
En un futuro incierto es posible llevar implantes en el marote que graban nuestra memoria, especialmente todo lo que vemos y oimos. Cuando el implantado espicha, se puede recuperar el “back-up” de la memoria y hacer una película con los recuerdos del difunto. Esta películas son armadas por unos “editores”, de los cuales el mejor es Alan Hakman (Robin Williams). ¿Qué pasa cuando el muerto es muy importante y lo que el editor ve es muy comprometedor?
Analicemos la situación: Si fuera verdad que unos implantes pueden grabar absolutamente todo lo que vemos y oimos durante toda nuestra vida, todas nuestras intimidades quedarían expuestas a los ojos del “editor”. Imaginemos ahora el poder que ese hombre tendría: conocer los secretos de quien fuera, las miserias, las perversiones, las pasiones ocultas...¿Cómo operaría la justicia sobre estos recuerdos? ¿Qué peso tendría el testimonio de los editores? ¿Podría una persona, por íntegra que fuera, cargar con los secretos oscuros de otras personas?
Si han imaginado bien coincidirán con este pescáu en que la idea da para un guión original y es increíblemente fértil para intrigas, traiciones, juicios morales, etc; con una idea así, la película debería ser atrapante, misteriosa y llena de sorpresas, ¿no?
Bueno, no.
Lamentablemente esta idea se le ocurrió al buen señor Naim, a quien no le dio la cabeza y se mandó un guión somnífero. Para no perder la línea, los actores recordaban a momias aburridas: Robin Williams pareciera no poder hacer nada además de las caritas y voces graciosas, sin esos recursos es una estatua (y si no, recuerden Noches Blancas y esa otra donde donde hace de un revelador de fotos). Mira Sorvino pasa de largo, pero, pobrecita, el insignificante papel que le dieron no daba para mucho más. Jim Caviezel (ese actor que trabajó de piñata en La Pasión de Cristo) sigue con su cara de no saber ni dónde está parado y hablando al tono.
¡Qué hiciste Omar!
O, mejor dicho, qué no hiciste... la película no tiene grandes misterios, los pocos conflictos se destripan muy rápido y todo se resuelve en una escupida. Los personajes, sin la más mínima profundidad, reaccionan automáticamente a toda situación, los malos se arrepienten de sus planes sin motivo y las intrigas se quedan en amagues tibios.
Por otra parte, uno espera que una historia así se desarrolle en un, digamos, futuro. Tampoco: la ambientación es completamente atemporal, los autos, la ropa, las costumbres de los personajes no cambian ni siquiera desde los recuerdos del editor hasta su madurez. Todo transcurre en... 1974, a juzgar por lo que se ve. Hasta la computadora que sirve para bajar y editar los recuerdos - un “desktop” monumental con tres monitores de plasma gigantes - está montada en un escritorio victoriano de madera... acá sospecho que don Naim se quiso hacer el extravagante mezclando tecnología futurística con ambientes de olor antiguo, pero el único efecto que consigue es la confusión del espectador.
En dos palabras, una película perfectamente olvidable. Mejor alquilen “Maten a Smoochi”, donde Robin Williams hace de malo y le sale muy bien.

Miércoles,30 de noviembre de 2005
Videando Videos
Tábanos molestando:(8)


