Fase segunda: la estación y el andén

Los molinetes son electrónicos. Es decir que nos encontramos con un molinete que acepta una tarjetita magnética, cuyo tamaño varía si se trata de un pasaje diario o un abono mensual, pero generalmente funciona y nos indica con un sonido más bien metálico y horrible que ya podemos pasar empujando con el muslo y levantando lo que llevemos en las manos - casi siempre una pequeña maleta de cuero - porque el molinete es estrecho.
A la derecha, el puesto de diarios y revistas: miramos cada día el Clarín con la esperanza de unas letras rojas y enormes que digan, por ejemplo, que estalló una revolución o la conciencia de los legisladores, que Boca ganó este fin de semana y cosas así, pero siempre nos encontramos con los titulares negros que dicen no sé qué del dólar y el Banco Central. Igualmente no perdemos las esperanzas de que mañana no sea así.Luego están las revistas Caras y Gente que en su tapa (y a pesar de que se trata de revistas de actualidad) se muestran mujeres famosas cada vez con menos ropa, y eso que el invierno ya se está haciendo sentir.
En la parte techada del andén se reúne la mayor cantidad de gente. Despreciamos a este grupo más que nada porque se nos ocurre que son perezosos: no querer caminar un par de metros más y salir de debajo del techo, lo que se paga con la incomodidad de subir al vagón donde más gente se sube, es una vergüenza. Hay algo de indignidad en esta posición y por eso seguimos caminando más adelante con aire de superioridad. Esta actitud, llevada al extremo (lo que físicamente sería llevarse a uno mismo hasta el extremo sur del andén), también encierra una desventaja: en ese extremo del andén paran los dos primeros vagones y se sabe que las rubias a las que les da una especie de asco viajar en tren, como si se tratara de una medida de emergencia y temporal, tienen predilección por estos dos primeros vagones. Al medio, entonces. Claro que podríamos trazar un paralelismo con la buena costumbre de mantener un equilibrio sobre todos nuestros actos y no aceptar excesos (que siempre son malos), creyendo que somos justos al elegir el medio del andén, pero sabemos que detrás de la bufanda hay otra razón: En el medio se paran las mejores minas, es decir, las que quizás no estén tan buenas como las rubias (tan bien talladas a fuerza de gimnasia aeróbica y poca comida), pero sin el estigma que indica poca o mala actividad amorosa.
Entre ellas está la de pelo corto, siempre y cuando hayamos llegado a tiempo para tomar el de las siete y cuarenta y seis. Ella se para en el borde del andén y mira esperanzada la pronta llegada del tren. Nosotros nos paramos exactamente detrás y la miramos a ráfagas, pasamos los ojos sobre ella sin detenernos demasiado, no sea cosa que se de cuenta; a veces se da vuelta y nos mira, nosotros creemos que nos nota y que a lo mejor le gustamos, pero la razón nos dice que quizás se pregunta qué hacemos mirándola. El mismo demonio que la ha puesto allí ha enviado a Cerbero para custodiarla, sólo que el maldito perro tricéfalo parece haber aprendido las artes de Satanás y se disfraza de un tipo alto, desagradable y con un peinado ridículo. No tiene relación con ella (lo sabemos porque no se hablan), pero también él la mira, le mira descaradamente las piernas y el culo y ahí nosotros somos la espada flamígera, no te da vergüenza, jetón.
Cuando llega el tren y atravesamos la puerta, la distribución es caótica. Podemos elegir entre los pasillos que se abren a diestra y siniestra, o quedarnos en el espacio abierto que está justamente detrás de la puerta y que reúne la mayor cantidad de gente, seguramente debido a que la calefacción funciona mejor allí; invariablemente tomamos el rumbo equivocado, es decir, opuesto al que toma la de pelo corto. Nosotros, que somos cobardes, sabemos que no es casual, pero nos contentamos con echarle la culpa a los malos dados que nos tocan en suerte y así nos vamos, mordiéndonos los codos aunque nos vean tan quietos, tan serios y de corbata.
Fase Tercera: La conducta de los pasajeros

El hecho que los vagones del tren sean bastante más grandes que los del subterráneo hacen que se note menos, pero podemos decir sin miedo al error que la primer consigna es la misma: es muy feo mirar a algún pasajero desconocido directamente a los ojos. Mejor dicho, queda uno como un mal educado. Los ojos, entonces, van preferentemente clavados a lo que pasa detrás de las ventanillas.
El juego histérico de conseguir un asiento ha llegado a hacer que hombres crecidos nieguen redondamente el derecho que las señoras ancianas tienen sobre un asiento bacante. La maniobra depende de la situación: por ejemplo, si un asiento se desocupara de pronto, el hombre se sentará haciendo un gran esfuerzo por no mirar a los demás pasajeros (para evitar mirar a la anciana que bien puede no estar allí, pero por si estuviera) y por mantener así la vista hasta el final del trayecto. Si en cambio el hombre ya se encuentra sentado y se aproxima una anciana, el hombre caerá dormido muy visiblemente para que no queden dudas. Fuera de la presencia de ancianas, donde no hay nada que simular, los colmillos se muestran sin pudor y se establecen reglas que aventajan a quien las sigue.
Apenas se sube al tren, el primer paso es “semblantear” a quienes ya están sentados. Por lo general las mujeres vestidas modestamente y con acento de la provincia se bajarán en alguna de las estaciones intermedias, porque son empleadas domésticas y van a trabajar a una casa. Las jóvenes que trabajan en los mostradores de los comercios, fácilmente reconocibles por sus uñas exageradamente pintadas y un espeso aroma a perfume y chicle, así como los hombres que llevan cajas de herramientas y uñas negras, se bajarán en la estación Belgrano C, garantizando un asiento desocupado para el último tercio del viaje, que son unos buenos diez minutos. Conviene, para el viajero de nalgas anhelantes, pararse cerca de estos tipos.
Aqui termina la hoja de la libreta y también el texto, tan bruscamente como fue arrancada de su libreta madre, quizás por las mismas manos del pasajero escriba y anónimo.
La segunda ilustracion es uan reproducción de la obra "Tren Vacío" del artista plástico Diego Manuel

Lunes,21 de noviembre de 2005
Ficcionarios
Tábanos molestando:(2)


