I

Ese día, a un lado de la calle barrosa, un perro comía ansioso el cuarto trasero de otro. El otro se dejaba echado de lado, su cuerpo estático no se inmutaba por los mordiscones confirmando al menos el alivio de saber que estaba muerto. El vehículo pasó lento zarandeado por los baches suburbanos, ahí donde la onda expansiva de aquello que se conoce como civilización, tropieza se apacigua y se adormece. Uno de sus ocupantes vio la escena y de la sorpresa saltó al asco y del asco se catapultó paracaidísticamente a una derivación de razonamientos ulteriores acerca de la miseria de la vida en la pobreza.
Se detuvieron en una casilla de madera y otros; cantonera de álamo, cartón, chapas, y plástico negro.
La construcción se lucía como un palacete al lado de las vecinas. En el techo le nacía un corto caño renegrido y de él, se escapaban fiaquentos débiles hilos de humo grisáceo.
Dos perros ya recorrían las ruedas para mearlas, un tercero ladraba descosido, más fuerte que otros tantos que le hacían coro alrededor sin arrimarse.
Se bajaron todos, menos el chofer que quedó esperando, aprovechando el descanso para aumentar el volumen de la radio y disfrutar una cumbia villera.
Entre la letrina y la casa, delante de una pila de chatarra heterogénea, una niña los miraba fijo y quieta como estaca. Estaba parada al lado de un galgo descolorido a punto de capitular ante la insistente gravedad. Tendría unos dos años o dos y medio o dos para tres como dicen, la panza se le abultaba sobre el pantaloncito húmedo, y desde su boca colgaba una mugrienta mamadera plástica con algo de té, o vino blanco.
La mujer que había presenciado el canibalismo canino oyó clisarse parte del cristal interno. Y solo se salió de su abstracción cuando José golpeó las manos.
La miró a Fernanda; trajecito verde manzana, cartera y zapatos aguja al tono, anteojos negros, bijou, maquillaje; y la peluquería de ayer a la tarde. Sostenía la carpeta con un aire de abolengo... Parecía estar a las puertas de una mansión en algún Rincón club a punto de ser recibida por uno de esos rostros que siempre logran evitar aparecer entre los más buscados.
Su zapatito derecho inmaculado, aplastaba una defecación canina reciente, pero aún no lo había notado. Andrea miró hacia atrás, el chofer fumaba y le miraba el culo con descaro, su mano derecha descansaba sobre el volante de la flamante camioneta de Bienestar Social cargada de cajas con alimentos varios, todas porquerías de escaso o nulo valor proteico.
Una mano corrió la sábana vieja que hacía de cortina y asomó la figura escuálida de una joven sosteniendo un bebé colgado en un brazo con la cola pelada asentada en una cresta de su cadera.
José inició el coloquio con un confiable y recargado: -Hola señora qué tal buenas tardes cómo le va cómo anda -. Seguido por Fernanda que sin dar respiro agregó: -¡Buén dííííaa!- contradiciendo a su compañero, al reloj, a las evidencias naturales, al mismísimo biorritmo planetario.
Estamos visitando a las vecinas del barrio ¿Podemos hablar un momentito?
Andrea dudó un instante... Figuremos que el reloj de la vida quedó en pausa luego de un clic, y su eco perduró en la imaginación alejándose indiferente por sobre el fotograma. Una sensación de vacío infinitesimal producto del shock del novato que sale al terreno a desayunarse con la realidad. Una décima de tironeo interno entre viejos valores como la decencia, honestidad, bondad, y etcéteras del mismo tono; contra la ambición, el egoísmo, y otros etcéteras de igual calaña. Parecía haber respirado algodón, no solo unas hebras, si no todo un paquete. Su carpeta, en la que llevaba formularios para subsidios, bonos, y tickets, pesaba como aquellas mitológicas tablas de la ley. “No cagarás a tu prójimo”, decía en el primer párrafo. El intervalo eterno y sin embargo insignificante, echó a andar de nuevo al principio lento y luego acelerando hasta adaptarse a la velocidad de una cinta de cine reproducida normalmente. La fricción monocorde de los engranajes alcanzaron el cotidiano zumbido imperceptible, ese ruido blanco de la vida. El zapatito de Fernanda fue resbalando con delicadeza sobre la mierda. José tensó los músculos del cuello para iniciar un giro y mirar a Andrea. Y Andrea le puso una capa más de basura a la historia humana cuando dijo:
¿Podemos pasar un ratito?
II

Fue el día en que vomitó en el colectivo. Estaba repleto hasta el borde y los sudores se enredaban con alientos de variadas esencias y risas de aquí estoy yo y voces elevadas de mírenme y nenes llorando de quiero irme y jóvenes hablando a los gritos de que me importa y caras hurañas de huelo mierda y gente apática de ya me fui y gente durmiendo de no doy más y celulares sonando de ¡qué comunicado que estoy!
La mole iba a más de cincuenta por hora. Que no digan lo contrario, era difícil mantener el equilibrio en esa lata.
Las nauseas aparecieron cual maldición de diarrea en la primer cita. Se mareó y buscó automáticamente una vía de escape. La persona mayor que iba al lado se percató de su problema y pidió a una joven que viajaba sentada que abriera un poco la ventanilla.
La joven lo ignoró y continuó debatiendo con su compañera algo acerca de la claustrofobia. Las dos lucían un bonito y provocativo uniforme de dos piezas con el escudito de un costoso colegio salesiano.
Quería decir que detengan el coche, pero no pudo emitir sonido.
La resistencia se quebró y proyectó un vigoroso chorro ácido sobre las cabezas que osaron interponerse en su camino. El líquido calentito desprendió cabellos corroyendo piel siseando hirviente en sincronía con gritos de horror y dolor.
Bueno; eso habría sucedido si su urbanismo y la debilidad física del momento no lo hubieran evitado. En realidad, se arrodilló enchastrando con exuberancia la escalera de descenso.
Hubo arcadas, aunque nadie se apartó. No había mucho sitio adonde moverse.
Pulsaron el timbre y el colectivo se detuvo poco después.
Las puertas se abrieron con un pistonazo de aire comprimido permitiendo ingresar una bendita brisa fresca. Fue empujada e insultada enojados por tener que esquivar el charco pringoso; su intención de bajarse no bastó, la mole aceleró arremetiendo otra vez. Motor que ruge, chillido de correa, rumor de conversaciones, celulares sonando... Deseó llegar pronto a su casa vacía para dejar de sentirse tan sola.
¡ViolaMe! Exigía un cartel grandote en una esquina. Aunque seguro que debido al malestar alucinaba. O tal vez no...
“En el día del Padre, regalale un celular a tu hijo”, leyó en una publicidad hacía horas. ¿Tan mal estaban las cosas? Había crecido con otra realidad, y la realidad actual la exasperaba con sus códigos agresivos e incomprensibles. ¿O siempre había sido igual y ahora, desfasada, se sentía excluida? Es que la realidad también envejecía, hoy se comportaba como un viejito senil...
Ni siquiera pudo reírse. Antes, la risa ayudaba un poco. Aún mareada, se fue poniendo en pié despacio, abrazada a un parante flaco, amarillo e indiferente.
¿Estuvo buena la fiesta?- Le preguntó sin intermediar carraspeo una persona de sexo masculino de unos treinta años que se erguía como un pistolero gay sobre flamantes botines de seguridad.
Ella lo miró distante, brillantes los ojos de indignación y humillación reprimidas.
(¡Laputaqueteparió!)
(...Metió despacio la mano en la cartera, aferró firme el mango del punzón que llevaba para casos especiales, y se lo ensartó con precisión en la entrepierna canjeando veloz su sonrisa ganadora por un gesto de sorpresa y una andanada de agolpados reclamos indignados de los proto-críos gonadales) El desánimo se sumó al agotamiento, eliminando toda posibilidad de respuesta ingeniosa para con el macho del celo perpetuo que, extrañamente, no montaba en su briosa cuatroporcuatro.
Una señora con superávit de índice de masa corporal, cargando bolsas de compras con dos brazos como grúas, y un par de niños adheridos a su pollera, hizo sonar el timbre con vaya a saber qué y cómo, justo en su parada.
Ignoró la cara de asco de la mujer-ballena, y con lentitud de convaleciente logró bajar a tierra firme.
El colectivo aceleró otra vez y se alejó con su contaminación interna, menguante su ruido entre el sonido barrial.
Caminó encorvada hasta su casa, abrazando el abdomen para protegerlo.
III

El mismo día en que se cayó del árbol. Un día espectacular, frío, pero elegante y calmo. Ideal para podar la Acacia.
Su perra daba vueltas debajo, con el cogote estirado observándolo. El miraba los techos y patios de los vecinos disfrutando de una diferente perspectiva.
No ser pájaro, pensó. Así no desearía ser otra cosa. ¿Los pájaros envidiarán? Volaría de aquí para allá, picotearía en cualquier parte, y cagaría sin preocuparme por lo que hay debajo.
Bien- dijo espabilándose, abandonando la pose de oteador de horizonte lejano en su atalaya- manos a las sobras.
Y se resbaló.
¡A!- se le cortó la sorpresa cuando su mentón dio contra una rama que tenía enfrente.
Cualquiera resbala. Dos días atrás, distraído en el trabajo, pensando en cómo iba a salir de esa deuda, en cómo “levantaría” el pagaré, se había pinchado con una agujota cargada de VIH, rebosante de algarábicos pagarés sin protesto.
Resbalar es parte de la vida.
Su esposa quería un auto, uno mejor que el que tenían. Hay una lógica femenina que dice que si tu vecino o tus amigos tienen, vos debes tener también. Después del televisor, la computadora; después la escuela de inglés y los jueguitos de terroristas y la cuota de Internet y la tele satelital. Además del mobiliario adecuado, la ropa adecuada, el calzado adecuado, la deuda adecuada. Él fue un maricón que nunca se animó a hacerle entender que lo que uno hipoteca no es el sueldo, es la vida.
El celular heredado de su esposa le vendría bien ahora, pero estaba sobre la mesa de la cocina. Vagamente se percató de que más que celular, necesitaría gozar de el don de la telepatía.
Boca abajo tendido sobre el patio de tierra, a metro y medio del árbol sin podar, articuló en medio de la inconciencia una palabra que sonó así:...elulá... La perra gimoteó con mayor desesperación, lanzando ladridos lastimeros reclamando ayuda.
Un compañero de trabajo le habló de un colega que le podría prestar dinero a bajo interés y sin problemas. Fue a verlo y arreglaron. El tipo era petisito y simpático. Con su barba y pelo largo, montado en su motito luciendo una remera del “Che”, no le hacía mal a nadie, todo lo que buscaba era ayudar a los necesitados. Firmó el papel (un simple papel ) y se retiró con el bolsillo lleno y una sonrisa triunfal. Entregó el auto viejo, el dinero, y se retiró con un modelo adecuado, incrustada en el rostro otra sonrisa triunfal.
El triunfo duró unos meses; las cuotas se pagaban, y todos contentos. Solo que en una de esas curvas peligrosas de la vida, el guarda rail estaba flojo y la más chiquita, su hija de siete años, se enfermó.
Necesitó oxígeno económico para costear un caro tratamiento, y apeló a la sensibilidad humanista de su colega prestamista que de pronto se volvió esquivo.
Se atrasó en un par de cuotas.
Los recibos eran falsos.
Fue ejecutado, muerto y sepultado; y tratando de resucitar, la angustia le hizo zancadillas.
Su esposa, compañera, co-equipper, etc., le podría haber aconsejado que no subiera al árbol con esa depresión, pero no solo estaba trabajando, si no además furiosa por haberlos metido en problemas a todos ellos.
Abrió los ojos despacio, turbia la visión sin los lentes que estaban tirados vaya a saber por donde. Ludmila abría violenta el hocico como si estuviera ladrando, pero solo escuchaba el rumor que se siente al estar sumergido en el agua.
No sentía dolor, ni frío, ni nada. Se estaba bien así; como buceando dichoso en una tibia pileta uterina.
Un delgado afluente sanguíneo se deslizaba desde su oído derecho y goteaba estable y preciso formando un mar para hormigas en el suelo.
Cerró los ojos pensando en que sus hijos lo encontrarían al volver de la escuela.
IV

El día en que presentó la renuncia...
Una moneda, una moneda, una moneda. ¿¡Dónde mierda tengo una moneda!?..
Rebuscó en todos los bolsillos de su traje con la urgencia común de quién está bajo la rígida determinación expulsiva de un intestino dictador.
La tapa del inodoro tenía una leyenda sobre una mano roja:

¡Maldita globalización!
Recién llevaba la mitad de la jornada; seis horas aguantando una cola interminable de entes malhumorados que se descargaban con él, ¡Como si hiciera las reglas! Todos tenían algo que decirle, y si callaban, si alguno callaba, su mirada era elocuente. Algún día estallaría, algún día se animaría, saldría de ese chaleco de fuerza que en lugar de debilitarse con los años, se volvía más fuerte. Algún día les diría más de una cosita a cada uno de ellos, ¡qué más de una! ¡una ristra de cositas a todos y a cada uno! Les diría que el no era el tacho de basura de sus resentimientos, de sus frustraciones, de sus odios. ¡Les echaría aceite hirviendo, ácido muriático, los pondría en fila y los atravesaría con un misil!
Les diría que el también era un esclavo al igual que ellos...
¡Acá!..Sí...acá ¡Acá hay una! Algo chato duro frío redondeado se palpaba en el ruedo derecho del saco (si esto no es una moneda...) Metió los dedos mayor e índice por el agujerito del bolsillo y los usó de pinzas durante unos instantes estirados, estirados, estiraaados; hasta que la pescó.
50 centavos...
Pero sentarse cuesta 25...
Los quince segundos límite estaban por ser alcanzados; miró la moneda sufriendo por la pérdida, por el despilfarro inminente, y la introdujo en la ranura al lado de la mochila.
Quedate con el cambio.
La tapa se elevó parsimoniosa, exasperante, a la vez que un trozo de papel higiénico similar a diario viejo era expulsado por un dispenser en la pared.
No más de cinco minutos.
La boca del aparato se cerraría y el diminuto habitáculo comenzaría a gotear desde el techo un líquido clorado que le despintaría el traje de la empresa debiendo pagar uno nuevo. Por suerte, la empresa lo descontaba a plazos, ¡Gracias a Dios!
Tres minutos...
Traspiraba.
Casi llegaba al día 29. Si se enfermaba ahora perdería el premio por cumplimiento, el día de trabajo, los vales del mes para el sándwich del mediodía... más un punto rojo en su carpeta.
Cuatro...
El tren del malestar pitó fuerte y se fue yendo despacito saludándolo agitando la mano desde una ventanilla. Él, en el andén, dejó de mirar el reloj y se subió los pantalones.
Volvió a su cubículo. La camarita ubicada a un metro sobre él hizo un bip para recordarle que estaba ahí. Por joder nomás.
La clientela se agitaba enfurecida, el vidrio que lo separaba resistiría cualquier eventualidad, pero no filtraba el odio irradiado como una onda calórica ardiente que te partía de migraña en unas horas.
Bueno, tampoco filtraba otras cositas...
Por la ranura en la ventanilla una dama alta y robusta deslizó una factura, dinero, y una tarjeta.

Se sobresaltó un poco y miró automáticamente a su derecha, a la esquina, al rincón de la cabina donde estaba ella, siempre atenta a él durante todas sus horas de trabajo, en todos los días, en todas las semanas, en todos los meses, en todos los años... Escondida de la vista del público, sentada en una banqueta forrada en terciopelo, cruzada una pierna sobre la otra, la minifalda de seda roja por sobre el portaligas negro, descubriendo una mínima porción de muslos como cantarín arroyo en un planeta infértil.
Y pensar que cuando ingresó a la empresa creyó que era solo un maniquí. -¿¡Un maniquí?!- pensó aquella vez -¿Qué Hace acá un maniquí..? Preguntas que nunca formuló, comentarios reservados al diálogo interno...
Sí, algo así recordaba. Recordaba que los días echaron a andar y se concentró en la tarea y la hizo suya hasta dejarse absorber por la sólida rutina.
Así es que la figura humana comenzó lentamente a adquirir un lugar personalísimo en el escenario de su día laboral, y si bien en un principio tenía toda la apariencia de hueco armazón por su quietud, su silencio, su inmovilidad; y cualquiera podría haberse confundido y creer que era una maravillosa imitación de la vida; con el paso de los meses, en los escasos segundos de distracción entre clientes rancios, malhumorados, dormidos, acelerados; comenzó a detectar imperceptibles movimientos en diferentes zonas de su cuerpo. Se fue explicando entonces por qué ella no utilizaba un traje de la empresa sino modelos finos y personales. Mientras que él vestía un marrón desgastado y vulgar, ella se aparecía cada día como una diosa. No estaba allí como un adorno extravagante ni porque alguien había confundido el lugar con una vidriera o un desván. Otra razón la convocaba a diario a observarlo sin descanso.
¿Dónde había visto algo así? ¿Esa habilidad de permanecer tiesa como... En el Parque Central, claro... Esas personas que jugaban a ser estatuas. Uno no entendía como cuernos lo hacían... Solo que nunca te quedabas horas vigilando, pero allí disponía de mucho tiempo. Por lo tanto aquí estaba la mejor de la mejor de las profesionales engañándolo a diario con su control mental. Pero él tenía una gran ventaja, la ventaja de haberse dado cuenta, la ventaja de disponer de horas y horas para inspeccionarla con frecuencia. Por esto, a lo largo del primer año, por el rabillo del ojo pudo verla pestañar varias veces... En una ocasión, devolviéndole el vuelto a un joven y arrogante policía, giró de golpe para verla y le pescó el momento justo en que sus narinas se dilataban y el pecho se expandía. Percibió la alarma en sus ojos, y él, se hinchó de un triunfo indescriptible.

Turbado, acaloradas las mejillas, tiró la tarjeta al cesto con un gesto mecánico, entretanto se le imantaban los ojos rápidos en las tetas sobresalientes del escote apretado del chaleco negro de su compañera-supervisora. A esa conclusión había llegado luego de múltiples cavilaciones. ¿Qué otra cosa si no vigilar su desempeño haría cada día laboral al observarlo sin rasgos de agobio, sin pérdida de compostura y presencia..? Se miraron a los ojos un instante; él trató de no resultar irrespetuoso, y buceó despacio imaginando alimentarse en sus labios de jugosa carne. Una reincidente erección le encarpó feroz el pantalón.
Poco más de un mes atrás había comenzado a regalarle chocolates, tres meses después de besarla por primera vez en un sueño tan real y conmovedor como esas películas de jolibud que veía los domingos en el único canal que disponía, el canal oficial.
Dormir no fue sencillo aquella noche. Navegó por la cama un buen rato hasta quedar por fin despatarrado. Un segundo después se estaba riendo, parecía ser que alguien contaba chistes. Sí, la humareda de la cervecería le irritaba los ojos y alrededor se escuchaban distintas risotadas. Después oyó su propia carcajada y vio la luz del escenario aunque no la cara ni el cuerpo del comediante que debía estar ahí, pero solo distinguía el micrófono que flotaba de aquí allá como suspendido con un hilo. De repente lo tuvo asido firme y pesado en su mano y la luz del reflector le dio de lleno como blanco sol y aún encandilado alcanzó a ver difusos rostros que se desternillaban de risa. Se lo acercó a los labios para contar uno de feministas que los iba a volver locos, pero el micrófono se transformó en un vaso pleno de cerveza helada que empinó sediento hasta vaciarlo entero.
Al levantar el rostro la vio a ella salir caminando por la playa toda empapada pues venía del mar y su cola de sirena dejaba un surco en la arena y a veces eran sus pies delgados, delicados, los que sembraban huellas, una vez sirena y otras no; y por momentos llegando del mar y en otros bajando escalón por escalón exquisitamente altiva en un escotado vestido largo de seda negra, el cuello grácil desprotegido, pedestal del rostro más angelical jamás creado, su mano derecha adornada acariciando el ébano de una extensa escalera curva con los ojos clavados en él y los labios cargados de deseo por la espera... El trepaba un par de pasos, la tomaba por su cintura y sobrevenía un beso prolongado y delirante... Un beso de verdaderos amantes.
Y entonces estallaba... Y el cielorraso lo veía sonreír como un bebé. Cargó los datos, selló, cortó, dio el vuelto con el comprobante, y pasó al siguiente.
¿Notaría ella el creciente apetito que le atenazaba el vientre con mayor urgencia cada día?
Creía que sí. A una mujer no se le escapan esas cosas. Sabía que a veces era demasiado evidente. ¡Pero cómo evitarlo! Su perfume flotaba en el cubículo y el lo respiraba con la ternura de saber que en cada inspiración se la llevaba dentro de a poquito a ella. Tal vez ella sentía igual que él...
El primer chocolate que le regaló era un pequeño bombón relleno con dulce de leche. Lo traía en el bolsillo de su camisa por lo que temía que hubiera perdido forma por su calor corporal. Se lo dejó discretamente en un estante cerca de ella tratando de evitar evidenciar los nervios y el temor al rechazo o la burla o a la sanción por su atrevimiento.
Ella no se movió, lo cual era buena señal. Seguramente disimularía porque alguien también la vigilaría a ella... ¡no? Era una idea media loca que había concebido unos días atrás. Que detrás de la camarita había otra camarita que miraba esa camarita y luego otra que hacía lo mismo y otra y otra conformando una larga cadena de camaritas que controlaban lo que hacía la anterior... ¿Y al final, quién? ¿Dios? Se le escapó una risa acogotada y enseguida se asustó y se puso serio concentrado en el teclado sintiendo la mirada inquisidora de ella como un soplete en su sien, optando desde esa vez, no pensar más en el tema.
Resulta que al otro día el chocolate no estaba.
...
Y un mes después sucedió el milagro. Luego de sucesivos y variados chocolatitos, apareció en respuesta, en el mismo sitio, la mitad de uno de esos chocolates para dos, ubicado sobre el envoltorio abierto, con la cuarteta de rigor asomando debajo. Pasó un largo rato hasta que por fin se lo guardó en el bolsillo del saco. En el vestuario lo traspasó al maletín de la empresa, y tuvo mucha suerte porque el personal de seguridad de la salida no se lo requisó. Una vez en su cuarto alquilado lo puso en el centro de la mesa y leyó por fin el poema.

Las palpitaciones se le apilaron en la garganta y el júbilo se desparramó sin obstáculos racionales, y en medio de tamaña emoción desconocida dio tumbos por la habitación acertando a recostarse a tiempo, pues se desmayó.
Eso ocurrió un jueves, el viernes despertó treinta minutos más temprano de los cinco habituales antes de que suene la alarma.
Dichoso...
Tarareó lo que le venía a la mente desde que se levantó hasta que abrió la puerta de su jaula. Y entonces enmudeció porque no estaba. El rincón desierto agigantaba la pecera hasta dimensiones de vértigo de soledad que le metió hielo ahí, donde estaba antes la tenaza, hasta el calambre. Un desmoronamiento interno le aflojó la carretilla y lo convirtió en autómata por exactamente noventa y seis horas.
Horas de destierro del por qué sin eco, de la duda ennegrecida por el hollín de la combustión insana, del ruido constante en el cerebro de mil patas de cucarachas raspando en el desagüe.
El lunes murió un poco más, porque esperaba verla de regreso, y su ausencia abofeteó las esperanzas sustentadas por una incierta lógica. Probablemente se habría visto obligada a marcharse debido a alguna repentina enfermedad, aunque él, con su clarividencia de amante, ningún cambio en su semblante había notado. ¿Podría ser? Tal vez unos días de licencia, merecidos claro, pero fuera de su fecha anual de vacaciones. Tenía entendido que a ella se las programaban al igual que a él. ¿No le habría pasado algo grave, verdad? ¿A quién preguntarle? Nadie podía hablar con nadie.
Así, entre multiplicidad de interrogantes fueron pasando los trescientos cuarenta y cinco mil seiscientos segundos-pinchazos como púas en el alma.
El chocolatito se había convertido en centro de mesa, en amuleto, en souvenir de un corazón robado, en pieza sagrada de un altar imaginario; los versos como única estampita en el santuario.
El martes abrió la puerta con la misma ilusión controlada, estrategia válida para preservar su menguante razón. Y al verla, su memoria anudó automática el anterior encuentro con este, eliminando el bache, las horas de dolor, de ausencia, de miedo. La alegría le hizo sonreír como pavote todo el tiempo, ignorando las agresiones cotidianas, ese compromiso de la gente de romperte las pelotas. La veía por el rabillo del ojo a cada rato, y otras tantas la miraba directamente. Sabía que su próximo gran paso sería invitarla a encontrarse luego del trabajo. Eliminar de una buena vez la mordaza y conocer sus almas con el verbo y oír por fin su risa y tomarla de la mano al caminar y saber de ella al fin... Porque: ¿Qué sabía de ella? Está bien, hacía años que la veía a diario y la sentía cerca y podría describir con detalle sus rasgos y su conducta y sus variados modelitos. Pero... ¿Qué sabía realmente de ella? Eso empezó a preocuparle levemente.
Una semana después se animó, a pesar de que había algo distinto en ella desde su regreso. No era algo perceptible, palpable, evidente; solo intuía un matiz diferente en el aura.
La nota era una sencilla invitación para encontrarse fuera del trabajo, pero le había llevado una eternidad escoger las palabras que consideró adecuadas. Inició la jornada con una felicidad fuera de lugar, antagonista del veneno ajeno, hasta que algo comenzó a preocuparle bajándolo al submundo humano con un susurro ladino en su oreja.
Dejó la esquela debajo de un chocolate con almendras y se retiró.
Para qué relatar el sufrimiento de este amante, la larga caminata por la ciudad gastando el tiempo del resto de la tarde, contando las horas hasta preparar la cena y sentarse a la mesa solo en su habitación silenciosa para al fin encontrarse con la garganta anudada y no poder comer. En la noche concilió el sueño tarde, y a la mañana ojeroso atestiguaba su pesar. No supo de sirenas ni de besos, solo estaba el acompasado oleaje del oscuro mar.
Entró desanimado. Casi arrastrando los pies. Se puso el uniforme y fue a su encuentro. ¡Que hermosa estaba esa mañana! Irradiaba, irradiaba luz y te imantaba y ardía el deseo de tocarla y quizá tocarla era mortal. También se había cambiado el peinado.
Confundido, inició la interminable fila de hediondos bípedos vulgares y egocéntricos. Cada tanto le echaba una mirada. Y lo que veía le gustaba poco, o nada. Como por ejemplo su bronceado.
Tampoco había chocolate, y mucho menos una nota de respuesta.
¿Y no era un raspón eso que tenía en el cuello?
Frente a sí, al otro lado de la ventanilla, un sujeto flaco, narigón, miope y melenudo lo miraba a los ojos.
No, no podía ser. Imaginaba que tenía una herida. Aunque semejaba más bien un moretón, como un golpe.
Se le detuvo el corazón...
Ensombrecido, sintió que lo aplastaban echándole sobre los hombros una gigantesca viga de hormigón. Y le volvió el horror cotidiano a las personas.
¿Y si el papel que le alcanzaban ahora hubiera sido rociado con veneno?
Jamás lo había pensado...
La bomba volvió en sí, pero acelerada, como queriendo recuperar latidos perdidos.
Quizá se golpeó o no. Puede ser. ¿Y si alguien le pegó? Pero; ¿Quién? ¿Por qué? ¿Acaso era casada? ¿Tenía a alguien más?...
¿Lo engañaba?
Empezó a sentirse mareado.
El ojo de arriba observaba a su mano dudar suspendida a centímetros del papel. Estaba aterrorizado, tieso como piedra, un campeón de la mancha congelada, del pelo pelito. ¿Y para qué querrían envenenarlo? Él no le hacía mal a nadie, no se metía con nadie, siempre trataba de ser cortés o de guardar silencio y aguantar porque todo siempre terminaba por pasar y ser historia... -Porque lo odiaban, claro-. El estaba cómodo allí de trajecito, contando plata y sellando papelitos, y ellos haciendo colas y colas durante toda la vida... Cualquiera querría matarlo. El era un símbolo, era más fácil desquitarse con él que matar al presidente al gobernador al intendente... al empresario. Se animó por fin, decidido a no quedar como un cobarde frente a ella.
Aunque ella...
¿Y ese collar?... Ese collar es nuevo, jamás se lo puso antes... Nunca, nunca antes... Podía jurarlo.
Se emponzoñó de celos
Con la boca entalcada y los dedos sudorosos, recogió el papel plegado pudiendo percibir a las partículas diminutas entrando ágiles por las puertas abiertas de sus poros con ansias de robarle la respiración...
Comenzó a jadear, la garganta silbaba apretando el aire, agrandados los ojos saltándose, con el hedor del pánico en la piel.
(-¡Dios mío!- pensó, lamentando nunca haber abonado en cuotas un rápido y dorado peaje al paraíso en cualquier iglesia.)
Desde el interior del papel plegado se deslizó un objeto gomoso que cayó sobre el teclado, y el sobresalto lo trajo de vuelta al mundo de los ateos. El profiláctico rojo, usado, y anudado pulcramente, apretó la letra N y la pantalla se enojó:

¡Y qué!-...-¿Vas a hacer algo?- parecía preguntar provocador el rostro al otro lado, con una media sonrisa sobradora.
No me mires a mí, yo no puedo hacer nada- expresaron los ojos agrisados de ella, sin demasiada pena en su postura recta, los dedos delicados largos enlazados dormitando suaves sobre la rodilla.
Y qué voy a hacer?.. ¿Voy a hacer algo?
El bretel derecho de su solerita de gasa celeste se deslizó por sobre el hombro con maravillosa estridencia obligándolo a levantar las manos y cubrirse las orejas. Una parte de su pecho se descubrió, y no alcanzó a ver ninguna línea de bronceado...
¡Éh! ¡Infelíz! ¡¡¿Me vas a atender o te tengo que patear la cara!!?
...Claro... Había estado en la playa. En su playa, en la playa de los dos. La imaginó desnuda sobre una lona como balsa entre millones y millones de granos de arena blanca que alzaban sus ojitos observando como acaparaba todos los rayos porque el sol solo la mimaba a ella... No solo vio, sino que además sintió como le nacían desde sus poros las micro gotitas de sudor en su cuello, en su pecho, entre sus senos; agrupándose movilizadas por el temblor de su latido de vida suave, hasta formar una gota mayor que se arroja cuesta abajo y se lanza decidida en el ombligo... Allá en el fondo, detrás del rumor del mar, oía la furia de la fila. El señor del forro le daba golpes con la mano a la ventanilla, y otros más atrás escupían cáusticas puteadas.
La bragueta volvió a sentirse presionada hacia el frente y miró por sobre el hombro al agresor, definitivamente hastiada de que la empujen en silencio.
En una oficina ancha y reservada de su cerebro, en donde se tomaban decisiones de peso, la mesa directiva envió una contraorden inmediata e inapelable, intimando al deseo a deponer las armas sin demora; mas, como tantas otras veces, su decreto fue boicoteado con un corte de luz en el sector y un chisporroteo de estática radial crispante. En tal situación, una aceleración descontrolada resultó inevitable. La mezcla de emociones acumuladas, estibadas en exceso y mal distribuidas durante demasiado tiempo, patinó engranajes y desencadenó cortocircuitos hasta el mismo caos. Entonces, se le acaloró terrible la entrepierna y eyaculó explosivo escupitajos pegajosos haciéndolo doblarse en dos llevándose las manos para contener la pérdida cayendo de rodillas arrastrando teclado y forro y encendiendo furioso entre lágrimas un poderoso grito primal interno retenido por décadas...
El aullido reverberó en el pequeño calabozo... Se puso de pié furioso y agarró el maldito taburete que durante años le había soportado el culo transpirado, y lo empuñó como garrote y empezó a darle a las paredes plásticas que sonaron indiferentes y apagadas; al monitor desprevenido, a la ventanilla que cambió el semblante fiero por otro atónito de espanto; entre gemidos de angustia, gritos de dolor y de impotencia, con una máscara nueva deforme detrás del viejo y borroso maquillaje, mientras de sus ojos fluía un líquido cristalino ardiente como lava, dando a entender que se trataba de aquello a lo que todos llaman llanto.
Y se detuvo...
Toda su musculatura descordinada brincaba con temblores irregulares. La comisura izquierda de sus labios se torcía hacia abajo y depositaba sobre su barbilla una delgada línea de saliva.
La fila extensa serpenteante, apretada de pagadores a la fuerza, se retrajo apenas. Ahora toda rostros fascinados divertidos observando.
La miró a ella...
Ella...
Siempre esbelta y sensual; imperecedera, elegante, exquisita en su figura, en su porte. Cada día luciendo un modelito diferente, exhibiéndose ante sus ojos tentadora, insolente, audaz, prometedora; e intocable... Vigilante.
En el subsuelo, un guardia observaba la escena en una de las tantas celdas de la pantalla. Puso en primer plano ese único cuadro en el que había acción de verdad; ajustó la imagen, y se reclinó a esperar.
Putita...
Elevó otra vez el garrote que ahora era un pesado bate de acero lustroso, y le apuntó a la cabeza dispuesto a cortar definitivamente con la exótica relación. Sus pupilas dilatadas le enviaron nuevas promesas, pero él no le creyó... no más.
El arma bajó directo a la cabeza y la partió. La delicada y excelente piel del cuero cabelludo mantuvo unido el material del cráneo un poco más hasta que un segundo golpe repartió fragmentos como metralla peluda que rebotó a los lados y terminó regando el piso. Una grieta ancha, oscura, contrastó con la cabellera (esa semana, pelirroja). Un colgajo de piel señalaba la cuenca abandonada por uno de sus tiernos ojos que había ido dando brincos de pelota hasta estacionarse en un rincón.
Una teta había escapado por el cimbronazo, y el pezón omnidireccional lo cautivó desprotegido.
En un nuevo hipnotismo, sentado al borde de un muelle que se adentra en el mar, atraído por ese movimiento sin fin y esa sensación cambiante entre la certeza del abismo real y la engañifa del fondo visible, soltó el asiento y se acercó tierno, dulce, protector; apoyando sobre el seno una mano como cuenco, perdiendo la virginidad añosa de esperar ese momento. El contacto frío le sorprendió un poquito, pero ya no quedaba mucho de él para desestabilizar. Se acercó sigiloso al agujero en la cabeza y miró reconcentrado y serio la profunda oscuridad vacía con la expectación de quién atisba por el ojo de una cerradura.
¡Buh!- le dijo suavecito esperando el eco. Levantó la cabeza en un reflejo y miró a los lados... pero estaba solo. En su realidad, hace rato estaba solo.
Los espectadores que se disputaban un lugar en la ventanilla lo vieron comenzar a reír. Los ojos húmedos, lacrimosos; la mirada desenfocada, la risa espasmódica mezcla de llanto grito dolor alegría. Claudicando al fin ante la razonable irracionalidad cotidiana. Desempolvando lo que pudo ser, soplando aquella vieja foto del añejo álbum, exponiendo al sol a ese ser que se acostumbró a vivir arrastrándose en las galerías oscuras de una catacumba. Riendo...
Fresco, libre, y liberado.
De la esquizofrenia social inacabable...
Definitivamente liberado...

Domingo,29 de julio de 2007
Ficcionarios
Tábanos molestando:(0)


