
Punto cero: Alejandro Amenábar arranca la confección de esta película con una desventaja doble. La primera es de índole técnica, la segunda es ideológica.
Desventaja uno dice que está a punto de comenzar a rodar una película en la que debe narrar la vida de un tipo que vive el 99% de sus días en una pieza, postrado en una cama, sin poder mover nada más que su cabeza. Cinematográficamente hablando, esa materia prima es, cuanto menos, difícil de convertir en un largometraje atractivo desde lo visual.
Desventaja dos -la ideológica- es aún más espesa: está a punto de rodar una película sobre la eutanasia, un tema del que casi nadie quiere ponerse a hablar seriamente. Al menos no los estados. Un tema que siempre que se refiere pareciera imponerte una “toma de posición” inmediata. Un tema jodido, si los hay. Más teniendo en cuenta que la historia en la que se iba a basar era una historia de vida absolutamente verídica.
Con estas dos serias desventajas en la mano (cualquiera podría verlas a la legua) el nuevo niño mimado del cine europeo terminó conmoviéndonos a todos con un film que narra los avatares en la vida de Ramón Sampedro, un tetraplégico gallego que se pasó 28 años postrado en su cama luego de haber sufrido un accidente que lo inmovilizó del cuello hacia abajo.
Durante los últimos 3 de esos 28 años, Ramón (ex marinero, ex amante del mar) le solicitó insistentemente al Estado español que avale su decisión de suicidarse por considerar que su vida no era vida, que en su día a día no había dignidad alguna. Argumentando un cansancio total de la dependencia que su estado de salud generaba en él y en los que lo cuidaban, el tipo primero convenció a una ONG ligada a la asistencia de diversos solicitantes de eutanasia, luego a dos abogados y finalmente a su entorno familiar y afectivo para que le dieran una mano en el acto final de apagar la luz de su vida. El Estado le dijo que no a través de sus representantes legales, morales y mediáticos. Pero Ramón siguió adelante con su plan, su matrimonio con la muerte así se lo dictaba.
Amenábar te muestra todo ésto en su película con muchísima altura, nunca parándose en sitios demagócicos. Para nada.
Con esta materia prima espesa moldeada con genialidad, Alejandro demuestra por qué es un fenómeno a nivel mundial, por qué lo suyo va más allá del boom o del buen marketineo que sus productores puedan poner a rodar sobre sus espaldas.
En “Mar Adentro” hay toneladas de buen cine, climas y temas excelentemente bien expuestos (visual y argumentalmente). No hay tintas cargadas sobre sentimentalismos inconducentes, no hay espacio para el juicio inmediato que un tema así propone hacer. Hay gente, mucha gente latiendo, hay un tema crudo expuesto con sinceridad, hay amor y hay muerte, hay excelentes actuaciones y poderosas ediciones. Hay también un cóctel de zonzera social, miedo al no estar, desprolijidad humana, afectos sofocantes y esperanzas de todos los colores.
“Mar Adentro” es una muy buena película, tan certera como piadosa. Si tenemos en cuenta que su materia prima no sea la más cinematográfica que hay disponible entre las temáticas disponibles, la jerarquía de este film aumenta. Y si se le suma su resultado final, su dulce y abierto cántico a la libertad, la película se torna indispensable.
Mirala. Tenés que mirarla.

Domingo,2 de octubre de 2005
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