
Hay quienes opinan que el tipo no es nadie, que todas sus películas están sobrevaluadas, y aseguran que hasta ahora solo ha tenido buenas campañas de publicidad de cara a sus estrenos.
Hay quienes opinan todo lo contrario, y dicen que es el nuevo genio que Hollywood no tenía desde las doradas épocas de Scorsese y Coppola, dueños absolutos de aquellos hitos en los que se conjugaba calidad y masividad. Es más: hay quienes aseguran que él es el nuevo Orson Welles.
Caramba. Convendría no ir demasiado lejos en ninguna de las dos direcciones. Night Shyamalan es un muy buen director de cine. Sus películas tienen ese “algo” que siempre las torna “suyas”, poseen algunos rasgos inconfundibles, típicos de él. Y eso es ser un buen director, ¿no?
También habría que hacer un poco de justicia y recordarle a sus críticos más enfervorizados que “Sexto Sentido”, el taquillero debut de Shyamalan, fue una película que fue éxito en un poco frecuente boca a boca internacional, casi sin costos de promoción.
Pero no le demos demasiada cuerda a sus apologistas tampoco. Shyamalan no es la revolución del cine norteamericano (y da la sensación de que tampoco quiera serlo), es más bien un director inteligente, muy solvente, de recursos efectistas pero interesantes y bastante creativo. Con este pequeño racimo de cualidades le alcanzó y le sobre en menos de seis años para hacerse de un lugar importante dentro del cine de Hollywood.
Pero quizás el rasgo más interesante de su cine sea el que menos se detecte y el que más tapado pasa en casi todas las referencias a su obra. Y ese rasgo es el calmo y relajado sentido de la reflexión que cada una de sus películas posee.
Ahora sí, lo ves

El tono reflexivo -y la manera oportuna de desplegar ese tono- es condimento fuerte en la carrera de este muchacho. Y tal vez, aunque de buenas a primeras suene a pretencioso y vacío comentario new age, no habría que pasar por alto su alto sentido religioso (puro hinduísmo) para concebir los enfoques centrales en los valores y las acciones de los personajes que él mismo escribe y posteriormente dirige.
Cada una de las películas de Shyamalan posee esta profundidad por demás sutil. Baste recordar que en 1999, en medio de una crisis institucional de moralidad e individualismo desatada en el país dueño de la pelota del mundo: su presidente había tenido sexo guarro con una pasante en su despacho en medio de una debacle económica interna que parecía no importarle, y menos la internacional... en ese marco Shyamalan entrega “Sexto Sentido”, la historia de un hombre que debe creer en un niño atormentado por fantasmas. Y el niño deberá descubrir que su raíz “diferente” puede ser útil y solidaria. Aprenda Clinton.
Un año después, de cara a la fiebre milenarista por dejar un mensaje “para la posteridad”, Shyamalan se corre hacia un costado en esto de descifrar y evidenciar el mensaje y entrega a un melancólico proto-hombre irrompible (“Unbreakable”), acosado por su propio sentido de la inseguridad. ¿Ese será el hombre del siglo XXI? Nuevamente Shyamalan nos deja pensando.
Solo dos años más tarde le tocará el turno a "Señales", la historia de un hombre de fe, amenazado por un enemigo que no conoce del todo: él mismo. Reflejado en la amenaza de otro enemigo que no conoce para nada: los alienígenas. Enredado en esa espuma deberá tratar de entender cual es la salida que le queda por tomar. Y la resolución vendrá por la búsqueda espiritual que lo lleve a re encontrarse con su yo-religioso. ¿En que marco social de Estados Unidos presenta este film?. Justo cuando el “fundamentalismo religioso” era el cuco insufadlo por el poder político norteamericano. ¿Se acuerdan?: la convicción religiosa como anti-valor, la religiosidad como moneda de cambio de los dementes y los enemigos del pueblo.
Suponemos que Shyamalan se divirtió mucho con este film, con lo que despertó en algunos sectores de la crítica norteamericana. Encima -para mojar orejas- llamaba para el protagónico al actor republicano por excelencia para encarnar el papel (nuestro amigo Mel “Jesús flagelado” Gibson). Lindo, ¿no?
Ahora sí, la de miedo

Un año después de esta criticada película de alienígenas y hombres de fe, Shyamalan vuelve a las pantallas del mundo entero con su película más directa: "La Aldea".
Ahora el contexto socio-político norteamericano está por demás claro. La pavorosa amenaza infundida en contra del enemigo desconocido -el "otro"- es cada vez más directa y abusiva. Ya no hay que desconfiar y cuidarse. Ahora hay que tener miedo todo el tiempo, no hay treguas posibles: temer en vísperas de Navidad, durante las Olimpiadas, durante el aniversario del 11/09, en vacaciones de invierno y en las de verano,en la paz y en la guerra, en el amor y el espanto. Siempre.
Con esta tendencia predominando, Shyamalan nos cuenta en su película menos metafórica como se puede mantener a una sociedad bajo control total inyectándole miedo cada minuto de su vida. El mensaje es claramente contemporáneo, no hay que buscarle conexiones ocultas ni "desmetaforizarlo" para comprender de que se está hablando. La alegoría con nuestros tiempos está allí, todo el tiempo.
"La Aldea" cuenta la historia de un pequeño villorrio casi cuáquero, bien victoriana, paternalista a full. Una aldea metida en un llano ubicado en medio de bosques, un sitio aislado al resto del mundo por el miedo.
De la aldea no se sale ni se entra, porque en el bosque habitan los "Inmencionables", seres temidos, desconocidos, "otros" implacables que son capaces de devorarse a un cordero de un solo bocado. Imaginen con un humano... aunque, ¿se han comido a algún humano? No, pero igual hay que temer, porque eso es lo que impone mediante sugerencia hecha ley el tribunal de Los Mayores de la aldea.
El miedo como método de control. siempre.
En cuanto a las actuaciones diremos que William Hurt está estupendo como siempre, que Joaquin Phoenix se perfila como uno de los mejores actores norteamericamos de su generación, que Sigourney Weaver es encantadora, que Adrian Brody puede ser explosivo (aunque no debe caer en excesos) y que la debutante Bryce Dallas Howard nos ha dejado realmente boquiabiertos. A estos súmenle la ayuda extra que significa poner en el reparto a verdaderos y tapados monstruos de la actuación como Brendan Gleeson y Cherry Jones.
Y bueno, más no le vamos a contar. Ese es el problema con las películas de este tipo: no hay que brindarle demasiados detalles sobre el argumento a quien no la haya visto. Por eso cierra aquí mismo el caso.

Antes de irnos solo resta hacerle las críticas que consideramos que el film se merece:
A) La búsqueda de un final con giro de tuerca que haga tambalear todo lo que se viene contando hasta entonces es un sello en la corta carrera de este joven director, pero en este caso entorpece un poco la profundidad de la historia, sin llegar -por suerte- a anularla.
B) Concediendo lo que los productores hollywoodenses generalmente quieren, Shyamalan explica innecesariamente algunas cosas másde una vez. Pero ya lo sabemos: quienes ponen la plata en Hollywood consideran que todos nosotros somos un hato de idiotas que es muy probable que no entiendan lo que no está super digerido. Eso no es nuevo.
Más allá de estos dos puntos, que se tranforman en un par de minutos de película en los que el film se estanca un pelín, puede que nos estemos topando aquí con la película más interesante de Shyamalan en tanto es la más directa de todas, y en tiempos en los que ser directo es muy complicado.
Bien por él. La sensación de desconfianza hacia el mensaje homogeneo del miedo como bandera de la paz que te queda al salir de la sala es un buen síntoma de que la película -a pesar de las fisuras antes mencionadas- funcionó al dedillo.
Si los personajes de la película tienen buenas o malas intenciones al utilizar el miedo como sistema dominante, eso me lo piensa tranquilito en varias jornadas de reflexión interna.
Nosotros le recomendamos un ejercicio para hacer inmediatamente después de ver la película: piense en Bush, en Blumberg y en los medios que todo el santo día muestran las horribles aristas de la "inseguridad" en la que vivimos. Probablemente llegue a la misma conclusión que nosotros: y... tan loco no está el hindú, ¿no le parece?

Domingo,23 de enero de 2005
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