Buenos Aires, tres de la tarde. Regreso al departamento. Colectivo línea 60 casi repleto circula por el Once. En la calle el tránsito porteño, bocinas, motores, alguna sirena a lo lejos, taxis, más colectivos, mucho humo, mucho ruido. En la vereda, vendedores, cartoneros, transeúntes como hormigas. Y de repente: burbujas. Mil burbujas que salen de no sé donde pero que están ahí. Y las veo, y entonces me doy cuenta de que no son burbujas: son abejas, sí son abejas en el Once que revolotean por el aire, por encima de los taxis, de los colectivos, de las hormigas. Ahora veo una. La sigo.
Sube hasta un primer piso se queda un ratito en el bacón y después baja, hábilmente gambetea a un motociclista que casi la atropella. Vuela despacito. Se acerca. Ventanilla del colectivo abierta cinco centímetros y la burbuja que en realidad es abeja ya esta adentro. La sigo, y entonces me doy cuenta de que ya no es burbuja ni es abeja: es un planeta, sí es un planeta transparente que descompone la luz en todos los colores, un planeta desorbitado flotando en el espacio infinito. Lo miro, y entonces estalla. Buenos Aires, ocho de la noche. Regreso al departamento.
Atrás quedaron la guardia del Hospital Italiano, la risita ridícula de la enfermera, las explicaciones científicas del médico de turno. Mañana ya te podés sacar el parche pero con cuidado de no mover mucho el ojo, comprate estas gotitas y aplicátelas cada cuatro horas hasta que pase la irritación. Voy sentado, un poco caliente porque me quedó el izquierdo, el que no ve, pero valió la pena y es jueves. La ventanilla está cerrada, la abro.

Jueves,7 de abril de 2005
Ficcionarios
Tábanos molestando:(5)


