Una semana después preparamos todo y fuimos al desierto, a un lugar bellísimo en el que las bardas se veían recortadas, casi como hechas en papel maché; allá a lo lejos, enanas, pero constantes.
El silencio era casi exclusividad pura. Lo único que se escuchaba en la inmensa planicie era el ruido sordo de unos guanacos petroleros a kilómetros de donde estábamos. Eso y el viento.

Miriam se colgó diciendo pavadas en un discurso de despedida absolutamente innecesario (alguien atinadamente recordó el del viejo de Miguel en el falso entierro). El problema allí fue que estábamos todos muy cansados y queríamos sacarnos el cadáver de Miguel de encima. De alguna manera intentábamos borrar la impronta presionante de su recuerdo mortal y desparramar en la tierra los restos de su cadáver era la mejor manera de comenzar a hacerlo.
Dale que va: Miriam siguió hablando como tres minutos más. Aquel no era el momento de discursos, y menos para despedir a alguien que de los discursos había hecho una batalla por momentos agobiante. Discursos para un discurseador.
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Finalmente llegó el momento y la verdadera ceremonia de despedida comenzó. Las cenizas cayeron de la urna al suelo de una manera por demás grotesca, casi como cae una palada de arena o escombros en un contenedor de una obra en construcción. La materia inerte despojada de lo que le dio vida. Tal vez haya habido una enseñanza profunda en aquel triste y grotesco final...
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Nos fuimos todos al toque. Era ya el atardecer y no queríamos que la noche nos encontrara allí, dando vueltas en falso entre poco marcadas picadas de empresas petroleras.
Antes de subir al auto giré sobre mi hombro izquierdo y alcancé a ver como una ráfaga de viento fantasmal se llevaba las cenizas de Miguel del lugar en el que las tiramos. Debo confesar que la imagen era bella; la naturaleza estaba haciendo las cosas con la majestuosidad que el hombre no había sabido hacerlas. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Lo mejor que pudimos hacer fue arrancar. Al pasar por el dique compensador de Vista Alegre me colgué mirando el agua y el firmamento sin terminar de entender muy bien donde finalizaba una y empezaba el otro. Como venía de un funeral me puse existencial al extremo, y tracé algunos paralelos de filosofía barata sobre el comienzo y el final de las cosas. Recordé una canción de rock neuquina, “Samarkande” se llama, y es una composición furioso-épica, sencilla y efectiva que en una de sus estrofas dice: “el mar es cielo desde la orilla”.
Exactamente así veía el todo, como un gigantesco programa en el que los bordes del cielo y la orilla no definen nada, son lo mismo, una continuidad física verdaderamente desmembrable. Majestuoso, pero también peligrosamente parecido al Truman Show. Así que, sin límites demasiado claros entre lo que estaba viendo y lo que estaba meditando, es decir: en uno de esos trances zen que solía enunciar Martín, me sobresalté cuando la tilinga de Marita -una de las tantas novias de Miguel- me tocó el hombro desde el asiento de atrás clavándome sus flacos dedos de histérica en el cuello. El viaje hasta allí había sido tranquilo, pero la muy zarpada empezó a gritar como si fuera una nominada furiosa de algún reality mal hadado.
La discusión tenía ingredientes algo patéticos. La mina empezó a recriminarme porque la versión de “The carpet crawlers” que pusimos en el sepelio no era la de “The lamb lies down on Broadway”, que era la que había pedido Miguel como último deseo. Se puso como loca: “esa mierda que pusieron era la que cantaba el careta de Phil Collins en ‘Seconds Out’ -gritaba- una verdadera bazofia para las FM. Yo tengo una copia del mail de Miguel, y esa mierda no estaba en la lista”, aullaba, y le pegaba a mi asiento. El cuello me dolía, la situación se estaba poniendo tensa. Yo no había grabado el disco; solo me lo había robado del sepelio. ¿De qué responsabilidades estábamos hablando? Intenté explicarle todo. Ninguno de los que íbamos en el auto tenía nada que ver con ese cd del que ella estaba hablando, es más ¿de qué responsabilidades estábamos hablando?. Aquel final abrupto había sido un garrón, y ese mail un lastre. Lo de Miguel no había sido un último deseo; el tipo no estaba condenado a muerte; el tipo solo estaba molestándonos con otra de sus perspectivas desmedidas de la vida, esas mismas perspectivas que lo habían convertido en un escritorzuelo maldito, pero también en le tipo que adorábamos. Aquel mail había sido un lastre de mierda, pues entonces... ¿de qué responsabilidades estábamos hablando? Lo que ella interpretaba como un último deseo no corría como explicación lógica para dar rienda suelta a ese furibundo ataque de histeria en medio de la nada patagónica.

No le di más vueltas al asunto y empecé a gritarle todas las explicaciones juntas. Nadie tenía la culpa de toda aquella mierda. ¿Quién de entre todos nosotros estaba preparado para enfrentarse con la dura realidad de saber que -azar de por medio o no- Miguel había muerto? Excusas mezcladas entre verdades, todas dichas casi sin respirar, con gritos de adolescentes dolidos porque algún adulto responsable ha faltado a su palabra. Una discusión verdaderamente neurótica. La pendeja tenía algo de razón en lo que había empezado a postularnos, pero el camino de histeria que había escogido para expresar su verdad era el peor. Podría haber aprovechado su porción de razón -de manera sofista- para llegar a una verdad mayor, tal vez la más grande de todas verdades en relación a lo discutido allí. Pero Marita era una mina inzapaz de decirte las cosas bien. Nunca lo hizo, y bajo presión menos. Y la muerte de Miguel fue presión. Una increíble presión para todos.
Finalmente todo se fue al carajo. Ella seguía gritando y pegándole piñas al asiento. Yo no pude contener su ataque de histeria; es más, lo exacerbé mandándola a la mierda con el más fuerte de mis gritos. Ella, egocéntrica, caprichosa de mierda, redobló la apuesta y me pegó un puñetazo en el hombro. Me dolió bastante y al contraerme, pegué instintivamente un volantazo hacia la izquierda.
Tocamos en una lamida de metales el guarrail del dique. Pude acomodar el auto de pedo. Me transpiraban las manos de calentura y de miedo.
Mariana, que iba sentado al lado de la tilinga, se quedó quieta como una boa gigantesca que sabe que debe atrapar una presa muy ágil. Esperó pacientemente a que saliéramos del dique y cuando estuvimos en la ruta nuevamente, seguros de no morir ahogados, le estampó una cachetada en la jeta que sonó en todo Patagonia.
Con la cara todavía caliente Marita quiso chillar como una marrana, pero no le salió ni el más mínimo sonido de la garganta. El que le habían puesto era un soplamocos de aquellos, de antología; lo vi todo por el retrovisor. El cachetazo me encantó, pero de todas maneras la tensión en la cabina era demasiada para mi gusto.

Me terminé de poner loco y frené abruptamente bajando a la banquina. Víctor y Mariana se agarraron como pudieron. Marita quedó medio alelada al dar de trompas contra el respaldo de mi asiento. Giré y comprobé que nadie se había lastimado demasiado. Mariana -como si ya lo hubiéramos arreglado de antemano- aprovechó la frenada, abrió la puerta de atrás y, con la ventaja del desconcierto reinante, tiró a la mina a la banquina de una sola patada. Marita cayó de ojete -sin nada de su gracia habitual de por medio- a un metro y medio del auto. Mariana cerró de un portazo, me miró y me dijo en un increible tono seco y calculador: “arrancá, dale... ¡arrancá pelotudo!”. Miré por unos segundos por el retrovisor, lo vi a Víctor, que me decía que sí con la cabeza, mientras se le escapaba una sonrisa que Freud pasaría meses tratando de interpretar si maliciosa o libre de toda patología (bueno, en realidad para Freud difícilmente hubiera algo libre de patologías...). Giré la cabeza y vi a Germán, que venía dormido del lado del acompañante, como si la nada más preciosa estuviera brillando a su alrededor.
No lo pensé dos veces ,y arranqué a toda velocidad.
Aré. El motor sacó chispas. El cuadrito que alcancé a vislumbrar por el retrovisor cuando encaminé el auto nuevamente sobre la ruta fue realmente encantador. El horizonte se recortaba rojo sobre negro, como en Stendhal (pero de posta) y Marita corría detrás del auto gritando y gesticulando como una borracha. Ya a veinte metros, ya a cincuenta metros, ya a cien, ya nada... un punto en la lejanía de la línea de fuga de nuestra línea de visión.
Nos reímos a las carcajadas. Eramos unos hijos de puta, pero la pendeja tal vez se merecía aquello de parir en la banquina hasta que un petrolero baboso la levantara -seguramente asombrado de encontrarse con un bombón así tirado en el medio del desierto-. Todo era políticamente incorrecto, pero nosotros éramos tremendamente felices, “como a Miguel le hubiese gustado vernos”, concluyó Germán, cuando se despertó y le explicamos todo lo que había sucedido en la última media hora. Bella frase, bonita, tranquilizadora, racimo de paz.

Una estrella -la primera de la noche- brillaba más que el resto justo arriba de mi cabeza. Ya se que no era Miguel, no necesitan aclararme nada. Se perfectamente que era yo, que con mente y alma estaba antojado en ese berretín iluso. ¡Qué cursi!, pero estaba realmente convencido. Él nos estaba mirando desde allá arriba, esperando re-encarnar en un toro enamorado de la luna. Desde la inmensidad -y balanceando dharma y kharma en un columpiar fluido- nos apañaba en la travesura heavy que acabábamos de cometer con su ex novia, o su ex amante, o su ex lo que mierda fuera.
Travesura... no; aquello no era travesura. No éramos niños: éramos adultos tratando de entender como había que comportarse en un mundo en el que solo los niños tienen la razón. Y el resto toca siempre de oído.

Sábado,8 de abril de 2006
Ficcionarios
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