
La medianoche había pasado de largo, estábamos sentados en la esquina de la cuadra del Raja. La charla venía derivando por los intereses habituales; trolas, pasta, chupe, y el tema central que ya comenzaba a aburrirme; el partido de Boca de la fecha. Teniendo en cuenta que los dos eran unos sucios bosteros, y a mí el fútbol me daba por las bolas, dejé de prestar atención y me concentré en la última birra que quedaba en pié. De seguro, respirando tranquilo por la nariz, me la acababa de un saque.
¡Eh, sopapa!- se avivo el Raja-¡Dejá algo para el pueblo!-
Le aflojé y se la pasé.
Tomá bostero roñoso, me parece que se me cayó una escupida.-
¡Andá, guacho maricón!, ¡jugá con ésta! -
¡Tu hermana!...
¡Tu vieja!
No creo que le puedas pagar -dije riendo.
¡A mí me lo hace gratis! -y terminamos riendo juntos. Tuca estaba a punto de decir algo, seguro que alguna boludéz, pero el Raja lo interrumpió diciendo:
¡No quiero más, soretesss!

Extendiendo la “ess” de soretes con un potente eructo fumigador (o embriagador...) y enseguida le mandó dientes a una caja de tinto que sacó de una de las mochilas.
Tuca había aprovechado para darle otra chupada al fasito que recién prendía, y me lo pasó.
Como si fuera la continuación de una charla natural que trajéramos, preguntó:
¿Vieron esas cosas de gases que la yuta tira cuando hay bardo?-¿Qué pasará si uno le mete una en el culo a un pibe?-
Al Raja se le atravesó la carcajada, y se ahogó. El tinto le chorreaba por la carretilla, salvando de manchar la campera con un acto reflejo de borracho titulado.
Por mi parte, pensaba que los pancitos que había tragado de camino, se estaban pagando solos. Un chaboncito se acercaba por el medio de la calle; las zapatillas trazaban arcos de luz que se convertían en brillantinas de múltiples colores que caían girando luego de cada paso. Al llegar a la bocacalle se paró en seco; nos miró con una sonrisa perfecta, y en cada uno de sus dientes se reflejaron mágicos espectros del alumbrado.
No te conviene hacer eso -dije.
¿Eh? -preguntaron de al lado, y los ecos rebotaron un millón de veces en mi cabeza, decreciendo sin apuro.
Nosotros somos los chicos malos -agregué a modo de amenaza.

Me quise reír pero en cambio me salió algo así como un ladrido. Pensé que el pibe estaba provocando demasiado cuando nos dio la espalda y se bajó los pantalones mostrando un orto redondo y pulido.
Cuando se agachó, como invitando, comencé a enfurecerme. El pendejo se estaba jugando la vida. Y al igual que un mago antes de realizar un truco, sin cambiar de posición, giró 360° como montado en una plataforma, mostrando en la mano un cilindro plateado a un expectante público imaginario, (-Ahora lo ves, ahora no lo ves) y se lo metió en el culo con una rapidez y facilidad que me hizo abrir la boca. Enseguida se irguió y giró para tirar hacia nosotros una argolla con un perno para oreja gigante. Cayó entre las piernas del Tuca que ni se enteró. Bueno; en realidad, ninguno prestaba atención. Discutían acerca de la saliva, o de la vaselina; que seco iba a ser difícil.
(-Allá ellos si se querían perder el show.)
Cuando volví la vista, la luz de la calle antes amarillenta, había mutado a un rojo coágulo, burbujeante. La calle se estaba cubriendo con un colchón de nube siseante.
Solo falta música -pensé.
Y como si estuvieran esperando el guiño, arrancaron los Gun’s con “Wellcome to the jungle” al palo en mis oídos. Sospeché que mi cabeza iba a estallar.
El desaparecido cilindro se transformó sin milagros de por medio, en una estrella encolerizada y rugiente que me obligó a entornar los ojos y protegerme instintivo adelantando las manos. El pendejo, en un solo y largo alarido, comenzó a elevarse y despegar del suelo como un cohete. Estiró los brazos hacia adelante como para sumergirse en la pileta celestial, y ascendió entre polvareda y chisporroteos de virulana encendida. Mis manos esperaban el penal invisible, y mis ojos seguían la trayectoria del pibe-cohete, hasta que se mezcló entre estrellas y estalló multicolor y festivo.
¡Eh, Gato! -dijo el Tuca sorprendido.
¿Qué viste? ¿Alguno de Alcohólicos Anónimos? -aportó el Raja en un despliegue de ingenio desconocido.
Los dos se recagaban de la risa.

El estruendo y los Gun’s se silenciaron. Yo bajé las manos despacito; y todo marchó bien. La calle estaba desierta. Me miré la ropa esperando ver algún resto del pendejo, pero no; nada. Ellos y yo, como siempre.
¡Eh loco! ¿Te quedaste con todas las rueditas?-preguntó el Tuca. Arrastrando las palabras sobre seda, con un destello astuto en la mirada.
¿No vieron eso?
Pero estaba claro que no.
Nosotros, -dijo el Raja mirándose las zapatillas nuevitas que hacía solo un par de días habían pertenecido a otra persona -tomamos u-ni-ca-men-te... cerveza. Levantó la mano izquierda como solicitando silencio para agregar algo más, y en cambio se empinó el tetra dándole unos soberbios y profundos chupones con tal energía que el cartón se combó hacia dentro.
Cuando se lo quitó de la boca, escuché como el aire entraba en la caja con el gemido de una exhalación asmática.
La apoyó en una pierna. Sus ojos estaban enrojecidos, la mirada; un tanto perdida. De pronto pareció recordar algo, y me la pasó.
El Tuca decía que nos fuéramos, que teníamos que irnos. Traslucía urgencia. Agarró su mochila y se paró. Retrocedió, avanzó, retrocedió, y volvió a avanzar. Nosotros nos paramos también. Y repetimos la danza del Tuca.
Como el Raja ignoró por completo la otra mochila, me la eché al hombro.
Esperaba no ver más boludeces. Por las dudas, aceleré el paso.

Unas cuadras después, ubicados en un rincón de nuestra plaza, mezclados con las sombras entre unos árboles testarudos; me intrigó el por qué de nuestra anterior prisa. Estuve a punto de preguntarle al Tuca, pero me callé... Si pudiese escalonar misterios, con lo que veía en sus ojos llegaría al puto cielo. La cara este de la placita, tenía un paredón de unos cuarenta metros de largo que daba a unas casas descoloridas.
Y el Raja estaba en estos momentos meando los descoloridos ladrillos.
Veía mal; no solo borroso, sino también como fragmentado. Entonces me acosté sobre el césped ausente. La madrugada helada me obligó a meter las manos en los bolsillos. El Raja volvió y se tiró al lado apoyado en un codo y equilibrándose con la mano derecha plantando firme una delgada botella de ginebra sobre el suelo. Se incorporó un poco para tomar un trago, y brindó:
¡Sshhlúú, conchoedumáreee!!!
Tuca parecía un buda. Tenía un pucho prendido al pedo, la ceniza se acumulaba, y el humo subía perezoso entre sus dedos. No sé si dormía, o escuchaba el secreto murmuro de los gusanos que comían su cerebro. Una moto pasó echando putas por la calle de enfrente y el rugido rebotó detrás de nosotros haciendo eco en las casas del otro lado.
Me levanté como pude para ir al baño; mis dedos helados hicieron retraer más el ñoqui. Mientras la estaba guardando, oigo al tuca suavecito:
¡Vamos!

Cuando giro, me empapa un sudor repentino y mi boca se llena de saliva agridulce. Me doblo en dos y caigo arrodillado vomitando un par de veces. Recupero la respiración y espero a ver qué pasa. La nariz me quema por dentro. El estómago se tranquiliza, pero duele. Los veo a los dos, más allá del centro de la plaza, a los manotazos con una flaca. Bueno; que esta vez no contaran conmigo para coger sin permiso.
De todas formas, algo no me cierra...
Todo sucedía rápido, pero en un cuadro a cuadro gelatinoso. El Raja la agarra de los pelos desde atrás, y le rodea el cuello con el brazo. Tuca se empeña en bajarle los pantalones, y su torpeza me da gracia. No puedo evitarlo. Ella lo patea, el se bambolea y cae de culo. Raja no soporta el impulso y se va con la trola hacia atrás. La flaca se suelta, empieza a escapar pero el Tuca ya está al lado y le pega un puntín en las costillas; se bambolea, y le pega otro.
Ahora entiendo que fue lo que me llamó la atención: ¿Por qué no corrió mientras pudo?

Me levanto medio torcido por el dolor, me siento extraño. Quiero acercarme a decirles que basta, que se la están mandando mal.
El Raja no acierta a pararse, estira el brazo y alcanza la correa de la cartera que se corta permitiendo que se aleje en cuatro patas. Tuca se le tira encima y le pega con algo que tiene en su mano. Estoy algo más cerca y escucho que la piba está llorando. Me doy cuenta por la forma en que dice:
¡Basta pelotudos!
Alcanza a levantarse y corre. Tuca se arrodilla, extiende el brazo y detiene absolutamente todo con tres tiros que suenan como cañonazos.
Una feroz lucidez me despeja, y por lo que veo, al Raja también porque se para catapultado.

La locura del Tuca nos estaba dando una función final. Se acerca furioso a la flaca que está inmóvil en el piso y la patea una y otra vez. Y entre patada y patada le grita:
¡Pelotuda! ¡Pelotuda! ¡Pelotuda de mierda!
¡Rajemos! - es lo que pienso en voz alta. Y soy el primero en hacerme caso.
Corrí como pude. Mi cabeza enmarañada como nunca antes. ¡¿Qué mierda había pasado?!
Escucho un despelote y un grito de dolor detrás de mí, y veo que el concha de su madre del Raja se había dado un suelazo.
Paré y me di la vuelta. Juro que a pesar de todo me iba a cagar de la risa, pero él miraba la cartera que se le había ido de las manos, y me miraba a mí. Parecía un corredor esperando el disparo de largada.
La cartera...

Me acerqué para agarrarla y él gateó con la misma intención. Le puse una patada al ripio mandando tierra y piedras a su cara de raja. La alcanzó primero pero yo ya estaba encima. Forcejeamos como dos pibitos.
Harto de tanta mierda cambié tirón por empuje y zancadilla, y asunto arreglado.
¡No Gato! - me dijo desde el suelo - ¡Perdoná vieja, perdoná!
Se levantó y salió cagando.
Me quedé parado bajo la protectora oscuridad de un árbol espeso, mirando en la dirección del raje. El Raja raja; ¿Por qué raja el Raja?
Perros cada vez más lejanos marcaban el sitio por dónde él, iba rajando.
En mi cabeza se iba armando algo podrido. No quería saber; pero sí.
La cartera era pequeña, de una cuerina negra berreta. La reconocí enseguida. Yo mismo se la había regalado a mi hermana para que llevara lo indispensable.
Nunca logré cambiar sus hábitos.
Soy tan puta como tu madre. - decía para enfurecerme.

La abrí. Conté forros, chicles, puchos, semillas de girasol; y el 32 que había sido de su padre.
Dejé caer el resto y revisé la carga.
Perfecto...
Al bolsita maricón lo iba a agarrar enseguida; el Tuca sería un poco más complicado.
Fabián H Delaloye
Lunes,5 de junio de 2006
Ficcionarios
Tábanos molestando:(1)
putos de mierda la concha de sus madres
[Molestá con algo]