vUeLvE lA sAgA dE lOs VeRbOrrÁgIcoS

LOS NADA (Capítulo IX)

¡Riñones!

La policía llegó al lugar alertada por alguna de las viejas de la arena, se abrió camino por entre la gente, empujando, pero con la amabilidad de plástico que caracteriza a la policía en procedimientos en los cuales no puede actuar de manera violenta sin recibir el escarnio generalizado y la reprimenda forzada de sus superiores. Y después se llevó a Martín, metiéndolo en la trulla a los empujones. Semi desvanecido por la crisis emocional de todo lo que acababa de vivir -más lo que iba a vivir a partir de ese instante-, el negro se dejó caer en el asiento de atrás del móvil como si fuera una cama de lo más mullida.

Las viejas de la arena farfullaban y gritaban: “¡enciérrenlo, está loco, está drogado!”, decía una, como si fuera la primera dama de Calígula con un palo encerado bien metido en el orto.

Martín lloraba en el asiento de atrás de la trulla mientras los policías le pegaban en los riñones casi sin que él lo notara.

En los pasillos mismos de la comisaría nadie dejó de hacerle sentir la cálida bienvenida que las instituciones avaladas para el uso de la violencia suelen darle a sus desgraciados huéspedes. El cuadro era patético. Un policía lo empujaba como si fuera una gran bolsa de maní, inerte; el otro le hablaba al oído idiomas indescifrables para el muchacho. El tercer policía sólo abría puertas.

Martín conocía de memoria esos procedimientos. Los vivió no una, sino decenas de veces cuando era un adolescente orillero que bebía en las esquinas, convencido de ciertas deliciosas libertades lúmpenes que la vida moderna está siempre dispuesta a obsequiarte. Y siempre llegaba la razzia para llevárselo a él y a sus otros desangelados compañeros. El negro había visto muchas -pero muchas- veces como se abría las puertas de una comisaría, le habían soplado al oído varias veces los pases mágicos de la ley. Las apocalípticas demandas recriminatorias en las que los agentes de la policía le echaban la culpa a él y a sus amigos del estado actual del mundo, de sus podredumbres, del estado de flaccidez moral en el que vivimos. El negro los miraba, se sonreía. De vez en cuando cobraba. Luego estaban los polis que le hablaban a conciencia; siempre firmes en sus conceptos y preconceptos policíacos, siempre desde la vereda de la gorra (¡pero si esa es su ley!). Y le pedían a él que se retire de las calles, que deje de enviciarse las noches, que aprovechara la ventaja de su condición social y su inteligencia para diferenciarse de los otros pibes de barrio que se juntaban en esa y en todas las esquinas a beber. Él les vomitaba los zapatos, y entonces volvía a cobrar. El negro era un tipo extraño: siempre atento a sus propios códigos de lealtad. Odiaba que lo trataran de “distinto”, del Motorcycleboy de “Rumble Fish”. ¿De qué se podía acusar a un tipo así sino de fiel a sus principios? Alguien dirá que su rebeldía era pueril, que las noches que pasó preso las podría haber invertido en grandes proyectos de vida, en repartir roles y dotes positivas para él y para los que quería. Pero Martín no era ese. Martín era el Nada kamikaze, el lado díscolo de una realidad sumamente fláccida. Si el entorno era una cada vez más grande publicidad encubierta, Martín estaba siempre allí para demostrarte con sus pequeños actos de subversión pueril que él no iba a resistir mucho más esta cadena de encubrimientos fatales.

Martín -para alegría de un ideario de libertad y para desgracia de su propia subsistencia meramente física- era este ser que se tumbaba en el asiento de la comisaría mientras el agente le preguntaba desde detrás de la máquina de escribir por qué había protagonizado semejantes desmanes en plena tarde un día de semana: “¡Música rota!”, les gritaba él, y se ganaba un lugar temporario en la misma celda que periódicamente lo veía venir desde hacía ya diez años.

Hobbies de hospital

“A usted estos versos, por la consoladora gracia/ de sus ojos grandes donde ríe y llora un dulce sueño;/ a su alma pura y buena, a usted/ estos versos desde el fondo de mi violenta miseria.

Y es que, ¡ay!, la horrible pesadilla que me visita/ no me da tregua y va, furiosa, loca, celosa,/ multiplicándose como un cortejo de lobos/ y se cuelga tras mi sino, que ensangrienta.

Oh, sufro, sufro espantosamente, de tal modo/ Que el primer gemido del hombre/ Arrojado del Edén es una égloga al lado mío.

Y las penas que usted pueda tener son como/ Las golondrinas que un cielo al mediodía,/ Querida, en un bello septiembre tibio”

Paul Verlaine

Magali fue la primera en llegar al hospital. Aunque bien podría haber sido la última. O directamente no haber ido nunca al hospital sin recibir la factura de ninguno dentro del grupo. Porque nadie tenía altura moral para decirle nada al respecto a una pequeña mujer como ella, que -siendo una niña- había visto morir a su padre y a su hermano en la ruta mientras el auto giraba sin sentido por el borde de la banquina, por el abismo de la muerte. A nadie que haya asistido a semejante overdose de fatalidad se le puede pedir puntualidad o asistencia obligatoria a un hospital. Sin embargo Magali siempre llegaba primera al hospital cada vez que Miguel tenía una recaída. Algunos decían que la empujaba el morbo. Es una teoría atendible, pero demasiado perfecta como para ser cierta.

Yo siempre tuve mi teoría de que, en medio de su coraza de mujer independiente que cuida al mínimo detalle cual va a ser el próximo paso a seguir en su vida, Magali escondía una solidaridad casi animal que la llevaba muchas veces a dejar de lado hasta sus temores más enraizados para, como se dice en mi país desde hace siglos: “estar ahí cuando se me necesite”.

Así la encontré durante aquella, la última recaída de Miguel: mirándose las cutículas de las uñas como si en el esmalte de oficinista que siempre llevaba puesto a la perfección estuviera impresa entre líneas la Tora final de la verdad. Tenía los ojos hinchados. Habñia estado llorando. ¿Llorando por qué, por quién?:

- Por el tiempo que pasa y las cosas que no somos- me decía, y me pedía otro carilina

- Por los caballos de oro que nunca nos regalarán... - le decía yo, tratando de ironizar sobre sus angustias, que me parecían demasiado naífs.

- Llorando por el excesivo tiempo que perdurarán todas estas máscaras que nos ponemos para no vivir. Llorando porque no veré otro mundo, siempre será este: en el que llego primera al hospital, y todos ustedes van cayendo uno a uno, diciendo cosas que llenen el tiempo y el espacio de contenidos casi descartables.- Se sonó los mocos con fuerza, me miró. Lo divisé por el rabillo de mi propia visión, porque estaba clavándole mi mirada al ajedrez del piso. No pensaba mirarla. Lo que estaba diciendo era cruel y algo parcial; pero de alguna manera tenía que escucharla. Saber hacia donde se dirigía. Nunca me había hablado así. Sacó un caramelo sin azúcar de su cartera fucsia, se lo metió en la boca. Juntó las puntas de sus zapatos de taco y se las miró. Tal vez allí habría otra Tora oculta. Esa Tora en particular comenzaba diciendo:

- ¿De qué madera estamos hechos nene?

- Ah no, esto es demasiado fuerte para mí. Voy a buscar un café

- Vos te quedás sentado ahí - Me agarró del brazo- Vos te crees que siempre sabés todo, ¿no? ¿nunca te preguntaste por qué no sos capaz de sacar a tus amigos del alcohol, del vacío, del vicio psicosomático de caer internados en el hospital todos los meses?

- No. Si fuera el pastor Jiménez o el conductor de un programa del healthy channel tal vez me lo preguntaría- Dejé de mirarla y volví a mirar el piso de ajedrez.

- Eso es lo que nos socaba: la nada. Siempre “seríamos” algo si las condiciones estuvieran dadas para que “lo fuéramos”. Pero no, nunca el mundo es el ideal, nunca las coordenadas están dadas. Siempre hay una oportunidad propicia para no ser, para no actuar. Siempre está la coartada a flor de piel. Somos una manada de cobardes. Y los que se creen en la cabeza de esta manada... más cobardes serán... - se rió; casi se le hizo un globo de aire en la nariz.

- Che, ¿y todo esto cual de las Magalis lo dice: la oficinista que trabaja para el gobierno, la que nunca quiere abrirse por temor a ser avasallada o la que vive oculta detrás de su propia tragedia personal? - Probé con un poco de ironía fulminante, como esos zorrinos a los que solo les queda mear lo más fuerte que puedan para poder zafar del peligro inminente.

- La que no quieren ver... o la que no se muestra. Vos que sos aprendiz de psicólogo decime cual de las dos es...

- Las dos - le dije. Nos miramos y sonreímos. Su sonrisa no era la más triste del mundo, pero se le parecía bastante.

Un médico tocó la campanita de la recepción con una carpeta en la mano. Carraspeó. Inmediatamente apareció al recepcionista que esperábamos hacía casi una hora. Traía noticias: el médico le confirmaba que podríamos pasar a ver a Miguel. Román, Katy, Germán. Todos iban cayendo como en la previa al gran baile de las fieras del bosque. Mariana fue la última en llegar, vestida de verde, con esos zapatos ingleses que le encantaba usar: “¿Y Martín?” preguntó. Nadie le contestó nada.

(Anotación E) Desencantos

I. Veo como la esperanza sale de las calles y se va hacia un no lugar... para siempre.

II. Puedo sentir la mirada oficial: disfrazada de progresismo y tiempos modernos, pero insigne, roída por las desgracias del poder y totalmente vigilante. Más faucaultiana que Faucault.

III. Palpo los bolsillos de mi alma y solo encuentro el vacío generado por una condena social por demás arbitraria.

IV. Matar y morir por dinero. Pequeños velorios desencajados. El norte se viste de comprensión y el sur paga esa excentricidad con trabajo de niños con ojos tristes. Ideal para la foto de tapa de los calendarios de Unicef...

V. Llegan los televisores en cómodas cuotas, los videos de Greenpeace, los cd rom de las Spice Girls, las porno cab para masturbarse, los automacs con menúes “locales”, los candidatos dóciles, las manos ensangrentadas del confort.

autor Fernando HoraMiércoles,28 de junio de 2006
CategoriaFiccionarios comentariosTábanos molestando:(1)



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  • #1 ..··. Marina ··..· 5/07 .·.. 15:29

    me intriga saber hacia donde están yendo!!!!!!!!!!!!!!!

    pongan ya otro capituloooooooooo

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