
El prejuicio suele operar de maneras insólitas. ¿Por qué no había ido al cine ni había sacado hasta este momento una comedia tan bien hechita como “Spanglish”? Por el trailer, amig@s mí@s, por el trailer.
Desde hace décadas nadie debería ir al cine siguiendo los dictados “lógicos” de los trailers. A esta altura del partido todos deberíamos saber que lo único bueno que tuvo “Twister” fueron sólo esas tres vacas volando que se ven en el avance del trailer, y que los dos únicos chistes medianamente como la gente que tiene cualquier película con Francella son los que te ponen en el trailer, y que sí en el trailer te están contando demasiados detalles del guión de la película, de seguro ha de ser ésta vacía y hueca. Casi casi me animaría a dictar una regla general:
a) si el trailer es muuuuuuy bueno, la película es mala (“Shaft”, por ejemplo)
b) si el trailer es neutro, la película puede llegar a ser muy buena (el mes pasado vi el trailer de una edición aniversario en DVD de “Rumble Fish” de Coppola y me parece que éste sería un buen ejemplo)
c) si el trailer es malo... estás en un verdadero problema. La película puede ser de lo peor, o una pequeña película “tapada”.
Aquí mismito, en el punto c, allí donde se desvaneció la segura seriedad cartográfica de mi teoría de los trailers, es donde precisamente me empasté para no ver “Spanglish”.
Veamos. Entro al cine a ver no me acuerdo qué, y entre los trailers que me ponen esa noche aparece éste: una película de James Brooks (“¡¡guaaaaaa: el guionista de los Simpsons y de ’Mejor Imposible’!!”, dije y me acomodé en la butaca. A partir de allí en un minuto y medio me muestran como un norteamericano de clase media acomodada se enamora de su doméstica que no sabe una palabra de español y en medio de todo esto está su mujer, una rubia bonita a la que probablemente no tendría que perder. ¿Para qué habría de ver una película de ese tipo? Me pregunté al concluir la colilla. ¿Cuántas veces asistimos al carnaval del estereotipo para con los de nuestra raza? Me acordé inmediatamente de una página web -norteamericana- de sexo que se llama “Dirty latina maids” (sucias mucamas latinas), en la que la gracia y la fantasía sexual está definida en el estereotipo total del norteamericano medio que se acuesta con su mucama latina porque ella es puta. Me volví a acomodar en la butaca. Lo había decidido allí mismo: no iba a ver esa película.
Y entonces
Los puntos a, b y c de mi teoría son relativos, quiero que sepan eso: son relativos. Pero ojo... los respeto siempre, tratando de que el prejuicio no me gane la batalla.
Un trailer de una película es como la contratapa de un libro, un adorno exagerado que tiene una sola meta en esta vida: venderte el producto.
¿Pasan cosas poco previsibles en el millonario universo del marketeo de los trailers? Sí. El caso de “Spanglish” bien pudiera ser un caso testigo. Si el trailer que vimos estaba armado para tentar al público norteamericano, no me puedo imaginar del todo cómo fue que operó en la cabeza de ellos esta historia en la que una mucama latina aparentemente pone en jaque la tranquilidad de una familia norteamericana bien constituida. Y si el trailer que vimos estaba armado para que lo veamos los latinos, tampoco me imagino que nos podría haber importado de ese resumen.
Entonces mi prejuicio comenzó a rodar en torno a “Spanglish". Mal. Olvidé la premisa fundamental: la película era de un artista solvente.
Mi prejuicio era doble: “tengo un gran prejuicio por los prejuicios que ellos tienen al mirarnos a los latinos”. Como les decía recién: décadas de estereotipos despectivos me empujaban a sentir que no me equivocaba.
Una sola frase me decidió a cortar la racha de no ver el film. Un amigo toma un mate y me dice: “anoche vi ‘Spanglish’, pensé que iba a ser un bodrio, pero me gustó que en alguna película norteamericana por fin ganemos nosotros”. Dos días después estoy en el video club del barrio alquilando el film.
¿Score final? (nótese que lo puse en inglés): Adam Sandler es un muy buen actor (ver “Punch drunk love” de Paul Thomas Anderson), igual queda bastante opacado por una avasalladora Tea Leoni en el rol de su histérica mujer, capaz de ofrecerle plata a un pobre que se choque contra el vidrio de su comedor para que éste se sienta bien. También empalidece un poco fente a los embates actorales de Cloris Leachman en el papel de su suegra alcohólica y por las pequeñas Shelbie Bruce y Sarah Steele jugando los papeles de nenita latina maravillada por el oropel yanqui y preadolescente norteamericana acosada por la idea oficial de “éxito”. El guión de Brooks está bien armado, como un puzzle con piezas de color pastel: hay cosas fuertes, idiosincráticas, pero no son marcas ultraevidentes, mensajes de esos que a Hollywood le gusta imprimir en sus películas como si fueran la verdad absoluta. Brooks trabaja escribiendo Simpsons, es decir: conoce al norteamericano medio al dedillo. La sorpresa es ésta: también conoce al dedillo a la comunidad latina. La historia tiene altibajos, algunas sobras medio telenoveleras (el film es mainstream, no nos engañemos), pero en líneas generales está muy bien planteada. El nudo central de “Spanglish” no es el de la familia tipo norteamericana a salvo ni el de la cenicienta buena que triunfa en el palacio. El mensaje es otro, habla sobre el valor de no perder la raíz. No está mal, eh.
¿Y mi amigo tenía razón?... sí.

Martes,9 de agosto de 2005
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