a) Mi nombre es Martín
Unos días antes de entrar a la clínica, habíamos acordado algunas cosas con Horacio sobre cómo engañar a la gente del internado; algunas reacciones que debía tener, fingir cierto extravío, puños cerrados, algún tic, cosas raras que se nos ocurrieron una noche que terminamos para atrás.
El tema de la identidad creía yo, no iba a ser problema. Sabía que por mi experiencia de pintor en obras, las huellas dactilares se borran fácilmente; basta con ponerse a lijar unos días para que comiencen a desaparecer, se ponen rojas las yemas de los dedos y de a poco se van perdiendo todas las líneas, duele un poco porque los dedos quedan muy sensibles y sangran de nada, pero no es tan terrible.
Para cuando nos agarraron, por suerte ya no me quedaba nada; los canas se pusieron medios pesados con esa historia. Yo calculo que si no nos hubieran llevado los de la clínica, se me iba a poner heavy, me estaban apurando mucho y yo con la locura que tenía apenas si lograba coordinar palabra y de hacerlo era para decirles cualquier delirio como para que se comieran el verso del enfermito. Pero hasta que ese momento llegó, largo rato después; porque parece que no les daba la cabeza para darse cuenta. ¡Al final cayeron los pajeros, tuve que hacerme el estúpido mucho más de la cuenta y se convencieron, claro, con una estupidez muy... elemental, nada demasiado sofisticado. Llegaron los de la clínica como a las once de la mañana, pidieron abrir el calabozo de Horacio, que estaba junto al mío y le hicieron preguntas. Yo escuchaba a Horacio muy sacado gritando mi nombre, el nuevo nombre; después creo que le dieron algo porque se calmó y ya no lo escuché más.
Saltar el mostrador
En la puerta de mi celda los del internado se pusieron a hablar con el cabo de turno, o no sé quién sería, y les contó lo de las payasadas que yo había estado haciendo; bailé arriba de uno de los mostradores de entrada una canción de Zitarrosa que estaban pasando en la radio, "Chamarrita de los milicos". Bueno, una parte. Los dos canas de la entrada que estaban de turno tardaron en reaccionar, me decían que me baje pero no se podían poner serios. Un oficial, el que nos sacó del boliche, les había dado muchas recomendaciones a los dos para que no nos perdieran de vista, por que estábamos "pasados de faso, ácido o algo". Y le dijo a Hernández, el que estaba con el libro de entrada "A ver qué hacés con estos dos", como que el tipo ya se había mandado una cagada antes.
Cuando empezó el tema se me prendieron las luces, lo codié a Horacio y salté al mostrador; de esos anchos. El oficial recién se había ido, así que ni bien subí le hice señas al cana ese, Hernández, de que guardara silencio, señalando la puerta por donde el oficial había salido, onda que no le convenía llamar a nadie; Horacio me había empezado a hacer la segunda batiendo palmas, pero despacito, mirándolos a los dos canas con complicidad, como diciendo que era una joda entre nosotros cuatro y no se tenía por qué enterar nadie. Yo cantaba bajito y esquivaba los manotazos de los dos canas, mientras Horacio se ponía en el medio para que no me agarraran, parecíamos locos. Y por ahí entró el oficial.
Cuando abrió la puerta medio que me asustó y subí un poco la voz, el tipo se quedó helado mirando a Horacio aplaudir sin hacer ruido, los dos cabos que habían dado un paso atrás al ver que había llegado, y yo que le empecé a cantar, "...los milicos no son bobos aunque sirvan para todo..."
¿¿¿Qué esperás para bajarlo Hernández???... pedazo de inútil... ¡Métanlos en el calabozo, y vení a verme antes de terminar la guardia!
Bueno, nos sopapearon un poco hasta que nos metieron, seguimos haciendo quilombo y después nos separaron de celda.
Vinieron como tres veces a preguntarme el nombre y de dónde era; lo primero que se me ocurrió fue Martín, por el flaco que conocí unos días antes, de ahí en más me empezaron a llamar Martín. Nunca les dije un apellido, un segundo nombre, nada. Les inventaba historias de lugares y de familiares poderosos, les decía que mi hermano era diputado y sobrino del juez que entendía en la causa, que si no me soltaban los iba a hacer mierda a todos. Que la comisaría iba a ser intervenida por Corso Donati antes de fin de año y que iba a desterrar a todos los frailes mendicantes. La herejía se termina, el emperador debe morir... de a poco... pecado por pecado, miembro por miembro; que el fuego purifique su alma, muerte al director, muerte. “¡El tiempo llegó, Florencia, éste es el día!”
Un eco de Eco
Ese era el caballito de batalla y parte de lo que empecé a declarar cuando quisieron averiguar algo, en la comisaría primero, y luego en el internado. También por ahí tiraba alguna frase en latín que me había aprendido de la erudictísima muestra de saber que logro encerrar Umberto Eco en un sólo libro. Discúlpenme pero hay que decirlo; cinco minutos de inspiración no justifican tu hermosa enciclopedia Umberto. Si no la próxima, véndanlo con un combo que incluya un diccionario. ¡Déjanos en paz Eco... líbranos en la ignorancia! ¡No nos aburras más con ese tipo de libros! ¡Asciende Eco; no te retrases por nosotros querido Umberto!
Cité entonces la enciclopedia "...asperge me spermate tuo", "castrum sine numeris", " ratum sine floribus". No tenía ni idea de lo que significaba pero cuando las decía se me quedaban mirando deconcertados, me venían bien para zafar. O si no esperaba a que en alguna charla, o cuando estábamos en la sala de entretenimientos, se hiciera un silencio y ahí tiraba alguna en voz alta, o por ahí la decía pausadamente acentuando la última palabra. Horacio me dijo que un día le hice correr escalofríos y se le había puesto la piel de gallina. "Boticarios del alma, suministrad sus ungüentos si osais quebradme"(...) "Cien dragones desenderán sobre la tierra... ¡Redimirse guardianes del silencio!" (...) "La verdad burlará los muros de la nave, el imperio arderá" (...) "Italia pagará los pecados de su soberbia". Amén, amén, amén, decía Horacio. En esos momentos yo no lo quería mirar, porque me tentaba mucho. Casi nos agarran una vez, pero zafábamos siempre. Como nos habíamos conocido en la calle, quizá no les parecía extraño que tuviéramos ciertos códigos comunes, o que Horacio compartiera ciertos divagues sobre el renacimiento.
El odio sin la víctima
Con el tiempo fuimos metiéndonos cada vez más en la época. Yo tiraba un dato sobre alguna disputa, una fecha, un nombre, y Horacio se disfrazaba de lo que sea; por ahí hablábamos en lengua vulgar francesa, toscana, o lo que pinte. Imitábamos el sonido de algo que habíamos leído, y con eso delirábamos toda una tarde sin tener la menor idea de lo que decíamos, mejor digo, lo que el otro decía; en el fondo uno siempre estaba hablando de algo, sintiendo algo. Un par de veces paramos, porque era como una emoción que se desataba demasiado. Nos dejábamos llevar mucho en ese espacio donde la libertad de hablar, de sentir una emoción, una idea, sin tener que llegar a decirla, terminaba evidenciando que ya no era un juego, y hablábamos de nosotros mismos. Un par de veces nos agarraron justo cuando aparecían esos sentimientos, y era un bajón porque comenzaban las preguntas, y a mí en particular se me hacía difícil sanatear en esos momentos. No tenía imaginación, no tenía humor, lo único que podía hacer era callarme y tratar de salir del pozo. El problema era no saber como había llegado hasta ahí; era un sentimiento sutil que de a poco tomaba forma pero no de una situación o de cosa alguna. Era el odio sin la víctima, el amor sin la persona amada, la tristeza sin motivos; por eso era muy difícil recordar una imagen que en un momento se me pudiera haber presentado, y que por ella mi tristeza tuviera sentido, casi nunca lograba encontrarle razones. Después de un rato se nos pasaba, a veces.
Era difícil conjugar la realidad y la ficción que había en mi, aún lo es. El espacio, la amplitud por la que caminaba me hechizaba, me mareaba ante mil posibilidades del ser no condicionado, no absoluto, libre del ayer, libre de esto... esclavo también de esto. Viviendo un mundo soñado pero en un lugar de ficción, del que sólo formamos parte Horacio y yo, lo demás, nunca lograba trasponer el límite de un teatro alquilado, pensado por nosotros; la escenografía grotesca de una puta clínica de locos. ¡Qué parodia de vida, bendita ilusión; cuánto alimento para mi espíritu, tanta risa para mi corazón aburrido, nunca fui tan entretenido, nunca sentí distraerme tanto, nunca fui tanto. Olvidé las lágrimas que tenía por llorar, mutaron, porque ya no encontraron sentido en ese encantamiento que vivíamos; porque todo lo era. Olvidé el cansancio de la forma por lograrse, del no ser, de las posibilidades futuras, los sueños que nunca llegan y una posición que apenas pude mantener; cuánta locura que hay en el mundo, cuántos enfermeros para tan pocos locos; de qué se esconden?
Entonces, el volver es pesadilla, las posibilidades no son muy seductoras; integrarse a esta sociedad de enfermos no declarados... quizá lo podría hacer desde un personaje algo loco, excéntrico, de esos que venden. Decir algunas frases reaccionarias de vez en cuando y vivir de la curiosidad de la gente. La libertad es una utopía, la democracia es una gran mierda unificadora; hijos de mil puta, métanse la educación obligatoria en el fondo del culo... creo que eso ya no entra en los parámetros de libertades aceptadas. Qué triste, ¡están todos de acuerdo!
Soy uno con el todo, soy uno con el todo, soy uno con el todo, todos somos uno, somos todos semejantes, ante la ley somos todos iguales, qué triste verdad, tan... subjetiva. No hay opción, ser o no ser? No ser, no hay opción. No están dadas las condiciones como para andar eligiendo otra cosa, uno no puede darse esos lujos ...elegir es muy costoso capricho. Un día... elegí, mi nombre es Martín dije.
b) Mi nombre es Verónica. Cualquier cosa que necesites Martín, estoy en enfermería
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La vida de Verónica es un movimiento extraño. Su voluntad doblega mi única intención. Su paraíso es esta clínica con todos sus locos.
Sé que no es bueno desearte como lo hago. Sé que estás loca, como el resto; todos lo saben, todos te cubren; ¿quién les creería? Sos el ángel que viene y se va. Sos como nosotros, pero el emperador no lo sabe, no lo saben los obispos, ni boticario alguno. Me encanta tu cinismo, me encanta que seas tan enferma, tu inteligencia oscura, tu carencia moral... ¡ Verónica... enfermera de todos mis sueños. ¿En qué delirio hermoso vivís. Te gusta ser parte del circo, calmar la bestia, dormirla, sedarla; y al sedarme con pastillas rojas cierro los ojos y me duermo en vos, para guardar el último recuerdo nítido de tu mano y mi pastilla; agua, agua... Verónica dame agua, me estoy ahogando por vos. Dame algo para poder sintonizarte. No puedo engañarte, no se como hacerlo, no se como jugar, no te vayas otra vez. ¡Tomá una ves más la guardia, quiero enfermar, que tu voz me calme. ¡No me drogues así... ya no pienso, no escribo, fluyo en la nada pero ahí no estás, y no puedo hablarte, y no sabrías quien soy. Verónica: ¿dónde estas? ¿Cuál es la dimensión? ¿Por dónde está esa puerta que a veces te aleja. ¿Quién sos cuando fingís?... frío rol de mi enfermera mental. ¿Ese es tu juego?
No sé a quién responde tu vida, si a alguien responde. Podrían quemarte en la hoguera, acusarte de brujería; tus venenos me matan o me hechizan. Las cruzadas vienen del norte y por tu voz se salvarán los vulgares que al imperio reconozcan. ¿Y yo, bruja soñada, dónde sufriré mi destierro?.
Llegan los grandes doctos boticarios y esto pronto termina, ya no te veré. Te espero... en la casa de campo, allá en las costas del Garda. ¿Vendrás? ¡ Verónica no nos traiciones! Me gustaría poder explicarte pero no puedo arriesgarme si no lo sabés aún; no estoy loco, y no puedo decírtelo. ¿Seguirías cuidando de mi? Yo sé, eso te gusta, no quiero que conmigo te enojes, todo es una mentira y siempre te gustó así. Estoy condenado a perderte; pero me gustaría quedarme y llorar, para que así me contengas, dormir... con tu última pastilla azul; recitarte algún verso para que siguieras descubriéndome... Pero ya no sabe al principio. Todo se termina, apenas queda una semana, llegan los enviados del papa y tendremos que partir a las regiones altas, no quiero morir por la peste. Verónica no creo que podamos engañarlos mucho tiempo más, tengo la mirada del director a cada paso; Rodríguez se dio cuenta de la pérdida de su factura de teléfono y pidió el resumen; no tardará en llegar. Cuando vean las direcciones en Internet. Hijos de puta... todo se pudre. Horacio cree que igual podemos zafar, no sé. No nos faltan muchos datos, espero terminar antes de que lleguen.
Te voy a extrañar Verónica, espero que podamos despedirnos; la policía ya vino dos veces, no se la creyeron, tarde o temprano nos descubren; no quiero salir a la calle; pasa gente... me conocen.
Necesito entenderte, explicarme; no puedo mentirte más.
¿Cuándo concluye tu extraño juego; cuándo todos los días te vas, cando te cambiás ese guardapolvo? ¿Es tu disfraz, es tu entrada en escena? ¿Termina así la función... actor de reparto; otro capítulo más en tu comedia? ¿Cuánto de esto te importa? Tu libertad mata, a todos nos mata. Odio no valer más que el resto. Que dos noches conmigo apenas sirvan para escucharte decir, qué bueno. Tres días de tu mezquina sonrisa cómplice; y ya está, nada más para mi, nada que no sea también al resto. Quisiera sufrir de amnesia, perderte en un sueño al despertar y olvidarte en otro.
¿Quién cambia el juego. No te creo, no me creas, quiero terminarlo Verónica, pero no podría desearte menos inteligente y menos libre por tenerte.
Preso de vos escribo, y otra noche que me robás el sueño; pronto quiero olvidarte, a vos... todo esto.

Lunes,25 de abril de 2005
Ficcionarios
Tábanos molestando:(1)


