual de cerveza, había ginebra, ¿me entendés?, gi-ne-bra...

- Está bueno- masticaba la puntita de la flauta- ¿y lo del seguro?.

- El recibo que tiene en la mano, nena.- Los dos se rieron del negro. Tenía el recibo en la mano, de posta, como si fuera el conejito de peluche de un pibe de tres.

- Gringo, ¿por qué no te dejás de romper un poquito las pelotas?- se despertó Martín con las risotadas de los dos.

- Porque ya es hora de levantarse vieja.- Le tiró Víctor, como si fuera su madre, la responsable de su crianza.

- Quiero dormir. Anoche tuve una de esas noches a las que a vos te gusta llamar “de terror”- Se tapó la cabeza con la almohada.

El gringo saltó gatillado por esas palabrejas que ya conocía casi de memoria: historias de policías inquietos en sus patrullas interminables, molestando a borrachines de feria, a muchachitos de clase media que se juntaban en las esquinas con los pibes de los barrios periféricos. Historias de desvelos nihilistas, de repeticiones en loop (mismo bar, misma gente, misma estúpida discusión), historias aguachentas de la noche, pretendido entretenimiento convertido en baratas crueldades de hombre del siglo de la improvisación basada en el cinismo.

- Está bien, no me cuentes más nada Martín, no quiero saber absolutamente nada de lo que te pasó anoche. Ya lo se todo, esta canción ya la tocamos más de mil veces... Mariana los miraba en silencio, los conocía al dedillo: eran dos chicos jugando a amargarse. Sabía que esto era divertido, pero que podía terminar en cualquier cosa, en una agarrada fatal en la que los dos se dijeran cualquier cosa. Solían -inclusive- agarrarse del cuello y zamarrearse por la pieza. Lo hicieron un par de veces; volverían a hacerlo en cualquier momento, cuando ella menos se lo esperara. Le quedaban dos alternativas, quedarse hasta que el germen de la discusión realmente brotara y colonizara la pieza... y divertirse hasta ese entonces. O contar con el plan B, e irse en el preciso instante en el que la discusión recrudeciera, para evitar que lo amargo y patético le amargara la jornada toda:

- Chau, los espero en el hospital.- les dijo a los dos con la boca todavía llena de pan.

- Pará, Mariana...- alcanzó a decir el negro, pero ella se fue- ¿viste, infeliz?... siempre pasa lo mismo, quedamos solos, hablando sobre cosas de las que no estoy del todo seguro si han pasado o no han pasado.

- Todo pasó, lo veo como en una película, mala por cierto... no me cuentes más nada.- lo dijo como una madre que está cansada de decirle a su hijo adolescente que deje de fumar marihuana. La almohada de la cama del negro voló por el aire.

- ¡Que no te cuente QUE!- No era una pregunta, era un desafío- ¡Yo no te conté nada de nada!, ya empezaste con tus estupideces de siempre...- lo menospreció, sabía que ganaba unos cuantos puntos en la discusión haciéndolo.

- No quiero saber nada de lo que te pasó anoche- repitió obcecada y temerosamente el Gringo-: nada de tus historias de bares, de paredones... -dudó-, vos sabés que yo no soy una persona ajena a estas realidades que...- volvió a dudar- se nos van apilando.- El negro Martín saltó como si doscientos veinte voltios le hubiesen trepado por el espinazo:

- ¡Basta Gringo!- se calmó como pudo-, basta... por favor te lo pido, dejá de ver la vida como si fuera una sucesión de capítulos de “Rayuela”, por favor te lo pido. Te hablo enserio.- El gringo sonrió, entendía perfectamente lo que su amigo le estaba planteando, pero también sabía que un ápice de lógica le daba la razón en suponer que al menos podía enumerar con exactitud el setenta por ciento de las cosas por las que la noche anterior había atravesado Martín.

Contrariamente a lo que Mariana supuso, en esa ocasión no discutieron. Tomaron mates durante una hora y media y hablaron del sentido de la vida. Eran dos sujetos bastante predecibles, pero nunca tanto. Su excentricidad los tornaba soprendentes en ocasiones.

Y hablaron mucho. A pesar de que Martín siempre acusaba al gringo de ser “un tipo grandilocuente para todo”, a los dos les gustaba hablar de la vida como si fuera un misterio a descifrar en fórmulas y galimatías varias.

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Rayuela cap7

autor Fernando HoraMiércoles,10 de mayo de 2006
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(2)



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  • #1 ..··. una tabanita ··..· 14/05 .·.. 09:22

    guau, me pasó algo muy raro, mientras lo leía tenía mucho la sensación de estar leyendo Rayuela (y eso es un GRAN elogio) y después cuando Martín le dice "dejá de ver la vida como si fuera una sucesión de capítulos de “Rayuela”" fue re impactante, creo que formaba parte del objetivo que pase eso, ¿o no?.

    Muy lindo capitulillo

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  • #2 ..··. Comité Central Tabanero ··..· 14/05 .·.. 17:40

    Fernando se puso colorado cuando le mostramos el printer de tu comentario.

    Nosotros sinceramente creemos que lo único que lo une a Cortazar es la pasión por los encendedores a vencina y el pelo graso.

    Abrazos

    El Comité

    PD: jamás de los jamases se le ocurriría a Barraza algo como lo del gato calculista. Y menos que menos un capítulo como el de Berthe Trepat y menos que menos que menos un capítulo como este:

    Rayuela cap7

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