
No imperio
Si la cosa se pusiera política. ¿Qué probabilidades concretas hay de que alguien piense en “Episodio III” como un film anti-imperialista? Casi ninguna: la coyuntura empresarial está plenamente en contra de este supuesto.
Es este un film parido por la factoría que trabaja haciendo efectos especiales para que creamos en muchas de las películas de propaganda de los grandes estudios de Hollywood, es decir: las del imperio. En serio... por ejemplo: ¿quién hizo los efectos especiales de ese bodrio patriotero y super formulista que es “Pearl Harbor”? Respuesta: la factoría de George Lucas. Con esta sola intervención colaboracionista podríamos desdecir cualquier posibilidad ultra objetiva de evaluar ésta película como anti-imperialista.
Pero nada es tan sencillo como parece, porque más allá de este genuinamente discutible contexto está la película per se, levantándose sola, como una moderada pero a la vez espléndida obra de arte, llamada a perdurar más allá de las voces fuertes de los que odian y los que impulsan las reglas del mercado. La película está presente, corporizada, efectivamente realizada, entonces no hay mucho espacio para las especulaciones.
No es con Star Wars que se manifiestan las cosas de esta manera. El tiempo siempre le da el valor definitivo a una obra, y contra eso no hay nada que hacer. Esa es la objetividad final abriéndose paso: el tiempo..
Si vamos a comparar la obra deLucas con la de alguien suficientemente reconocido por estos años, podríamos echar mano en el saco de la obra de John Ronald Reuel Tolkien. Hace sesenta años, la obra de Tolkien era despreciada por completo y fue tildada rotundamente de pasatista por la crítica de época. Esa obra fue comercial desde el génesis. Treinta años más acá fue rescatada ideológicamente por los hippies primero, los niños más tarde, la juventud toda después y -hoy por hoy- nadie discutiría la trascendencia y profundidad de la obra de Tolkien. Es más, Peter Jackson mediante, nadie se atreverá -de ahora en más- a negar la importancia de los escritos tolkenianos.
Pero, ¿qué hay de la crítica contextual y contemporánea a Tolkien?, ¿habló sobre el alcance de los contratos editoriales que el escritor había firmado para distribuir su obra, habló sobre sus ganancias?, ¿analizó minuciosamente su ideario de vida burguesa, scout y castrense para medir los alcances de sus escritos? ¿dijo algo con respecto a la decisión del escritor de cerrarse en círculo aristocrático y desoír las necesidades de su país natal frente a la comodidad académica que supo conseguir en Londres? Tal vez sí. Pero el tiempo se encargó de borrar a la persona y realzar la obra por sobre su vida.
Los argentinos entendemos mucho de esto, porque hemos tenido un magistral escritor como Jorge Luis Borges, muchas veces señalado como adherente al poder militar en un país en el que los militares han asesinado gente a diestra y siniestra durante décadas y décadas. Aún así: ¿alguien es capaz de negar/despreciar la obra de Borges? No. Disculpen si la comparación que acabamos de hacer es dolorosa, pero tal vez sirva para volver a replantearse la pregunta que abre este artículo:
¿Qué probabilidades concretas hay de que alguien piense en “Episodio III” como un film anti-imperialista?
Ni rápido ni furioso

No hay que esperar a que la ola enceguecedora de híper-marketing rompa contra los acantilados del arte para despejar el camino hacia la verdadera película. Tampoco hay que quedarse sentado a esperar a que George Lucas muera para abordar su cine. Podríamos empezar ya mismo a separar paja de trigo. Podríamos sentarnos a ver ésta película sin tanto miedo.
Star Wars no es “El acorazado Potemkin”, tampoco es “La naranja mecánica”, ni siquiera es “Blade Runner”. Pero no nos engañemos ni confundamos todo en un posible “profundómetro” artístico, porque Star Wars tampoco es “Rápido y furioso”, o cualquiera de esas películas-chorizo paridas para ser repetidas hasta el hartazgo por Telefé y The Film Zone en menos de un año, de esos filmes ideados en laboratorio de ejecutivos como para captar una media completamente homerosimpsoneada.
La saga completa de Star Wars es mucho más y -se insiste- está llamada a perdurar como acontecimiento artístico, perdurando por sobre Fox, perdurando incluso por sobre Light & Magic Industries, firmas comerciales que se desdibujarán en el tiempo mientras la historia de estos seis episodios continúa intacta. He aquí un ejercicio empírico que refuerza esta idea: ¿quién recuerda con exactitud el estudio y los productores que financiaron “El mago de Oz”? Casi nadie, ¿no? Eso es formidable. Esperen cien años más y verán: nadie lo recordará...
Campeando temporales

En ese contexto (el de la perdurabilidad extracomercial), “Episodio III” es la mejor manera de cerrar una sexalogía que denota -en tono de aventura, claro- el natural instinto de rebelión del hombre.
Fuera de los posters, del merchandising en muñecos de combos hamburguseriles y en tarjetas prepagas con la cara de Yoda, la película habla por sí misma.
Estupendamente narrada, “Episodio III” está aquí para contar de manera contundente lo que nos restaba saber: ¿cómo un noble Caballero Jedi se convierte en un despreciable tirano Sith? Y ¿cómo una república se convierte en imperio de la mano de un senador?
Las preguntas son complejas narrativamente, pero sin esquivarle a su dimensión es como Lucas las ha campeado y ha entregado en esta ocasión su guión mejor armado.
Si analizamos la situación fríamente, concluiríamos innegablemente en que el bueno de George bien podría haberse valido del maniqueo estilo del Hollywood actual (estilo que él mismo ayudó a construir) para terminar su sexalogía: aventuras, efectos especiales “de avanzada” y un guión pueril. Y listo: a cobrar.
Por el contrario, Lucas prefirió encarar la película con muchísima más seriedad que el resto de la saga. Este es el film más maduro de los seis, y es oportunamente maduro, ya que en el futuro este episodio será la llave para comprenderlo todo, para ver el alma de los personajes que integran esta historia de fantasía, para entender la verdadera esencia de este relato: rebelión anti-imperialista. Si la pregunta número es uno es “¿cómo alguien bueno se pasa al bando de los malos?”, la respuesta de Lucas ahonda hasta encontrar motivos reales, de peso moral: Skywalker será Darth Vader por propia elección, por comprobación directa de que el esquema/panorama “buenos-malos” que le encanta anteponer a todo el mundo no es una realidad intachable, sino un constructo de cada época. A Skywalker nadie lo tima para llegar a ser Vader. Si bien Palpatine confunde y enreda los discursos para que Skywalker se convierta (¿¿¿qué senador no lo hace en esta o en cualquier galaxia???), el joven Jedi llega hasta el nombramiento Sith por una auténtica decisión propia: el poder de elegir quien ser está enteramente dentro de él. Pues vaya por esta elección de guión un aplauso enorme a favor de George Lucas: sincerarse sin tantas moralinas de por medio fue lo mejor que pudo hacer a favor de la verosimiltud final de su saga.
Mismo aplauso por haber elegido también con mucha inteligencia y honestidad la respuesta a la pregunta dos (¿cómo una república se convierte en imperio de la mano de un senador?): un traspaso de poder de ese tipo se da en el marco de las reglas mismas de una democracia servil y entreguista. La princesa Padme lo dice por lo bajo desde su banca en el senado: “Nunca pensé que el fin de la libertad llegara con aplausos de fondo”, mientras Palpatine difama a la oposición, proclama la creación del imperio “para resguardar la república” y el senado aplaude de pie.
Y otro aplauso más. Porque para narrar esta historia en este tono argumental serio, Lucas prefirió una impecable dirección de arte antes que el vértigo pueril de los fxs de los episodios uno y dos. Bien ahí, ese tono le da solidez al capítulo.
Finale
Entonces bien, si vamos a analizar este film más allá de los mercadotécnicos impactos de las empresas que -¡obvio!- se están haciendo ricas con los muñequitos y los combos de un recién nacido Vader, incluyamos también en el análisis coyuntural la época en la que fue rodada la película y podemos llevarnos una grata sorpresa final.
Vamos... hilen fino: Lucas asevera mediante una fantasía fílmica espacial que un senado puede estar dibujado al óleo en nombre de una democracia endeble y que una sola persona puede mandar a un pueblo entero a la guerra más injusta y cruel en una demente búsqueda de poder por poder. Y ojo, porque no entrega el film en cualquier época, lo hace justo cuando el senado de su país está realmente pintado al óleo y los EEUU son un imperio super consolidado y manejado por un grupete despreciable resumido en una sola persona (G.W. Bush). ¿Qué hay si lo vemos así?, es bastante arriesgado, ¿no?. A eso súmenle que la continuación/respuesta a la situación de opresión que plantea este nuevo episodio es aquel viejo episodio en el que un grupo de rebeldes en inferioridad de condiciones frente al poder hegemónico de turno se organiza y se levanta en armas en su contra convencidos de que esa es la única forma de vencerlos. Ups... eso sí que es bravo, eh.

Miércoles,15 de junio de 2005
Cuadrito x Cuadrito
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