sIgUe La SaGaNaDa

LOS NADA (Capítulo III)

PARTE PRIMERA

“CTRL+C, CTRL+V”

¿Crisis?

“Paso de la falsa belleza/ Igual que el sabio/ Que no cambia París por su aldea” Joaquín Sabina

¿Quién lo hizo?

Se propuso hacer su numerito bien: cruzar la calle tratando de no mirar si venían los autos. La valentía de circo le duró microsegundos y abrió los ojos. Siempre terminaba abriendo los ojos. Entonces suspiró; como quien acaba de perder la gran oportunidad de la vida y -aún sabiendo lo exclusivo del caso y lo improbable de su repetición-, se resigna a perder el don divino de la mejor suerte con un simple exhalar de aire por la boca. “Con un gesto tan frágil y efímero como una exhalación uno puede -inclusive- dar por terminada una guerra”. Sonaba grandilocuente. Se lo había dicho Miguel alguna noche de esas en las que se acostaron porque estaban aburridos. A ella le gustaba esa frase, y otras al estilo. Siempre le gustó ser grandilocuente. Era una mina super sencilla, pero tenía esas cosas rimbombantes que la convertían en amiga íntima de todos nosotros, capitanes de la grandilocuencia.

Aquel numerito de cruzar la calle sin mirar (casi de moderno cirque de acróbatas publicitados por tevé y bellas señoritas vendiendo pochoclos -combos- enfundadas en mercadotécnicos trajes brillantes), era una de esas pequeñas pruebas que ella abrazaba insistentemente desde la infancia, parte de un corpus de estúpidas -instintiva y necesariamente infantiles- promesas internas que uno suele imponerse para asumir una valentía que nunca sabremos del todo si existe. Bueno, dicen que están atávicamente impresas en nosotros, pero bien puede ser parte de los tantos dictados morales a los que vivimos sujetos como si fuéramos meras maccietas de proto-hombres creados en algún libro de un filósofo positivista a ultranza, cristiano de catálogo, ciego, egoísta al extremo.

Su gran acto del cruce ciego no era del todo insesato. Su plan de máxima consistía en intentar desarrollar mucho (¡muchísimo!) los cuatro sentidos restantes para no necesitar de la vista al cruzar la calle. Con los cuatro complementarios en acción, ella pretendía poder saber si venían los autos cerca, si el peligro de colisión contra su propia humanidad era inminente, o si los autos venían lejos y lo que se escuchaba era solo un lejano susurro, que de persistente le hacía temer por su vida.

Mirá que era una mina seria, pero con etse tema del cruce ciego era particularmente obsesiva; siempre se sentía al borde de lograrlo. Y siempre allí, parada en el cordón de la vereda, arrugaba como frenada de gusano. Tras una intro cuasi mística terminaba abriendo los ojos, mirando para ambos lados ay cruzando como cualquier Juan. Siempre. Esa tarde, quizás más asustada que en otras oportunidades por las posibilidades concretísimas de morir arrollada por un colectivo (hay tardes peores que otras...) abrió los ojos antes mismo de pisar la acera y -por no tener ganas de escuchar la voz de su autocrítica conciencia- le terminó echando la culpa del aborto de misión al frío reinante, “que te anula los sentidos, o al menos te los adormece", decía, farfullando rayos por entre los dientes y volviendo a cruzar la calle como cualquier Juan.

¿Qué hizo?

Ella se asumía como “una muchacha perfectamente psicoanalizada”. Siempre tenía a mano -como casi todos en este siglo, y tal vez en otros, quien sabe...- perfectas coartadas psicoanalíticas para explicar sus comportamientos dudosos. Bah: los más humanos.

Había aprendido a autodiagnosticarse patologías en años y años de terapia. Era una de esos pacientes que algunos psicólogos no quieren en sus consultorios ni en joda; de esos pacientes que -en el camino de años de diván- han aprendido varias tretas para engañar a los profesionales y a sí mismo. Algunos terapeutas consideran a este tipo de pacientes como la gloria, el material de trabajo más fascinante; el resto los detesta. De todas maneras -y en el mero plano de lo comercial- casi todos los terapeutas terminan aceptándolos, pues saben que este tipo de pacientes son... crónicos.

Ella era así: solía buscar culpas en todo, a veces con insistencia exasperante. Ahora cambió bastante; pero eso es una historia que tal vez convenga contar recién al final de esta otra historia.

O tal vez nunca.

Sigamos en esta coyuntura. Aunque muchas veces los razonamientos de culpabilidad le daban buenos resultados (¿a quién no?), en el fondo sabía perfectamente bien que su comportamiento se estaba volviendo un tanto mecánico, poco emocionante y pretenciosamente aséptico. Nadie podía ser así de prolijo y ordenado en esta vida. Al menos ella no.

Una tarde le dijo a su psicólogo: “estoy convirtiendo mi vida en varios sanguchitos de pan lactal, con la mayonesa perfectamente desparramada a lo largo y ancho del pan; con un poco de margarina, porque la manteca, además de engordar y elevar el colesterol por las nubes, rompería el pan, o al menos le haría algún agujero. Los sanguchitos -prosiguió frente a la mirada atenta de su psicólogo- tienen las fetas perfectamente cortadas para que no sobresalgan por ninguno de los bordes, y están empaquetados a mano, uno a uno, en un nylon finito, que no le deja el gusto porque no los hace transpirar; y a su vez están apilados perfectamente bien en una de esas maletitas que le preparan algunas madres a sus hijos para que lleven a la escuela. ¿Me entiende?”.

Su psicólogo solo murmuró. La alegoría era evidente, pero el tipo ni se inmutó. A veces pasa. A él le encantaba envolver personalmente sus sánguches del mediodía en nylon finito, y para eso las fetas tenían que estar perfectamente bien cortadas para que no sobresalieran por ninguno de los cuatro costados del pan, porque sino el fiambre -en el contacto con el nylon- se abombaba, “y el gusto rancio de la primera mordida de un fiambre abombado te predispone las papilas para el resto del sánguche”, decía el licenciado. Por eso el terapeuta tomó la alegoría de Mariana con pinzas, como alguien que -a pesar de sus años de preparación- está bloqueado para percibir lo que debería percibir.

A partir de un episodio así de sencillo, todo cambió en el micromundo de Mariana. Al no obtener por parte de su terapeuta una reacción de adhesión frente a un planteo tan esencial como aquel, comenzó a pensar seriamente en dejar de ir a ver al psicólogo. A ese, y a todos.

Lo tajante de plantearse una tierra del “nunca jamás terapia” tenía su fundamente: si lo abandonaba no iba a ser el primero en su vida, pues antes había dejado atrás a tres psicoanalistas y dos psicólogos más.

¡Basta de psicoanálisis!. Esa era la síntesis de todo esto. Pero ojo, no solo los sanguchitos envueltos habían logrado el milagro en ciernes. Mucho la había ayudado en esta decisión repentina de dejar a este psicólogo (y a todos los psicólogos del universo) Memo, su ex-novio, un tipejo super inteligente, pero ultra pasado de análisis.

Memo comenzó a ir a análisis a los nueve años, cuando sus padres lo mandaron al analista porque supuestamente no podía superar cierta situación de melancolía, demasiado profunda para un pibe de su edad. Poco tuvo que ver, para sus padres, el hecho de que Memo hubiera dejado atrás su barrio, su provincia y su país cuando sus viejos tuvieron que salir de raje a México perseguidos por los militares a mediados de los setenta. El chico, lejos de sus costumbres y sus amigos, terminó en un diván por iniciativa de los viejos, los verdaderos dueños de una negación absoluta con respecto al desarraigo. Y el pibe, nada que ver, pero terminó expurgando la angustia de sus viejos acostándose él en el diván, ¿se entiende? Si esto fuera un programa de televisión de un canal pseudo educativo un locutor preguntaría “¿Cuántos niños en el planeta están siendo obligados a ir al psicólogo porque sus padres no pueden superar instancias personales?” y luego vendría una publicidad de Danonino, o lo que es peor, de algún simulador virtual tipo Sega o Nintendo. La sociedad es un poco esquizofrénica, ¿no les parece?

Pensar que cuando rompió con Memo, Mariana se sintió despreciada, desatendida, sola. Algo muy hedonista; pero es lo más ususal y lo primero que nos pasa a todos cuando nos enfrentamos a una ruptura sentimental. Es casi el único mecanismo de defensa que nos queda frente al desahucio tan sui generis que implica la pérdida de una pareja, el espejo en el que representamos demasiadas de nuestras cosas.

Si bien -y luego del affaire de los sanguchitos- ya estaba decidida casi por completo, un día Mariana vio la luz reveladora del todo en medio de una sesión (la última, claro):

“Más despreciada, sola y desatendida estaba cuando salíamos, cuando éramos pareja”, concluyó en voz alta, casi echada en el incómodo sillón de cuerina roja. Y ahí mismo se dio el alta, de Memo, y de todos los psicólogos. Alta de altas.

Su nuevo (ahora viejo) psicólogo, por cierto, la vio irse del consultorio y se quedó tranquilo, clavado, en pause (con la tecla del rec para borrar todo apretada en la mente). Con su habitual cara de naipe de mazo usado en el club social y deportivo del barrio le dijo: “hasta la próxima”, y ella le sonrió con una mentirosa mueca de “sí, hasta la semana que viene nene”, que no se la creería ni el bobalicón y tiranuelo Dios que se promociona en los programas evangélicos de la trasnoche de la tele. No volvió a pisar un consultorio ni una puta vez más; la decisión fue tajante.

Pero si esto que les cuento suena como demasiado fácil, nada fue tan fácil: estuvo una semana y media sintiendo culpas por no llamar a su ex-terapeuta para avisarle que no iba a ir más a verlo, que no lo necesitaba más. Igual no se quedó con el entuerto alojado en la conciencia por siempre. Como todo... lo superó. Y punto.

Continuará

autor Fernando HoraSábado,15 de abril de 2006
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