
Me pone muy contento saber que destapaste una botella de vino, te la tomaste y -presa de ese trance distendido e intenso- te dedicaste a escribirme. Siempre me pone orgulloso ser parte de los pensamientos y sentimientos más inerciales de alguien. A todos nos gusta pertenecer y pertenecerle a los demás. Los demás cercanos, claro.
También me gustó mucho esto de leer todas las novedades acontecidas en tu vida durante los últimos tres meses condensadas en aluviones secuenciales de palabras emocionadas y desprolijamente ubicadas. La vida suele ser eso: vértigo.
Sin querer caer en la obviedad de piropearte -preferiría hacerlo en vivo y en directo para regocijarme de lo ruborizante que continúa siendo el halago en cualquiera de nosotros, seres vivos- quisiera que fotografíes un poco esa “desalineación” que decís que estás experimentando por estos días. Me imagino algo, una mezcla de la trasnochada Franka Potente en “Run Lola Run” con ese personaje de tu novela “Emigre”.... ¿cómo se llamaba?, esa che... la compañera de la universidad, esa que era la que más cuidaba a tu héroe; supongo que la que más lamentó que tu muchachito tan cabeza dura terminara por descubrir el secreto de su mundo por sí mismo y sin ayudas. Bueno, que más da, mi memoria es cada vez más selectiva: solo elige algunos capítulos de los Simpsons, del resto no retiene nada. En fin, el pedido es ese, el mismo que efectué hace unos meses: quiero fotos tuyas y de tu entorno. Puedo imaginar como son las cosas, pero estoy en un periodo de la vida en el que necesito ver para creer... para algo soy occidental, ¿no?. Aprovechá que allá es verano y traeme un poco de ese aroma, porque este invierno está medio denso por acá. Estoy viejo y tengo una contradicción enorme: debo soportar lógicamente al invierno pero ya no me gusta para nada. Todo ese romanticismo de la cordillera y la nieve puede esperar hasta el año que viene. Ahora solo quiero sol. Aunque digan que el sol sin la nieve es como el choique sin el viento a mi me dan ganas de sentarme en el patio de mi casa por las noches a mirar estrellas fugaces y beber algo bien frío.
Con respecto a tu actual trabajo un pelín alienante solo puedo decirte que lo resistas en la medida que la alternativa a ese trabajo sea inexistente. Vos sos concretamente realista, creo que vas a entender estas escuetas palabras al respecto. Y que la palabra que defina a esta empresa sea "capitalismo" es superlógico: ¡¡¡ellos lo inventaron!!!.
Chau. Mañana sigo

¿Pueden creer esto?: en el día del orgullo lésbico, gay, travesti, transexual y bisexual me vengo a enterar de sopetón que un amigo es gay.
No fue nada sospechado, no fue nada preanunciado. Fue un verdadero flash. Nunca me esperé de él una revelación de se tipo, porque siempre asumimos que la “normalidad” es la heterosexualidad, por más que estemos recontra entrenados en la tolerancia.
Y así fue con mi amigo... nuestras sexualidades nunca habían sido tema de conversación en una relación en la que solíamos hablar a menudo sobre el valor de las personas, el de las cosas, la idea de poder absoluto en el planeta y hasta la existencia o no existencia de Dios.
Pero nunca nada sobre el sexo.
Todo fue así: repentino, muy de golpe, sin ningún tipo de preámbulo. Quedé profundamente conmovido: había asistido por primera vez en mi vida a “la salida del placard” de un homosexual, de un amigo homosexual.
Y no me jodan con preconceptos ni correcciones políticas, por el amor de Dios (en el caso de que este exista...), ¿a cuántos de ustedes les ha pasado esto mismo, mismo, mismito? No con un conocido, con un compañero de la oficina de al lado o con el amigo de un amigo. No, estoy hablando de que te suceda con un amigo de treinta y cinco, a tus treinta y cinco.
Y ahora que lo pienso mejor... sí que alguna vez hablé de sexo con él. Es más: una vez le pasé unos avicon cortos de Tracy Lords en su mejor momento, pequeños metrajes que me parecieron uno de los pocos hitos artísticos de la pornografía mundial que he visto en mi vida (junto a “Deep Throath”, claro). Me acuerdo que él los vio y cuando lo consulté sobre su impresión personal del pequeño metraje compilado, él me disparó un lacónico: “están buenos”. Pregunto: ¿le importaría un carajo cómo se desempeñaba artística y eróticamente Tracy Lords? Tendría que preguntárselo mañana mismo.
Soy torpe, algo débil, uniformado en una normalidad pasmosa. Debería haberme dado cuenta de todo hace rato. ¿Y él también es torpe por no haber salido del placard antes? No, no lo es: este es un mundo tan despitucado que el simple plan de ser lo que uno quiere ser se transforma en una batalla épica no siempre recomendable de librar. Salir del placard de a poco a veces es la solución. ¿Quiénes no s creeríamos que somos para juzgar este caso en particular u otros? Mi amigo ha sido tal vez demasiado silencioso, pero franco con él mismo: no se inventó noviazgos falsos/sociales con mujeres a las que años después odiaría por aceptar un gris contrato de tristeza simulando ser sus novias en conflicto melancólico/iracundo. Nada de eso, él no tuvo que agarrar esas asas estereotípicas; él prefirió a cambio el silencio, cierto velo permanente sobre su condición sexual. Y yo personalmente pensé que era misógino: lo patologizé, le paré la lechuza sobre el hombro, cuando, en realidad, sólo tendría que haberlo... “leído”.
Me siento un orangután total. Degradantes chistes de putos, maldiciones constantes hacia los homosexuales que estallan desde la TV a cada instante, desprecio socio político hacia los que eligen otra manera de montar su sexualidad que no sea “la común” y -en definitiva- un sistema montado para ser un prototípico semental triunfador avalan este maldito costado que todos tenemos, ese que te lleva a tener por años un amigo gay, no darte cuenta en lo absoluto y estremecerte cuando él viene y francamente te dice: “soy gay, ¿no te habías dado cuenta?”. Agradezco al devenir eterno de las cosas por haberme dado esta oportunidad desrolija, intensa, superconcreta de demostrarme que un pensamiento progresista sobre las cosas no significa entenderlas concretamente, sino apenas figurarlas dentro de una cárcel de preconceptos llamado moral individual, o pequeña tiranuela prejuiciosa, que a veces es exactamente lo mismo.
El día siguiente del shock/sorpresa fue el más duro: traté de actuar con “naturalidad” hasta que me di cuenta de que él estaba disfrutando a full viéndome tan acartonado. Entonces lo abracé y le pedí disculpas por ser tan ciego. El -que es un tipo más serio que la mierda- me separó inmediatamente y me djo: “Pará macho, que la gente se va a creer que soy un puto” y nos reímos ambos a las carcajadas.

Anoche soñé que mi mujer me decía que lo nuestro había terminado por completo, que se iba con el muchacho que nos trae los bidones de agua mineral y que se llevaba a las nenas. Yo me quedaba totalmente angustiado, mirando por la ventana y pensando en como se podía seguir luego de un trance así. Cuando me desperté intenté analizar la raíz más profunda de mi sueño. Creo que la encontré: todo lo que me pasó en el sueño fue como una síntesis instantánea de un proceso de divorcio, de esos que suelen durar meses, años, incluso décadas. En mi sueño había pasado todo inmediatamente, y eso fue agobiante. No hay como estar preparado para ello: el mayor grado de angustia del ser humano estalla al descubrirse automáticamente solo.

No doy crédito total a lo que siento. No es terrible, no te alarmes: me pasa cuando estoy realmente confundido. Y por estos días estoy confundido.
Después de las explosiones del metro y de los bondis, traté de ubicarte en el MSN, pero estabas siempre desconectada. Y tampoco contestabas los mails. Me preocupé un poco y llamé al teléfono ese que tenía en la agenda, pero es un teléfono muy viejo y creo que me atendió tu ex-novio con la voz algo dormida. Corté. Se que es una pendejada, pero no quise hablar con él, pensé que no era pertinente, que mencionarte era reeditarle ciertos pasajes en su cabeza, y realmente no quiero que vuelva a creer que te necesita tanto que ya ni te va a dejar vivir en paz. Entonces pensé que mejor era hablar con tu mamá aquí, en Neuquén, y preguntarle abiertamente como estabas, si las bombas habían explotado lejos o cerca de ti, si la televisión te estaba devorando la cabeza con sus informes acerca de lo que pasó, de lo que podría haber pasado, de lo que supuestamente pasaría. Quería saber si las cenizas estaban en tu pelo, si se respiraba el pegadizo olor del miedo en tu barrio. Pero nunca la encontré. Cada vez que llamaba me decían que no estaba, que no sabían cuando iba a volver. Claro: estaba en otro lado. Me desesperé un poco, no porque temiera que estuvieras muerta. Esa noticia me habría llegado -como todas esas noticias inevitables- de alguna manera o de otra; lo que temía era que estuvieras acovachada en tu casa, presa de un miedo que desde el tercer mundo no terminamos de entender del todo.
Te juro que rajé más de mil puteadas por estar de pie en este mundo “hipercomunicado”, que me daba la alternativa de hablarte a la distancia en tres formatos distintos (chat, teléfono, mail) y que sin embargo me cortaba las gambas al no conectarme contigo en medio de esta pequeña lluvia de oportunidades. Fui un poco bobo en todo este asunto de atolondrarme para saber si estabas bien o no después de las bombas. Actué con el instinto de un chico que comienza a pensar que su perro, que se ha ido hace dos días, jamás volverá, entonces actúa de manera contradictoria sin terminar de saber si lo que hace (berrinchear, mufarse, deprimirse y autoconvencerse de que todo no está mal, todo al mismo tiempo...) está bien o no. Temí quedarme sin amiga.
Cuando me llegó tu mail suspiré y automáticamente comprendí que el miedo a perder a alguien es una excelente excusa para descontextualizar todo, hasta las bombas que estallan en los colectivos y los subtes llenos de laburantes a menos de doscientos kilómetros de los dueños del planeta.

Si -tal cual decía mi amigo John Winston- la felicidad es un revolver tibio, deberíamos suponer que el miedo es una metralleta candente, recién disparada, accionada con dedos encallecidos, sin sensibilidad alguna.
El sábado a la mañana fui a la Subcomisaría 12 de mi ciudad, un destacamento policial y pequeño centro de detención absolutamente precario que está situado a escasos 100 metros de un cada día más moderno aeropuerto internacional. El aeropuerto es... laps conectadas satelitalmente, gringos petroleros tomando cafés con medialunas, cacatúas emperifolladas con tapados de piel y tetas operadas que vuelven a sus puestos diputacionales en Buenos Aires... de todo, hay de todo allí adentro. ¿Saben como se llama el aeropuerto?: Juan Domingo Perón y pronto será privatizado. En este país esto que acabo de escribir debería ser un chiste de mal gusto... ¿un aeropuerto privado que se llame Juan Domingo Perón?, pero -en cambio- la normalidad con la que se toma la privatización del santo de los “socialistas” muchachos peronistas es realmente... pasmosa. Fuera de este país esto que acabo de escribir también debe entenderse, ¿no? Mis únicos viajes fuera de este país fueron por América del Sur, y en todos encontré los mismos backlights, las mismas multinacionales, el mismo desprecio imperial por los estados.
Bueno, pero este no es el tema que quiero contarles. La anécdota arrancaba diciendo que El sábado a la mañana fui a la Subcomisaría 12 de mi ciudad, un destacamento policial y pequeño centro de detención absolutamente precario que está situado a escasos 100 metros de un cada día más moderno aeropuerto internacional, ¿no?. Es cierto: hasta allí fui a pedir una exposición por el extravío de la tarjeta escolar de colectivo que mi niña mayor extravío la semana pasada pensando en vaya a saber uno que cosas piensa una chica de su generación.
Eran las once de la mañana, y hacía mucho frío a pesar de haber un sol gigantesco. Yo no se como te pega el día frío con mucho sol a vos, pero a mí me desconcierta por el contraste y me hace sentir un poco desprotegido. Así estacioné el citroen amarillo en la playa de estacionamiento, miré el cielo y entré en la comisaría, como olfateando algo, como si fuera el lazarillo de un Michel Faucault provisoriamente ciego.
Ya dentro de la comisaría nadie me dio mayor pelota. Con el paso de los años he comprobado que ese es el sistema que utilizan los policías para relacionarse con el resto de los humanos: la distancia total. “ya lo atienden eh”, te dicen y pasan de largo hacia oficinas que están llenas de viejas máquinas de escribir y papeles sobre los escritorios. Y luego te cierran la puerta para que no los veas. Esa distancia es la misma que toman con los detenidos, pero de maneras más violentas, claro. Eso de que un policía se agarra algo “personal” con un delincuente o con algún muchacho marginal al que considera delincuente es más bien camelo cinematográfico. Durante los primeros años de los noventa del siglo pasado la vida me situó en un plano en el cual a mi casa iban casi todas las noches pibes chorros. Eso hizo que alrededor de dos docenas de muchachos caratulados como delincuentes juveniles pasaran por mi casa, hablaran de Dios conmigo (nunca supe que decirles más allá de un lacónico: “Dios está en todas las cosas, menos en las instituciones”), del Diablo, del poder, del futuro y del pasado. Eso también hizo que aparecieran a cualquier hora de la noche por mi casa y me pidieran por favor que les guarde un televisor porque les pisaban los talones y delicatessens al estilo. También hizo que durmiera en cana un par de noches. Y sin embargo en aquellos años nunca escuché una historia de encono personal. De pensamiento hegemónico en contra de toda la juventud de los barrios sí: como que cada pibe que agarraban era una copia del mismo prototipo. Pero personalización del conflicto, jamás.
Ahora mi vida cambió, y no le busquen la moral a esto que digo. Enuncio simplemente un cambio. Ahora estoy casado, soy un comunicador social consumado y tenemos dos niñas. Ni en pedo me levantaría a la madrugada a discutir con un muchacho de 17 si le hago el aguante con un tubo afanado o no. Soy otro, con condicionamientos diferentes y otro tipo de libertades también, ojo eh.
En eso pensaba dentro de la comisaría cuando de repente entró un agente (rodeado de otros tres) trayendo a un pibe que estaba como soga a causa del alcohol. Lo zamarrearon un poco. Feo, le pegaron un cachetazo en la nuca. No me gustó, exclamé un tímido pero sonoro “¡Eh!” y los ratis se dieron la vuelta, me miraron con desprecio, lo empujaron dentro de un pasillo y abrieron una primera puerta de acero. Detrás de esa puerta se veía otra puerta, de rejas, y detrás de la puerta de rejas unos diez hombres/pibes de entre 18 y 35 años en una celda como todas: iluminada con una bombita de sesenta y pequeña, muy pequeña. Allí me di cuenta de que lo que me zumbaba en el oído desde que había entrado a la comisaría era la cumbia villera que estaban escuchando a todo lo que daba. Los hombres me miraron con mirada de hielo, el pibe detenido se dio la vuelta y me miró al ver que el resto me miraba. Fueron dos o tres segundos. El pibe borracho se sonrió y me saludó, el resto dejó de mirarme con hielos para saludar al recién llegado. Los ratis cerraron todo y me miraron al pasar, “¿lo atienden señor?”, me preguntó uno, con desprecio, pero con distancia. Y luego se fueron; tal vez a buscar a otro pibe para meter allí adentro.
Me quedé solo en el lobby y vi mi reflejo contra una ventana. Estaba allí parado, con mi camperita negra pituquita y la riñonera con los papeles del auto colgada del brazo. Claro -pensé- para ellos debo parecer un Carlitos total, el típico gil al que le entrarían a robar. Luego pensé en que mi casa queda solo a tres cuadras del centro de detención. Pensé en mi familia. Me corrió un escalofrío total. Sentí mucho miedo.
Salí al patiecito delantero de la comisaría a fumarme un pucho. Tenía que calmarme. Logré calmarme. Llegué a la siguiente conclusión: el miedo es un magnificador de la nada. Por un momento casi me puse como Blumberg. La historia, la vivencia, mi época, mi presencia en ese lugar merecía otra lectura y yo le estaba dando la inculcada desde los medios por orden del poder: la del miedo. Apagué el pucho y me fui a la mierda. El lunes hice un especial sobre el miedo en la radio, Estuvo bueno, la gente admitió sentirlo a cada rato.
Fernando
Jueves,28 de julio de 2005
La importancia de llamarse inclasificable
Tábanos molestando:(4)
Barraza:
Usted está loco y hay marcas de la región en la que vive que no termino de descifrar del todo, pero me apetece mucho lo que escribió
Desde Alemania lo saluda a usted y a su equipo
Un argentino en el primer mundo
[Molestá con algo]A mí me gustó la del amigo gay. A mi me pasó lo mismo con una gran amiga.
[Molestá con algo]creo q su forma de analizar las situaciones es muy atractiva, soy una joven lectora q hace muy poco se anima con esta locura de internet...igual prefiero todavia los tangibles libros. Si quieren recomendarme uno, seria de gran gusto para mi. Yo les sugiero "alexandros" de Valerio Massimo Manfredi.
[Molestá con algo]Eli:
Un libro que fluye: "El por qué de las cosas" de Quim Monzó (ANAGRAMA)
Un libro quemapelos: "La oveja negra y otras fábulas" Augusto Monterroso (Editorial ERA)
Un libro dulce: "Los vagabundos del Dharma" Jack Kerouac (ANAGRAMA)
Un clasiquillo inevitable: "El gigante egoísta" Oscar Wilde (EVEREST)
Un argentino: "Nadar de noche" Juan Forn (no se la editorial...)
Un "tapado" que está muuuuuy bueno: "El pabellón de oro" Yukio Mishima (Seix Barral)
Ahora te toca elegir a vos
Un abrazo
Fernando
[Molestá con algo]