
Dios y el Diablo jugaban pocker en una casa abandonada. A su alrededor, estabamos todos mirando expectantes.
Hacía las veces de croupier un anciano, y un recién nacido llenaba sus copas. Al comenzar la partida el clima era tenso, se suspiraba y se respiraba angustia, mientras tanto, el Diablo, pedía una más. El anciano le había entregado la carta agachando la cabeza como resignando parte de su vida. Dios aguardaba impaciente. Se mordía el labio inferior y movía su pierna compulsivamente. Miraba al anciano, miraba sus cartas, volvía a mirar al anciano.
Finalmente pidió dos.
El Diablo rascaba su cuello arqueando las cejas y, mientras tanto acercaba una abultada apuesta al centro del paño. Entonces comenzó a tocarse la comisura de la boca, intentando disimular su alegría. Dios tenía los labios apretados y cerraba con fuerza su puño. Pensaba.
Finalmente igualo la apuesta. El Diablo debía mostrar su juego:
Pocker de Reinas-
Está bien... - Dijo Dios amargamente y frente a mí, decenas de personas murieron a causa del fracaso de Dios.
El anciano recogió las cartas y volvió a mezclar. El Diablo hizo señas al recién nacido. Dios, con los brazos cruzados, apoyados sobre el borde de la mesa, se golpeaba el codo izquierdo y miraba hacia abajo como buscando respuestas. Mas tarde llego el bebé con la bebida. El Diablo se echó hacia atrás para facilitar el trabajo del neonato camarero, después agradecido, palmeó su espalda. Dios acerco su copa sin mirarlo y el recién nacido la llenó.

El anciano repartió las cartas, Dios fue el primero en levantarlas, el Diablo se tomo su tiempo.
Tres... - Le dijo el Diablo al croupier que, tímidamente y sin levantar la vista, le dio las tres cartas.
El anciano giro lentamente en dirección a Dios como esperando una respuesta, una señal: un milagro.
Gracias hijo, estoy servido - Le dijo Dios torpemente al anciano que había comenzado a llorar en silencio.
Dios observó sus fichas y separo una gran cantidad de ellas, las acerco fingiendo serenidad y seguridad, al centro de la mesa. El Diablo, que había estado observando atentamente los nerviosos movimientos de Dios, con una burlona sonrisa en los labios, duplico su apuesta.
El anciano, que lloraba en silencio y cabizbajo, comenzó entonces a cantar una canción en un idioma desconocido. Dios miró por un momento al Diablo, que bebía y lo miraba esperando una decisión. El anciano ya no lloraba pero su canto se había convertido en un grito desgarrador. Dios frunció el ceño e igualo la apuesta:
Pocker de Reyes - Dijo Dios, mientras el anciano golpeaba con fuerza la mesa.
El Diablo junto los labios y asintió repetidamente con la cabeza como aceptando:
Esta bien, esta bien...
El Diablo suspiraba y se rascaba la cabeza, derrotado.
Oí los llantos de nuevos recién nacidos. Dios había ganado la mano.
El anciano se había tranquilizado. Su encarnizado canto y los violentos golpes a la mesa se habían apagado, pero aún seguía cabizbajo.
El Diablo se había enfurecido con el bebe que servia los tragos. Lo miro con furia y apretando los dientes... lo mató de una mirada. Dios se paro enérgicamente y atino a golpearlo, pero una mano surgida de entre los espectadores lo detuvo.
Chits, chits, chits... tranquilo, ya sabes las reglas...- le había sugerido una voz amable.
Después del cruento episodio, Dios se sentó resignado, pero con mucha rabia. El Diablo, que también estaba envuelto en ira, desafió la presencia de Dios e inmediatamente se puso de pie, señalando a uno de los nuevos recién nacidos y lo convirtió en el nuevo camarero.
Reclinado en su silla, Dios miraba fijamente al Diablo.
El Diablo se había vuelto a sentar y mientras se acomodaba la ropa, el anciano comenzó a temblar y a balancearse en su lugar, sin embargo repartía cartas.
Ambos recogieron las cartas sin mirarse. El Diablo pidió tres, Dios una.
El anciano no respondía al pedido, estaba quieto, siempre con la vista hacia abajo. Dios y el Diablo se miraban extrañados.
Tres y una por favor...- Irrumpió Dios, mientras golpeteaba las cartas sobre la mesa.
¿Pero que pasa acá?- Preguntaba enfurecido El Diablo.
¡Tres y una le dijeron! - El Diablo había perdido la paciencia. Entonces el anciano, por primera vez, comenzó a levantar la cabeza lentamente, como sumido en un trance. Ni Dios y ni el Diablo entendían lo que pasaba, lo miraban como con miedo. El anciano respiraba con mucha dificultad, su rostro se deformaba de dolor. Tenía sus manos apoyadas sobre el pecho.
¿Qué le pasa?- Dios frunció el seño como sospechando que el Diablo tenía algo que ver con esto.
¿Qué sé yo?- Se desligó el Diablo. -Yo no tengo nada que ver...
El anciano comenzó a murmurar. Ambos se acercaron para oirlo.
¿Qué dice? - Dios hizo una mueca con la boca.
Cuando ambos estuvieron lo suficientemente cerca del anciano, éste los tomo brutalmente por el cuello a cada uno. Su cara se había convertido en una masa de músculos ardientes, sus ojos se inyectaban en sangre, las paredes temblaban, y sus dientes parecían a punto de estallar. Los iba a matar.
De repente todo explotó y se hizo la nada. Los espectadores, los nuevos recién nacidos, Dios, el Diablo. Todo. Todo se mezclaba, se fundía, las voces se tornaban graves, se hacían lentas, giraban. Dolor. Todo se derrumbaba...
Un hombre muere en el living de su casa. Mientras tanto comienza a llover...

Jueves,4 de agosto de 2005
Ficcionarios
Tábanos molestando:(2)


